Guste más o menos, no cabe duda de que Julia Roberts ejemplariza lo que significa ser una de las pocas grandes estrellas que le quedan al cada vez más terrenal mundo del cine, algo que por cierto demostró muy recientemente a su paso por el Festival de San Sebastián. Roberts es una de las pocas actrices capaces de iluminar un plano cualquiera con su sola presencia, de sostener una escena con el simple brillo de su sonrisa o de salvar de la quema una producción tan insatisfactoria como esta ‘Come, reza, ama’, un film fallido que languidece en tierra de nadie y especialmente cansino que de no ser por la presencia de la siempre eficiente Roberts, o en su defecto de las aportaciones ocasionales de unos episódicos James Franco o Richard Jenkins, resultaría poco menos que digno de ser considerado hasta tortuosamente doloroso.
No, ni soy un fan de Roberts ni nunca lo he sido, pero cabe reconocerle a la actriz un carisma que para si quisieran la gran mayoría de los intérpretes de nueva hornada incapaces de sobrevivir en la mayoría de casos a los papeles que les pusieron nombre a su rostro. Y ya son 20 años, que se dicen pronto. No es menos cierto que el factor riesgo de 'Come, reza, ama' es más bien nulo, que su carrera se ha forjado con producciones tan encorsetadas y blandas como ésta, herederas del "made in Hollywood" más conformista y puesto al servicio de la presencia de una gran estrella en torno a la que condicionar el relato, en este caso una Roberts sin un verdadero reto al que hacer frente, y por más que la producción intente en vano y sin fundamento aparentar ser un gran drama dotado de una épica aureola trascendentalista o de venderse como una ligera comedia romántica con marchamo inteligente e inofensivo. Nada más lejos de la realidad.
Hasta cuatro son las películas que conviven dentro de los 135 excesivos (y cabe decir que eternos) minutos de metraje de una de esas cintas que en ningún momento parece saber hacia dónde va, que resulta totalmente inoperante a la hora de sumar los distintos elementos de su narrativa y cuya credibilidad como trascendental relato cargado de emotividad salpicado con algo de bienintencionado humor ligero se ve revocada por un superficial, manipulador y disperso discurso dramático sin personalidad ni sustento. Puede que sea por culpa de su propia naturaleza y su carácter episódico, donde la interacción entre capítulos chirría tanto que entorpece sobremanera el intento del espectador por entrar en una narración distante y fría; puede que las limitaciones que impone una duración digamos que "razonable" aunque insuficiente para dar cabida al desarrollo de cada una de sus partes tenga algo que ver en la falta de una profundidad que de sentido a su palabra. El caso es que esta suma de relatos carecen de un soporte común, más allá del personaje de Roberts, que sirva de nexo y unifique su discurso en una sola voz común que dote algo de consistencia a un relato fraccionado y un tanto soberbio que navega con simpleza por muchas aguas sin decantarse por un puerto en el que atracar.
'Come, reza, ama' fracasa en casi todo, especialmente en su firme y ambiciosa convicción de creerse de lo bueno lo mejor cuando apenas si es capaz de sobrevivir a su propia inercia errante, y que deriva en un relato que deambula perdido, tristemente espeso y escasamente inspirado por en medio de una nadería tan vacía de verdadero sentimiento que al final resulta tan incapaz como el público de creerse su propia mentira. Ni es una comedia ni es un drama aunque según convenga pretende ser lo uno o lo otro. Tampoco ayuda la escasa predisposición de su realizador por servir a la historia, un Ryan Murphy con un afán particular por destacar, mediante el abuso estético de la iluminación o unos movimientos de cámara fuera de tono, que evidencia la artificialidad de una historia que nunca comprendemos y un personaje al que nunca entendemos, y cuyo devenir vital por un año se nos antoja tan irrelevante, superfluo y tan escasamente consistente que hasta por momentos resulta de lo más irritante por su pretenciosa moralidad de dudosa calaña.
No es mi costumbre y rara es la ocasión en que lo hago, pero he de reconocer que marché de la sala unos 10 minutos antes de que finalizara la proyección, eso sí, no por la película, sino porque tenía algo bastante más importante e interesante que hacer y se me echaba el tiempo encima. Pero en absoluto me importo lo más mínimo. Y es que éste es probablemente el principal defecto tanto de ésta como de cualquier otra película, y que no es otro que llegado un punto, y a pesar de la sonrisa de Roberts, la indiferencia más absoluta se apodera de una pantalla que incita a cerrar los ojos y dejarse llevar mientras en nuestra mente un pensamiento nos atormenta sin remedio: aún queda por salir un Bardem del que no me olvido, y quien a pesar de su carisma y eficiencia deja entrever con su sonrisa que eran muchos dígitos los que aparecían en su cheque...
Nota:
4.0
por Juan Pairet Iglesias