Nota: Tras el salto también encontraréis una segunda crítica, obra de nuestro compañero Wanchope.
Arrastrado por un misterio centenario, Tintín se encuentra en el punto de mira de Ivan Ivanovitch Sakharine, un diabólico villano que cree que Tintín ha robado un valioso tesoro vinculado a un cruel pirata llamado Rackham el Rojo. Pero con la ayuda de su perro Milú, el mordaz y cascarrabias capitán Haddock y los torpes detectives Hernández y Fernández, Tintín viajará por medio mundo, siempre yendo un paso por delante y siendo más astuto que sus enemigos, en una persecución para hallar el lugar donde finalmente descansa El Unicornio.
Antes que nada, las presentaciones. Soy tintinólogo, para servirles. No oculto mi condición, es más, la llevo con orgullo, y nunca olvido que una parte significativa de mi educación lectora (y no solamente en esta ramificación) se la debo a Georges Prosper Remi, más conocido a Hergé. A él y a su obra más célebre, obviamente. Las investigaciones del intrépido reportero Tintín, susceptibles todas ellas de terminar en un embolado de campeonato, me atraparon primero desde las viñetas y más tarde a través de su más que aceptable adaptación en formato de serie animada. Un camino recorrido por otros muchos millones de personas, lo cual para nada quita mérito a cualquiera que haya pasado por él.
Al fin y al cabo, estando las librerías de todo el mundo inundadas de cómics cuyos protagonistas hacían gala de unos superpoderes que les pondrían al mismo nivel de cualquier dios concebido a lo largo de toda la historia de la humanidad, es de aplaudir que un personaje se hiciera con el corazón de tantos lectores cuando solo tenía en su haber una mano tan humilde -pero auténtica- como lo es la compuesta por el ingenio, la valentía y claro está, por encima de todo, una capacidad innata para atraer y empaparse de cualquier aventura que se le presentara. Tintín no volaba, no tenía visión de rayos X, no contaba con habilidades telepáticas, tampoco trepaba por las paredes, ni tenía una fuerza descomunal. Ni falta que le hacía.
Tintín era un simple reportero con el olfato siempre a punto... y que además tuvo la suerte de vivir en una época en la que el romanticismo era un concepto todavía vivo. Una época en la que la red de redes no era ni siquiera un proyecto, y en la que las bibliotecas eran la elección predilecta de todo buen sabueso. Una época en la que con una triste moneda podían adquirirse auténticos tesoros; en la que hasta los criminales más ruines vestían elegantemente y en la que el exotismo aún no había perdido su capacidad para maravillar, al existir todavía lugares que esperaban ser descubiertos. Se trata en resumidas cuentas de un escenario que ya hemos disfrutado antes, solo que con protagonistas distintos.
Porque un tal Doctor Indiana Jones, eminente arqueólogo, profesor universitario y buscador inagotable de problemas a tiempo parcial, tampoco gozaba de ninguna aptitud sobrehumana, sin embargo sigue encandilando aún a día de hoy a todo aquel que le hinque el diente a sus peripecias. El máximo responsable de su merecida fama es un tal Steven Spielberg, que después del relativo batacazo que se dio en su última colaboración con el citado Indiana, andaba un poco perdido con una agenda rebosante de futuros proyectos y productos televisivos de dudosa calidad. Conoció mejores días el antaño indiscutible Rey Midas de Hollywood, cuyo mayor mérito a lo largo de los últimos años parecía ser el haberse fijado en la agudeza de J.J. Abrams, en un acto que desprendía cierto olor a relevo generacional.
¿Era la hora de pensar en una digna retirada para dejar sitio a los talentos emergentes? ¿Se había agotado la magia de uno de los cineastas más prodigiosos de todos los tiempos? Había indicios para temerse lo peor... pero los titanes no ceden su trono con tanta facilidad. Ésta es la reconfortante conclusión que se extrae del visionado de una de las películas más esperadas de la temporada, 'Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio', ambiciosísima joint venture en la que también ha tomado parte Peter Jackson (otro artista en horas bajas que no obstante también anda sobrado del crédito suficiente para depositar esperanzas en él) además de una tripleta de guionistas de lujo (solo así se puede definir el equipo formado por Joe Cornish, Steven Moffat y Edgar Wright), ideales para aportar nuevos enfoques e ideas al conjunto.
Todo esto sin olvidar el rol fundamental que juega una tecnología que, tras la inmensa labor de allanamiento del terreno llevada a cabo por Robert Zemeckis (algún día se reconocerán como es debido sus méritos en este campo), debe encontrar en este filme el trampolín definitivo para ser considerada como una respetable vía para hacer cine. Sino que se lo pregunten a Spielberg, que en esta peculiar forma de utilizar la captura de movimiento ha visto no solo una interesante solución a la hora de resolver el clásico dilema de cómo encarar una adaptación de estas características, sino también una herramienta para que su narrativa borre la palabra ''límite'' de su diccionario; para dar un -necesario- soplo de aire fresco a su cine.
El resultado es excelente y se palpa especialmente en escenas tan deliciosas (y en las que se hace gala de un slapstick tan exquisito como apabullante) como la de la infiltración en un camarote más abarrotado que el de los hermanos Marx, o en la colosal persecución por las calles de Bagghar para recuperar los trozos de un pergamino. Spielberg se siente completamente libre para poner la cámara donde lo encuentre más conveniente, así como para moverla y transitar como solamente él sabe entre escenas y escenarios distintos, logrando que a lo largo de más de hora y media el ritmo endiablado no decaiga nunca. Con un aire conscientemente naïf, la trama nunca quiere hacerse pesada, mostrándose sensiblemente más dinámica que en el original (sin olvidar el respeto al cómic) y avanzando de manera tan simple como ágil, sorteando obstáculos con elegancia, yendo a buscar el siguiente, en un constante más difícil todavía, para lucirse una vez más.
Después de un espectáculo de tantos quilates, solo tres quejas. La primera, que empieza a sonar a disco rayado, pero que no por ello deja de ser cierta, es que el 3D, aunque en esta ocasión no moleste, sigue sin justificar su precio (además, ninguna nariz humana está diseñada para soportar el peso de dos gafas... un poco de respeto para los ''seis-ojos'', por favor). La segunda, un desenlace precipitado y carente de la fuerza mostrada hasta entonces. Un anticlímax que sin embargo abre la puerta a más entregas para la presunta franquicia cinematográfica, lo cual nos lleva a... la tercera queja: el poco interés que despierta la propuesta en territorio americano, algo claramente visible en la estrategia comercial de la productora. Ante esto último, el fuerte deseo que la taquilla del viejo continente dé la razón a los responsables de este proyecto, y que los buenos resultados se repitan al otro lado del Atlántico. Porque este hábil collage de 'El cangrejo de las pinzas de oro', 'El secreto del Unicornio' y 'El tesoro de Rackham el Rojo' demuestra que el reportero concebido por Hergé puede mantener una fructífera -y larga- relación con el séptimo arte. Porque, al igual que los protagonistas de su última obra, Spielberg deja claro que su sed de aventuras sigue siendo insaciable... y lo mejor es que ésta sigue siendo contagiosa.
Nota:
7,8 / 10
Por Víctor Esquirol Molinas
¿Qué tal vuestra sed de aventuras?
Y por fin. Por fin la tan ansiada versión cinematográfica que del popular personaje creado por Hergé pretendía llevar a cabo Spielberg desde hace 30 años llega a la gran pantalla. Se ha hecho esperar, sí, como también se ha hecho esperar un nuevo filme de quien desde 2005 que no veíamos nada realmente digno, un cineasta que redefinió el concepto de aventura a través del Indiana Jones que le sirvió en bandeja el en otros tiempos genio creativo de George Lucas, el auténtico, el de los años 80, de quien este Tintín es un primo hermano, y cuyo primer gran entente cinematográfico disfrazado de superproducción /barra/ evento viene a cumplir con aquello donde fracasó la cuarta entrega de las aventuras del arqueólogo más famoso de la historia no ya del cine, sino casi casi de la humanidad. Porque al igual que Indi lo fue en su momento Tintín no es sinónimo de aventura, sino que ES la aventura, y una además que al igual que la personificada por Harrison Ford merece la pena recompensar con su disfrute incondicional... por el propio bien del espectador, quien no lo lamentará. ¿Qué tal vuestra sed de aventuras?
'Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio' es una superproducción muy lograda, que luce como tal y de la que no pocos deberían aprender, y que a pesar de sus defectos, que alguno tiene aunque sean tan perdonables que duele siquiera mencionarlos, es sin duda una cinta indispensable para todo buen amante de las palomitas y una ocasión de oro para dejarse ver en una de esas salas de cine que entre las tres www y la crisis se están quedando sin compañía. Entretenida por encima de cualquiera otra consideración y realmente espectacular a nivel técnico, respetuosa tanto con la obra de Hergé como con el espectador de todas las edades, el nuevo filme de Spielberg rubrica una vez más y como no podía ser menos que no hay nadie como él para ofrecer un pasatiempo con forma de película tan plenamente satisfactorio, 107 minutos de plena visceralidad narrativa que se hacen tan cortos como amenos, y que como bien saben hacer los maestros ofrece lo suficiente como para saciar a corto plazo una sed de aventuras que a largo plazo deja con ganas de más, las justas y necesarias tanto para un indispensable revisionado futuro como para el nacimiento de una franquicia que no ha hecho más que empezar... en el cine, que sobre el papel uno intuye un merecido resurgir de la mano de entre otros toda esa generación que ha aprendido a leer con 'Harry Potter', no hablemos ya de esos que como un servidor lamentan no haber estado lo suficientemente hábiles para poder ser considerado el tintinólogo que no es sin saber muy bien por qué no lo es.
Si lo que más dudas causaba era su condición de película animada, o más bien, su falsa apariencia de película de animación a lo 'Cuento de Navidad', lo cierto es que en lo que a su aspecto visual se refiere la cinta aprueba con un notable alto extrayendo al igual que James Cameron con su 'Avatar' el máximo provecho de la técnica empleada. Allí donde esperemos que no hayamos perdido a Robert Zemeckis como cineasta Spielberg, apoyado (y quién sabe si algo más y hasta qué punto) desde la producción por Peter Jackson y respaldado por el siempre buen hacer de ese grano en el culo que le ha salido a ILM llamado WETA, se hace fuerte para ofrecer uno de los espectáculos visuales más fascinantes del año, un mundo virtual que traslada el diseñado por Hergé con una soberbia credibilidad tan sólo resquebrajada por algunos matices no obstante puntuales e inherentes a toda técnica digital. Puede que sea en este punto en el que, precisamente, hallemos una de las divergencias más significativas respecto al trabajo desarrollado por Zemeckis en su trilogía virtual, el de una representación palpable de un mundo no necesariamente tan real como la vida misma que en el caso de Tintín se aprovecha de un concepto tan estilizado como el ideado por Hergé sobre el papel, lo que no le impide a la cámara de Spielberg convertirse en un personaje más que fluye por ese entorno con suma elegancia durante la mayor parte de su metraje y que con la ayuda de un 3D muy bien empleado sumerge al espectador tanto en la narración como en su dinámica: apenas tres minutos tras sus sensacionales títulos de crédito a lo 'Atrápame si puedes', más o menos, y nos olvidamos de cómo lo estamos viendo para centrarnos en lo que estamos viendo. Ese fue el verdadero logro de Cameron con 'Avatar', convencernos de que esos grandes pitufos azules eran reales, y ese es, más o menos, el mismo logro de este Tintín, quien logra que en su caso obviemos la pregunta como algo irrelevante, que no es poco, a pesar del vacío emocional que sigue luciendo a través de los ojos de lo que no es más que la suma de unos cuantos píxeles por muy bien colocados que estén.
Si a su de por sí excelente acabado visual le sumamos, como ya ocurría con la no menos técnicamente notable 'Rango', el notorio aporte que supone el empleo inteligente de la luz por parte de Janusz Kaminski, un director de fotografía procedente del mundo real, tenemos sin lugar a dudas uno de los filmes visualmente más deslumbrantes del año y que con más convicción reafirman que la pantalla grande puede seguir siendo grande. Sumémosle una nueva partitura del siempre estupendo John Williams, una vez más fiel y muy apreciable aliado del cine de su autor, así como la colaboración de otros habituales como por ejemplo Michael Khan en la edición para hacer entender que Spielberg, al fin y al cabo, ha hecho lo mejor que sabe hacer, buen cine, e incluso ya sea considerable o no para algunos "sólo" de entretenimiento, pero empleando para ello una nueva herramienta que aun luciendo de forma distinta en bien poco es capaz de disimular su talento tras las cámaras. Puede que a la cinta le cueste arrancar, que no sea hasta que los caminos de Tintín y un impagable Haddock que no empieza a coger verdadera fuerza, que el filme se torna en un no parar aventurero, desenfrenado, divertido y emocionante... quizá incluso demasiado en algún momento, véase su acelerada resolución o la persecución por el poblado marroquí, aun sin por ello poner a prueba la solidez de su propia y relativa simpleza, la misma de la que por ejemplo se aprovechaban los tres Indiana Jones que merecen ser nombrados para trazar un dinámico relato de aventuras que no de lugar a más que a responder de forma visceral. Visto así, se entiende que en su momento un crítico llamase la atención de Spielberg sobre Tintín, origen de un filme que ha tardado 30 años en concretarse, al comparar al personaje de Hergé con el creado por George Lucas. No por casualidad la sed de aventuras de ambos personajes es pareja no digamos ya su espíritu, por lo que este tardío y digitalizado Tintín nos puede valer perfectamente como la reencarnación del Indiana Jones del XXI y para las nuevas generaciones, y por encima de los esfuerzos de Brandon Fraser por hacer de su Rick O'Connell un digno heredero o de la simpatía que nos despierta el Jack Burton de Kurt Russell.
A diferencia de las producciones dirigidas por Robert Zemeckis, que no lograban sonsacarnos más allá de su apariencia de artificio, 'Las aventuras de Tintín: El secreto del unicornio' plantea una serie de cuestiones morales... ¿hasta qué punto es Tintín una cinta de "verdad", o mejor aún, hasta qué punto es una cinta de animación? ¿Podría llegar a ser nominado el siempre digitalmente notable Andy Serkis al Oscar al mejor actor entre otros posibles galardones (cuyo César, por cierto, igualmente plantea un dilema igual de estimulante...)? ¿Dónde acaban y dónde empiezan los efectos especiales de una producción como esta? Aunque no necesariamente importantes por más que puedan dar lugar a unos más que interesantes debates, lo cierto es que sea la que sea la respuesta que cada cual quiera ofrecer no es óbice para dejarse llevar por una cinta que recupera al mejor y más popular Spielberg, a ese a quien tan buenos ratos le debemos y al que hace tiempo que no disfrutábamos de una forma tan acertadamente distendida. Georges Prosper Remi puede que no tuviera razón... pero casi, porque Spielberg puede que no fuera el único capaz de hacerse cargo de la adaptación de su querida criatura pero si la mejor opción para que esta no cayera en el mismo terreno resbaladizo en el que por ejemplo cayeron otras adaptaciones de similares prestaciones tales como 'Ásterix y Óbelix' o 'Mortadelo y Filemón', filmes por otro lado resultones pero incapaces de trascender sobre el celuloide de la misma manera que sus originales sobre el papel. Porque Spielberg y su talento logran hacer de este 'Tintín' algo más que un simple estreno de cine, un casi lo menos que acontecimiento de esos que sólo se ven muy de vez en cuando, y una representación de lo que es el cine en su estado más puro, algo emocionante y con un punto de magia capaz de hacernos creer, aunque sólo sea un momento, que se puede volver a ver el mundo con la ilusión de cuando se tenían 10 años.
Nota:
8.0
Por Juan Pairet Iglesias