Nacho Vigalondo nos sorprende con una película en la que demuestra que con unos pocos medios y un guión inteligente se puede hacer cine. Pero no un cine cualquiera, sino un cine que sorprende, porque es capaz de descolocar al espectador en cualquier momento, y te hace pensar si lo que realmente ves es un trhiller, una comedia, o un simple ejercicio de ensayo sobre la curiosidad humana. La película trata en cierta forma, sobre la paradoja de los viajes en el tiempo, y lo hace de una manera que aun no se había hecho, no con seriedad, no con extrañas cábalas, sino con normalidad.
Lo poco que explica lo hace de manera natural, y no se extiende en explicaciones, porque no hace falta más, si quieres darle vueltas, hazlo por tu cuenta, porque lo que el trata de contarte es la historia de un hombre normal y corriente al que el destino le gasta una broma. Broma de la que él se da cuenta no tiene otro remedio que ser partícipe. Vigalondo explota una de las mayores debilidades o una de las mayores cualidades que tiene el hombre, la curiosidad.
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