El joven Lem, de dieciséis años, está viviendo el mejor día de su día. Tras una conferencia en la que ha pasado muchos nervios, ha conseguido un puesto de trabajo en el observatorio. Para celebrarlo regresa a su casa en las afueras del pueblo, allí le espera su familia... y Neera, su vecina de la que está perdidamente enamorado desde hace mucho tiempo. Cuando por fin reúne el valor suficiente para pedirle su primera cita, sucede algo totalmente inesperado: un objeto volador no identificado atraviesa la atmosfera y aterriza en el jardín de su casa. Tripulando la cápsula espacial está un alienígena, o lo que es lo mismo, un ser humano del planeta Tierra.
Las primeras potencias mundiales empiezan a dar síntomas de que están levantando cabeza después de una dura temporada de crisis global financiera. En cambio a nuestro país le cuesta horrores recuperar la senda de la prosperidad económica, y en este sentido, el único consuelo posible se dé en forma de “brotes verdes”. No obstante, siempre hay sectores que son capaces de capear las malas épocas. Visto el panorama, parece que el cine no puede quejarse demasiado. En los Estados Unidos el número de espectadores ha aumentado respecto al año pasado, y hay películas que, pese a su más que dudable calidad, está pulverizando todos los récords de taquilla. Mientras, en España la industria está marcando nuevos topes en lo que a inversión se refiere. Primero fue el turno de Amenábar y su ‘Ágora’... poco más tarde llega ‘Planeta 51’, que en fríos términos presupuestarios, se traduce en la película española de animación más ambiciosa hasta la fecha.
El caso es que el universo de la animación tiene un claro dueño con nombre y apellido propios: John Lasseter (y su tropa de “secuaces” de valor incalculable, claro está). Pero como en todo buen reinado, siempre surgen alternativas. Valientes que osan arrebatar parte del pastel al mandamás, ya sea empleando sus mismas armas (Andrew Adamson, Carlos Saldanha...) o unas distintas (Hayao Miyazaki, Henry Sellick, Nick Park, Aadam Elliot, etc.). ‘Planeta 51’, que la situamos en el primero de los grupos ahora comentados; fruto del sudor y lágrimas derramados a lo largo de siete años, persigue el objetivo de colocar nuestra animación en el panorama internacional, aparte del de poder mirar a sus hermanos mayores sin tener que alargar demasiado el cuello.
Si ésta era realmente la principal preocupación de los debutantes Jorge Blanco, Javier Abad y Marcos Martínez (los tres salidos de la industria del videojuego, que actualmente tampoco tiene la palabra “crisis” en su diccionario), entonces pueden descansar con la tranquilidad que otorga el haber hecho bien el trabajo. En el aspecto técnico, poco o nada tiene que envidiar ‘Planeta 51’ a sus más próximas competidoras. El acabado audiovisual y el diseño artístico son deslumbrantes, y bien podrían estar firmados por gigantes como Pixar o Dreamworks. El guión, firmado por Joe Stillman, uno de los padres de ‘Shrek’, no está al mismo nivel, pero igualmente deja buen sabor de boca.
Sobretodo al principio, donde se dibuja con mucha gracia ese mundo lejano pero asombrosamente paralelo -¡sus habitantes hasta hablan nuestro idioma!- que reproduce la América de la década de los cincuenta. Y lo hace no sólo en lo estético, sino también en lo ideológico, inundando la pantalla de guiños históricos concerniendo por ejemplo los primeros y titubeantes pasos de la revolución hippie, o las secuelas que tuvo el macartismo en la amedrentada población yankee. Todo ello narrado con buen ritmo, con las rigurosas dosis de slapstick light para intentar contentar a todos los públicos, y con constantes homenajes a las cintas de temática alienígena, aunque sin caer en un excesivo referencialismo.
Pero quizás por esa obsesión en compararse con las grandes producciones (véase, el personaje de Rover, siempre eclipsado por el Wall•E pixariano), la película acaba perdiendo la personalidad que debía suponerse en un producto propio, americanizándose en exceso y perdiendo fuelle en la recta final. Para entendernos y para citar un caso reciente, es algo muy parecido a ‘Monstruos contra Alienígenas’, un cinta que por una razón u otra (pero básicamente por el abusivo uso del 3D), iba dejándose por el camino su originalidad y frescura, a un ritmo cada vez más rápido. A pesar de ello, la impresión general es positiva, ya que al fin y al cabo ‘Planeta 51’ ofrece hora y media de entretenimiento de alto standing para toda la familia. Es en definitiva otro pequeño paso en la consolidación del cine de animación como gran entretenimiento de masas... y un gran salto para la industria nacional, que efectivamente puede dar mucho que hablar.
por Víctor Esquirol Molinas