Una pareja de científicos está en la cumbre de su carrera. Mediante las más altas téccnias de combinación genética han logrado crear nuevas especies que pueden ser clave en la curación de ciertas enfermedades. No obstante las presiones del sector privado y su desmedida ambición profesional les lleva a dar un paso más en sus investigaciones y a traspasar las fronteras éticas al usar para sus experimentos material genético humano. El resultado será una criatura que día tras día irá aprendiendo y adaptándose a las habitudes de sus creadores, y que al mismo tiempo pondrá en peligro no sólo su carrera, sino también su supervivencia.
Algo perdido en combate teníamos al bueno de Vincenzo Natali después de su interesantísima trilogía fílmica de presentación. En apenas cinco años este autor dejó claro que desde el demasiadas veces ninguneado vecino norteño de Estados Unidos se podían concebir obras estimulantes que lograran insuflar bocanadas de aire fresco al género fantástico. Con ‘Cube’, genial ópera prima nos atrapó el aquel galimatías laberíntico imposible, con la irregular ‘Cypher’ trenzó un a ratos brillante juego hitchcockiano de falsas identidades, y con la infravalorada ‘Nothing’ divirtió con ese simpático perro verde que parecía directamente sacado de la mente del gran Charlie Kaufman.
Desde entonces, pocos proyectos más. El documental inédito en nuestro país sobre la figura de Terry Gilliam durante el rodaje de ‘Tideland’ y una de las breves aportaciones en ‘Paris, je t’aime’. Después de seis años casi en el anonimato, vuelve Natali auspiciado por Guillermo del Toro con ‘Splice’, un proyecto que debe volverlo a la primera línea del fantástico. El propio director manifestaba que en esta ocasión su principal motivación era la de rodar una película cuyo monstruo fuera un personaje más, no simplemente algo de lo que había que huir. Nadie puede negar que el punto de partida sea por lo menos prometedor. Pero si antes alabábamos el evidente poder creativo de Natali, también hay que reconocer que todavía no ha logrado hacer ningún trabajo redondo. Por desgracia ‘Splice’ no es la excepción.
El principal problema de este experimento subyace en la obsesión del director canadiense por su criatura, que acaba convirtiéndose en una peligrosa arma de doble filo. Por un lado la figura de Dren adquiere un notable peso dramático, confirmándose el filme como un muy interesante transgresor / renovador de los cánones de las monster movies. A pesar de que los efectos visuales no rindan siempre al nivel deseable, la apariencia del monstruo así como sus continuas metamorfosis convencen. De modo que desde el punto de vista estético y también psicológico, Dren hace los méritos suficientes para ocupar un huequecito en el imaginario colectivo, aunque no con tanta contundencia como apuntaban la mayoría de pronósticos.
Por el otro lado tenemos todos los demás personajes de la función. O quizás debería usarse el término “figurantes”... o quizás “monigotes”. Es tan grande el mimo que Natali le dedica a su juguetito que se le olvida que hay gente rodeándolo e interactuando con él, aunque también hay que reconocer que no ayudan demasiado a la causa las poco lucidas interpretaciones de Sarah Polley -cosa rara- y Adrien Brody -cosa no tan rara-, que no parecen creerse en ningún momento a esa pareja científicos locos, evolución algo retorcida del Frankenstein de Shelley. Por supuesto tampoco ayuda un final demasiado precipitado y descaradamente abierto a posibles secuelas; una resolución en la que se hacen demasiado evidentes las carencias narrativas del cineasta, aunque su currículum ya nos advirtiera sobre este handicap.
Así, al final ‘Splice’, híbrido de ciencia-ficción y terror, de ‘Mimic’ (la sombra de Guillermo es muy alargada), ‘Species’ y un larguísimo etcétera, se muestra como un compendio de buenas intenciones, la mayoría de ellas mal acabadas, lo cual tristemente se está convirtiendo en un tic demasiado frecuente en los productos fantásticos modernos. De modo que prepárense para ver una propuesta diferente; una historia perversa que les hará removerse continuamente en la butaca por lo -éticamente- incómodo de sus situaciones, pero a la hora de aplaudir al final de la representación mejor mantengan las manos en los bolsillos, porque la genialidad del amigo Vincenzo no está... y eso que se la esperaba.
Nota:
5 / 10
por Víctor Esquirol Molinas