La pasión de ClintClint Eastwood vive, como su personaje Walt Kowalski, atormentado, o como mínimo autolastrado, por su pasado. Héroe del autoritarismo, banalizador del drama de la guerra, adalid de la justicia casera, virilidad con patas... todas esas etiquetas las ha ido coleccionando Eastwood desde sus orígenes como actor hasta su primera etapa como director.
No quiero entrar en valorar si esos tópicos que han ido creciendo alrededor de Clint Eastwood desde que saltó a la fama por encarnar a lo que quedó para la posteridad como el antihéroe por excelencia (
Por un puñado de dólares, Sergio Leone, 1964) son merecidos para su persona, pero es indisctutible que los tópicos no nacen de la nada y que para el subconsciente colectivo Eastwood refleja la viva imagen del puño sangriento de la ley (
Harry el Sucio, Don Siegel, 1971), el descerebrado que ve en la guerra una simple extensión del inofensivo y entrañable entrenamiento espartano de los marines (
Sargento de Hierro, Clint Eastwood, 1986) o el amoral pistolero que vive por y para la violencia sin más dilema moral que el de en qué momento le es más útil apretar el gatillo (
El bueno, el feo y el malo, Sergio Leone, 1966).
Clint Eastwood tiene ya 78 años, una edad más que recomendable para mirar atrás y hacer balance de tu propia vida a través de tu reflejo en los ojos de los demás, y en ese reflejo encuentra esos tópicos que le atormentan como si de una guerra pasada se tratara, y él no se reconoce o como mínimo no quiere reconocerse.
Ahí comienza su redención a través de su propia obra. Nos encontramos que esta última década, Eastwood se ha ido dedicando cada vez más a obras personales en las que da respuesta moral a las tesis de sus películas pasadas. De esta forma podemos encontrarnos con que para redimirse de la ligereza con que retrata de la guerra en Sargento de Hierro, rueda una magna obra en que retrata la guerra, sus bajezas sociales y sus consecuencias con toda la crudeza, realismo y conciencia de la que es capaz (
Banderas de nuestros padres, 2006), y no contento con ello, se redime también de la visión parcial con que retrata la guerra de Panamá en que no sólo renuncia, sino que abomina de intentar cualquier punto de vista diferente al de los EEUU, y rueda su epopeya bélica desde ambos puntos de vista (
Cartas desde Iwo Jima, 2006). Otro tópico del que al que se le pudo asociar fue el de maestro mundial de la virilidad. No en vano, como icono del western y del cine policiaco de los 70', los dos géneros más machistas de la historia, esa asociación era inevitable. No quiso retirarse sin responder a ese tópico (
Million Dollar Baby, 2004).
Y si una áurea le pesa como una losa a Eastwood, si una imagen se ha quedado grabada a fuego en la retina del público, esa es la de paladín sangriento, la de máxima imagen de la violencia vengativa, incluso en alguna de sus películas más celebradas y ya siendo plenamente consciente de su papel pasado en el cine, parecía no querer despegarse de ese tópico y, sin reivindicarla, sí que parecía cantar la imposibilidad de huir de esa violencia irracional y desgarradora (
Sin perdón, 1992) y decidió rodar su denuncia contra la justicia de barrio surgida del odio inmmediato (
Mystic River, 2003). Pero no era suficiente. Eastwood necesita personificar de una forma directa, a nivel metafórico y a nivel absoluto ese rechazo frontal a la violencia sorda de Harry Calahan, a la violencia irracional de Thomas Highway, a la indiferencia del Rubio sin nombre, a la resignación cobarde de Bill Munny... y crea a Walt Kowalsky, rueda
Gran Torino, la película por la que espera ser recordado y por la que, en justicia, deberíamos guiarnos dentro de 20 años cuando queramos indagar en la moralidad de ese gran director y actor que fue Clint Eastwood.
Sigo la crítica en spoiler para evitar desvelar momentos clave de la trama, y es que Gran Torino funciona mejor a un nivel emocional si vais a verla totalmente vírgenes.
Algunos dirán que Gran Torino va del racismo (otro tópico asociado a la derecha reaccionaria, y, por tanto, carne de redención por parte de Eastwood, que no en vano dedicará su próxima película a la lucha contra el racismo por parte de Nelson Mandela), de la vejez, de la soledad, del miedo al cambio, del daño emocional que provoca la guerra en sus combatientes... y es cierto, va sobre todo eso, pero el tema principal, el tema en el que se vuelca Eastwood cuando se destapa la intención que hay detrás de Gran Torino después de la violación de Sue (una excelente Ahney Her, sin duda uno de los papeles revelación del año, posiblemente merecedora de una nominación a actriz secundaria en unos Óscar que ignoraron vilmente esta película), es la redención, y el objeto central sobre el que se redime Walt Kowalski es la violencia que le marcó durante su juventud en el campo de batalla, la sangre ajena que derramó.
No creo en las casualidad en los grandes artistas, e igual que no creo que los maravillosos detalles de un cuadro de Velázquez sean fruto de una inspiración etérea sino de toda su intención como creador consciente, no creo que todos los elementos que pueblan la película sean casualidad. Por eso creo en la intención de Eastwood al crear una estructura semejante a la de Sin Perdón, incluyendo giro dramático final, tampoco creo que sea fruto de la casualidad que Clint se enfrente a la resignación y asunción de la violencia vengativa que hace Bill Munny al final de esa película dándonos un final en el que Walt Kowalski se entrega al martirio sin buscar el enfrentamiento con los que serán sus verdugos. Eastwood quiere mandar un mensaje claro, darle la espalda a tus demonios es posible y de hecho es la única conclusión posible en un proceso redentorio.
Como he dicho, Eastwood quiere con Gran Torino desnudarse de forma ineludible ante sus espectadores, los mismos que le han puesto infinidad de etiquetas que él quiere eliminar de una vez por todas.
No quiero acabar la crítica sin hablar de la película en sí, dejando de lado por fin el trasfondo y los orígenes y consecuencias personales de ella en Clint Eastwood, y ya os avanzo que si tal desnudez, tal crudeza en su autoretrato y redención me merecen todo mi respeto, Gran Torino, desde un punto de vista puramente estilístico y fílmico no van a bajar mi entusiasmo por la que considero la mejor película del año.
Durante años, Eastwood nos ha demostrado ser uno de los mejores directores de cine de la actualidad. Fiel a su clacisismo ineludible (cada gran artista conoce sus límites y puntos fuertes y en base a ellos crea su obra), Eastwood da una nueva clase magistral de cómo usar el celuloide para transmitir emociones. Apenas una hora y media que te hará reir, llorar, odiar y amar. Con apenas unos puntos débiles en su guión, el maestro de San Francisco nos brinda una película de una sobriedad pasmante, rodada en apenas un par de localizaciones naturales, en un puñado de escenarios simples como la vida misma (coherencia estilística en el mensaje de la película, para quitarse el sombrero), con actores de una solidez exhuberante y sorprendente por su poca experiencia.
Eastwood tiene cinco décadas de experiencia detrás suyo, y con semejante bagaje sólo hace falta voluntad para absorber todo lo que has ido aprendiendo y volcarlo en una película que roza la perfección por momentos, como mínimo, la perfección en lo que yo opino que es el cine: Un medio para transmitir mensaje y emociones. Podemos debatir sobre lo acertado de la primera parte de mi análisis, sobre si verdaderamente Eastwood quiere huir de su pasado y sus taras, pero me parece indudable la maestría que rebosa en casi todos sus aspectos Gran Torino.
10/10Espero que no os haya matado con semejante ladrillo, pero es que Gran Torino es una obra maestra, y me era incapaz dedicarle apenas un par de párrafos para hablar sobre ella.