Todo por un sueño
Leves murmullos en el patio de butacas. Se abre el telón y un silencio sepulcral invade la sala. El foco ilumina una elegante silueta que acaba de hacer su aparición en escena. Un hombre con aire risueño -casi burlesco- vestido de negro se desliza ágilmente hasta una tarima para atraer la atención del respetable. Y a fe que lo consigue. Quizás es por la energía que irradia, o quizás es por el hecho que el tiempo parece afectarle de manera distinta que al resto de los mortales... quizás sea porque bajo esta sonrisa se esconde una de las historias más increíbles jamás contadas. Al fin y al cabo estamos ante Philippe Petit, el autor del “delito artístico del siglo”.
Una presentación similar podría hacerse de James Marsh, consagrado documentalista y auténtico recolector de historias chocantes. Suyos son los filmes ‘Troubleman’, sobre Marvin Gaye y su asesinato a manos de su padre, ‘The Burger and the King’, referente a los hábitos alimenticios de Elvis Presley, o ‘Wisconsin Death Trip’, acerca de una ola de suicidios y asesinatos que tuvieron lugar durante de la década de los 80 en una pequeña localidad norteamericana. Con su último y -justamente- galardonadísimo último trabajo, Marsh cambia de tono y se impregna del positivismo que desprende el protagonista de esta proeza sin precedentes.
Auténtico buscavidas y artista de profesión, Philippe Petit supo desde la temprana edad de 17 años, que el sueño de su vida sería “coronar” las torres gemelas del World Trade Center de Nueva York, cruzándolas subido en un fino alambre. Una auténtica locura que a nadie más se le podría haber ocurrido. ¿Acto de rebeldía? ¿Meta personal para alcanzar algún tipo de realización espiritual? Prohibido preguntar al respecto... pues poco -o nada- importa la respuesta. Así nos lo hace saber este irrepetible funambulista, que a la vez se sumerge a la perfección en el papel de principal vehículo conductor de la historia. Durante su narración, Petit salta, se esconde entre las cortinas, susurra, grita y se emociona. Es en definitiva el maestro de ceremonias ideal; una de estas personas a las que no me importaría cederle horas y horas de mi tiempo para que compartiera conmigo sus inagotables odiseas.
Para no quedarse atrás en este auténtico tour de force, el director James Marsh pone todo su ingenio al servicio del gran show. Haciendo honor a sus galones, imprime al documental un ritmo ágil y sabe jugar a la perfección sus cartas. Con la excelente selección tanto de grabaciones de la época como de entrevistas a los cómplices de la hazaña (muy emotivos todos ellos también), la historia avanza tan sutilmente como Petit en cualquiera de sus grandes actuaciones. ‘Man on Wire’ se detiene allí donde el gozo es mayor y pasa de puntillas en los temas más escabrosos de esta sin duda intrincadísima historia. Con ello, queda algún que otro cabo suelto por atar, pero a cambio se imprime a la cinta una fuertísima sensación de espectáculo.
Éste es el concepto clave del filme. Y es que para todos aquellos que creían que los documentales sólo servían para concienciarnos de los peligros / injusticias que nos rodean, ahí está ‘Man on Wire’, una película que, al igual que su maestro, consigue dejarnos con la boca abierta durante la hora y media que dura. Las piezas musicales de Michael Nyman, las reconstrucciones rodadas con suma gracia (esas sombras subiendo y bajando escaleras, al más auténtico estilo expresionista alemán)... y por último Philipe Petit fundiéndose en el azulado y ligeramente nebuloso cielo neoyorquino. Pura vitalidad; pura emoción a flor de piel; pura magia. Y ya está. Se cierra el telón, y se retira a su camerino una de esas pequeñas grandes joyas que nos regala a veces el séptimo arte.