No hay nada más inexplicable y lastimoso que un zapato que se queda sin su pareja, olvidado, tirado, despojado del par que constituía su destino y le reportaba sentido, utilidad y trascendencia. Pues por raro e inquietante que parezca, por las calles transitan a diario un sin fin de zapatos que desean encontrar su complemento, pues no se resignan a hacer el camino sin el apoyo de un compañero. Aun los zapatos más vanidosos, autosuficientes, especiales y únicos sienten que “la felicidad sólo es real cuando es compartida”, como escribía el desesperado Christopher McCandless, ya despojado de su alias aventurero Alexander Supertramp, en las horas de la Verdad en su perdido autobús mágico en las tierras salvajes de Alaska. Ese compañero no tiene por qué ser necesariamente una persona del otro sexo, con quien descargar hormonas y libido, sino que basta que sea un bastón en el que apoyarse, un hombro sobre el que llorar, unos ojos en los que confesarse, en definitiva, un amigo en el sentido más necesitado y utilitarista de la palabra.
“Buscando un beso a medianoche” no habla estrictamente del amor, o al menos, no el amor de las manidas y superficiales comedias románticas que proliferan en el imaginario colectivo, sino más bien de la necesidad de compartir con alguien las penas y la soledad, a fin de que, al menos por un día, en este caso el día más teleológico del año, si se me permite la expresión, como es el día de Nochevieja, dos almas heridas puedan soportar las últimas horas del mismo sin hundirse en el desánimo y, por una vez, sentir que el viento del cambio está cerca. Un pequeño milagro navideño, materializado en una página de contactos de internet, es el artífice de que un joven misántropo y huraño encuentre una alocada y algo distante joven que paulatinamente irán despojándose de sus armaduras para transformarse, el uno en un ser más confiado en sí mismo y dispuesto y la otra en una mujer más sensible y valiente.
Bebiendo de películas también independientes como “Antes del amanecer”, su secuela “Antes del atardecer”, o “Once”, esta obra sobre corazones remendados transcurre en unas pocas horas, sabiamente sintetizadas y exprimidas por el director Holdridge, que fluyen con naturalidad, sin flojear en ningún momento gracias a un logrado e inteligente guión, que sin tocar temas inalcanzables o filosóficos, sino más bien habituales y mundanos, refleja muy bien las inquietudes de unos jóvenes veinteañeros o entrando en la treintena, justo cuando la sociedad parece exigir unas ambiciosas decisiones que serán la causa de los efectos colaterales de toda una vida posterior. De manera astuta Holdridge no obliga a sus personajes a tomar esas decisiones de forma precipitada, sino que les da la oportunidad de hacerse fuertes para prepararse para tomarlas, una vez que han encontrado otro zapato perdido, sin que este sea necesariamente la pareja de su par.
Todo ello se enmarca, acertadamente, en el “macrocosmos” de la impersonal ciudad de Los Ángeles, una megalópolis paradigma de la alienación, los sueños rotos, los naufragios personales y la artificiosidad, pero haciendo uso de ese entorno como contraste al amistoso encuentro y metáfora del estado psicológico previo de los personajes, utilizando para ello la fotografía en blanco y negro en aras a lograr una intimidad vital para servir de marco a la entrañable y privada cita de la pareja, emulando aquí un poco el director el “Manhattan” de Allen.
Las mejoras bazas de la cinta son la naturalidad, los diálogos, el buen hacer de los actores (conmovedores los instantes finales de las lágrimas de ambos) y ese constante reflejo de que la piel siempre acaba buscando a la piel. Para los que nos sentimos o nos hemos sentido alguna vez un zapato olvidado en busca de un abrazo voluntario y sin compromisos, o con ellos.