Mapa de los sonidos de Tokio (2009)
FICHA TÉCNICATITULO ORIGINAL: Map of the Sounds of Tokyo
AÑO: 2009
DURACIÓN: 109 min.
DIRECTOR: Isabel Coixet
GUIÓN: Isabel Coixet
MÚSICA: Varios
FOTOGRAFÍA: Jean Claude Larrieu
REPARTO: Rinko Kikuchi, Sergi López, Min Tanaka, Manabu Oshio, Takeo Nakahara, Hideo Sakaki
PRODUCTORA: MediaPro / Versátil Cinema S.L.
SINOPSISRyu (Rinko Kikuchi) trabaja en el mercado de pescado de Tokio, pero, de vez en cuando acepta encargos como sicario. En uno de sus encargos conoce a un español (Sergi López) que regenta una vinoteca en la capital nipona.
CURIOSIDADES- A Isabel Coixet se le ocurrió la historia de la película cuando regresaba al hotel, después de haber realizado una visita al mercado de pescado de Tokio, conocido comoTsukiji. Allí observó de madrugada cómo los trabajadores descargaban y cortaban las variadas clases de pescados que existen en Japón, llamándoles especialmente la atención una trabajadora joven que se negó muy efusivamente a que le hiciera una fotografía. Esa imagen de la chica, con sus botas y la sangre del atún recién cortado bajo sus pies, que no quería que le hicieran una foto fue el punto de partida de la imaginación de la directora catalana.
- Coixet ha afirmado también su fascinación por la cultutra japonesa contemporánea y la atmósfera que emana de las novelas de Haruki Murakami y Banana Yoshimoto.
- La banda sonora, muy importante en todas las películas de Coixet, es bastante ecléctica, pues incluye canciones de Noriko Awaya (que canta la canción tradicional japonesa Genka), Hibari Misora (que interpreta La vida en rosa, en japonés), Max Richter, el duo holandés "Kraak & Smaak" o la preciosa "One dove" de Antony & the Johnsons'.
- La película muestra algunas facetas de la cultura japonesa, especialmente la gastronomía. A la protagonista se la ve comiendo mochis de fresa (es un pastelito de arroz japonés hecho de arroz glutinoso molido en una pasta y después moldeado), así como los ramen (versión japonesa de la sopa de fideos chinos, que deben sorberse de una forma peculiar haciendo ruido). En otro momento se ve a Ryu acudiendo a un templo haciendo todo el ceremonial típico para colgar un deseo, que incluye el lavado purificador previo.
- La propia Coixet acudió a un templo, el que se encuentra junto al curioso parque de atracciones que aparece en la película, para colgar un deseo: hacer una película en Japón. Y su deseo se cumplió.
CRÍTICAYa de por sí la ecuación Coixet-Tokio parece arriesgada si tenemos en cuenta que la filmografía de la cineasta está repleta de títulos intimistas y silenciosos como “Mi vida sin mi”, “La vida secreta de las palabras”, o “Elegy” y que Tokio vista por los directores occidentales suele ser una suerte de cementerio de ballenas, punto de encuentro para corazones solitarios (recordemos “Lost in translation” de Sofía Coppola). Por ello, lo que en principio parecen dos variables distintas en la ecuación, se convierten en un único factor, la soledad al cuadrado, o lo que es lo mismo, recrearse en el vacío.
Uno puede preguntarse el por qué del título escogido por la directora, porque lo de los sonidos nipones está muy bien logrado, habiéndole granjeado un premio en el festival de Cannes, pero lo del mapa ya no lo tenemos tan claro. Coixet zozobra al intentar mostrar cualquier tipo de sentimiento en una presunta historia de amor entre dos personas, una solitaria por naturaleza y otra sola por circunstancias. Ni la película nos da un mapa para intentar encontrarlos, ni parece que la directora dispusiera de él, pues la historia se basa en un guión vacío, un esqueleto sin piel ni pálpito alguno, que se resuelve en unos tímidos ecos apenas imperceptibles (dicho sea de paso, que los escasos diálogos de la película apenas se oyen, deliberadamente). La sensación que deja la película es parecida a la que produce escuchar una moneda en una hucha de metal, el absoluto vacío. La moneda serían los actores, Sergi López y Rinko Kikuchi, que ya nos ofrecieran interpretaciones memorables en Sólo mía o en Babel, respectivamente, y que en esta cinta hacen lo que pueden lanzándose contra los muros de un guión ridículo, siendo el único fruto aprovechable. La hucha metálica sería la mano sólida de una directora con personalidad, que sabe lo que hace y lo que quiere y que acierta en las formas y en la cobertura del filme, visual y sonoramente acertada. El hueco y la frialdad del aire que se halla entre la moneda y la hucha, sería el resto de la película, que no nos ofrece nada, salvo que debamos agradecer a Coixet un supino aburrimiento y algunos ronquidos que se escucharon en la sala (desde aquí me dirijo al señor que se durmió, rogándole que la próxima vez se eche la siesta en su casa).
En “Mapa de los sonidos de Tokio” encontramos cinco personajes y otro más, una hija que deseaba llamar la atención quizás falta de cariño, que es el que desencadena la tragedia. Todos son japoneses, salvo David, el español afincado en Tokio interpretado por Sergi López, que regenta una tienda de vinos llamada “Vinidiana”, en honor a Luis Buñuel. Los otros cuatro son un rico ejecutivo de una compañía y padre de la malograda hija, su ayudante que parece lamentarse de no haber expresado sus sentimientos a tiempo, un hombre mayor que trabaja en el mercado de pescado, que ejerce de narrador omnisciente, pues nos cuenta cosas que sería imposible que conociera sobre todo del final de la película, y cuya soledad obliga a grabar los silencios del último personaje de la historia, una chica que también trabaja en el mercado de pescado y que en sus noches libres ejerce de sicario. De este último personaje, el mas interesante y mejor perfilado de todos, se nos brindan pocos pero suficientes datos;
que le encantan unos caramelos de fresa en forma de nube, que siente remordimientos de los hombres a los que ha asesinado, pues acude todos los domingos a limpiar sus tumbas, que es incapaz de comunicarse con quienes la rodean, encontrándose en un estado de mutismo voluntario, como el de Harpo, pero sin la gracia y la inteligencia de éste último, y que se siente tan sola, que no le importa ser la sustituta de la novia del español con quien queda para comer ramen (fideos) y para tener sexo en un hotel cuyas habitaciones recrean diferentes rincones de Paris, siendo un vagón de “La plaza de los vosgos” su reducto íntimo.
A pesar de lo atractivo que pueda parecer ese personaje, no pasa de meras pinceladas, ya que su exasperante mutismo la coloca a kilómetros de distancia del espectador que no puede identificarse, ni dejarse conmover por su alienada existencia. Como ya he dicho, el vacío, la nada, sólo acompañados, esporádicamente, por algunas buenas canciones que son marca de la casa (a destacar la aparición de Anthony and the Johnsons, aun cuando rodeada de canciones cantadas en japones parece más un toque intelectual discordante). Se echa de menos, no obstante, que en la última secuencia, ya con los títulos de crédito, no se escucharan los acordes de la zarzuela "La rosa del azafrán" con la que Almodóvar iniciaba de manera magistral su “Volver”, pero es que el manchego imprime una vidilla a sus películas hacia la que Coixet debe sentir urticaria.
Ante la evolución de la filmografía de la directora catalana, que comenzó con un mar de sentimientos, algo forzados, y fue desprendiéndose de ellos poco a poco, como cuando se pela una cebolla, pero al revés, pues las lágrimas se derramaban con la cebolla entera y no al ir quitando sus capas, no sé si estaremos preparados para su siguiente criatura. Si ahora se nos sirve un corazón congelado, ¿es que en la próxima película no habrá ni corazón?