Londres
En 1995, este hombre que dice ser fan de los restaurantes de Madrid («Sigo los consejos de mi amigo Guillermo del Toro») y que ahora se encuentra repantingado en un sofá del Hotel Cladrige de Londres, era bastante más joven. Fue entonces cuando James Cameron (Kapuskasing, Ontario, Canadá, 1954) se decidió a escribir el primer borrador de Avatar, una historia de alienígenas, montañas flotantes, dragones voladores y criaturas extrañas. Han pasado 18 años y aquel proyecto a medio camino entre la alucinación y el exceso es ahora una película, que se estrena el próximo viernes.
Pero no una cualquiera. En primer lugar, se trata de la vuelta al trabajo del director que consiguiera todo gracias a Titanic, la película más cara, con más Oscar y más taquillera que el universo ha visto; y en segundo lugar, estamos delante de la producción más esperada del año, de la década, quién sabe si del siglo.
Y ¿por qué? Por partes: por primera vez, una película se filma con un sistema que integra un mundo creado por ordenador con el trabajo de actores de carne y hueso, con una verosimilitud nunca antes contemplada. Eso, y lo más importante, también por primera vez las tres dimensiones se ponen al servicio de una historia fantástica dirigida al público adulto. Todo tan real como la vida misma.
Pregunta.- ¿Cómo lleva la presión de ser examinado por el mundo entero después de 12 años fuera de Hollywood?
Respuesta.- Nunca me he tomado el trabajo en el cine desde, digamos, la perspectiva de Hollywood. No me preocupa tener o no tener éxito.
P.- Menos mal que se produce a sí mismo, de lo contrario el productor no estaría muy contento...
R.- Lo que quiero decir es que el trabajo de hacer, por ejemplo, Titanic fue un reto de investigación, de conocimiento, que no tiene nada que ver con el modo como se valoran las cosas en Hollywood. Me siento fuera de Hollywood. Intento construir mi mundo fuera de esos estándares. Pondré un ejemplo. Llevamos dos años y medio trabajando en la construcción de The sphere, que es el compartimento del piloto de un sumergible que voy a usar para bajar al fondo de la fosa de las Marianas, a 11.000 metros. Es un reto de la ingeniería. Nos ha costado años, literalmente, conseguir la metalurgia, la tecnología... todo. La metimos en una cámara de presión, la probamos y funcionó perfectamente. Otra gente lo había intentado y fallado. Nosotros no. Sabemos que va a funcionar y no es la opinión de los críticos la que dice que va a funcionar.
P.- Avatar es la película de la primera vez. La primera vez que se usa la cámara virtual, la primera que el 3-D se emplea con personajes de carne y hueso... ¿Arrogante?
R.- No, para nada, es mi forma de ser. Si veo un tiburón en el agua, me tiro de cabeza para conseguir una buena foto. No tengo ningún miedo a cosas de las que la mayoría de la gente huye. Si no hago algo completamente nuevo no me interesa.
P.- ¿Qué es el éxito para usted?
R.- Es muy sencillo. Poner a un equipo a trabajar en un problema y solucionarlo. Lo que hemos hecho en Avatar. Si a la gente le gusta y finalmente hacemos mucho dinero... pues tampoco está mal [se ríe].
P.- Spielberg ha dicho de Avatar que nada le ha sorprendido tanto desde La guerra de las galaxias.
R.- Le agradezco el cumplido, pero son películas muy diferentes. Aunque las dos proponen algo nuevo. Recuerdo perfectamente el día que vi La guerra de las galaxias. Esa noche decidí dedicarme al cine. Hasta entonces había conducido camiones [se ríe]. Lo que vi en la cinta de George Lucas no lo había visto en mi vida. Lo que yo quiero dar al público es una experiencia similar.
P.- ¿Por qué cree que son tan diferentes?
R.- La guerra de las galaxias responde a un tipo de ciencia ficción comercial. Se trata de una space opera o de un space western destinado al gran público. La película estaba muy alejada del patrón de la ciencia ficción clásica, que siempre tenía un mensaje de advertencia. Las películas de monstruos o de platillos volantes en realidad advertían contra la amenaza nuclear, contra la sobrepoblación... Star wars se olvidó de todo esto para ser pura aventura.
P.- ¿Y eso no es Avatar?
R.- Con Avatar hemos intentado hacer las dos cosas. Por un lado, es aventura en estado puro a vueltas con la mitología del héroe. Pero, al mismo tiempo, tiene una conciencia moral sobre lo que le está pasando al planeta ahora. Y en eso está más cerca de la ciencia ficción con la que he crecido, la de los años 50.
P.- ¿De qué películas habla?
R.- De las películas de Ray Harryhausen o de monstruos. Nací en un pequeño pueblo de Canadá y lo que vi sobre todo fue la televisión. De todas formas, si tuviera que citar algo que de verdad ha determinado mi carrera de director son los cómics y las novelas de ciencia ficción.
P.- Entonces no había Playstation.
R.- Ni videojuegos ni nadie que imaginara ni que creara Star wars por nosotros. Me pasaba horas dibujando, intentando poner cara a lo que había leído. Creo que ahí está el origen de mi cine y de Avatar.
P.- Su película de hecho es el primer blockbuster en mucho tiempo que no está basado en un libro, en un videojuego... ¿No es demasiado riesgo para una película que ha costado 300 millones de dólares?
R.- Sí, es cierto. No somos una marca o una franquicia que la gente ya conoce. No somos Harry Potter 6 o Spiderman 4. Ahora el gran dinero de Hollywood se mueve alrededor de estas películas porque aseguran la inversión. Nosotros hemos creado la marca de cero. Soy consciente de que mi reputación como cineasta me permite esto. Además, gracias a internet puedes diseminar ideas por la Red y generar contagio. Luego está comprobar si las expectativas generadas coinciden con el resultado.
P.- ¿Le deja dormir el hecho de que esta película haya sido elegida para cambiar la historia del cine?
R.- He esperado 10 años para ver qué pasa. Algunas veces cuando la gente desea que pase algo acaba sucediendo. Cuando la gente siente que es necesario un cambio, el cambio termina por llegar. Son muchas las películas en tres dimensiones que se han estrenado y que han hecho aumentar la audiencia. Avatar llega en el momento apropiado para consolidar el cambio y avanzar un peldaño más.
P.- ¿Qué cambia su película?
R.- En mi imaginación quiero creer que esta película muestra el camino a otros directores en el uso de las tres dimensiones. Ya no es sólo para niños. Yo me considero un director de cine serio. Si triunfa, habré demostrado que el 3-D es un recurso más para hacer creíble una historia, para convencer al público de que lo que ve es cierto. Eso es la esencia del arte.
P.- ¿Cree que el cambio de las tres dimensiones es similar, por ejemplo, al de la llegada del sonido al cine?
R.- No. Cuando llegó el sonido nadie discutió sobre lo que significaba. Quizá es más parecido al cambio que supuso el sonido digital. Éste no sólo llevó gente nueva al cine, sino que cambió la forma de hacer las películas.
P.- ¿Cómo cambiará el lenguaje cinematográfico las tres dimensiones?
R.- De momento lo que hace es revalorizar la experiencia de ir al cine. En los últimos años, las pantallas de casa cada vez son más grandes, el sonido mejor... La distancia con el cine se ha acortado. Con el 3-D vuelve a tener sentido pagar por entrar en una sala a oscuras.
P.- ¿Es entonces sólo una cuestión comercial?
R.- Es, digamos, una opción del consumidor. Avatar no hubiera sido filmada de forma diferente en dos dimensiones. De hecho, se puede ver en dos dimensiones. El consumidor, eso sí, puede y tiene la libertad de pagar más por tener más. Y ese más es la experiencia del 3-D.
P.- ¿Cómo se imagina el futuro del cine después de Avatar?
R.- Pensemos en la pantalla panorámica. En un principio se pensó exclusivamente para crear un gran panorama, simplemente para hacer la película mayor. Pero eso hizo que los directores inventaran nuevas formas de composición: cada actor en un lado de la pantalla y en medio un gran vacío. De repente, la pantalla panorámica se convirtió en el mejor aliado para dramas muy pequeños. Nadie había profetizado eso, pero sucedió. Con el 3-D puede pasar lo mismo porque cambia el sentido de la realidad. Dentro de poco veremos que las tres dimensiones no sólo se utilizará en películas de acción. Me puedo imaginar perfectamente películas como Expiación, un drama épico espectacular, en 3-D. No sé si el director, Joe Wright, puede, pero yo sí. Titanic se editará en 3-D. Incluso Ciudadano Kane, con esa composición gráfica tan potente, sería fantástica en tres dimensiones. No sé muy bien cómo cambiará el lenguaje cinematográfico, pero lo hará.
LUIS MARTÍNEZ. ENVIADO ESPECIAL. (EL MUNDO)