Paul Greengrass vuelve, con su particular estilo, junto a Matt Damon a derrochar acción, disparos y golpes, pero esta vez en un contexto muy diferente. Bien es cierto que el sargento Miller es un clon de Jason Bourne, no sólo en su aspecto físico, sino en unos ideales y unos objetivos que les sitúan completamente solos y aislados del resto, con un objetivo por el que tendrán que luchar contra sus propios compañeros y donde tendrán que buscar ayudas y nuevas amistades hasta debajo de las piedras. Bourne buscaba su pasado y para ello luchaba contra sus antiguos compañeros de Treadstone; en el caso que nos ocupa, Roy Miller es el que tiene que alejarse de las órdenes de sus superiores y pelear contra ellos para luchar por la verdad acerca de las Armas de Destrucción Masiva, mostrando una y otra vez cómo los intereses políticos son los que realmente mueven el cotarro de cualquier asunto, por muy serio o importante que resulte para el mundo entero.
La peli tiene un alto contenido político pero se agradece muchísimo que la carga de sentimiento americano descienda con respecto a otros títulos de temática similar, como The Hurt Locker (Kathryn Bigelow, 2008) o Saving Private Ryan (Steven Spielberg, 1998) donde el patriotismo norteamericano dicta a los personajes en todo momento de la trama. En este caso, Miller no estará tan sumergido en este fin, pues el tema de la guerra de Iraq atañe a prácticamente todo el globo terráqueo. El motivo que mueve al personaje de Matt Damon no es el de luchar por su patria, todo lo contrario, pues es contra esta la que lucha por esclarecer la verdad de lo ocurrido.
Por último mencionar que si en las dos últimas entregas de la saga de Bourne el estilo de Greengrass las hacía resaltar sobre la primera de ellas, creo que en este caso no es tan acertado este estilo; el fuerte temblor de la cámara, los continuos zooms y el tremendo dinamismo de la imagen cargan demasiado una peli poco original que peca, en gran medida, por su final facilón.