LA DIOSA DEL ASFALTO
(THE GODDESS OF 1967)
"Understand?"
FICHA TÉCNICATÍTULO ORIGINAL: The Goddess of 1967
AÑO: 2000
DURACIÓN: 119 min.
PAÍS: Australia
DIRECTOR: Clara Law
GUIÓN: Clara Law, Eddie Ling-Ching Fong
MÚSICA: Jen Anderson
FOTOGRAFÍA: Dion Beebe
REPARTO: Rose Byrne, Rikiya Kurokawa, Nicholas Hope, Elise McCredie, Tim Richards, Bree Beadman, Satya Gumbert, Tina Bursill, Tim McGarry
PRODUCTORA: New South Wales Film & Television Office
GÉNERO: Drama
SINOPSISRoad movie que cuenta la historia de un joven japonés que, a través de Internet, logra dar con su sueño: un coche modelo Citröen DS de 1967, también llamado "la diosa". Tras descubrir que puede comprar el coche en Australia, viaja hasta allí para recogerlo. Pero a su llegada descubrirá que el coche también tiene una historia: una joven ciega y emocionalmente inestable.
IMÁGENES PARA RECORDARCRÍTICAMás que una película, La diosa del asfalto (The goddes of 1967) es una experiencia.
La primera imagen nos transporta a un túnel, a unas vías de un tren elevado de Tokio, captando de manera intensa (visual y sonoramente) nuestra atención. Pero la siguiente toma no es menos cautivadora. Sobre una pantalla en blanco de un ordenador se escribe la frase: “I want to buy god” (“Quiero comprar a dios”). Pero, como sucede a lo largo de todo el metraje, ese mensaje no es lo que parece, pues la referencia a dios se sustituye inmediatamente por la referencia a la diosa, que no es ni mucho menos un símbolo religioso, sino un coche fabricado en Francia, concretamente un Citröen DS, cuyas dos últimas letras se pronuncian como la palabra gala “déesse”, es decir, “diosa”. Así que, desde un comienzo, la directora Clara Law, de origen chino, pero que estudió en Londres, juega al despiste, pues en sus propias palabras esta película pretende ser una obra “misteriosa y ambigua”.
El prólogo podría ser desalentador y demasiado extraño para un público conservador, pero cumple dos funciones esenciales; primero, preparar al espectador para el aluvión que le espera, que después de un inicio tan impactante resultará menos incómodo e improbable; segundo, presentar a uno de los dos escasos personajes que van a deambular por el largometraje, describiendo sus características fundamentales (el gusto por los fideos, su obsesión por comprar el Citröen de 1967, su afición a coleccionar y vender animales exóticos y su apertura cultural a pesar de su definida identidad nipona).
Esta película podría describirse como ecléctica y postmoderna. Es un pastiche extraño que, sin embargo, no resulta hermética y se percibe de manera bastante natural e hipnótica. Aúna diversos géneros, como el drama, el terror en algunos tramos y planos, el humor, el surrealismo, hasta con mensajes y citas publicitarias o estadísticas que aparecen de improviso y todo ello fusionado como una “road movie”. Y es que el joven japonés, tras aceptar la oferta de pagar 40.000 dólares por su “diosa” metálica, ha de viajar a Australia donde se encuentra el vendedor, para recoger su preciada joya. Pero su sorpresa será que, una vez aterrizado en ese continente, descubre que el coche está en manos de una joven pelirroja, ciega y algo desequilibrada, que va a conducir al japonés hasta el que antaño fuera el verdadero dueño del automóvil. Ambos jóvenes, emprenden un viaje físico y emocional con un destino incierto.
Sus principales defectos son los relativos al guión, elaborado conjuntamente entre la directora y su marido, Eddie Ling-Ching Fong, que no llega a revelar todos los misterios ni a atar todos los cabos, pues la historia está claramente puesta al servicio de los sentidos y especialmente de la apabullante parte visual. Nunca se retrataron los particulares paisajes australianos con más fuerza y contrastes. La fotografía es bella, rara, colorida, impactante y, no en vano, este apartado se encomienda a un fotógrafo australiano, Dion Beebe, ganador del Oscar por “Memorias de una Geisha” y que hizo una valiosa aportación a películas como “Chicago”, “En carne viva”, “Collateral” o “Nine”. Las mayores virtudes, además del plano artístico citado, son la originalidad de la propuesta, con ideas brillantes, y la coherencia que alcanza a pesar de la rareza que representa. Como muestras de esto último, basta intentar indagar en los diversos paralelismos simbólicos que, a modo de pistas, se van intercalando en el filme (las ratas, el plano desde el árbol, el baile) que aparecen repetidos pero con significados radicalmente diversos en cada sección del filme.
No cabe duda de que el personaje mejor descrito es el de la ciega, interpretada de forma sobresaliente por Rose Byrne, cómo no también australiana, y que nos tiene acostumbrados a su facilidad para amoldarse a todo tipo de papeles y géneros (“Troya”, “Sunshine”, “28 semanas después”o “Adam”) e incluso logró gran popularidad con la serie “Damages” aguantando el tirón del huracán Glenn Close. Para preparar su papel en La diosa del asfalto, aprendió y practicó durante cuatro semanas mímica para poder expresar con el cuerpo los sentimientos de este personaje. Para ella fue el papel más difícil de su vida, pero con el que se sintió más satisfecha. Los críticos nunca estuvieron más de acuerdo; en el festival de Venecia de 2000 consiguió la Copa Volpi a la mejor actriz. Y no es un papel fácil, pues su dolorosa existencia, narrada en forma de flashbacks, explica su inestabilidad, su fragilidad y su desconfianza.
Secuencias imborrables: la presentación del Citröen, el baile de la ciega y el japonés, el final.
Para los atrevidos y que no temen lo inesperado. ¿Amor u odio? Tú eliges.
8/10