CISNE NEGRO (BLACK SWAN) (2010)
"La perfección no es control, es saber perderlo"
FICHA TÉCNICATÍTULO ORIGINAL: Black Swan
AÑO: 2010
DURACIÓN 103 min.
PAÍS: EE.UU.
DIRECTOR: Darren Aronofsky
GUIÓN: John McLaughlin, Mark Heyman
MÚSICA: Clint Mansell
FOTOGRAFÍA: Matthew Libatique
REPARTO: Natalie Portman, Mila Kunis, Vincent Cassel, Winona Ryder, Barbara Hershey, Christopher Gartin, Sebastian Stan
PRODUCTORA: Fox Searchlight Pictures
WEB OFICIAL:
http://www.foxsearchlight.com/blackswan/ SINOPSISNarra la historia de Nina (Natalie Portman), una bailarina de una compañía de ballet de la ciudad de Nueva York cuya vida, como la de todos los de su profesión, está completamente absorbida por la danza. Nina vive con su madre, Erica (Barbara Hershey), una bailarina ya retirada que apoya con entusiasmo la ambición profesional de su hija. Cuando el director artístico Thomas Leroy (Vincent Cassel) decide sustituir a la prima ballerina Beth Macintyre (Winona Ryder) en la nueva producción de la temporada, “El lago de los cisnes”, Nina es su primera elección. Pero Nina tiene competencia: una nueva bailarina, Lily (Kunis), que también ha impresionado gratamente a Leroy. “El lago de los cisnes” requiere una bailarina que pueda interpretar tanto al Cisne Blanco, con inocencia y elegancia, como al Cisne Negro, que representa la astucia y la sensualidad. Nina se adecua perfectamente al papel del Cisne Blanco, pero Lily es la absoluta personificación del Cisne Negro. Mientras la rivalidad entre las dos jóvenes bailarinas va transformándose en algo más que una encrespada relación, Nina empieza a conectar con su lado más oscuro, con una temeridad tal que amenaza destruirla (elseptimoarte.net)
CRÍTICA"Las compulsiones de Aronofsky"
Pensar en Darren Aronofsky (Brooklyn, 1969) es internarse en el inestable mundo de lo psicológico, a través de melodramas y thrillers cercanos a la locura, a la autodestrucción, a la desesperación y, sobre todo, a la compulsión de los personajes. Ya nos lo ha demostrado con creces en obras como “Pi, fe en el caos” (1998), “Réquiem por un sueño” (2000) o “El luchador” (2008), las cuales transitan por la decadencia de las personas desde un surrealismo más extravagante, hasta una mirada más piadosa y complaciente, pero los temas, las obsesiones son las mismas. Ya sea a través de las matemáticas, las drogas, la potencial inmortalidad, o la dureza misma de la vida, siempre retrata personajes perdedores, que se ven prisioneros de su propia existencia, autoaislándose de los demás.
“Black Swan” (2010), no podía defraudarnos en este sentido. La película narra la caída a los infiernos de una delicada y sobreprotegida bailarina de ballet, llamada Nina, que para obtener el papel principal en la obra “El lago de los cisnes”, de Chaikovsky, va a tener que buscar y asimilar en su propio ser el papel del cisne negro, que representa aparentemente lo contrario a lo que ella es, un ser pasional, sexual, seductor, fuerte y astuto. La película, por tanto, se convierte en una elegía de la transformación, de la pureza e inocencia del cisne blanco, a la carnalidad y maldad del cisne negro. Pero nada es tan sencillo como parece, pues Aronofsky juega constantemente al despiste entre realidad e imaginación, no poniendo en ningún momento las cartas sobre la mesa, pues el cambio que experimenta Nina, no es sólo un cambio hacia el exterior, una degradación corporal o física (que se da hasta límites insospechados), sino, lo que es más complejo, una degradación personal e interna, psicológica, que nunca llegamos a saber si “viene de fábrica” o si es causada por la intensa presión a que está sometida esa bailarina que de pronto ha de asumir un protagonismo casi robado. Un poco a lo "Repulsión", de Polanski.

La película cuenta con una fotografía un tanto fría y minimalista, grisácea, como el propio vestuario elegido para el día a día de la apocada bailarina, el gris y el dulce rosa por doquier. Sin embargo, los colores blancos, negros y rojos se dosifican con ingenio para mostrar ambas facetas del personaje.
La dirección de Aronofsky es correcta, combinando primerísimos y acosadores planos de Natalie Portman, que es el eje indiscutible e hipnótico del filme, a la que no deja ni a sol ni a sombra, con movimientos temblorosos de cámara, algunos planos estáticos lejanos de la compañía de baile, el montaje hip-hop y una acertada coreografía visual de la danza, acompañando circular y embriagadoramente los pasos de la bailarina al son de la música. Sin embargo, también hace uso de algunos trucos manidos del thriller o del terror y en la parte final naufraga en el estallido que ha de suponer el espectáculo final, dejando el orgasmo visual que habría de acompañar al delirio del personaje a unos tibios trazos con una compañía de baile escueta, nada espectacular, al contrario de lo que ocurre en legendarias películas sobre la danza, como “Las zapatillas rojas” (1948), que en el tema artístico le dan mil vueltas. Es cierto que hay varias secuencias impactantes, que tienen que ver con el oscurecimiento de Nina, cuando va perdiendo el control y un ser inquietante va tomando el poder de su cuerpo y de su alma, pero no van mucho más allá del trailer comercializado, lo que le resta espectacularidad, al no dejarse apenas ases en la manga. Se le puede achacar al director, el haberse perdido al final en su propia visión de locura bipolar, pero sin que la paranoia haga volar todo por los aires, como cabría esperar.

Sin duda, el gran valor de la película reside en la soberbia actuación de Natalie Portman, que se perfila como gran favorita al Oscar de Hollywood, con una compleja actuación, de bailarina obsesiva, autoexigente, destructiva, perfeccionista, que va siendo fagocitada por el personaje de Odette, la reina de los cisnes, sin que sea posible distinguir a la persona de la protagonista del cuento. Además en algunas escenas, irradia sensualidad por los cuatro costados (recordando en un momento a una de las míticas escenas onanistas de "El último tango en París"). Su actuación es de método, conmovedora pero no histriónica ni pasada de vueltas y en sus hombros reside casi toda la cinta, que resplandece gracias a ella. Los demás actores están correctos, la controladora y frustrada madre (Barbara Hershey) portadora también de luces y sombras en un personaje ambiguo, la nueva compañera de baile (Mila Kunis), vampiresa putona que va a pervertir a la delicada e inocente Nina, ambicionando hacerse con su papel a lo “Eva al desnudo” (película, por cierto, de la que hay cierta influencia) y el director de la compañía de baile, exigente y dominador (Vicent Cassel). Bienvenida sea también la breve aparición de Winona Ryder, como destronada primera bailarina (aunque un poco irreconocible, la verdad). Pero Portman lo borda, teniendo en cuenta que, aunque ya había tomado clases de ballet hasta los 13 años de edad, no se había enfundado nunca más unas puntas o unas zapatillas, teniendo que sufrir, a sus 28 años, edad a la que se suelen retirar las bailarinas, extremas jornadas de entrenamiento diario de cerca de 16 horas durante un año. Chapeau por Natalie.

Destacar la banda sonora de Clint Mansell (colaborador habitual de Aronofsky), que al basarse en la célebre composición de Chaikovsky, no va a entrar en liza en la gran gala de los oscars, por falta de originalidad (no por falta de belleza).
En suma, una propuesta más que interesante, que sonará en muchas quinielas como favorita a los grandes premios del año, pero que podía haber dado más, mucho más, porque ya sabemos que uno puede luchar compulsivamente para mejorarse, pero la perfección está al alcance de muy pocos. Y no, perfecta no es.
7/10