Blackthorn. Sin destino(Blackthorn)

SINOPSIS:Tras haber huido de los EEUU, el legendario forajido Butch Cassidy murió en Bolivia en 1908, tiroteado junto a su amigo Sundance Kid. Esto es lo que dice la versión oficial. Pero lo cierto es que ha pasado 20 años escondido bajo el nombre de James Blackthorn (Sam Shepard). Ahora, en 1927, quiere volver a su casa y ver al hijo que nunca conoció. Sin embargo, pronto encontrará en su camino a un joven ingeniero español que acaba de robar la mina en la que trabajaba y que pertenece al empresario más importante de Bolivia... Ambos se embarcarán juntos en su última aventura.
CRÍTICA: Nadie conoce a nadiePrecisamente con el irregular y fallido filme de suspense de 1999 titulado de igual manera que esta crítica debutó como realizador Mateo Gil, colaborador habitual de Alejandro Amenábar con quién ha trabajado en los libretos de 'Abre los ojos', 'Mar adentro' o 'Ágora', entre otros trabajos del considerado a nivel profesional como guionista. Puede ser que fuera la tibia recepción de este debut lo que ha provocado que, a excepción de su aportación a la última edición del proyecto televisivo de 'Historias para no dormir' titulado 'Regreso a Moira', hayan transcurrido doce años para encontrarnos un nuevo trabajo suyo tras las cámaras, un tiempo en el que el ya merecedor del título de realizador ha madurado lo suficiente como para afrontar con valentía un proyecto tan difícil como interesante es este 'Blackthorn. Sin destino'.
En cierta medida, sólo en cierta medida, Gil se equipara con esta su segunda película con el realizador Matt Reeves con quien salvando alguna distancia comparte una carrera de trayectoria similar hasta la fecha. Ambos debutaron como directores con dos proyectos olvidados que pasaron sin pena ni gloria por la cartelera ('Mi desconocido amigo' en el caso del norteamericano, la mencionada 'Nadie conoce a nadie' en el caso del español); ambos son, a priori, más conocidos por ser simples colaboradores de otros autores con mucho más nombre y apellido (uno como guionista de Amenábar, otro como el director de 'Monstruoso' para J.J. Abrams); y de igual manera que Reeves con su último trabajo, el remake de 'Déjame entrar', Gil sale vencedor y fortalecido de un proyecto en el que tenía todas las de perder, en este caso un western de aroma tan clásico como sólida y convincente termina por ser su propuesta.

'Blackthorn. Sin destino', ejemplo evidente de lo que se ha dado por llamar western crepúscular, bien podría valer como una especie de secuela de 'Dos hombres y un destino', el filme de 1969 dirigido por George Roy Hill con Robert Redford y Paul Newman en los dos papeles principales. De hecho el argumento de este filme cuyo guión, curiosamente, no firma el propio Mateo Gil sigue la historia del personaje de Butch Cassidy -interpretado notablemente por Sam Shepard- a partir de los hechos narrados en este clásico -y que no necesariamente se hacen coincidir con lo que se supone es la historia real- para hipotetizar sobre que este no murió a manos del ejército boliviano... sino que 20 años después vive tranquilamente entre sus recuerdos criando caballos en un lugar remoto de la propia Bolivia, hasta el día en que decide que ya es hora de regresar a casa aunque sea para descansar para siempre, un camino "de vuelta" en el que se cruza con el personaje al que da vida Eduardo Noriega -que como siempre no lo hace mal sin hacerlo del todo bien- un emigrante español que por su parte huye de su propio destino.
Ante todo 'Blackthorn. Sin destino' es un filme de (buenas) intenciones que, sea el resultado mejor o peor, revelan que tras las cámaras existe un amor, un conocimiento y un respeto tanto por el cine como por el material que se tiene entre manos, una producción que lejos de apoyarse en valores industriales transmite sinceridad en su puesta en escena y esa sensación de servir al cine "por amor al arte" tan encomiable. Una producción muy cuidada, elegante a nivel formal y muy sólida en la suma de sus partes donde destaca especialmente la labor de Sam Shepard, su preciosa fotografía y una partitura musical aparentemente discreta en la que subyace mucho más de lo aparente. No obstante, como tantos otros, se trata de un filme cuyo recuerdo es mucho más agradable que su visionado en sí mismo, que gana según se cuenta y pierde según se mira, una aparente incoherencia que proviene de su afinidad tal vez demasiado cinéfila y respetuosa hacia un modelo al que se quiere referenciar y homenajear, un difícil y en ocasiones frío equilibrio un tanto academicista entre la deuda contraída a partir de la herencia cinematográfica que nubla un discurso dramático o narrativo propio del autor que se esconde tras las cámaras, una especie de copista de muy buena caligrafía pero de escasa profundidad.
Como todo buen western, que más allá de la limitación que esto puede suponer encierra una reflexión sobre algunos de los temas más intrínsecos del ser humano (como la necesidad de la amistad o el peso que ejerce en nosotros nuestro pasado), su narración reposa en un ritmo lento y pausado no apto para impacientes, una puesta en escena contemplativa, repleta de gestos y miradas muy sobria y poco propicia para los amigos de los blockbuster y demás, en donde se hace palpable la influencia de títulos como ese 'Sin perdón' de Clint Eastwood, uno de los títulos fundamentales y más conocidos del último periodo vital del género, pero sin trascender de esa influencia de la que sí es capaz de escapar verdaderos autores como Quentin Tarantino para ofrecer ese algo más con el que dar palmas con las orejas. Aunque Mateo Gil demuestra muy buenas maneras tras las cámaras no es un autor, y por ende su nueva película no trasciende como para convertirse ni en una clásico ni en un film imprescindible, por más que sea una buena imitación de ambas por lo que, a falta de pan buenas son tortas, y como opción alternativa siempre puede ser perfectamente válida, especialmente porque a pesar de ser una imitación lo es, sí, pero de buena calidad.
Nota:
6.9Lo Mejor:
- Sam Shepard, la fotografía y sus innegables buenas intenciones
Lo Peor:
- Su ritmo si bien es aguantable oscila peligrosamente sobre esa línea que separa la reflexión del aburrimiento, por lo que según el día es posible que los poco afines a los western no les acabe de entretener.