El regreso de Cruella DeVil
Aunque la cinta es buena y agradable, el personaje de Miranda Priestly vale toda la entrada por precio al doble pues es el mismísimo diablo personificado en la editora más poderosa, exigente, influyente y caprichuda que ha visto la industria de la moda, y no podía ser de otra forma, pues es interpretado por inconmensurable, ponderadísima y apoteósica Meryl Streep. El único detalle quizá sea una extraña relación inmediata que asociaremos inevitablemente al gran personaje de Disney interpretado por Glen Cloose en la versión de acción real de 101 dálmatas (101 dalmatians, EUA-1996): Cruella DeVil, aquí en una versión mucho más fashion.
Lo que pretendió el director, era hacer una comedia brillante, divertida y con su punto de sarcasmo sobre la moda, y lo logra fehacientemente, y es que él tuvo marcado curtimiento en este género ya en varias series televisivas en donde sus protagonistas eran mujeres, quizá sea por ello, que con gran soltura puede dirigir a sus actrices haciendo gran estruendo de ellas. Sin embargo, no ocurre igual con los hombres –que dicho sea de paso, son personajes de relleno en la cinta-, y si algún hombre ha tenido particular relevancia es solo uno que es homosexual, logrando también gran ensimismamiento con él. La cinta se sigue con agrado, y aunque quizá algunos se pueden sentir aludidos por el sentido tan superficial que se le da a la moda y a las personas que la siguen, nada es tan alarmante como para no disfrutarla.
La película inevitablemente se sostiene como una gran comedia donde Meryl Streep ofrece una interpretación tan grande que roba cámara con solo aparecer en la pantalla, haciendo que el resto del reparto quede atrás, aún cuando Emily Blunt y Stanley Tucci hacen un gran trabajo interpretativo –Hathaway queda opacada desde el inicio- dentro de esta producción. El Diablo viste a la moda es una gran comedia en este 2006 que nos arrancó solo pocas carcajadas.
Todos los aspectos están bien cuidados para conjuntar buenos momentos sustentados por un soundtrack idóneo que podemos embolar adecuadamente en el contexto de la moda mostrándonos el estresante y exigente mundo editorial neoyorquino y las excentricidades de una diva acostumbrada a imponer su voluntad. Por otro lado se agradece que no se convirtiera en un comercial de casi dos horas, porque a punto estuvo.