Manderlay
SINOPSIS: Continuación de "Dogville", la historia sigue. Grace acaba de dejar Dogville. Ella y su padre se dirigen a Manderlay, una plantación en Alabama donde son testigos de los horrores y la injusticia de la esclavitud. Grace se ve obligada a intervenir. Tras "Dogville", el inconformista Lars Von Trier continúa su trilogía: Visiones de América. La segunda parte de su controvertida visión de ese país que nunca ha pisado. Una historia que nos habla de la esclavitud, segregación y sus consecuencias.
CRÍTICA: El gran Lars Von Trier hace que reconsideremos aquello de “segundas partes nunca fueron buenas” a través de ‘Manderlay’, segunda etapa de la trilogía dedicada a analizar -o bombardear- los principales valores de la sociedad de los Estados Unidos. En este caso, la ya menos inocente Grace, después de su traumático paso por Dogville, hace una parada en el pequeño y recóndito pueblo de Manderlay, situado en el estado de Alabama. Sólo al poner los pies allí la intrépida protagonista ya percibe algo inusual, y tardará poco en darse cuenta del terrible secreto que esconde el pueblo: Manderlay es un lugar que se sigue rigiendo por las leyes de la esclavitud, a pesar de que ésta lleve abolida desde hace ya setenta años. Aprovechando la repentina muerte de la “ama” del pueblo, Grace se hace cargo del gobierno de la pequeña comunidad, y con la inestimable ayuda de un puñado de gángsteres cedidos por su padre se decide a implantar la democracia, con la consiguiente liberación de los esclavos (afro americanos todos ellos, claro está).
Al igual que en ‘Dogville’, Von Trier hace patente aquí su personalísimo estilo, evolución del conocido movimiento Dogma 95, haciendo gala de una austeridad técnica máxima y de alguna que otra excentricidad (cámara al hombro y repentinos y aleatorios cortes en los diálogos, para añadirle realismo a la acción). La película fue rodada dentro de un hangar abandonado, y el pueblo está representado por simples trazos de tiza en el suelo, que simulan los muros de las casas… una original manera de desnudar al ser humano.
Con todos los elementos debidamente puestos en su sitio, Lars Von Trier construye une fábula narrada por una voz semi-objetiva en off y dividida en ocho capítulos en los que trata magistralmente, con un irónico humor negro -nunca mejor dicho- y sin pelos en la lengua (es lo que cabe de esperar de él) temas tan complejos como la abolición de la esclavitud, la convivencia interracial y las paradojas de la libertad. Es tal el nivel de profundización que el director y guionista danés consigue que acabemos replanteándonos supuestas verdades universales e irrefutables como “la democracia supone siempre la mejor opción?”
Es cierto que ya no tiene el mismo efecto sorprendente que su antecesora; es cierto que Nicole Kidman y James Caan ya no están; y también es cierto que ‘Manderlay’ no goza de un dramatismo teatral tan intenso (es que el final de ‘Dogville’ es insuperable!). Pero todas estas carencias están sobradamente bien cubiertas por las estupendas actuaciones de la encantadora Bryce Dallas Howard y el siempre efectivo Willem Dafoe y sobretodo por el ahondamiento en las tesis sociopolíticas de su autor, que implícitamente nos habla del derecho sagrado de cada pueblo para elegir su propio destino. Destino en el que ninguna voluntad ajena debería entrometerse. Una valiosísima lección que más de un politicucho actual con delirios de grandeza debería hacerse tatuar en la frente. Entonces viviríamos en un mundo considerablemente mejor, no cabe duda.
Con un elaboradísimo y soberbiamente coherente guión que conduce a un final igualmente excelente, ‘Manderlay’ es en resumen una obra de obligado visionado, que en lo artístico, ha confirmado -aún más- a Lars Von Trier como a uno de los mayores genios cinematográficos de los últimos tiempos.