De entrañas, comparaciones, agujeros y ventajas
“Me lo contó tan bien que aún me lo sigo creyendo. Siempre me gustó la gente que cuenta la vida (el cine) a su manera”.
¿Una película puede respirar? Esta sí. Inspira y expira y susurra desde lo más profundo del océano. Es como un ser vivo submarino, pero terrenal a la vez (como todas las obras de Medem, que enraízan con la naturaleza; la primitiva, la terrenal, la vasca), que nace desde las entrañas, desde el instinto que se esconde en el estómago del director.
También es un cuento. Una historia entre real, imaginada, inventada, muy parca en coordenadas físicas, pues los espacios se convierten en un estado de ánimo. Y además es mágica, porque al llegar al final hay un agujero que te lleva directo a la mitad de la historia y desde ahí puede cambiar de rumbo.
Estas no son dos, sino muchas ventajas. Medem vuelve a abordar una compleja historia de amor, en la línea de “Los amantes del círculo polar” (1998), aunque de manera mucho menos perfecta, cerrada y coherente, sino más libre, más desordenada y desconcertante, aun cuando la pauta narrativa sea similar. En ambas obras centra el foco en dos personajes, femenino y masculino, Lucía y Lorenzo, en una y Ana y Otto, en otra. Ambas están divididas en partes, pero mientras la primera parece dividida en dos (“Lucía” y “el sexo”), la segunda va alternando la perspectiva de “Otto” a “Ana”, para después unirlos/separarlos “Otto/Ana” y finalmente llevarles a la simbiosis máxima en la que ya no serán dos personajes aislados, sino “Otto en los ojos de Ana”. En las dos películas el director juega con el tiempo narrativo, alternando pasajes del pasado, presente o futuro de los personajes, dejando pinceladas aquí y allá, como pistas que después cobrarán pleno sentido y cerrarán el círculo de la historia. Una trama basada en las casualidades, el azar o el destino, en ambos casos. Lo que sucede acontece casi porque sí, porque el narrador es el dueño de la narración y Medem nos lo demuestra en cada secuencia, asombrándonos, pero de forma no totalmente tramposa, pues la lógica impera dentro del presunto caos fatalista. No es casualidad que Lorenzo vea por la televisión la escena de un perro de presa al principio de la película, que la Luna llena aparezca en determinados momentos clave, que se reflejen sombras de distintos personajes sobre las olas rotas por el ferry en dos momentos diferentes, que aparezca un faro y una “i”, que la isla no esté anclada a la tierra por ningún sitio y que en realidad flote sin rumbo mareando a sus habitantes y meciéndolos de un lado a otro como algas indefensas. Las casualidades están en la trama, pero no en la dirección, ni en el guión, que es coherente aunque nos despiste, juegue con nosotros y nos venda ventajas.
Otra coincidencia, la banda sonora que está a cargo del maestro Alberto Iglesias en las citadas películas. Y la música ciertamente se convierte casi en una presencia que da forma y moldea no ya a la trama, sino al propio espectador que queda hipnotizado y secuestrado entre un pentagrama viviente y palpitante. En “Lucía y el sexo” puedes sentir, puedes traspasar la plana segunda dimensión y alcanzar una tercera, no visual, sino auditiva, siendo sepultado desde lo profundo, desde los graves del lecho marino, desde el núcleo de la Tierra. Y Alberto Iglesias nos zarandea de aquí a allá en un vaivén de cuerda y viento. Una experiencia inolvidable.
La fotografía oscila entre lo claro y lo oscuro. Así, se sobreexpone en diversas ocasiones para dar la impresión de que no todo lo que se cuenta es real, sino que hay algo de ensoñación, aunque no nocturna sino excesivamente luminosa, como el lorenzo que da nombre al protagonista masculino, algo de desdibujamiento, de ceguera provocada. Pero también la noche es vital en la trama, porque esa luna, que también da nombre a un personaje, se convierte en constante espectadora de las felicidades y desdichas de quienes la observan/observamos embriagados.
Paz Vega mereció el Goya como mejor actriz revelación, pero Tristán Ulloa y Nawja Nimri están magníficos. Las caras de Ulloa interpretando al desconcertado y perdido Lorenzo, hacen que nos creamos su desesperación interna, sin rumbo. La parte final de Nimri, rompe la pantalla y haciendo propios los gestos de la Francesca de Meryl Streep en “Los puentes de Madison” (con golpecitos al capó del coche y mano rozando suavemente su mejilla incluidos) nos transmite toda la amargura silenciada de su Elena, la mejor paellera valencia del Mediterráneo.
El sexo es parte importante de la trama y lo hay en todas las posturas y formas. Pero es necesario para conocer la carnal unión de los personajes, que parecen vinculados no ya por golpes de guión, sino por fluidos y conexiones de la piel. Javier Cámara es el único cabo suelto, que queda a dos velas, como siempre, ¿será por feo?, pero si es un gran actor que conseguiría que lo viéramos de guapo. Pero esa es otra historia. Y aquí llegamos al final de la nuestra.
Tú mismo, puedes dejarte llevar por el agujero y volver al centro de la crítica y cambiarle el rumbo, viendo la película y opinando lo mismo o lo contrario; o puedes desaprovechar las ventajas y no darle una oportunidad a Medem y a su excepcional forma de mirar, narrar y detenerse. Un director/autor personal. Se agradece.