Habrá maestría
Cuando salí del cine no pude evitar sacarme de encima una ligera sensación de decepción. Todo viene del hecho que entré con la disposición de ver ni más ni menos que una de las mejores películas de la historia del cine. Una demanda un tanto irracional e incluso ingenua, lo reconozco, pero razones tampoco me faltaban. Primera, la historia: extensa radiografía de una época fascinante junto al retrato del lado oscuro del hombre hecho a sí mismo (en otras palabras, el clásico héroe americano). Segunda: Paul Thomas Anderson. Hacía falta alguna garantía más? No lo creo. Y menos después de ver los primeros minutos de metraje, donde desde que se oyen las primeras notas de la sobrecogedora banda sonora de Jonny Greenwood, se respira ya un ambiente a gran cine.
No obstante, como ya he dicho, la película no es ni de lejos una de las mejores de la historia. Es más, ni siquiera es la mejor en la hasta la fecha sobresaliente carrera de Anderson. Tal vez las altas expectativas me han hicieron una mala jugada. O tal vez la ambición desmesurada que caracteriza a este inigualable director ha acabado por mermar levemente su último proyecto. Por ejemplo, así como en su obra cumbre -‘Magnolia’, por supuesto- se las manejaba para tratar de forma excelente una infinidad de temas diferentes, no sucede lo mismo en ‘Pozos de ambición’, donde tampoco es que salga malparado -ni mucho menos!-, aunque sí se encuentra algo lejos de lo que razonablemente se lo podría pedir. Ya está. Ya he expuesto mi queja y me he quedado tranquilo. Ahora ya puedo deshacerme en alabanzas, que siendo justos, el filme ciertamente las merece.
Para lo positivo hay que destacar en primer lugar a los dos “Daniels”. Por una parte tenemos a Plainview, al que no se ha tardado mucho en definir como el nuevo Charles Foster Kane. Más que ser como él, es una evolución suya. Más ambicioso, más perverso y despiadado. Una persona carcomida por su codicia y sobretodo por su repugnancia hacia cualquier otro ser humano. Un monstruo en toda regla que, a pesar de todo, no cae en ningún tópico. Bien lo demuestra el hecho de que en ocasiones cueste entenderlo y que no le conozcamos de verdad hasta bien avanzada la trama. Tenemos pues a un personaje genial, que no obstante jamás hubiera sido lo mismo de no ser por la impagable labor de Daniel Day-Lewis. Los métodos de este actorazo serán discutibles, lo que nunca lo será van a ser sus resultados finales. El inglés domina a la perfección todos los registros habidos y por haber y hace casi totalmente suya la película. Consigue que Pleinview cobre vida propia; que un personaje tan extremo sea creíble. En definitiva, este papel (que hubiera podido destruir la carrera de cualquiera) le confirma como uno de los mejores actores de todos los tiempos. En este mismo aspecto, sería injusto no mencionar el trabajo del cada vez más consolidado Paul Dano. Sus enfrentamientos con Day-Lewis son de lo mejorcito de la cinta.
El otro peso pesado del conjunto no podía ser otro que Paul Thomas Anderson. Considero que su guión basado en la novela de Upton Sinclair es bastante cuestionable. Pero lo que en absoluto hay que poner en duda es su labor como director. En esta ocasión impregna el metraje con un necesario toque clásico que no desentona con su sólido y visionario estilo de narrar historias. Con un perfeccionismo casi enfermizo (en el mejor sentido de la palabra), el cineasta de California carga de simbolismo cada fotograma de su cinta. Su colosal dedicación a la causa hace que en casi tres horas de metraje no haya ningún plano o movimiento de cámara que carezca de sentido. Una gozada. Es una obra que se podría revisionar y estudiar centenares de veces, y aún así seguiríamos descubriendo nuevos detalles. Esto es gracias a Anderson y a los universos que crea, donde todo está calculado al milímetro.
Y ahora hablando claro: a pesar de no cumplir con todas las expectativas, la apocalíptica ‘Pozos de ambición’ supone la cuarta obra maestra (no cuento a ‘Hard Eight’) de Paul Thomas Anderson. O dicho de otra forma, la cuarta oportunidad que tiene la Academia para premiar como es debido al mejor director de cine en activo del mundo.