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La Rusia sin amor de Zvyagintsev

Vía Festival de Cannes por 19 de mayo de 2017
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Los thrillers detectivescos sobre niños desaparecidos nunca volverán a ser lo mismo desde que el cineasta ruso Andrey Zvyagintsev estrenó la competición del Festival de Cannes con su nueva joya titulada 'Loveless'. En efecto, el film pone en escena la investigación sobre el paradero de un menor cuyos padres no advirtieron su ausencia hasta tres días después, pues fue la directora de la escuela la que tuvo que avisarles de lo ocurrido. Boris (Alexei Rozin) y Zhenya (Maryana Spivak) permanecen casados a la fuerza porque el director de la empresa de Boris es un fundamentalista ortodoxo que no desea tener divorciados en su plantilla. En un principio, a excepción de su hijo y sus respectivas parejas, nadie conoce la farsa que llevan en secreto. Pero la situación está a punto de cambiar.

El nuevo film del director de 'Leviatán' arranca con una visita guiada de Zhenya a una pareja que se está replanteando comprar el domicilio. Al parecer, en fuera de campo, Zhenya le ha lanzado un ultimátum a su marido postizo. La esposa quiera separarse y vender el piso aunque eso suponga que el padre de su hijo pierda el trabajo. No obstante, el plan de la mujer tiene un pequeño problema: si Zhenya se traslada a la casa de su novio y Boris se muda con la joven a la que ha dejado embarazada, ¿quién se hará cargo del pequeño Alyosha? El desolador prólogo de 'Loveless', plagado de gritos e insultos, termina con la decisión de inscribir al menor en un internado, seguida de un inquietante travelling en el que descubrimos al hijo llorando desconsoladamente, y a oscuras, en el cuarto de baño. Horas más tarde veremos al pequeño salir de su casa; ese espacio sagrado al que jamás volverá a entrar.

Como conocerán los amantes del cine de Zvyagintsev, los matrimonios descomponiéndose –siempre con niños desatendidos de por medio– son sólo las marionetas que usará el autor de 'The Banishment' para tratar las dos líneas monotemáticas que definen su escueta filmografía. Por un lado, la crueldad humana ejercida de igual a igual; y, por el otro, la representación simbólica del abismo al que se dirige el pueblo ruso. En este sentido, cabe decir que 'Loveless' es la película más sosegada en la exposición de ambas ideas. Visto el índice de violencia verbal y física en los matrimonios de Zvyagintsev, el de Boris y Zhenya es, más bien, una batalla pasivo-agresiva. Pero hay otra clase de sadismo manifestándose frente a nuestros ojos sin que tengamos consciencia de ello. Cada vez que los protagonistas se quedan en casa mirando el televisor, o escuchan la radio mientras se desplazan en el coche de Boris, terminan sintonizando las noticias, concretamente los sucesos de la Guerra de Ucrania.

En una primera lectura diríamos que 'Loveless' nos sitúa en medio de una odisea infernal por hospitales, depósitos de cadáveres, y otros lugares inhumanos que visitan a diario Boris, Zhenya y un grupo de voluntarios que substituyen a los policías negligentes que se negaron a investigar el caso. Pero, como decíamos, el relato en sí –la anécdota del niño que huye de casa porque sus padres no le aman– es un grito de alerta dirigido a la sociedad rusa. La naturaleza crítica de 'Loveless' se halla en una simple escena. Los ojos de uno de los personajes, que viste con el chándal de la bandera tricolor rusa mientras ve los bombardeos en Crimea, mirarán fijamente a la cámara. En esos ojos se ven reflejados los del propio autor de la cinta. Son los de un ciudadano que se pregunta ¿por qué no abandonar nuestros hogares como el pequeño Alyosha? ¿Por qué seguir en un país que no ha dejado de amar a su pueblo, como tampoco ama a sus vecinos ucranianos?

Mañana, más.

por Carlota Moseguí
@carlota_mosegui

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