Autor Tema: "El color del sofa". Capítulo 1  (Leído 2225 veces)

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"El color del sofa". Capítulo 1
« en: 09 de Febrero de 2010, 12:24:28 pm »
   Aquí os dejo un nuevo relato. Publicaré cada cinco días. Gracias por vuestra lectura.


                                                                            1

      Existían prohibiciones como en cualquier otro sistema legal. El asesinato, el robo, la violación o la estafa; recibían su castigo. Pero por encima de todo hecho ilícito se encontraba la obligación de no poseer un sofá de color negro. Se desconocía el origen de tal mandato, y no se tenía ninguna constancia histórica de que alguien lo hubiese hecho alguna vez. La fuerza coercitiva del mandamiento era invencible. En siglos anteriores, asesinos habían sembrado el terror en la población; incluso los dos mayores genocidas que habían vivido hasta ahora sumaban millones de víctimas, pero nadie jamás había osado tener un sofá negro. Tanto es así, que la expresión “eso es como tener un sofá negro”, era sinónimo de imposible.
      Abel, era cajero en un banco. Un buen puesto debido a su edad, que era de 25 años, porque solía ser el primer paso, antes de mayores posibilidades laborales. Así se lo hacía saber el director de su sucursal; el cual fue cajero en sus inicios. Abel había sentido una irresistible atracción por los sofás negros desde que era pequeño. El deseo de tener uno lo llevaba en un obligatorio secreto. Jamás le comentó a sus amigos su desviación  , ni tan siquiera a su primera novia, cuya nobleza y amor por Abel, podía hacerle pensar que guardaría como una tumba tan peligrosa confesión.
     Un día, a los diez años, durante la visita que hicieron sus padres a sus tíos, Abel   se entretuvo leyendo unos comics en el salón, mientras en el suelo una prima suya jugaba con una casita de muñecas de dos plantas, con un bonito jardín delantero, en cuya parte derecha se encontraba aparcado un deportivo, y donde, de pie e inertes se alzaban dos muñecas. En una de las habitaciones de la segunda planta, que por su espacio debía ser la principal, se podía ver  una cama perfectamente hecha, un tocador a un lado, y al otro lado un sofá de un color rojo intenso. Abel , miró con curiosidad el sofá, y disfrutaba dándole vueltas a la idea de que fuese negro, y él pudiera ser el propietario de esa preciada joya. En ese instante aparecieron los progenitores de ambos, comunicándoles que se preparasen para ir a cenar. Su prima abandonó el salón para ir a cambiarse de ropa a su cuarto, y Abel dijo a sus padres que quería terminar de leer el cómic. Le dejaron hacerlo con la condición de que no tardase más de diez minutos, tiempo durante el cual sacarían el coche del garaje. Una vez que se quedó solo en  el salón, se puso  a mirar fijamente el sofá, apareciendo en su conciencia la desagradable sensación que nos embarga cuando meditamos a solas una acción de la cual no podemos jactarnos en público. Se levantó, se acercó a la casa de muñecas, se arrodilló, adelantó su brazo, para que su mano atravesase el pequeño quicio de la habitación y se apropió del sofá, que debido a su pequeño tamaño pudo guardar en el bolsillo interior de la cazadora que vestía. Durante la cena intentó disimular su excitación  interviniendo en la conversación siempre que pudo. Miraba continuamente a su prima, con cruel indiferencia, ya que lo único que le interesaba era que no se percatase de su pequeño hurto. Una vez en su casa, permaneció despierto hasta que el silencio decía que sus padres ya debían estar soñando. Encendió la luz, y sacó el sofá de la cazadora. Lo puso encima de la cama, y se dedicó a contemplarlo de rodillas, con los codos en la cama y las manos entrelazadas debajo de la barbilla .Con una gratificante sonrisa imaginaba el sofá rojo con el color cambiado . Después de media hora , lo escondió en el final de un baúl donde guardaba gran parte de sus juguetes.
       Al día siguiente escuchó con júbilo el timbre que anunciaba el final de la última clase. Salió con paso ligero del colegio, desviando su recorrido normal hacía su casa, para poder pasar por una tienda de pinturas. Compró sin dilación, un pequeño bote de pintura negra y un pincel. Por la noche repitió la acción de la  anterior; volviendo a encender la luz al estar seguro de que no iba a ser molestado, sacó el sofá del baúl, y lo colocó encima de la mesa que tenía para estudiar. Entre las hojas de un libro había guardado una  de periódico que puso debajo del sofá. Comenzó a  pintarlo poco a poco, sintiendo un gran poder conforme el negro iba comiendo terreno al rojo original. Tardó unos diez minutos en completar su tarea. La pintura se secó. Abel se sentó en el suelo, con la espalada apoyada en la pared, y sosteniendo su hermoso sofá con las manos. Estaba muy contento de poseerlo. Siempre lo había deseado, y allí tenía un pequeño sofá negro que observaba con todo el amor del mundo. Tan absorto andaba en admirar su pequeña obra que no escuchó la puerta de la habitación de sus padres abrirse. Su madre iba a ir al cuarto de baño, pero en el pasillo reparó en que había luz en el cuarto de su hijo por la fina línea incandescente de debajo de la puerta. Con la rápida preocupación que inunda a las madres cuando algo se sale de lo normal en lo que respecta a sus hijos, dirigió sus pasos hacía la puerta. Al abrirla, Abel que sintió como si un rayo le partiese el corazón, escondió el sofá detrás de la espalda.
-   ¿Qué haces ahí , hijo?.
-   Nada, estaba pensando.
-   ¿Qué es lo que has escondido detrás de ti?.
-   Nada, no he escondido nada.
-   ¡¿Cómo que nada?!, he visto como escondías algo detrás de ti.
-   ¡Que no tengo nada Mama, en serio!.Abel intentaba aferrarse a una última esperanza de salvación. Estaba aterrado.
Su madre se acercó , le apartó, y vio el sofá negro en el suelo.
-   Pero, ¡por el amor de Dios!, ¿de donde has sacado esto?.
      Abel permaneció callado. Se había quedado sin habla.
-    ¿Quién te ha dado esto?, ¡dime!, ¿ quién te lo ha dado?.
-   Lo he hecho yo. Dijo Abel, en quién el miedo había bajado un poco en intensidad, ya que la primera reacción de su madre no se correspondía con el sentimiento  tan atroz que recorrió su cuerpo cuando la vio. En ese instante, del que habían transcurrido solo unos segundos, pensó en el mayor de los castigos posibles, y en que ese castigo se ejecutaría instantáneamente. Su madre se sentó en la cama, y observó encima de la mesa la hoja de periódico, el pincel y el bote de pintura negra.
-   Pero, ¿Cómo que lo has hecho tu?, preguntó su madre abatida.
-    Le robé un sofá a la  prima  de su casa de muñecas, y compré pintura negra hoy al salir de clase.
-   Pero…; esto no se puede hacer cariño, ¿ es que no lo has escuchado nunca?.
-   Sí, pero es que me gusta. Siempre he querido tener un sofá negro.
-   Pero no es cuestión de que te guste o no Abel.  Simplemente no se puede hacer.
-   ¿Y por qué?.
-   Pues porque así nos lo han transmitido nuestros padres. Siempre ha sido así, y siempre ha de ser así. Está prohibido y no tenemos porque cuestionar porque está prohibido, es así y ya está.
-   Pero yo siempre he querido tener uno, mamá. No es para enseñarlo, es solo para verlo aquí en mi habitación cuando esté solo.
    Abel, que ahora estaba de pie, fue abrazado tiernamente por su madre.
-   Prométeme que nunca lo volverás a hacer. ¡¿Prometido?!.
-   Te prometo que nunca lo haré mamá.
       Los dos permanecieron en silencio unos minutos.
-    ¿ Se lo vas a decir a papá?.
-   No , no te preocupes. Será nuestro secreto.
La madre de Abel concluyó la efímera vida del sofá tirándolo al fondo del cubo de la basura, ocultándolo bajos los envases desechados y los restos de comida para evitar que lo viese su marido.

            Durante años  siguió pensando en volver a poseer un sofá negro, aunque nunca quiso romper la promesa que le había hecho a su madre. Pero ahora, estaba decidido a tener otro, y esta vez uno de tamaño real, en el que poder dormir cuando estuviese cansado, y ver la televisión al volver del trabajo. Si bien, esta vez  no podía albergar la misma solución, ya que el material del que estaba hecho el sofá de su salón , de color ocre, no admitía ser pintado, por lo que debía tapizarlo de negro, arte del que no entendía absolutamente nada. Podía aprender a tapizar, seguramente bastasen unas pocas herramientas y unos metros de alguna tela negra, pero era previsible que el resultado fuese de la calidad propia que podría ofrecer un primerizo, y por tanto debía encontrar a un tapicero que se atreviese a realizarlo. Fue a diversas tapicerías a preguntar precios para trabajos distintos, con el objeto de estudiar al tapicero que le atendiese, para encontrar a uno que le inspirase la suficiente confianza como para hacer tan perseguido acto. El primero al que visitó, le pareció de tal honradez que ni se le pasó por la cabeza proponerle nada.  El segundo era demasiado joven , y seguramente evitaría problemas; pero el tercero, un hombre gordo y con bigote, cuya única obsesión era comunicar cuanto antes el precio de todo lo que le proponía Abel, se mostraba lo suficientemente corruptible como para que existiese una mínima posibilidad de que aceptara. Abel le comentó si podía darle un presupuesto por escrito. Para ello subieron a la segunda planta del almacén, donde disponía de un despacho. Tomaron asiento, y mientras el tapicero escribía las cifras del presupuesto Abel le habló.
-   ¡Oiga!. Quisiera decirle algo.
-   ¡Diga, diga!. Dijo aquel hombre sin apartar la vista del papel, al notar que Abel, frenado por su nerviosismo guardó un poco de silencio.
-   ¡Verá!. Todo lo que yo le diga está digamos…, bajo lo que se llama secreto profesional.
  El tapicero paró de escribir, y levantó su mirada. Nunca le habían dicho algo semejante. Por un  momento pensó que su trabajo era tan exquisito como el de un gran pintor , y que por ello debía ser llevado en secreto para evitar ser espiado. Pero
rápidamente desechó esa idea, por fantasiosa e ideal.
-   Si, si, si, no se preocupe, lo que usted me diga no saldrá de estas cuatro parecdes.
-   Pues verá , yo…, lo que querría en realidad es que tapizara de negro un sofá que tengo en casa.
    El tapicero se le quedó mirando fijamente, sin mostrar nerviosismo, solo dando a entender la gravedad de lo que su cliente le estaba proponiendo.
-    Eso no se puede hacer señor, es un delito y de los más graves.
-   Ya, ya lo sé, pero es que yo siempre he deseado tener uno. Es una idea que conservo desde que era niño y que no consigo quitarme de la cabeza. Abel no paraba de moverse en la silla, y en su rostro se reflejaba la angustia que le proporcionaba hablar de algo tan íntimo.
-   ¿Y porque no va un psicólogo?. Que yo sepa solo está  prohibido tenerlo y no desearlo. Seguro que un psicólogo le solucionará el problema. Las terapias avanzan rápidamente. Mi mujer estuvo un año imposibilitada para hacer el amor conmigo. No había manera. Decía que me quería, pero por las noches  se quedaba quieta, y solo buscaba excusas para que dejara de tocarla. Entonces fue a un psicólogo, y poco a poco fue recobrando el apetito sexual, y a día de hoy todo funciona correctamente.
-   Pero es que yo no quiero dejar de desearlo, quiero tenerlo. ¿Por qué no?, no le hago daño a nadie. Lo tendría en el salón de mi casa. Incluso podría habilitar una habitación donde solo entrase yo. Es que me encantaría acariciar su superficie negra mientras veo la televisión, u observar el contraste con la ropa blanca.
-   Pues yo no puedo hacer nada. Perdone caballero, pero las consecuencias serían tremendas para mí, y para mi familia. No puede arriesgarme.
Esta última frase desencadenó una enérgica reacción en Abel que dijo:
-    Pero quiere hacerlo. Si alguien no desea arriesgarse, es porque desea realizar esa acción arriesgada. Si no se desea, el riesgo no se tiene en cuenta; ni tan siquiera aparece en el pensamiento.
-   ¡Quizás!.Pero no lo voy a  hacer. Dijo el tapicero que permanecía frío y tranquilo.
-   Le pagaré el doble, no el triple de lo que cobra por tapizar un sofá en otro color.
-   Demasiado riesgo para tan poco dinero.
-   ¿Cuánto quiere?. ¡Dígalo!. ¡Ponga usted el precio!.
El tapicero dejó encima de la mesa el bolígrafo, y se pasó la mano por la nuca.
-    ¡ Verá!, voy a contarle un par de cosas. Su voz se tornó más cálida. Hace un par de meses, estaba en la calle hablando con una prostituta, era un transexual. Me gustan ¿sabe?. Me parecen personas muy graciosas y sentimentales. Estábamos sentados hablando en un banco cuando vino la policía. Eran cuatro, y uno de ellos de una agresividad extrema, tanto, que en pocos minutos le dio un par de guantazos, gritándole que no quería ver por allí ni putas ni maricones. Después me pegó otro a mí. Yo me alteré bastante, y estuve a punto de responderle, pero dos de sus compañeros me agarraron por el brazo y decían , “este quiere salir calentito hoy de aquí”, por eso procuré calmarme. Al poco se fueron , y yo la transexual sentíamos una vergüenza conjunta , que supongo se siente al ser humillados. Tardamos diez minutos en mirarnos a la cara. Otro día, estaba en un bar cercano a la playa. Por el ventanal se veía la arena, y en ella un par de mujeres totalmente desnudas; y a mi lado un señor, no paraba de insultarlas. Su mujer , le rogaba que bajase el tono de voz, pero este permanecía igual. Y escuchándole pensé como era posible que la sociedad cometiese la injusticia de condenar y prohibir lo que solo genera un malestar psíquico. Como es posible que afirme que el problema está en la conducta ajena y no en el pensamiento propio. Porque el pensamiento debería estar bajo el imperativo de que las palabras y los estímulos son completamente inocuos; y si no lo logra debería intentarlo, y no comportarse tiránicamente incidiendo en que el problema lo causa lo que lo perturba, en vez de pensar que el problema está en el pensamiento. Acaso la conducta ajena provoca cáncer. Con su deseo pasa lo mismo. Usted desea un sofá negro, pero no se puede tener un sofá negro, a pesar de que no le haga daño a nadie. Puede que algún día , y lo digo con esperanza, alguien pueda afirmar; “prohibir la homosexualidad, el nudismo, el suicidio, la libertad de expresión , y todo aquello que es absolutamente íntimo es tan absurdo como prohibir que un sofá sea de color negro”.
       Abel descubrió que con todo lo que le decía el tapicero se ponía de su parte.
-   Entonces, ¿lo hará?, preguntó.
-   Lo haré. Pero le costará bastante. No quiero ser un héroe. Le cobraré cinco veces su precio; y otra cosa , lo tapizaré en su casa. No quiero que alguien pueda verlo en el almacén.

     
-   

 
   

Foro de cine - E7A

"El color del sofa". Capítulo 1
« en: 09 de Febrero de 2010, 12:24:28 pm »

Desconectado Black Knight

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Re: "El color del sofa". Capítulo 1
« Respuesta #1 en: 11 de Febrero de 2010, 01:13:54 pm »
Leido tambien, pinta interesante :D.

Prohibicion mas absurda :D.
que la fuerza os acompañe

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Re: "El color del sofa". Capítulo 1
« Respuesta #2 en: 11 de Febrero de 2010, 01:17:07 pm »
Leído. Pinta bien, aunque alucino un poco con las confidencias íntimas que el tapicero le hace de buenas a primeras a un absoluto desconocido. 
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Re: "El color del sofa". Capítulo 1
« Respuesta #3 en: 12 de Febrero de 2010, 09:40:56 am »
Leído. Pinta bien, aunque alucino un poco con las confidencias íntimas que el tapicero le hace de buenas a primeras a un absoluto desconocido. 

porque se pone en la piel de abel, y el tambien tiene ganas de soltar la represion que lleva dentro
el que este prohibido el sofa negro hace imaginar el tipo de gobernantes del lugar; si como la contundencia de la policia
este tiene muy buena pinta, mas que el del gafe
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