Autor Tema: Relatos cortos (+18)  (Leído 1014 veces)

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Relatos cortos (+18)
« en: 07 de Abril de 2021, 10:36:55 am »
Os dejo algo de mi cosecha que escribo a ratos.


La graduación

Este año, sí; este año Elena iba a tomarse unas vacaciones de verdad. Los últimos años se los había pasado estudiando la carrera de medicina. Había cogido algún fin de semana libre pero no unas vacaciones al uso.

Además estaba lo de la pandemia. Le partió un curso por la mitad, tuvo que hacer clases telemáticas en el siguiente y notaba que no era lo mismo que ir a clase, no aprendía igual.

También había perdido a su abuela en los primeros días de la crisis. Una mujer rondando los setenta años, independiente, autónoma y muy sociable, con vehículo propio que solía usar a diario para sus quehaceres y que pasó en cuatro días de tener un poco de fiebre y cierta dificultad para respirar a fallecer en un box improvisado en el pasillo de un hospital desbordado por los ingresos.

Así que decidió darse una recompensa y, junto con su prima Carla, se acogió a una oferta de las muchas que había, por fin, ese año para pasar dos semanas de hotel en una localidad costera.
La crisis empezaba a remitir y la ciudadanía estaba deseosa de liberarse por fin de restricciones, confinamientos y, sobre todo, mascarillas por lo que los alojamientos turísticos volvían a las ocupaciones habituales que tenían en verano antes de la pandemia. Por lo tanto, el hotel era un hervidero de clientes radiantes, con ganas de sol y playa, fiestas, comidas en las terrazas de los bares y restaurantes y, por encima de eso, el contacto humano que tanto se había restringido durante tanto tiempo.
La habitación que les habían asignado estaba en la quinta planta del hotel; constaba de un dormitorio con dos camas, una mesita/escritorio, televisor, nevera, un pequeño armario donde guardar sus pertenencias (camisetas finas de tirantes, minifaldas, shorts, pareos,  blusas ligeras, unos pares de sandalias cómodas aunque vistosas, varias mudas de ropa interior y los bikinis y toallas para disfrutar en la piscina del hotel y la playa cercana), un aseo con inodoro, lavabo y ducha y una pequeña terraza desde donde se veía el jardín del hotel y la zona de la piscina y, unos doscientos metros más allá, la playa.
Una vez que hubieron deshecho el equipaje y dejado la ropa en el armario se dispusieron a bajar a la piscina y empezar a disfrutar de un merecido descanso. Elena escogió un bikini estampado con la parte inferior tipo culotte, ancho por delante pero dejando la mayor parte de las nalgas al aire por detrás, sin llegar a ser tanga. La parte de arriba eran dos simples triángulos de tela que se ataban con cintas y de los que se desembarazaría a la menor oportunidad que tuviera. Le gustaba tomar el sol en topless y poder lucir escote sin zonas blancas. Su prima eligió un conjunto blanco con la braga tipo tanga que hacía resaltar su culo respingón. La pieza superior era tipo sujetador abrochado con una hebilla por detrás.
Mientras se cambiaban no pudo evitar comparar sus cuerpos. Altas las dos, un poco por encima de 170cm ella y raspándolos su prima, tenían un cuerpo esbelto, con pechos abundantes y de areola muy oscura y pezones muy marcados en el caso de Carla y un par de tallas menos Elena, con unos pezones pequeñitos y una areola que apenas se distinguía del resto de la piel. De cintura estrecha y vientre plano las dos, Elena era un poco más ancha de caderas mientras que Carla tenía unas nalgas más prominentes. Las dos habían pasado por la esteticista antes de salir. Carla había optado por dejar toda su entrepierna limpia de vello alguno y dejaba bien a la vista dos labios carnosos en los que se adivinaba un clítoris que pugnaba por salir de su escondite. Elena, por su parte, había dejado un pequeño mechón de vello en su pubis, como adorno de un sexo también carente de vegetación.
Al llegar a la zona de la piscina localizaron un hueco en el césped, cerca de un pino que les daría sombra en caso de necesitarla. Ya había bastantes clientes allí; alguna familia con niños pequeños que se situaban en las cercanías de la piscina infantil, varias parejas, tanto de jóvenes como maduros y algunos grupos de chicos y chicas de edad semejante a ellas, sobre la mitad de la veintena de años. Mientras dejaba su toalla y demás pertenencias sobre el césped Elena observó que su prima estaba absorta mirando un punto fijo del recinto. Dirigió su vista hacia el mismo sitio y entendió a la primera la causa del aturdimiento de Carla. Como a unos veinticinco metros había un grupo de cinco o seis muchachos entre los que sobresalían dos especialmente. Uno muy moreno, de aires caribeños, con el pelo todo hecho trencitas pegadas a su cráneo y que, por la parte de atrás, continuaban en varias de esas trencitas colgando adornadas con piezas de colores. Debía medir algo más de metro ochenta, con hombros anchos y pecho potente; unos brazos con los músculos perfectamente marcados y una zona abdominal muy definida. Llevaba un pequeño bañador ceñido tipo bóxer con el que no era difícil adivinar que debajo de aquella prenda había algo que podría tener un buen tamaño si llegaba la ocasión. Por debajo de esa zona, unas piernas finas, pero musculosas, bien torneadas, aunque con la apariencia general de ser todo él producto de la genética y no del gimnasio.
- Menudo modelo para la clase de anatomía. Pensó Elena. Con alguien así te aprendes los músculos y lo que no son músculos a la primera.
Junto a él, un dios vikingo. Un rubio de casi dos metros con el pelo casi hasta los hombros, ojos clarísimos, barba y bigote de unos cinco días, pero finamente recortada y perfilada. Además de alto, era grande; muy grande. Un cuello ancho descansaba sobre unos hombros enormes, su pecho era como la pared de un frontón y sus brazos más anchos que los muslos de cualquiera de las dos primas. Los abdominales se podían contar perfectamente. El bañador tipo bermuda le llegaba casi a la rodilla, pero se adivinaban unos muslos muy marcados, a tenor del tamaño de sus pantorrillas, en una de las cuales lucía una cenefa tatuada con figuras geométricas. El bañador no dejaba intuir qué había debajo, pero si estaba a proporción con el resto del cuerpo…
Estaban de pie, con sus amigos, riendo y haciendo bromas entre ellos, ajenos a los dos pares de ojos que no les quitaban la vista de encima. Elena, riendo, dio un pequeño empujón a su prima que la hizo salir del trance.
- ¿Qué? - Dijo Carla, sobresaltada.
- No sé; tú dirás, que llevas ahí quieta un buen rato.
Carla miró a su prima, miró a los chicos, volvió a mirar a su prima y estalló en una carcajada a la que se sumó Elena durante un buen rato. Dejaron las toallas en el césped y se fueron hacia el agua a darse un chapuzón. Por el camino vieron que el grupo de los chicos había empezado a jugar con un frisbee lanzándoselo unos a otros. Llegaron al borde de la piscina, pasaron por la ducha y entraron en el agua; Elena con una zambullida bastante ortodoxa pues desde pequeña se había manejado muy bien en el agua y Carla bajando por las escaleras ya que prefería notar el contraste de temperatura poco a poco. Elena buceó unos metros, salió a la superficie nadando hasta el extremo opuesto y volvió hasta donde estaba su prima, apoyada en la pared de la piscina y sujetándose con una mano al borde.
- ¿Qué te pasaba antes? - Preguntó Elena con una sonrisa pícara en los labios.
- Calla, calla. Si me pinchan no sangro. -  Le contestó Carla poniendo los ojos en blanco. ¿Has visto que dos pedazos de tíos? El rubio parece Thor en persona, solo le falta el martillo.
- Lo debe tener escondido debajo del bañador. No me importaría ser su yunque. Imagino como se debe sentir Elsa Pataki. - Dijo riendo Elena.
- ¡Quita, quita! Este le da mil vueltas al Hemsworth o como quiera que se llame. Si es más grande que el armario de nuestra habitación…
Tras unos minutos en el agua, salieron de la piscina y se dirigieron a las toallas. En el recorrido vieron que había varias chicas y mujeres con los pechos al aire y decidieron imitarlas. Se tumbaron en las toallas dejando que el sol les dorase la espalda y Elena se puso a consultar las diferentes notificaciones que tenía en el móvil mientras Carla prefería echar una cabezada.
Mientras daba un like a una foto de una amiga suya sintió un golpe en su hombro y vio como aterrizaba un disco de goma naranja a unos palmos de su cabeza. Al girarse una sombra le tapó el sol por completo y, a contraluz, intuyó, más que vio, al dios vikingo avanzando hacia ella a grandes pasos con una sonrisa culpable en los labios.
- Oh! I’m so sorry! I didn’t want to…
- Don’t worry. It’s ok - Contestó pidiendo para sus adentros que hubiera utilizado la fórmula correcta para aceptar las disculpas. El inglés nunca había sido su fuerte pero más o menos se defendía en ese idioma.
- Lo siente, lo… ¿sienta? - Vaya, parecía que “Thor” tampoco se llevaba muy bien con el español.
- Lo siento - Dijo Elena con la mejor de sus sonrisas para no preocupar al hombretón. Al oír la conversación Carla abrió los ojos y reprimió un suspiro al ver aquel Adonis a menos de un metro de ella. Rápidamente se dio cuenta de lo sucedido, alcanzó el disco y, poniéndose en pie, se lo entregó al muchacho con la mejor sonrisa de la que era capaz de poner en sus labios.
Más lanzada que su prima, no dudó en empezar una conversación.
- Hola, soy Carla. ¿Tú cómo te llamas?
- Lars - Dijo a la vez que le tendía la mano para estrechársela. Carla la tomó y, al mismo tiempo, se alzó sobre sus pies para darle dos besos; el segundo muy cerca de la comisura de los labios, deteniéndose un instante más que en el primero para dejar patente que quería algo más que un simple saludo.
- Ella es Elena, mi prima.
Mientras se daban los besos de rigor Carla vio como se acercaba el amigo moreno de Lars (había dejado de ser Thor para ellas) con una gran sonrisa que mostraba una dentadura blanca que contrastaba con el moreno de su piel.
- ¡Lars! ¿Necesitas ayuda? – Le preguntó con socarronería y en un perfecto español.
- ”A mí no me importaría que me ayudaras” - Pensó Elena mientras notaba un cosquilleo entre sus piernas. Empezaba a sentirse excitada por la situación.
- Hola. Perdonad, a este hombre se le queda pequeño el mundo. Si hubiera dos como él, no cabríamos todos. Me llamo Miguel, por cierto.
Cogió el disco de las manos de su amigo y lo lanzó hacia el grupo que había quedado esperando.
- Ahora vamos, seguid vosotros. - Les dijo mientras pensaba para sí mismo “O no…”
Elena y Carla obsequiaron a Miguel con sendos besos y, una vez hechas las presentaciones, Miguel explicó que había conocido a Lars durante una estancia en Noruega mientras aprovechaba una beca del programa Erasmus. Él era de Tenerife, de madre cubana, y había tenido que regresar súbitamente a España al declararse el estado de alarma por la pandemia y, ahora, habían querido aprovechar la bonanza imperante para volver a juntarse unos días junto con varios compañeros de la facultad - los que se habían quedado jugando a parte - y que Lars conociera España.
- ¿Tomamos algo? - Dijo Carla. Hacía calor y le apetecía refrescarse por dentro. Además, sería más fácil acercarse a Lars, y quien sabe si algo más, con una cerveza de por medio. Se puso la camiseta que había usado para bajar a la piscina, una de tirantes finos que se ceñía a su cuerpo como una segunda piel y que marcaba sus pezones sobre la tela al no haberse puesto la parte superior del bikini antes.
Elena se vistió con la blusa holgada que llevaba, recogió el móvil, las llaves de la habitación y su billetera y se encaminaron al bar de la piscina, donde ocuparon una mesa que había libre. Pidieron unas cervezas y unas patatas para picar y empezaron a hablar de trivialidades. Sus estudios, sus familias, sus proyectos futuros…
La mesa era alargada y en un lado se sentaron Miguel con Elena y, al otro, Carla y Lars. Aprovechando que una de las patas de la mesa ocupaba el sitio donde Carla debía poner sus piernas, se deslizó hacia el centro de la mesa y dejó que su muslo rozara el de Lars, haciendo más ostensible este roce conforme pasaban los minutos y se consumían las cervezas.
- Espera, tienes algo ahí. - Carla aproximó su cara a la de Lars y se dispuso a retirar un trozo de patata imaginario de los labios del noruego. Le pasó un dedo por la comisura y, acto seguido, juntó sus labios con los de él mientras una mano descendía bajo la mesa y se colocaba entre los muslos del rubio. Este separó las piernas para permitir un mejor contacto y la mano ascendió hasta su entrepierna, donde empezó a realizar un masaje por encima del bañador que provocó una erección que se iba haciendo más patente por momentos.
El vikingo entreabrió la boca, buscando con su lengua la de la chica, mientras una mano se perdía por debajo de la camiseta, alcanzando uno de los pechos y empezando a rozar el pezón con sus dedos, que respondió como un resorte mientras Carla lanzaba unos tenues pero perceptibles gemidos y su cuerpo empezaba a vibrar.
Elena y Miguel sonrieron al ver la escena, se miraron y, sin mediar palabra, con un simple asentimiento de cabeza, se levantaron, pagaron las consumiciones y se dirigieron al edificio del hotel, camino de la habitación de ellas. En el ascensor estaban solos, por lo que dieron rienda suelta al deseo que ya se había despertado en ellos. Miguel levantó la blusa de la chica por encima de sus pechos y empezó a mordisquear y lamer sus pezones mientras ella deslizaba una mano por el interior del bóxer hasta alcanzar su miembro, que ya presentaba una considerable erección. Intentó rodear con sus dedos la circunferencia de aquel cilindro y fue incapaz. Había tenido varias relaciones, pero ninguna poseía el calibre de ese tamaño.
Cuando el ascensor llegó a la planta requerida, salieron atropelladamente de él y se encaminaron hacia la habitación repasando por el camino sus cuerpos con las manos y la boca hasta llegar a la puerta. Introdujo la llave, abrió la puerta y, casi sin acabar de cerrarla se lanzó al cuello del tinerfeño con sus brazos mientras sus piernas se entrelazaban en las caderas del joven y su lengua se hundía en la garganta de su pareja.
Así la llevó Miguel hasta la cama, donde le sacó la blusa por encima de la cabeza y se puso a lamerle los pechos mientras una mano se introducía bajo el bikini y empezaba a jugar con su sexo. Elena se dejaba hacer, se notaba ya húmeda en su interior y hacía tiempo que no echaba un buen polvo. Miguel fue bajando por su torso hasta llegar al ombligo, al que dedicó unos segundos con su lengua mientras acababa de bajarle el bikini. Acto seguido, hundió su cara entre las piernas de ella y se dedicó a dar pequeños besos y mordisquitos alrededor de la vulva, pero sin llegar a tocarla directamente. Elena se retorcía, deseaba que Miguel llegara por fin a su sexo; cada vez que sus labios rozaban un trozo de su piel notaba una corriente en su interior; sentía como sus músculos vaginales se contraían por el deseo y las caricias del hombre.
Al fin, algo diferente. Miguel empezó a mordisquear su clítoris, Pequeños roces con los dientes que hacían que Elena se retorciera sobre la cama. A la vez, un dedo había empezado a deslizarse por la piel que existía entre la entrada a su vagina y el ano, pero sin llegar a entrar en ninguno de sus huecos. Debido a la excitación que ya sentía, el dedo se movía sin roce alguno ayudado por los jugos que empezaban a salir de su interior.
Estaba a punto de estallar. Si no llegaba al orgasmo en los segundos inmediatos lo iba a pasar mal. Instintivamente, arqueaba su cadera para buscar la boca del joven con su vagina. Necesitaba que acabara ya con aquello; la electricidad recorría su cuerpo, cargándose cada vez más, pero sin llegar a estallar el rayo. Se masajeaba las tetas, se pellizcaba los pezones. Se mordía el labio inferior mientras Miguel la estaba volviendo loca casi sin tocarla.
¡Ya, sí, ahora…! Por fin. La lengua de Miguel estaba recorriendo el interior de su vulva; desde el clítoris hasta la entrada de la vagina, haciendo un viaje en círculo pasando por los laterales de los labios y regresando por los otros. Notó como retraía la piel de su clítoris y lo succionaba como si fuera un pequeño pene. Después, llegaba con la lengua hasta su vagina y la introducía en toda su longitud. Cuando la extrajo, un dedo ocupó su lugar, después fueron dos. Con un movimiento de vaivén, a la vez que hacía rotar su muñeca, estaba masajeando las paredes de su vagina mientras con la boca se dedicaba a succionar su clítoris.
Un tercer dedo se introdujo en su ano y ya no pudo aguantar más. Los espasmos hacían que sus músculos pélvicos se contrajeran sobre los dedos que Miguel había introducido en su interior, sintiéndolos aun más, si cabe. Tras unos segundos inacabables su cuerpo se relajó.
Carla y Lars tardaron unos minutos en darse cuenta que se habían quedado solos en la mesa del bar. No sabían dónde estaban Elena Y Miguel, pero se lo imaginaban.
- Un “momenta”. Wait, yes? - Dijo Lars mientras se dirigía hacia donde estaban sus amigos. Vio que recogía algo del suelo y volvía con ella. Le mostró un llavero como el que tenían ellas y supo qué era lo que iba a suceder a continuación. Cogidos de la mano se dirigieron al hotel.
Al llegar a los ascensores los encontraron ocupados en los pisos superiores; como la habitación de los chicos estaba en la segunda planta, Lars la cogió en brazos como si fuera un bebé y subió las escaleras de dos en dos hasta llegar a la habitación. Al cerrar la puerta Carla se sacó la camiseta por los hombros, bajó las bermudas del vikingo hasta los tobillos y, poniéndose en cuclillas empezó a masajearle el miembro de formas lenta; descubriendo y tapando el glande según bajaba o subía la mano. Al mismo tiempo le acariciaba los testículos, jugando con ellos con la palma de su otra mano.
Pasó la punta de la lengua por el frenillo y notó un estremecimiento en el cuerpo del gigante noruego a la vez que más tensión en su mano. Recorrió toda la longitud de su verga con la lengua, deteniéndose al llegar a las pelotas, que introdujo en su boca mientras seguía masajeando arriba y abajo, muy lentamente. Llegó con la lengua hasta la base del escroto e, irguiéndose un poco, empezó a chupar con los labios la punta del miembro.
Despacio, se lo introducía en la boca sin llegar a entrar más de tres o cuatro centímetros, lo humedecía bien con la lengua y volvía a sacarlo, dejando tras de sí un hilillo de saliva que llegaba hasta sus labios. Escuchaba los jadeos y gruñidos de Lars y eso le hacía humedecerse aún más. Notaba como por sus muslos empezaba a deslizarse un fino reguero de sus propios jugos.
Poco a poco iba introduciendo un trozo más del miembro en su boca. Hasta que sus labios llegaron al pubis rubio del vikingo. Notaba la punta del miembro empujando en su garganta, la sentía palpitante, latiendo como con vida propia. Ser retiró dejado que saliera la verga de su boca, húmeda, llena de su saliva, moviéndose arriba y abajo como guiada por hilos invisibles.
Entonces se levantó, echó sus manos alrededor del cuello de Lars, enredó sus piernas en las caderas del muchacho y se echó a un lado el tanga que aun llevaba puesto. El gigante rubio la sujetó por la cintura y, mientras ella guiaba su pene hacia la apertura anhelante de su vulva, la fue dejando resbalar hasta que quedó enterrado en ella. Entonces Carla empezó a mover sus caderas hacia detrás y delante, notando como aquel miembro entraba y salía de sus entrañas.
No necesitó muchas embestidas para llegar al orgasmo. Aun así, el noruego seguía empujando; con una mano en la cintura, la otra en sus tetas y la boca en la suya. Al notar que el muchacho apoyaba la espalda en la pared comprendió que no faltaba mucho para que él también llegara al clímax. Se apoyó en sus hombros, hizo palanca en la cadera y dejó que saliera de ella. Se agachó delante de él, agarró el pene entre sus tetas y, mientras le masturbaba con ellas, iba introduciendo el glande en su boca hasta que escuchó un gruñido sordo y un chorro de semen salió despedido hacia su cara, su barbilla, sus tetas como en una fuente sin fin.
Cuando Elena levantó su cabeza y miró hacia sus pies se encontró con los rizos de Miguel que emergían de entre sus piernas. Sus ojos oscuros la miraban mientras esbozaba una sonrisa inmensa en una cara empapada por los jugos de Elena. Clavó los codos en la cama y se sentó en el borde mientras Miguel se incorporaba y se ponía de pie.
Había una impresionante hinchazón en el bañador del muchacho. Elena soltó el cordón que aseguraba la prenda y, despacio, la fue bajando hasta dejar al descubierto la verga más grande que había visto nunca. Con unos pocos rizos en el pubis, se levantaba inhiesta hasta llegar al ombligo del chaval, más de un palmo por encima de donde empezaba; tenía más grosor que las muñecas de la chica y la punta surgía desafiante con el prepucio totalmente retraído.
Sin hacer caso al principio de aprensión que empezaba a tener cogió aquel mástil con ambas manos y empezó a frotarlo lentamente mientras sus labios se cerraban sobre el glande dudando si podría llegar a introducir todo en su interior. Fue bajando la cabeza sobre el falo hasta llegar a un poco más de la mitad del recorrido total. Notaba la boca llena, respiraba por la nariz pero sabía que, si continuaba, aquel miembro iba a acabar alojado en su garganta y no podría evitar las arcadas.
Entonces colocó unas de sus manos junto a sus labios y, haciendo tope con ella, siguió chupando la verga mientras la otra se dedicaba a acariciar el resto a la vez que hacía incursiones en los testículos; sabiendo que, si no pasaba de allí, no iba a tener problema alguno. Miguel, mientras, le sujetaba el cabello retirándoselo de la cara y le iba acariciando las tetas.
Al cabo de unos minutos Elena se retiró, se echó hacia atrás en la cama y le invitó a entrar en ella. El tinerfeño se arrodilló y ayudándose de la mano, dirigió su miembro hacia la apertura anhelante penetrándola despacio, sin empujones, hasta que los dos pubis chocaron entre sí. Elena sentía como empujaban en lo más hondo de ella. Notaba como su vagina se había dilatado para aceptar aquella inmensidad. Y, una vez se había acostumbrado a su tamaño, empezó a moverse al ritmo que le marcaba él con sus movimientos.
Era bien consciente de como entraba y salía de su cuerpo. El roce que le producía hacía que sus terminaciones nerviosas enviaran millones de impulsos por segundo a su cerebro. No quería parar, no podía parar. Volvía a notar como su cuerpo se tensaba ante la llegada de otro orgasmo. Este llegó al cabo de unos minutos. Miles de sacudidas, una tras otra, que empezaban en lo más profundo de su cuerpo para repartirse después por toda la piel, erizándosela desde los pies a la cabeza, como si fuera víctima de una electricidad estática que le hiciera sacar chispas por todos sus poros.
Unos segundos después, Miguel se tensó, se retiró de ella y con unos cuantos movimientos de su mano sobre su pene eyaculó sobre su vientre, dejando un sinfín de regueros blanquecinos en su abdomen. Acto seguido, la besó suavemente en los labios y se recostó a su lado.
Mientras Elena dejaba que sus pulsaciones volvieran a un ritmo más pausado, no pudo evitar hacer un balance mental de lo que llevaba de día.
- “Vaya comienzo de vacaciones. Hace una hora que estaba sobre la toalla tomando el… ¡Ostras, las toallas! Con la tontería se han quedado en el jardín” - Se puso a reír pensando que tampoco le importaba mucho, que ya iría a buscarlas más tarde; o quizá las habría recogido su prima, aunque apostaría lo que fuera que Carla tampoco estaba pensando en ellas, precisamente.
- Es un cabrón, ¿sabes? - Le sorprendió Miguel.
- ¿Qué? ¿Qué quieres decir?
- Lars. Maneja el frisbee como quiere. Le he visto meterlo por una ventana desde unos diez metros o hacerlo aterrizar en una marca del suelo. Si hubiera querido, habría hecho que se posara sobre tu cabeza suavemente…
Vaya, parecía que todo aquello no había sido una casualidad.
« última modificación: 16 de Abril de 2021, 05:55:04 pm por Amármol »
Vive cada día como si fuera el último, porque un día será verdad. (Cassius Clay)

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Relatos cortos (+18)
« en: 07 de Abril de 2021, 10:36:55 am »

Desconectado Amármol

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Re:Relatos cortos (+18)
« Respuesta #1 en: 10 de Abril de 2021, 11:44:29 am »
Primer curso.

Dirigió la vista hacia el tablero de salidas. Habían cambiado el estatus del vuelo Iberia 3058 con destino a Copenhague a “Embarcando”. Buscó con la mirada a su madre, una cubana de 43 años que hacía 25 que había llegado a España de la mano de un tinerfeño exportador de plátanos cinco años mayor que ella.
Trabajaba de mesera en una cantina de la ciudad de Santa Clara cuando a finales de 1992 apareció por la puerta un joven que, indudablemente, no era lugareño. Moreno, más alto que los hombres locales, de cuerpo musculoso y hablar cantarín.
- Muyaya, perdona; ¿Cómo podría llegar a la fábrica de tabaco? - Aquella forma de pronunciar ‘muchacha’ la hizo sonreír. Salió de la barra y fue hacia la puerta para indicarle.
- Cuatro cuadras más allá, a la derecha, verá un edificio grande, con una verja de hierro y un jardín. Esa es.
Al darle las indicaciones señalando con las manos rozó por un momento el antebrazo del visitante. Un escalofrío recorrió todo su ser. Era como si una chispa hubiera saltado entre ellos con aquel roce tan sutil. Y parecía que él también lo había sentido, pues al mirarlo se dio cuenta que tenía la mirada fija en ella en lugar de seguir la dirección que señalaba su mano. Estuvieron unos segundos así, con la vista puesta en el otro hasta que el joven, como despertando de golpe, acertó a decir.
- Perdona, no he llegado a…
- Cuatro cuadras… - empezaba a repetir ella cuando la interrumpió otra vez el muchacho.
- Sí, cuatro cuadras, una verja, jardín… Lo siento, no sé dónde tenía la cabeza – se disculpó con azoramiento.
- “La cabeza, no sé; pero los ojos los tenías en mí” – pensaba ella mientras se esforzaba por no reírse en su cara.
- ¿Aquí se puede comer?
- Por supuesto, señor. Tenemos ropa vieja, arroz con pollo, moros y cristianos, picadillo, ajiaco… todo muy rico y sabrosón - contestó ella, ya con una pizca de confianza.
- Perfecto - contestó él mostrando dos hileras de dientes blanquísimos en una sonrisa perfecta – Me tomaré una cerveza ahora y, cuando vuelva de la fábrica, probaré eso tan ‘sabrosón’ que tienes.
Esta vez la sorprendida fue ella. No esperaba que utilizara esa palabra en el tono con el que la dijo. Además, el muchacho que un minuto antes estaba disculpándose con ella, ahora era todo seguridad en sí mismo.
Le sirvió una Bucanero y volvió a ponerse tras la barra. El muchacho se la bebió en dos tragos, pagó su importe y se dirigió a la puerta.
- Cuatro cuadras… - dijo girándose ya casi saliendo.
- Sí, a la derecha – contestó ella con una sonrisa. Y vio como le guiñaba un ojo mientras le daba las gracias. ¿O no se lo había guiñado? Estaba en la puerta, saliendo, a contraluz, pero ella hubiera jurado sobre lo más sagrado que aquel desconocido le había lanzado un guiño.
- …tro cervezas y dos gaseosas.
- ¿Eh, perdón? – estaba totalmente ausente.
- Cuatro cervezas y dos gaseosas, por favor. - No sabía cuándo habían entrado aquellos parroquianos que estaban sentados en una de las mesas y que la estaban mirando con una sonrisa maliciosa en la cara. Al parecer se habían dado cuenta de todo lo sucedido y pensaban reírse esa tarde a su costa.
Peores cosas había soportado. A sus 16 años ya había librado más de una batalla contra algún que otro vecino de la ciudad con las manos largas. No eran pocos los que, cuando se acercaba a la mesa con la bandeja, hurgaban con más o menos éxito debajo de su falda o dirigían su mirada directamente a su escote. Alguna bandeja que otra había acabado en los pantalones de esos buscones “por accidente”.
Pero ese día fue más o menos tranquilo. Bebieron sus consumiciones, le hicieron alguna que otra chanza y, al entrar más clientes y tener que repartir su atención, perdieron el interés en ella.
Unas dos horas más tarde regresó el visitante. Traía la camisa pegada al cuerpo por el sudor y una sonrisa franca.
- Bueno - le dijo - ¿Qué era eso tan sabrosón?
- Lo que guste el señor - Dijo. Y, atreviéndose un poco añadió - No más tiene que pedir. De momento le voy a poner otra cerveza que parece que le hace falta.
- Pues sí, desde luego. ¿Dónde puedo refrescarme la cara un poco? – Le preguntó señalando el sudor que le perlaba la cara.
Le indicó donde estaban los aseos y le preparó la cerveza en la barra. Tenía algo interesante aquel joven. Excepto el momento de titubeo en la puerta, parecía en todo momento confiado y seguro. Se le veía muy joven, aunque mayor que ella, pero aparentaba más edad por su aplomo y manera de comportarse.
Volvió y se tomó media cerveza de un trago. Sacó una pequeña agenda del bolsillo del pantalón, consultó algo apuntado allí y le dio otro trago a la cerveza.
- ¿Entonces? – Le preguntó muy serio.
- ¿Entonces, qué? – Dijo ella, sin saber a qué venía aquello. Ahora era ella la desconcertada.
- Que ¿qué vamos a comer? Que la cerveza refresca, pero no alimenta - Y volvió a dedicarle aquella sonrisa que ya empezaba a hacer estragos en ella. Empezaba a querer probar aquella boca; tenía unos labios carnosos que imaginó recorriendo su cuerpo. Pero desechó esas ideas y se dispuso a cantarle el menú.
- Bueno, pues tenemos…
- Déjalo, da igual. Sorpréndeme; lo dejo a tu elección. No conozco los platos de aquí y tendría que preguntarte qué es cada uno que me ofreces. – Le dijo mientras acababa con la bebida – Pero, mientras espero, otra cerveza, por favor.
Le sirvió la cerveza y le preparó una ensalada de frutas tropicales y un plato de arroz con pollo que el joven comió con apetito. Al acabar, se tomó un café y pidió un vaso de ron para acompañar. Mientras comía habían entablado conversación y le explicó que formaba parte de un grupo de empresarios españoles que, aprovechando la presencia de Fidel Castro en los Juegos Olímpicos de Barcelona, habían viajado hasta Cuba para entablar relaciones comerciales. Tenía 21 años y era hijo de un productor platanero en Tenerife que quería entrar en el mercado de los cigarros puros. Su visita a la fábrica estaba relacionada con aquel interés.
La afluencia de clientes había ido menguando durante el día y, con ello, el trabajo en la cantina y Raúl - así dijo que se llamaba, ella le dijo que su nombre era Gladys - la invitó a sentarse con él y seguir hablando. Al oscurecer, llegó la hora de cerrar y Raúl esperó a que así lo hiciera, ofreciéndose a acompañarla. Ella le comentó que conocía un parque donde podrían seguir con la conversación, cogió una botella de ron de la estantería, dos copas y se fueron juntos.
El parque estaba situado a orillas del rio Cubanicay y disponía de varios bancos de madera que les ofrecían una vista de la orilla y los árboles del otro lado.
Animada por el ron y la conversación informal que estaban teniendo, Gladys empezó a acercarse más al joven. Ahora le rozaba una pierna, después sujetaba una mano y, más tarde, armándose de valor, puso una mano en cada sien de Raúl y le besó con pasión. Raúl le devolvió el beso poniendo una mano en la cintura de ella y la otra en un hombro que no tardó en deslizar hacia abajo hasta llegar a su pecho. Gladys se dejó hacer, arqueó su espalda para facilitar la caricia del chaval y, por su parte, introdujo una mano bajo la camisa de Raúl, empezando a acariciar un pecho musculoso, fuerte, sin rastro de vello y cuyos pezones se erizaron al contacto de su mano.
Le abrió la camisa y pasó su lengua por aquel punto sensible. Un gemido escapó de la boca del muchacho. Él respondió pasando una de sus manos por debajo de la blusa que ella llevaba, levantó el sujetador y empezó a acariciar un seno turgente, de buen tamaño, suave y duro a la vez. Gladys se separó de él unos centímetros, se sacó la blusa por la cabeza y, con un gesto rápido, se desembarazó del sujetador. Acto seguido dirigió sus manos al pantalón del hombre, soltó la hebilla y el botón y, abriendo la cremallera, metió una mano para llegar a su sexo mientras Raúl se dedicaba ya a lamer sus pezones.
Gladys cogió el pene ya erecto y empezó a masajearlo con suavidad; notaba la dureza del miembro en sus manos, sentía como latía a cada caricia que le prodigaba. Por su parte, ella se notaba muy húmeda; notaba las palpitaciones de su sexo cada vez que Raúl le daba un pequeño mordisco en sus pezones. Deseaba sentirlo en su interior.
Se puso en pie, subió su falda sujetándola con la cinturilla y se sentó a horcajadas sobre el muchacho. Retiró la tela de sus bragas y cogiendo el pene con una mano lo dirigió hacia la entrada de su vagina dejándose caer. Se sintió llena, colmada. Inició un balanceo rítmico que fue acelerando hasta notar que empezaban a flaquearle las piernas. Al cabo de unos instantes notó como la electricidad fluía desde su interior, se le endurecieron los pezones, tensó los músculos de su abdomen y se abandonó a los placeres de un orgasmo inmenso que la hacía temblar desde la cabeza a los pies.
Cuando cesaron los temblores se levantó, se puso de rodillas frente a Raúl y comenzó a lamer aquel falo. Deslizaba su lengua desde la punta hasta la base a la vez que con las manos acariciaba unas pelotas que notaba a punto de estallar. Se introdujo el pene en la boca y empezó a subir y bajar la cabeza hasta que sintió como Raúl se tensaba, gemía y, con gruñido empezaba a descargar chorros de semen en su boca hasta que empezó a salir por la comisura de sus labios. Siguió lamiendo hasta notar que la erección empezaba a bajar. Tragó hasta la última gota de esperma que había en su boca y, con el dorso de su mano, se limpió los restos que tenía por los labios. Después, sin saber por qué, estalló en carcajadas que hicieron que tuviera que sentarse para no caer.
Tres días más estuvo aun Raúl en la isla; un par de noches repitieron el acto del parque, aunque ya en la cama del hotel de Raúl. Al cuarto día, Raúl regresó a España. Se llevó consigo un contrato muy favorable para la importación de puros habanos y dejó una promesa.
Dos años después, regresó a Santa Clara. Una semana más tarde, un avión partía del aeropuerto José Martí con destino a Madrid; en la cabina de primera clase iba Gladys sentada junto a Raúl.
La vio ojeando una revista en el kiosco de prensa y con paso presuroso se dirigió hacia ella.
 - Mamá, ya empiezan a embarcar. Es la hora.
Su madre dejó la revista y se encaminaron hacia la puerta de embarque. Ya no había vuelta atrás. Le esperaban 3 horas de vuelo hasta Copenhague y, desde allí, otra hora y media hasta Bergen, a las puertas de los fiordos. Por medio del programa Erasmus iba a ir a su universidad a estudiar los yacimientos de gas metano presentes en la plataforma continental del Mar del Norte. Un libro con mensaje ecologista había despertado su curiosidad mientras estudiaba la carrera de geología y pensaba dedicar su trabajo de fin de carrera a ellos.
- Cariño, cuídate. Llámanos en cuanto puedas y, sobre todo, abrígate; echarás mucho de menos nuestro sol - Le decía su madre mientras le acariciaba una mejilla con los ojos vidriosos. De su padre se había despedido el día anterior; un viaje ineludible relativo a la empresa que regentaba le había impedido estar allí también.
- Sí, mamá, no te preocupes; me las apañaré bien. Os llamaré en cuanto me instale.
La rodeó con sus brazos y su madre pareció desaparecer entre ellos. La besó innumerables veces en las mejillas y la frente y se dio la vuelta para entregar la tarjeta de embarque a la azafata que había en el mostrador. Cuando entró al finger que le conducía al avión volvió la cabeza y vio a su madre limpiarse los ojos con un kleenex; levantó un brazo como despedida y se giró. A él también iban a hacerle falta si no se apresuraba por aquel pasillo.
En la puerta de avión le recibió una pareja de tripulantes de cabina; una chica de unos 25 años y un joven que no parecía llegar a los 30 ataviados con el uniforme de la compañía. La afectación al hablar que tenía el empleado le dio pistas sobre a quién escogería como compañero de cama.
Era alto, casi tanto como él mismo, aunque menos musculoso; pero llenaba perfectamente la camisa del uniforme. Le acompañó hasta su asiento y volvió a la puerta del avión a seguir recibiendo pasajeros.
Dejó la pequeña mochila que llevaba en el compartimento sobre su asiento - el grueso del equipaje lo había facturado y debería estar ya en la bodega del avión – y se sentó esperando el momento de las maniobras de despegue.
En menos de veinte minutos el avión ya estaba cogiendo velocidad por la pista del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas y despegó ganando altura mientras viraba rumbo a Copenhague.
Cuando se apagaron los indicadores en el monitor, se soltó el cinturón y sacó un e-book de la mochila para distraerse durante el vuelo. El avión iba ocupado en tres cuartas partes y en su fila de tres asientos solo estaba él por lo que esperaba un vuelo tranquilo, sin interrupciones. Al cabo de unos minutos se le acercó el tripulante que le había recibido ofreciéndole alguna consumición de las que llevaba en un carrito dispuesto para el efecto. Pidió un refresco y, al recogerlo, notó que el tripulante demoraba un poco más de lo normal en entregárselo a la par que rozaba uno de sus dedos mientras lo miraba directamente a los ojos. Vaya, parecía que el vuelo iba a ser más entretenido de lo que esperaba.
Al acabar la bebida se dirigió al aseo y pasó junto al tripulante que estaba atendiendo una consulta de otro pasajero. Cuando pasó junto a él hizo chocar su cadera con el trasero del chico, con un toque sutil. Hizo un leve asentimiento de cabeza cuando vio que el tripulante se giraba a mirarlo y siguió hasta la zona de los servicios.
Entró en una cabina y, unos segundos después notó un leve tamborileo en la puerta. Abrió y dejó pasar al hombre. Al momento estaban fundidos en un beso ardiente en el que chocaban sus dientes y buscaban sus lenguas con fruición.
El tripulante le soltó el botón de los pantalones e introdujo la mano bajo su ropa interior empezando a masturbarlo. Por su parte, él dirigió sus caricias a las nalgas del chico mientas con un dedo buscaba su ano para acariciarlo. Desabrochó los pantalones del empleado y, poniéndose en cuclillas se introdujo el pene en su boca. Tenía un buen tamaño y adornaba su frenillo con un piercing en forma de perla que hacía mover con su lengua. Bajó con su lengua hasta los testículos y los fue chupando alternativamente mientras masajeaba el pene con la mano e iba haciendo mover la perla con un dedo. Tras unos minutos, el tripulante le cogió de los hombros y le hizo enderezarse. Acabó de soltarle los pantalones y le indicó que se sentara sobre la repisa del lavamanos. Se inclinó y empezó a chuparle la polla; tuvo que abrir bien la boca para introducir todo aquel tamaño en su interior.
Empezó humedeciendo el glande con su lengua mientras una mano sujetaba los testículos y un dedo se perdía en el interior de su ano, buscando la próstata. Siguió engullendo aquel cipote hasta que los labios llegaron al vientre del chaval empezando un viaje de ida y vuelta hasta el capullo. Con la mano libre empezó a masturbarse con vehemencia mientras la otra seguía masajeando los testículos y la próstata del viajero. Al cabo de menos de tres minutos sintió como se vaciaba en su boca mientras él mismo también llegaba al orgasmo.
El tripulante se enjuagó la boca en el lavamanos, recompuso su uniforme y salió disimuladamente de la cabina no sin antes cerciorarse de no tener algún espectador inesperado. El joven viajero se arregló la ropa, refrescó un poco su cara y volvió hacia su asiento junto a la ventanilla del avión. Al sentarse vio que una de las azafatas le dirigía la mirada con una sonrisa cómplice.
Había quedado satisfecho y no le apetecía otro viaje a los aseos, de momento; así que ignoró la señal y se dispuso a dormitar un rato mientras llegaba a Copenhague. El avión llegó puntual a su destino y, al salir hacia la plataforma, la azafata que le había sonreído se dirigió a él:
- Gracias por viajar con nuestra compañía, señor ¿Volveremos a verle? - Un puro formulismo pero que para él sonaba diferente.
- Seguro, no lo dude - Contestó y se dirigió hacia la terminal. En menos de media hora ya se encontraba en el interior del avión que le iba a llevar a Bergen, a su nueva vida por un tiempo.
Tres meses después, ya era uno más entre los habitantes de la ciudad. Había entablado amistad con varios de sus vecinos y compañeros de clase y facultad; estos últimos pertenecían a distintas nacionalidades. Había varios británicos, una italiana, bastantes alemanes, por supuesto la mayoría eran nórdicos y hasta un pakistaní. Tenía una relación especial con Inge, una chica sueca que estudiaba filología hispana y a la que ayudaba en sus prácticas de español; entre los alumnos acostumbraban a hablar en inglés, pero ella le había pedido que siempre lo hiciera en español con ella para poder familiarizarse mejor con las expresiones menos académicas del lenguaje.
Era casi tan alta como él, medía casi metro ochenta, con el pelo largo hasta la cintura, muy rubio; de cuerpo fino, pechos generosos y cadera estrecha, aunque con un culo rotundo que solía remarcar con leggins muy ceñidos en los que se adivinaba siempre un tanga debajo.
A principios de diciembre habían sido invitados a una fiesta que celebraban unos conocidos de la chica y a la que iban a acudir también algunos compañeros de la facultad. Ya hacía dos semanas que había caído la primera gran nevada y había restos de nieve que ya no se irían hasta la bien entrada la primavera.
Pero en el interior de la casa donde se celebraba la fiesta la temperatura era agradable y se veía a los invitados en mangas de camisa o con un jersey algo más grueso por encima. Con el paso de los minutos se iba haciendo patente el consumo de alcohol y varios de los chicos andaban con el pecho descubierto e incluso alguna de las muchachas no llevaba encima más que el sujetador o algún top deportivo.
Además, habían empezado a realizar juegos con apuestas mediante el alcohol; se lanzaban retos y, quien no los cumpliera, debía dar cuenta de una medida generosa de las bebidas que por allí había. Por aquel entonces él llevaba el pelo a la altura de los hombros y solía sujetárselo con una especie de moño alto para que no se le fuera hacia la cara. En uno de los juegos, una chica le retó a hacerse un peinado de trencitas como los que suelen usar algunas tribus africanas. Hubiera rehusado la apuesta y bebido su “multa” sin ningún problema, pero prefirió seguir con el juego y hacerse un cambio de look gratis. Total, iba a seguir bebiendo igualmente…
Así que entre Inge y algunas de las chicas se dedicaron a remodelar la pelambrera del joven. Cuando acabaron, el tono de la fiesta había ido in crescendo; además de torsos masculinos desnudos ya se veían algunos pares de pechos femeninos al aire. Una de las chicas estaba sentada en el borde de una mesa, echada hacia atrás, apoyada en los codos, mientras un muchacho intentaba que el contenido de una botella de licor llegara hasta su boca desde medio metro de distancia. La mayoría del líquido erraba en su destino y se escurría por la cara, los hombros y las tetas de donde era recogido por otro joven con su boca. La chica, además, tenía la falda subida hasta la cintura y se había despojado de su ropa interior de modo que una amiga acababa relamiendo el líquido que llegaba hasta la entrepierna.
Una morena de pelo muy corto y ojos de un azul intenso se acercó a Inge y, sin mediar palabra empezó a besarla en la boca con mucha pasión mientras con una mano hurgaba en la entrepierna del español. El muchacho se dejó hacer a la vez que metía sus manos bajo el jersey de la morena y le agarraba las tetas, buscando los pezones.
Inge ya se había desnudado de cintura para arriba y se dejaba comer las tetas por la chica mientras empezaba a besarse con un chaval enorme que se había acercado en ese momento. Muy alto, con el pelo rubio muy corto por la parte de la nuca, con unos brazos capaces de mover un coche a pulso.
El español no había perdido el tiempo y ya había bajado los pantalones de la morena hasta sus tobillos. Se había puesto en cuclillas tras ella y, separando sus nalgas, se dedicaba a pasear su lengua desde el clítoris hasta el ano de la chica a la vez que introducía varios dedos en su vagina. Inge, por su parte, se había desprendido de la poca ropa que llevaba encima y estaba arrodillada haciendo una felación al rubio de pelo corto cuya boca era ahora reclamada por parte de la morena. Con una mano cogió al estudiante de geología por la barbilla y le hizo ponerse en pie arqueando sus caderas e invitándolo a entrar en ella.
Él se desprendió de sus pantalones y llenando su mano de una mezcla de saliva y jugos de la chica se lo extendió por la superficie de su glande y empezó a penetrar a la muchacha hasta notar que su vientre tocaba con las nalgas turgentes. Inge se había subido ya a la cintura de su nuevo compañero y girando la cabeza empezó a besarse con el español mientras este iba metiendo y sacando su verga del coño de la morena mientras notaba como sus paredes vaginales se iban dilatando a la par que su miembro se abría camino en su interior.
Cuando notó que llegaba al clímax, saco su verga del coño de la morena y derramó su contenido encima de la espalda de la chica que, a su vez, estaba recibiendo la corrida del vikingo en pleno rostro pues Inge se había bajado cuando llegó al orgasmo. Se arrodilló y ayudó a su amiga a recoger los jugos que aun salían del pene tembloroso del rubio pasando su lengua por toda la longitud del miembro y el rostro de la morena.
Al rato, con los cuatro en el suelo acurrucados unos con otros, Inge hizo las presentaciones.
- Al menos, que sepáis como son vuestros nombres, ¿no? - dijo sonriendo. - Ella es Fiona, nos conocemos desde niñas y nos hemos consolado muchas veces juntas. Este es Lars; y también se ha puesto a consolarnos alguna vez.
Dijo riendo mientras dirigía la mirada al rubio que le devolvió el cumplido con un guiño cariñoso
- Lars, Fiona; este es Miguel.
Al fondo se escuchaban las noticias procedentes de un televisor que alguien había encendido.
“Un extraño virus está causando miles de muertes en Wuhan, una localidad china en la que se encuentra…”

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Re:Relatos cortos (+18)
« Respuesta #2 en: 16 de Abril de 2021, 03:32:17 am »
ÍNCUBO




I

Inge escuchó como corría el agua en la ducha y miró las luces rojas del reloj en la mesita de noche. 04:51. Javier, su novio, se estaba duchando. Ella también necesitaba una ducha. Habían pasado la tarde en casa de Alfredo y María, estrenando una barbacoa que habían construido en el jardín.
En verdad, se podía decir que era la inauguración de la casa. Se habían mudado a mediados de mayo, un par de meses antes. Una casa en una urbanización en la montaña, con terreno a varias alturas y vecinos cercanos, pero separados al menos una treintena de metros de casa a casa.
Desde el comedor se salía a una terraza, por debajo de la cual estaba el jardín con la piscina, un comedor exterior con mesas y sillas rústicas, donde estaba la barbacoa y, a un nivel inferior, una zona todavía llena de vegetación silvestre y algún que otro pino de la que no habían decidido todavía cual iba a ser su destino. Más allá, la montaña, alguna casa aislada y una carretera. Sea como fuera, la vista general desde la terraza era naturaleza, naturaleza y más naturaleza mirasen hacia donde mirasen.
Cuando llegaron Alfredo estaba preparando la leña y el carbón para la barbacoa y María se encontraba en la piscina, sentada en el borde con las piernas en el agua. Llevaba solo la pieza inferior del bikini; un tanga amarillo que resaltaba sus nalgas. Tenía un pecho abundante, con areolas muy oscuras y pezones siempre erectos.
Se levantó para recibirlos y, tras unos besos, tiró de los hombros del ligero vestido que llevaba Inge hacia abajo mientras profería una carcajada.
- ¡Demasiada ropa llevas encima! - Le dijo - Así no te vas a poner morena nunca.
Inge se había quedado en bragas. Javier sonreía mientras contemplaba a las dos mujeres y no podía evitar comparar sus cuerpos. María era más bajita que Inge y tenía más curvas; aunque Inge también lucía una buena talla de tetas, era más fina de caderas que María, pero tenía unas nalgas rotundas que continuaban en unas piernas finas y largas. María poseía unas buenas caderas y culo, con unos muslos más gruesos y un sexo que se marcaba perfectamente bajo el tanga.
- Pues habrá que cambiarse - Dijo Inge, quitándose las bragas y sacando un bikini de la bolsa que llevaba. Tenía muy poco vello púbico y este era extremadamente rubio, casi blanco, por lo que dejaba entrever sus labios perfectamente.
- Ahora llevas tú más ropa que yo - Le dijo a María, mientras le guiñaba un ojo.
- ¡Menuda preocupación! - contestó esta. Y, con un rápido gesto se quitó el tanga dejando ver una vulva depilada, únicamente con una línea de vello negro muy recortado encima de unos labios carnosos.
- ¡Fiesta…! - Alfredo había visto la escena desde lejos y, quitándose toda la ropa, llegó corriendo para tirarse a la piscina salpicando con abundante agua a los demás, quedando la ropa de Javier bien mojada.




II

- De perdidos, al río. - Dijo Javier; se quitó sus ropas y, agarrando a las dos mujeres por la cintura, cargó con ellas y se lanzó también al agua.
Al caer, soltó a María, pero siguió sujetando a Inge; aún sumergido, giró hacia ella y, agarrándola por las nalgas, acercó su boca hasta la entrepierna de la chica, pasando su lengua por su vagina. Notó un estremecimiento en el cuerpo de Inge al hacerlo.
Emergió y, nadando solo con las piernas, llevó a Inge hasta la pared de la piscina donde empezó a masajearle el clítoris mientras lamía uno de sus pezones. Apoyada en el borde de la piscina, Inge vio por encima de los hombros de Javier como María se había sentado en el peldaño superior de la escalerilla con las piernas abiertas mientras Alfredo le lamía el coño.
Unos instantes después, Alfredo y María salieron de la piscina. Él se tumbó en el borde dejando las piernas en el agua y María se sentó a horcajadas sobre su polla metiéndosela lentamente. Cuando la tuvo toda en el interior de su cuerpo se echó hacia adelante sobre Alfredo dejando a la vista de Inge como iba entrando y saliendo a medida que movía sus caderas mientras Alfredo había llevado una mano hasta su culo y le metía unos de sus dedos en el ano.
Inge introdujo sus manos bajo el agua y buscó la polla de Javier. La encontró ya con una erección considerable. La masajeó haciendo bajar la piel del capullo y deslizó su pulgar por la punta. Javier profirió un ronquido al sentir la caricia y metió con vehemencia dos dedos en la vagina de Inge mientras mordisqueaba sus pezones. Inge notó que iba a llegar al orgasmo y atrajo al chico hacía sí mientras guiaba la polla hasta la entrada de su coño. Con un movimiento hacia delante de sus caderas dejó que entrara hasta notarla toda en su interior. Llegó al orgasmo unos instantes después. Separó a Javier de su cuerpo y dijo:
- Ven.
Nadó hasta llegar a las piernas de Alfredo, se agarró a ellas y empezó a lamer las pelotas del chico mientras su polla entraba y salía del coño de María. Se metía alternativamente una y otra en la boca, pasaba la lengua por la base del escroto, volvía a subir y seguía hasta llegar al coño de María, pasando la lengua por la polla de Alfredo mientras entraba y salía del sexo de su amiga.
Mientras, Javier había salido de la piscina y se había arrodillado junto a las cabezas de sus amigos. María le chupaba con ansias la polla mientras Alfredo se dedicaba a apretarle las pelotas a la vez que introducía un dedo en su culo. María se metía la polla de Javier hasta el fondo de su garganta, succionaba con fuerza el falo y lo iba sacando despacio hasta que emergía totalmente lubricado con su saliva; después dirigía su boca hasta los labios de su compañero jugando con su lengua mientras con la mano recorría toda la longitud del miembro de Javier.
Separó sus labios de los de Alfredo y con la mano dirigió la polla de Javier hacia la boca de su pareja. Alfredo la recibió gustoso y, levantando la cabeza se metió la mitad del pijo en la boca. A su vez, Inge había sacado el cipote de Alfredo del coño de María y lo sustituyó por tres de sus dedos, que movía dentro de su compañera mientras pajeaba al hombre ayudada por los fluidos que aún lo lubricaban.
María se levantó y se dio la vuelta sobre Alfredo dejando su culo sobre la cara de su compañero. Alfredo empezó a masturbar a Javier y, al mismo tiempo, se puso a lamer el coño de María. Ella se echó hacia adelante y empezó a chupar la polla que sostenía Inge. Al quedar María con el culo alzado Javier se colocó tras ella y humedeciendo bien el ano de la chica empezó a follarla por el culo mientras Alfredo alternaba con su lengua entre el coño de María y los huevos de Javier.
Inge salió del agua y se arrodilló junto a María para prodigar a Alfredo una mamada a dos bocas. María tenía la polla de Alfredo agarrada por la base y se la iba chupando mientras Inge se ocupaba de lamerle desde los huevos hasta el ano. Después se relevaba con su amiga y se metía la polla hasta las bolas o directamente se fundía en un ardiente beso con María mientras entre las dos masturbaban a Alfredo.
Cuando Javier sintió que iba a correrse sacó su polla del culo de María y lo enterró en la boca de Alfredo, que la recibió con ansia y retuvo el miembro en su boca mientras Javier descargaba todo el contenido de sus pelotas, después empezó a lamer el coño de su compañera esparciendo toda la leche de su amigo en su entrepierna.
María e Inge se afanaban en sus turnos para mamar o pajear a Alfredo hasta que acabó corriéndose sobre el rostro de las dos mujeres que después se dedicaron a limpiarse mediante lametones que se daban una a la otra hasta hacer desaparecer todo rastro de la corrida de Alfredo.




III

Sí, necesitaba una ducha. El resto de la tarde la habían pasado comiendo y bebiendo, sobre todo bebiendo y había llegado a su casa con la cabeza un poco pesada.
Ya no escuchaba el agua correr. Supuso que Javier se estaba secando e intentó dormir un rato más hasta que acabara. De pronto, sintió unos dedos que rozaban el pie que había dejado fuera de las sábanas.
- Jav… - Empezó a decir.
- Shssst… - Fue la contestación que recibió. La mano siguió subiendo por su pantorrilla mientras otra fue retirando la sábana que la cubría. Yacía boca abajo, con una pierna flexionada, las manos bajo la almohada y el rostro vuelto hacia la mesita de noche. Vio las luces rojas del reloj. 4:53. La mano había llegado a la corva de su pierna extendida, otra se había posado en el tobillo de la que tenía flexionada.
Poco a poco fueron ascendiendo hasta llegar al nacimiento de sus glúteos. Notó como las palmas se posaban en sus nalgas mientras los pulgares se dirigían a su ingle. Empezó un ligero masaje circular que hacía que sus nalgas se separaran y volvieran a juntarse. Los pulgares cada vez más cerca de su sexo, que ya empezó a sentir húmedo. De vez en cuando rozaban los labios de su vulva y ella, instintivamente, alzaba su pelvis en busca de un contacto cierto. En la siguiente pasada por su entrepierna, un pulgar se quedó a la entrada de su vagina; recorrió el espacio entre ella y el ano y acabó por entrar en él.
La mano hizo un giro y dos dedos empezaron a acariciar su sexo entreabierto, separando los labios y llegando hasta su clítoris. Se detuvieron allí con un movimiento de vaivén haciendo que se estremeciera de placer. Notó una mano entre los omóplatos y dos dedos que se introducían en su coño mientras el pulgar seguía anclado en su culo. Entonces los dedos empezaron un movimiento lineal de adentro afuera haciendo que toda la humedad contenida en el interior de su vagina fuera emergiendo y deslizándose por su entrepierna hacia su pubis.
De pronto, los dedos se doblaron en su interior forzándola a alzarse sobre sus rodillas mientras la otra mano seguía sobre su espalda. No podía levantar la cabeza de la almohada.
- “Bergen”.
Con el culo totalmente alzado, y apoyada en las rodillas con la cabeza en la almohada, aquellos dedos seguían con su masaje; se sentía inundada por sus secreciones. Quería follar, pero también quería que aquel masaje no acabara nunca.
- No par…
- Shssst.
Otra vez le pedía silencio. Pues vale, le dejaría hacer. Hacía mucho tiempo
- “Fiona”.
que no estaba tan excitada. Le venían imágenes que creía reconocer y las perdía al momento. ¿Dónde era? Se aproximaba un orgasmo ¿Cuándo era? Sentía temblar sus piernas ¿Quién era? Los dedos se movían con más velocidad a cada momento ¿Con quién era? Sintió la electricidad surgir de sus entrañas mientras empezaba a temblar.



IV

- “Facultad”.
Los temblores se intensificaron hasta hacerla llegar a un orgasmo inmensamente placentero. Podía notar cada uno de sus músculos vaginales apretando los dedos que tenía en su interior. Sentía sus espasmos a cada oleada de placer. Los dedos salieron de ella y la mano se metió por debajo de su cuerpo impidiendo que se echara otra vez sobre la cama.
- “Lars”.
Algo más grande que los dedos empezó a entrar en ella. Por fin; empezaba lo bueno. Poco a poco notaba su vagina dilatarse mientras era penetrada.
- “Fiona, Bergen”.
Entraba muy despacio, abriendo camino en su interior, separando sus carnes poco a poco. Notando un grosor
- “Bergen, facultad”.
que creía olvidado. Cinco centímetros adentro. La mano puesta en su pubis y los dedos estimulando su clítoris. Diez centímetros en su interior. Su vagina más dilatada. Casi dolía. Un pequeño retroceso. Alivio. Contracción de sus músculos. Un dedo hábil fricciona su punto del placer. Una embestida inesperada.
- “Facultad… Fiona… Bergen… Lars…”.
Casi veinte centímetros dentro de ella. Dilatación extrema. Dolor. Recuerdos.
- “Facultad… Fiona… Bergen… Lars…”.
La mano sobre la espalda. La cabeza en la almohada. Vacío de nuevo. Dos dedos se adueñan de su clítoris llevándola casi a la locura.
- “Facultad… Fiona… Bergen… Lars…”.
Vuelve a penetrarla. Despacio, pero ya no se detiene. Cinco, diez, veinte. Más de veinticinco centímetros de polla horadan su intimidad. Su coño se dilata hasta límites impensables. Empieza un movimiento que va introduciendo y sacando toda aquella inmensidad de su ser. Conforme incrementa la cadencia, un nuevo recuerdo pugna por aflorar en su mente.
- “Facultad… Fiona… Bergen… Lars…”.
Está llegando al orgasmo. Siente que se va a correr.
- “Facultad… Fiona… Bergen… Lars…”.
El movimiento se acelera. Un poco más, que no pare ahora.
- “Facultad… Fiona… Bergen… Lars…”.
Llega. Llega. Llega, le tiembla todo el cuerpo. Siente los pezones clavados en el colchón. Nota el dedo en su clítoris. Se nota llena. Recuerda. Se corre. Los espasmos le hacen saltar en la cama. El recuerdo llega con total nitidez.
- ¡Inge!
La voz lejana de su novio le hace abrir los ojos. 4:54. Está tumbada boca abajo, con una pierna flexionada, las manos bajo la almohada y el rostro vuelto hacia la mesita de noche. La sábana la cubre hasta los hombros, pero tiene un pie fuera de ella; suele dormir así. Un recuerdo casi perceptible retrocede a toda velocidad. Hace un esfuerzo y consigue que vuelva.
- “Facultad… Fiona… Bergen… Lars…”.
- Miguel. - Susurra, mientras las lágrimas afloran a sus ojos. Estira el brazo y abre un cajón de la mesita. En su interior, un recorte de un diario noruego fechado solo cinco años antes, pero una eternidad para su mente. En una fotografía central, un amasijo de hierros retorcidos y calcinados que recuerdan vagamente a un vehículo. A un lado, las fotografías de tres jóvenes. Una muchacha morena de ojos azules. Un rubio con un cuello muy ancho y una cabellera hasta los hombros. Y un moreno de sonrisa blanquísima con el pelo hecho trencitas.
« última modificación: 07 de Mayo de 2021, 12:25:03 am por Amármol »
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Re:Relatos cortos (+18)
« Respuesta #3 en: 16 de Abril de 2021, 10:08:32 am »
Ya sabía yo que tenías un poeta en tu interior   :bueno

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Re:Relatos cortos (+18)
« Respuesta #4 en: 16 de Abril de 2021, 11:04:13 am »
Pues lo he escrito en prosa... :risa
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Re:Relatos cortos (+18)
« Respuesta #5 en: 16 de Abril de 2021, 11:44:05 am »
Pues lo he escrito en prosa... :risa

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Re:Relatos cortos (+18)
« Respuesta #6 en: 23 de Abril de 2021, 05:21:17 pm »
Q buena escritura amigo. Tienes el arte de escribir. Q bueno

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