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Mensajes - reporter

#1
Críticas de estrenos / Warcraft: El origen
04 de Junio de 2016, 01:58:00 AM
Warcraft: El origen


SINOPSIS: El pacífico reino de Azeroth está a punto de entrar en guerra para enfrentarse a unos terribles invasores: orcos guerreros que han dejado su destruido reino para colonizar otro. Al abrirse un portal que conecta ambos mundos, un ejército se enfrenta a la destrucción, y el otro, a la extinción. Dos héroes, uno en cada bando, están a punto de chocar en un enfrentamiento que cambiará el destino de su familia, su pueblo y su hogar. Así arranca una espectacular saga de poder y sacrificio donde se descubren las numerosas caras de la guerra y en la que cada cual lucha por lo suyo.

CRÍTICA: El mundillo de Warcraft

Randy Marsh, geólogo y padre de familia afincado en un pequeño y pacífico pueblo de Denver, estaba en estado de shock. Acababa de tener una bronca brutal con su querido hijo, Stan, a causa de un demoníaco videojuego y la no menos demoníaca influencia que éste ejercía sobre él. La cosa ya hacía tiempo que iba mal, pero lo del último fin de semana fue la gota que colmó el vaso. Los nubarrones que asolaban la localidad desde hacía meses se habían disipado por fin, y aún así, el chaval se negaba a salir del hogar... Es que ni de la habitación se le podía sacar. Aquello no era vida. ''Mira hijo, sinceramente creo que deberías mover un poco el culo, levantarte de la silla, ejercitar un poco las piernas, que te dé un poco el aire... Deberías estar socializando con tus amigos'', dijo el padre, a lo que el mocoso espetó: ''¿Eres retrasado, papá? ¿Es que acaso no ves que ya estoy socializando con mis colegas? ¿No entiendes que estoy conectado a un MMORPG con gente de todo el mundo y que estoy ganando puntos de experiencia junto a mis colegas mientras uso el teamspeak?'' La contestación cayó como una losa y se hizo el más incómodo de los silencios, tras el cual, simplemente: ''No soy un retrasado...''

Y así se quedó el pobre Randy, repitiendo para sus adentros ese instintivo y tonto contraataque, que para nada le sirvió a la hora de proteger una autoestima que, también sea dicho, ya llegaba maltrecha a aquel fatídico momento. ''No soy un retrasado...'', se decía a él mismo, ''No soy un retrasado... No soy un retrasado...'' Pero lo cierto es que no había entendido un carajo de lo que su retoño le acababa de escupir. Ni media palabra. ''No soy un retrasado...'' ¿MMORPG? ¿Puntos de experiencia? ¿Teamspeak? ''No soy un retrasado...'' O tal vez sí lo era. Lo era, no había dudas al respecto, a ojos de una comunidad que, sin haberse él enterado, había creado (y se había encerrado-en) su propio mundo. Azeroth, lo llamaban, un nombre filo-mitlógico cuya mera pronunciación en voz alta era capaz de desatar una avalancha de buenas memorias y sensaciones en cualquiera que hubiera visitado, ni que fuera durante unos pocos minutos, sus vastas tierras. Randy Marsh, triste geólogo de profesión y devastadísimo padre de familia, no se encontraba entre estos afortunados, y claro, al verse tan desplazado; tan fuera de su elemento, no pudo sino sentirse como un auténtico retrasado.

A Trey Parker y Matt Stone, resolver la escena les llevó poco más de veinte segundos. En ellos, lograron comprimir la mismísima esencia del eterno choque intergeneracional, pero también el que surge cada vez que la burbuja freaky (la que sea) se ve obligada a entrar en contacto con el mundo real, el mismo en el que, muy a su pesar, existe. La tensión está más que garantizada; la explosión entre incomprensiones e incomprendidos (por parte de ambos bandos), también. Visto con la necesaria distancia, el asunto tiene -mucha- gracia. Los responsables de South Park supieron verla y plasmarla no sólo en la secuencia comentada, sino también, en un capítulo para enmarcar (''Make Love, Not Warcraft'') que, por si no fueran suficientes todas las risas brindadas a lo largo de -otros- veinte gloriosos minutos, ayudó a encumbrar aún más en los altares (los de internet, sobre todo), tanto la serie televisiva (faltaría más) como la saga de videojuegos a la que, a pesar de todo, se rendía homenaje.


La jugada fue redonda, un win-win antológico en el que ambos productos y formatos salieron ganando, y de qué manera. En esto debería traducirse cada acercamiento a ese material por el que, teóricamente, tanto amor profesas, ¿no? Esto mismo debería suceder, vaya, con cada adaptación, sin importar de dónde venimos, y mucho menos dónde terminamos. Pues va a ser que no. 'Warcraft: El origen', nueva película de Duncan Jones, es un desastre de tales proporciones que ya de entrada cuesta determinar por dónde debe empezarse el diagnóstico. Es el conocido como Síndrome Montgomery Burns, en el que la única razón que explica el no-colapso del cuerpo infectado, es que las enfermedades se acumulan de tal manera que se estorban las unas a las otras. Desde el punto de vista científico, hasta podría ser fascinante... a ojos del espectador, el glaucoma en la retina está, ya a la media hora, en plena metástasis. Pero, ¿es esto posible? Por lo visto, con el hijo de David Bowie y Blizzard Entertainmente uniendo fuerzas, sí. Los nerds lo van a llamar ''Fel'', pero que no te líen. No eres un retrasado, esto no es más que una gran energía... tan potente como potencialmente venenosa.

Entonces... ¿por dónde empezamos? Por lo que se ve a simple vista; por lo que nos está causando el cáncer de ojos, vaya. Por una dirección de actores nefasta (con Dominic Cooper no se logra entender qué demonios pretende en ninguna de las escenas en las que aparece, aunque es sólo un ejemplo de los muchos que encontramos en, sin duda, uno de los castings más tristemente inexplicables de los últimos años) o por un guión empeñado en hacer de lo simple algo -desesperantemente- complicado. En este sentido, es de lamentar que un texto que tiene la valentía de tomarse tantos riesgos, nos descubra que ninguno de ellos importa lo más mínimo. El problema está, seguramente, en las deficiencias en el zoom con las que se trabaja. Falta perspectiva, planificación y sobre todo, (auto-)conciencia de producto. De repente, nos olvidamos de la coletilla que le hemos puesto al título, o dejamos de creer en los prólogos con chicha. La introducción y el posterior desarrollo y resolución de los diversos frentes (¿será que hay demasiados?) se hace siempre a través de la torpeza del atropello. Como el -mal- alumno que no se da cuenta, hasta que no faltan diez minutos para entregar el examen, de todo el tiempo que ha derrochado (en vaya usted a saber qué) durante las dos horas que le han dado para responder todas las preguntas.


Por su parte, Duncan Jones, autor de, recordemos 'Moon' y 'Código fuente', está totalmente desaparecido en combate. No se sabe si por exigencias del estudio o si, directamente, por ineptitud ante el reto. Más allá de algún efímero brote de inspiración (esas tomas generales en plena campaña militar que nos remiten a las primeras entregas de Warcraft), su labor se caracteriza por el desconcierto que produce su interpretación de la materia prima que se le ha dado. A lo mejor, en cuanto a adaptación, la película sea impecable... si obviamos, claro está, la nula comprensión del medio en el que trabaja. Mientras, los que siguen usando el término ''videojuego'' como algo ya de por sí peyorativo, se ven reforzados en sus -falsas- certidumbres. Por si todavía quedaba alguna esperanza, el montaje se encarga de matarla a base de tijeretazos aquí y allá. Cada vez que nos tele-transportamos mágicamente de un sitio para otro, reina la más absoluta de las confusiones. No por lo brusco del viaje, sino por la ineptitud de quien controla las fichas sobre el tablero. Es como si al game master se le olvidara constantemente, no sólo la situación y status de cada uno de sus personajes, sino directamente las reglas del juego. Hasta convertir algo tan a priori sencillo como el plano-contraplano en la más angustiosa de las incertidumbres. Ni esto se puede amarrar. ''Pero un segundo, ¿el tío ése no estaba antes allí? ¿Qué hace ahora aquí? ¿Y por qué está ahora de mal humor? ¿Y cómo cojones es ahora capaz de hacer esto? ¿Y de dónde se ha sacado este item? ¿Y a cuento de qué? ¿Y qué es Matrix?'' Y así, durante dos horas.

Tendría su gracia si no fuera todo tan aburrido y, a la postre, tan pesado. La hipertrofia a la que Mr. Jones somete ese universo del que tantas veces se ha declarado fan (véase, por ejemplo, el publi-documental 'World of Warcraft: Looking for Group') no logra ni llegar a los mínimos exigibles, en lo que a espectacularidad se refiere, y a los que nos tienen acostumbrados las súper-producciones fantásticas. Por cada acierto (el diseño y dibujo de las fuerzas de La Horda) hay por lo menos tres tropiezos, siendo el conjunto resultante un producto que en lo visual es sorprendentemente feo. Ni a esto llegamos. Es como si al Shyamalan de la infecta 'Airbender, el último guerrero' le hubiera dado por hacer un remake de la no menos abyecta 'Dragones y mazmorras'. Así está el nivel, muy por debajo de la salvación que pueda ofrecer la ficha técnica. Y aún así, los mayores pecados de 'Warcraft: El origen' van más allá. Volvemos a la casilla de salida, a la historia que nos servía de introducción, a la dichosa confrontación entre el jugador que, después de horas delante de la pantalla, ha logrado por fin alcanzar el tan ansiado nivel 100, y aquel que, por el contrario, acaba de empezar y que a penas sabe de qué es capaz su personaje.

Digamos que cuando un proyecto de esta envergadura está en tus manos, uno de tus principales objetivos es que no decrezcan las medidas con las que trabajas. Al contrario, que éstas sean mayores de lo que lo eran al empezar. Hablamos de hacer accesible algo que antes no lo era; que al final de la experiencia, esto sea incluso apetecible. Si además consigues transformar el producto en algo sexy, entonces ya eres un genio (del mal) del calibre de, pongamos, la Marvel. Es una de las pocas veces en las que podemos ver la cara simpática de las siempre antipáticas dinámicas de mercado: la necesidad de lucir números al final del ejercicio fiscal se traducen, por lo normal, en esa más que comprensible obsesión por gustar a todo el mundo. Aquí, es como si sólo existiera la comunidad gamer. Y no. Y tampoco olvidemos que, ahora mismo, el salto a la gran pantalla de las famosas luchas entre la Alianza y la Horda está pensado como una trilogía. Como siempre en estos casos, los resultados en taquilla dictarán sentencia, y visto lo visto, cuesta creer que la masa de espectadores pueda dar la razón a semejante calamidad. ¿Bastará con la fanbase con la que se parte de inicio? Ya se verá... De momento, la salvación sólo se vislumbra en la incondicionalidad de ésta. Quedarse allí, es admitir que ''World of Warcraft'', ese mundo, no pasa de la categoría de mundillo; es depender de los -nocivos- caprichos del ''Fel''. Una vez, pase. ¿Dos? ... ¿Tres?

Nota: 3 / 10
Cinéfilos que han agradecido este tema: Wanchope
#2
Críticas de estrenos / It Follows
29 de Mayo de 2015, 01:44:44 PM
It Follows


SINOPSIS: Para Jay (MaikaMonroe), de 19 años, el otoño debería consistir en ir a la escuela, salir con chicos y pasar los fines de semana en el lago. Sin embargo, tras un encuentro sexual aparentemente inocente, empieza a tener visiones horribles; no consigue librarse de la sensación de que alguien o algo la persigue. A medida que la amenaza crece, Jay y sus amigos deben escapar de alguna manera del terror que les sigue los pasos.

CRÍTICA: El mito de la decadencia americana

Lo mejor en estos casos es nos andarse con demasiados rodeos, de modo que, al grano: Las reglas del juego que se van a aplicar a partir de este momento serán diferentes, porque de hecho, el juego al que jugaremos ahora también es diferente. Digamos que las cosas... han cambiado, claro. Han ido a peor, esto no hace falta que te lo diga, y sinceramente, ahora mismo, nada hace pensar que la situación vaya a mejorar. Mira, éste no es el momento para repartir culpas. A día de hoy, lo importante es ser conscientes de lo que ha pasado, de lo que se nos viene encima... y de qué vamos a hacer para poder contarlo. Esto sí, una cosa debe quedarte clara: No existe ninguna receta mágica; ningún remedio milagroso que vaya a solucionar, en un abrir y cerrar de ojos, la situación ésta en la que nos hemos metido. El único plan que actualmente tiene cara y ojos es el de aguantar, el de estar siempre alerta, el de defenderse con todo lo que tengamos a mano... el de capear el temporal, vaya. Es una putada, lo sé, pero es lo que hay, así que para de lloriquear, por lo que más quieras, y sé fuerte, porque aquí está en juego lo más importante de todo. ¿Que qué es esto? Pues esto mismo en lo que estás pensando.

Y perdón por el tono paternalista, pero pongamos que hablamos de, por ejemplo, ''ese momento''. Pongamos que hablamos del punto de inflexión a partir del cual, y como dice la propia definición, las dinámicas se invierten. Lo que antes bajaba, ahora sube, y lo que subía, a continuación baja... y lo que en el pasado iba bien, en el presente (y quién sabe si en el futuro) cae en picado, en espera de otro punto de inflexión salvador que, al menos de momento, ni siquiera puede vislumbrarse. De acuerdo, pero un segundo, ¿todo esto cómo diablos se analiza? ¿Bajo qué óptica? En otras palabras, y sin trucos: ¿de qué cojones estamos hablando? Pues de todo un poco, con lo que no importa demasiado si la perspectiva es ''micro'' o ''macro''. Aplicado a nuestro caso, y retomando el hilo, pongamos que hablamos de una adolescente que, sin saberlo ella, se está acercando peligrosamente al punto crítico de marras, que al poco tiempo lo alcanza... y que justo después, hará todo lo posible para que el mundo (en general) no la alcance a ella.

En el vecindario, los críos no hablan de otra cosa: la joven Jay está saliendo con otro chico. Nadie conoce la identidad de éste, pues la relación tiene aún pocos días de vida. No obstante, y por lo que se comenta, parece que hay química entre ambos, que las etapas se están quemando a buen ritmo y con naturalidad, que de aquí puede salir algo serio... que el momento se acerca, que está llegando... y llega. Y ya está. Jay, tan angelical como siempre, y mucho menos virginal, está tendida en el asiento trasero del coche de su novio, con la mirada perdida en las plantas que se levantan a pocos centímetros de uno de los neumáticos del auto; con el pensamiento puesto en cosas que en ese momento, no parecen importar demasiado. El sonido que hacen sus pulseras a cada movimiento de muñeca, el tambaleo que el viento produce en la vegetación de la zona, el tacto incómodo (pero al fin y al cabo, agradable) de la tapicería que está en contacto con su cuerpo semi-desnudo... A simple vista, es como si todo siguiera igual; como si nada hubiera cambiado con respecto a hace unos pocos minutos. Pero no. Es en esta calma post-tempestad que una voz interior empieza a anunciar la que está por llegar.


Es en este momento que otra voz interior (la de la memoria del espectador) empieza a levantarse, y a hacer saltar las alarmas. Esto es una película de terror, no lo olvidemos, y se acaba de violar una de las reglas fundamentales de supervivencia. Una vez más: ''Esto es una película de terror'', nos dice ahora la conciencia, porque late todavía con fuerza su -magistral- escena de apertura. Recordemos: Estamos en un punto de inflexión espacio-temporal... y espiritual, también. En un barrio suburbial estadounidense, es decir, en la frontera entre el mundo urbano y el rural; entre la clase baja y la alta. Por lo que le corresponde, el cielo nos sitúa en una zona de paso, más o menos equivalente. Estamos en la franja horaria crepuscular; en ese breve lapso que separa el día de la noche; la luz de la oscuridad. Estamos, por cierto, en Detroit, ese yermo post-industrial/apocalíptico que, tal y como nos recordaron Heidi Ewing y Rachel Grady en el imprescindible documental 'Detropia', es la ciudad que más rápido decrece de todo el mundo (mientras que en la década de los 30 del siglo pasado, se situaba en lo más alto del ranking opuesto). La cámara está plantada en medio de la calzada, y de ahí no se moverá, pues el punto desde el cual se observa la acción es inmejorable. Narrada con un solo plano secuencia y orquestada a través de un movimiento pivotante tan elegante como perturbador, la secuencia inicial gira en torno a una persecución inquietante, y por esto, claro, terrorífica.

Se abre la puerta de una casa y de ella sale, despavorida una adolescente a la que la urgencia de la situación no le ha permitido vestirse del todo. Ha salido a la calle en ropa interior... y con zapatos de tacón, en lo que es el primer guiño (si no burla) a un género cinematográfico que está a punto de conocer uno de los mejores fichajes de los últimos años. Antes, seguimos con la chica, quien corre por la calle sin prestar demasiada atención a lo que le dicen los dos personajes adultos que se encuentran en el escenario (uno de ellos, su padre). ''¿Estás bien?''; ''¿Necesitas algo?'', inquieren ellos. Las respuestas que obtienen reflejan más la gravedad de un factor amenazante que no la apacibilidad que habitualmente reina en la zona. Y sin embargo, nuestros ojos no se alteran. Como casi siempre antes de la catástrofe, todo parece en orden. El narrador de la historia, mientras, asiste frío e impasible al espectáculo, haciéndonos cómplices de un voyeurismo que empieza a delatar las virtudes de una cinta que sí, es de terror, pero no de ese terror al que, desgraciadamente se nos ha acostumbrado.

Momento ideal para recordar que el debut de su director, David Robert Mitchell, tampoco era la típica película de género que podía vendernos su sinopsis. 'The Myth of the American Sleepover' (mal traducida aquí como 'El mito de la adolescencia') nos hablaba, efectivamente, de un mito, aquel en el que, queriéndolo o no, se han convertido las teenage movies (las estadounidenses, sobre todo). Lo hacía a través de los mecanismos más trillados de este tipo de películas (no faltaba, por supuesto, la revolución hormonal como principal excusa narrativa), pero éstos en ningún momento cumplían para él la función de apoyo, imprescindible para seguir caminando, sino más bien la de una especie de juguete con el que divertirse (elemental), a la vez que trascender las fronteras de un género que, de repente, no era tan impeditivo como lo parecía en un principio. Pues digamos que 'It Follows' hace lo mismo con unos dominios (los de la horror movie, se entiende) que vuelven a mostrarse tan fértiles como aquella primera vez en que los pisamos; cuando se nos hizo creer que todo era posible en ellos.

En el caso que ahora nos concierne, el coito se reivindica, por enésima vez, como detonante de las desgracias sufridas por una chavalada que, tal y como sucediera en aquella Elm Street, estará sola ante el peligro, sin adulto alguno que pueda de mediar como escudo humano. Tal es aquí la importancia de dicha regla de oro de las películas de terror, que en aquella 67ª edición del Festival de Cannes (marco excepcional de presentación en sociedad para la que rápidamente se convirtió en una de las sensaciones del certamen) no se tardó nada en bautizar la propuesta como ''La maldición de transmisión sexual''. Y sí, tal cual. Para su segundo largometraje (en otras palabras, para la confirmación), David Robert Mitchell pone en jaque a las víctimas de siempre... con un una amenaza que no habíamos visto nunca. ¿O tal vez sí? El enemigo de 'It Follows' no es ningún tipo enmascarado que, cuchillo en mano, va engrosando las cuentas del carnicero, sino una especie de ente sobrenatural que puede adoptar cualquier forma humana y que persigue, a paso lento, pero de forma incesante, a su víctima.


Recuerda, el enemigo es invisible. El enemigo está siempre al acecho. El enemigo nunca descansa, y siempre se acerca. El enemigo hasta podría encontrarse entre tus seres amados. El enemigo te quiere ver muerto. En el recuento de conquistas de 'It Follows' (que no es precisamente corto), destaca, por encima de los demás, el de dar cuerpo y consistencia cinematográfica a una idea que sabe refrendar el atractivo del a-primera-vista con una riqueza en las segundas lecturas que para nada entorpece el gozo que despierta el in situ. Dicho de otra manera, Robert Mitchell firma una obra terroríficamente redonda, que tiene en el miedo (el más puro, el que no precisa de trampas o atajos para calar en el espectador) su arma más potente. Éste se construye mediante un endiablado diálogo intergenérico que se verá reflejado en los distintos estratos del tejido fílmico. Desde la sorprendente banda sonora con ecos 8-Bits a cargo de Disasterpeace (para quien siga opinando que nada bueno sale de los videojuegos) hasta la cura en la dirección de actores (no exenta de esos ramalazos fetichistas a los que la nueva musa del indie, Maika Monroe, parece que va a tener que acostumbrarse), pasando, por supuesto, por un guión que, sencillamente, roza la perfección, y también, por qué no decirlo, por una escenografía que nos remite, de forma más o menos sutil, a los temores de aquellos tiempos en que la ''guerra'' y el ''frío'' formaban parte de la misma bomba nuclear.

La impactante y ya comentada secuencia introductoria era, en efecto, una señora carta de presentación. A lo largo de la hora y media que sigue, el director de Michigan nos sumerge en un sutil, elegante y a la vez despiadado juego en el que a veces se muestra y a veces se oculta, sin que triunfe jamás la tentación de empujar demasiado (artificialmente, claro) la imaginación de la audiencia. Al final de la proyección, solo tenemos que alzar dos dedos para contar las veces que hemos saltado de la butaca, y dígase ya por aquello de la justicia, si por algo destaca cualquier intento de susto registrado en 'It Follows' es sin duda por la autoconsciencia de su comicidad. Mientras, nos quedamos clavados en la butaca, porque nos damos cuenta que no nos sentimos a salvo ni bajo la tradicionalmente reconfortante luz solar. Por obra y gracia, básicamente, de un control apabullante de una profundidad de campo que ahonda, a cada escena que pasa, en una sensación de acoso cada vez más insoportable. ¿Es paranoia? Sí y no... es, para entendernos, lo mismo que pasaba en la excelente 'Take Shelter', de Jeff Nichols, uno de los films que, por cierto, mejor ha sabido captar el -desquiciado- geist americano post 11-S. Es el terrorismo, sí, y la economía, también... y ese paso fundamental que es la adolescencia... y el terror, de nuevo, que los hermana.

David Robert Mitchell sabe compensar su falta de experiencia (reflejada en la resolución algo endeble de algunas de las escenas que más músculo requerían) con inteligencia en la escritura fílmica. De modo que coge uno de los tótems más sagrados de la generación 2.0 (el ''Follow'', esa promesa que tanta felicidad reparte estos días) y le da la vuelta para golpear no sólo al patio de butacas, sino también a todo lo que se expone en una (gran) pantalla que, a tenor de los -magníficos- números en taquilla registrados en USA, tiene argumentos de sobra para revisar su sistema de distribución de películas, claramente desfasado con respecto a la era de las redes sociales. De acuerdo, pero un segundo, ¿todo esto cómo diablos se analiza? ¿Bajo qué óptica? En otras palabras, y sin trucos: ¿de qué cojones estamos hablando? De todo un poco, con lo que no importa demasiado si la perspectiva es ''micro'' o ''macro''. Siempre se acertará. Así pues, pongamos que hablamos puntos de inflexión. Del que separa los celos del deseo; el sexo del amor; la infancia de la edad adulta; el temor del pánico; la decadencia de la fatalidad más reversible... Da miedo, sí. Mucho.

Nota: 8 / 10
Cinéfilos que han agradecido este tema: Wanchope
#3
Críticas de estrenos / Enemy
29 de Marzo de 2014, 01:49:53 AM
E N E M Y


SINOPSIS: Adam (Jake Gyllenhaal) es un inestable profesor universitario que de pronto descubre la existencia de Anthony, un actor que es físicamente igual que él. Consumido por el deseo de conocer a su doble, Adam sigue la pista de Anthony y ambos se ven abocados a un obsesivo enfrentamiento que tendrá inesperadas consecuencias no sólo para ambos, sino también para sus respectivas parejas: Mary (Mélanie Laurent) y Helen (Sarah Gadon).

CRÍTICA: El maestro duplicado

El caos es un orden por descifrar


Se repite, efectivamente. Por obra y gracia de los vencedores o de los vencidos (pero sobre todo de los primeros). La razón, tan simple como complicada, está en que la historia de la Historia, para bien o para mal, la escriben los hombres. Y quien dice hombres se refiere, normalmente, al ser humano en general, sin preocuparse por los sexos, es decir, sin distinguir al mencionado hombre de la normal y muy injustamente olvidada mujer. Y es que a efectos prácticos, tanto los machos como las hembras, tras millones de años de evolución, no sólo en la fisionomía, sino también en las costumbres, la cultura y el lenguaje, tanto literal como figurado, siguen luchando, más o menos en silencio, por superar los prejuicios que ellos mismos han impuesto o, en el peor de los casos, han asumido. En un momento históricamente muy alejado, en una región que los caprichos de la geografía se encargaron de borrar para siempre de la faz de la Tierra, llegó a existir una comunidad en la que para referirse al hombre, es decir, al ser humano en general, se utilizaba la palabra mujer, que obviamente no se pronunciaba ni mucho menos se escribía del mismo modo en que nosotros pronunciamos o escribimos ahora la palabra mujer, pero que en cualquier caso, hacía que todas las personas de dicha sociedad, pensaran, aunque sólo fuera durante unas milésimas de segundo, en el sexo que, en aquel momento y en aquella región, jamás se le otorgó la connotación de débil. Y ahí está el hombre, o mejor dicho, el ser humano, que es el único animal que tropieza dos veces, y muchas más, cabría decir, con la misma piedra. No es un hecho estrictamente científico, pero sí empírico, fruto de una constante observación que, a través de millones de años de evolución, no sólo en la fisionomía, sino también en las costumbres, la cultura y el lenguaje, tanto literal como figurado, ha conseguido constatar que tanto hombres como mujeres tienen una preocupante tendencia a repetir sus errores. Es por esto que muchos y muchas señalan que la Historia, con independencia de la mano que sostenga la pluma, es poco más que la repetición, cada vez más previsible, de unos sucesos que se van repitiendo de forma cíclica. Las formas, por supuesto, y como todo en este mundo, cambian, pero la esencia, el espíritu, de lo sucedido, si se prefiere, permanece igual, reivindicándose, día tras día, cómo la única entidad totalmente ajena al paso del tiempo. De hecho, cuando el creador le preguntó a uno de sus primeros hijos Qué demonios había pasado con su hermano, a lo que el otro le respondió, Acaso soy yo el custodio de mi hermano, el primero ya supo que éste iba a ser el primero de muchos otros robos, violaciones, injurias o asesinatos. Sabía también que en el eterno discurrir de las generaciones venideras, los hombres y las mujeres iban asociarse con nuevos procedimientos, con nuevos instrumentos, con nuevas motivaciones o excusas, pero que a fin de cuentas, todo seguiría apuntando a aquellos dos hermanos, que al mismo tiempo mirarían inocentemente a sus padres, autores, estos sí, de un pecado original que, obviamente, tendría sus réplicas por los siglos de los siglos.
Con éste y muchos otros ejemplos con los que ahora mismo no podía pensar, Tertuliano Máximo Afonso se convenció, por enésima vez, de que la materia que enseñaba cada día en el instituto, era poco más que un disco rayado. Un patrón claramente definido. La repetición de una repetición que, más allá de las apariencias y de los detalles insignificantes, ningún sentido tenía el que ocupara un curso escolar entero. Sin lugar a dudas, sus jóvenes estudiantes tendrían cosas mejores que hacer más allá de perder el tiempo repitiendo listas interminables e insustanciales compuestas por reyes, generales, filósofos, héroes y traidores. Personajes que, en casi todos los casos, llevaban siglos muertos, criando malvas, como suele decirse y que no hacían más que confirmar que, aprendidos los cuatro primeros nombres, todos los demás eran prescindibles. Porque poco o nada aportaron de nuevo, porque tropezaron con la misma piedra, pero sobre todo porque no eran más que tristes dobles de los que llegaron antes. Si la Historia podía ser vista y explicada como si fuese un río, qué sentido tenía debatir sobre la necesidad de seguir o, por el contrario, remar en contra del cauce de sus aguas. Esto es absurdo, exclamó en voz alta Tertuliano. Los manuales aconsejaban empezar en el manantial para terminar en la desembocadura, con tal de entender que todo acto tiene sus consecuencias, sus derivaciones, difícilmente comprensibles todas ellas si se desconocen sus orígenes. Por el contrario, había algunos insensatos que abogaban por empezar las lecciones a nivel de mar, para luego ir remontando, poco a poco, la corriente fluvial. No se trataba simplemente de llevar la contraria o del gusto por ser diferente o de la excitación del que sabe que va a contracorriente, nunca mejor dicho, sino más bien la voluntad pedagógica de empezar por una base del todo accesible, en otras palabras, lo que todo el mundo se suponía que sabía, y a partir de ahí, ir viendo por qué nuestro presente es de esta forma y no de cualquier otra. Debates, todos ellos, pensaba ahora Tertuliano, fútiles, absurdos, pues sin importar la orientación del punto de origen con respecto a la línea de meta, el trayecto seguiría siendo el mismo, un continuo devenir de giros bruscos a la izquierda y a la derecha, o a la derecha y a la izquierda, dependiendo del sentido, pero en cualquier caso, un viaje agotadoramente cansino. Un bucle sin aparente final cuyo tour guiado sólo tendría sentido hasta llegar al primer meandro, puesto que a partir de ahí, en el fondo, ya estaría todo visto, y prácticamente todo explicado.
No es que Tertuliano Máximo Afonso quisiera cambiar, de un día para otro, y en un abrir cerrar de ojos, siglos de tradición en la enseñanza de la Historia, es que en realidad intentaba mantener su cabeza alejada de los sucesos que habían marcado sus últimos días de existencia. A juzgar por mi propia experiencia, no me cabe la menor duda, lo que he vivido estas semanas no se lo deseo ni a mi peor enemigo, declaró hace tan solo unas horas a María Paz, su amada, por así llamarla. El insomnio, los escalofríos, las náuseas, las jaquecas, esa sensación de malestar generalizado, obedecía todo a una obsesión, a un pensamiento, a una presencia invisible que se había colado e instalado en su mismísimo hogar, y que no tenía la más mínima intención de abandonarlo. Se reducía todo a la más amarga de las dudas. El profesor de instituto de Historia Tertuliano Máximo Afonso, medio comprometido con María Paz, la cariñosa pero algo taciturna empleada de banco, era quién decía ser, o por el contrario se llamaba en realidad Antonio Claro, actor de cine de segunda quien había optado por el nombre artístico Daniel Santa-Clara, y que ahora mismo mantenía una idílica relación amorosa con la preciosa pero algo neurótica Helena. A jugar por el físico, por los gestos y por la voz, no había manera humana de distinguir al uno del otro, si es que realmente había distinciones dignas de ser mencionadas. Eran uno solo o verdaderamente eran dos sujetos distintos, nacidos en lugares y momentos distintos que simplemente habían tenido la mala suerte de converger, hasta los límites más increíbles, en una apariencia que podría definirse como el reflejo perfecto de la del otro. Por si las imposibilidades científicas, las mentiras y las medias verdades no habían causado suficiente lío, dos factores más se añadieron, de repente, a la diabólica ecuación de los sosias. El primero era Adam, un profesor de Historia en una universidad, que estaba saliendo con Mary, aunque el vínculo entre ambos no era precisamente amoroso, sino que se basaba en algo quizás más fuerte pero, a la larga, más endeble, esto es, la mutua atracción sexual. La segunda nueva variable respondía al nombre de Anthony, actor cinematográfico de profesión que poco a poco iba abriéndose paso en la híper-concurrida y muy competitiva industria, y que además atravesaba por un período más que convulso con su media naranja, la embarazadísima y cada vez más irrecuperable Helen.

Creo sinceramente haber interceptado muchos pensamientos que los cielos destinaban a otro hombre


Porque la Historia, en efecto, se repite, y el ser humano, o mejor dicho, el criminal, ya sea hombre o mujer, tiene una irrefrenable tendencia a volver a visitar la escena del crimen. Hablar de la relación entre el cine y la literatura es, precisamente, y simplificando mucho, quizás demasiado, recopilar las pruebas, las coartadas y los móviles que hacen referencia al mismo crimen, llámese abuso, violación, robo, injuria o, directamente, asesinato. Las formas, como se ha dicho, cambian, pero la esencia no. La relación entre ambos artes, o industrias, como se prefiera, acostumbra a ser de pura conveniencia, y tiende a confirmar aquel tan odioso tópico de los condenados a entenderse. Uno necesita a la otra, y a pesar de esta dependencia, el trato propinado suele ser, con mucha suerte, imperdonablemente vejatorio. Ella pone la inspiración de la que él carece, y él hace con este regalo algunas de las peores atrocidades que se le han registrado. Es así. Será por las prisas con las que se mueven aquellos peces gordos que saben que el show debe continuar, y que por esto no hay tiempo para cuidar los detalles, los más y los menos, básicamente, las características difíciles de percibir a simple vista. Será que no hay ni capacidad ni mucho menos voluntad para contemplar, rumiar y finalmente entender el espíritu de la obra que quiere adaptarse, porque lo que al fin y al cabo se supone que lo que quiere el público es que el séptimo arte se limite a copiar la superficie, a brindar imágenes a una imaginación agotada y perezosa, a la que cada día le cuesta más hacer el esfuerzo de crear. Podría ser esto, o también podría recurrirse a otro tópico de la infame lista de los más odiosos, aquel que nos dice que ellas vienen de Venus y ellos de Marte, es decir, que ambos bandos están separados por una distancia literalmente sideral, es decir, que ella es totalmente diferente a él, y él no tiene nada que ver con ella. Yendo al grano, y permitiéndonos el segundo tropiezo en la misma piedra, existe, efectivamente, una condena a entenderse, porque de otro modo, no habría manera.
En el planeta Venus, nos topamos con uno de los más ilustres extraterrestres. Un escritor llamado José Saramago convertido, por voluntad propia, en el más jugoso de los cebos, y al mismo tiempo, en la más letal y efectiva de las trampas para los habitantes de Marte. Entre todas sus creaciones destaca una cuyo punto de partida, de algún modo, está, qué cosas, en el tormentoso convenio pactado entre cine y literatura. El hombre duplicado no descubre su condición de posible copia hasta que el infortunio no le lleva a poner una cinta de vídeo en la televisión de su hogar. Es en ese momento cuando las páginas del libro nos hablan de una producción fílmica de escaso valor artístico, pero de sumo y gravísimo interés dentro de la historia, puesto que entre sus figurantes se esconde el enemigo que cambiará, para siempre, la vida de nuestro sufrido protagonista. Cine y literatura, ya lo ven, compartiendo interminables párrafos en lo que sin duda es una relación exageradamente desigual. Solo que en esta ocasión el sexo débil no es tal. Saramago, de forma presumiblemente premeditada, pone al séptimo arte quizás en el lugar que le corresponde, esto es, por debajo en la escala jerárquica. Las múltiples menciones que se le dedican a lo largo del libro no salen de lo referente a lo que popularmente se ha acabado conociendo como las películas de domingo por la tarde. Para entendernos, no salen de lo que podría definirse también como la comida basura fílmica. La palabra escrita, por el contrario, queda glorificada a manos de un autor que da síntomas de haber alcanzado, desde hace tiempo, un estado de dominio absoluto de su propio lenguaje. Así, en sus páginas, los parágrafos se alargan, muy lógicamente, hasta límites insospechados, los signos de puntuación se convierten en el más prescindible de los accesorios, el presente y el pasado se intercambian las posiciones sin que la lógica del relato se vea afectada, el sentido común se materializa, literalmente, en el asiento trasero del coche del pobre profesor de Historia, y el discurso literario da paso, sin previo aviso, a la exposición más enfermiza y detalladamente científica, confirmándose así un fascinante estudio teleológico en el que el espíritu de cada palabra, de cada expresión, de cada gesto y de cada frase hecha, queda directamente al desnudo. Sí, El hombre duplicado tiene, a simple vista, una historia lo suficientemente llamativa como para ser llevada a la gran pantalla, pero el planteamiento y desarrollo, completamente asociados a un narrador tiránicamente omnisciente que en realidad es protagonista, hacen de ella una novela, o un ensayo, si se prefiere, técnicamente inadaptable. Sencillamente, porque está escrito en venusiano, y sólo puede entenderse en dicha lengua.
Pero resulta que Marte, por supuesto, faltaría más, también tiene su propio sistema de comunicación. Su inimitable código de signos que sí, es radicalmente distinto al de Venus, pero esto para nada significa que no pueda llegar a los lugares conquistados por ese planeta. No hay fronteras, no hay límites, hay que tener esto claro. Lo que pasa es que se tienen que conocer las vías alternativas que ofrece el cine para llegar allá donde sólo parece que pueda instalarse la literatura. En estas que José Saramago, esté donde esté, se mira al espejo y comprueba, con horror y asombro, que la imagen devuelta ya no se corresponde a la suya, no al menos a la que él creía que era suya. Lo que tiene ante sus ojos es a un hombre de ojos chicos, sonrisa burlona y pelo grisáceo. Tiene, justo enfrente, al que en realidad es la suma de otros muchos hombres y mujeres. Canadienses, españoles, italianas, francesas, expertas, novatos, técnicos y artistas, dirigidos todos ellos por la misma batuta, unidos bajo la misma voluntad, la de obrar un milagro que, finalmente, y a las primeras de cambio, también, se concreta. Porque Enemy no es una película, es más bien una manifestación directamente llegada desde el cielo o desde el mismísimo averno, no se sabe. Lo que sí queda claro es que su carácter divino se manifiesta ya desde su magistral e inmejorable apertura, y se remata con uno de los desenlaces y consiguientes títulos de crédito finales más exquisitamente desconcertantes en la Historia de este desquiciado arte que, por supuesto, también es industria. A todo esto, el director del prodigio, Monsieur Denis Villeneuve, que por lo visto se siente cómodo tanto en una faceta como en la otra, lee a Saramago, sonríe y se convierte en su doble. Ha sucedido lo que parecía imposible, el alumno ha interceptado los pensamientos de ese otro hombre. Y así, aquel maestro que sólo podía vivir, manifestarse y comprenderse en Venus, aparece en Marte, y allí campa a sus anchas. Como si no existieran las distancias, como si el entendimiento fuera, al fin y al cabo, algo más palpable que una posibilidad, más incluso que la propia probabilidad. Y efectivamente.
El valor de Enemy está principalmente en su prodigioso ejercicio de traducción, prueba igualmente maravillosa de que a veces, la transcripción más literal precisa de la libre interpretación más respetuosa. Ni falta hace decir que algunas de las escenas o golpes de efecto más llamativos de la película, parecen contradecir, de forma violenta, todo lo que Saramago intentaba hacernos entender. No obstante, son todos ellos y ellas piezas fundamentales en el engranaje que configura el alma de aquel Hombre duplicado. Si Saramago era el resultado obvio e híper complejo de una tradición artística milenaria, Villeneuve en Enemy es lo mismo pero en un mundo que apenas pasa de la centuria. Poco importa, pues en su escasa hora y media, se conjugan, de la mejor de las maneras, las fobias y filias arácnidas de Ingmar Bergman, el terror músico-sensual de Stanley Kubrick, la eterna promesa Lynchiana de que el caos es un orden por descifrar, las paranoias espaciales de Antonioni y las angustias identitarias de David Cronenberg. Todos estos autores, con sus respectivas obras, en diálogo y acalorada discusión permanente, para crear algo nuevo que no obstante bebe de una tradición que por fin está bien aprovechada. A sabiendas de que el cine tiene que explotar sus armas, y no las de los demás, Villeneuve elimina algunos de los rasgos más significativos de la novela en que se basa, y los suplanta por algunos de la cosecha propia. No por capricho o desprecio, sino por pura necesidad, justamente por humildad, también, y, faltaría más, por clara manifestación de su maestría. Hablemos de Jake Gyllenhaal, pues, y de Isabella Rossellini y Sarah Gadon, de Danny Bensi y Saunder Jurriaans, o de Nicolas Bolduc, o de Javier Gullón, o de Javier Gullón, por qué no. Poco importa. No hay distinciones porque no hay límites. Todo el mundo alcanza lo sublime porque todo el mundo está dirigido por unos autores igualmente sublimes. Conjugando de forma asombrosa el arte del montaje, de la fotografía, de la puesta en escena, de la planificación y de la interpretación delante de las cámaras, el politécnico Villeneuve, sobresaliente en todos los aspectos, nos sumerge en un sueño cuyas elipsis no hacen sino confirmar una continuidad terrible, cuyos diálogos y reflexiones en alto se empeñan en demostrar la máxima, completamente cierta, que reza que una imagen vale más que mil palabras. Lo hizo la literatura y ahora lo hace el cine. El lenguaje, el de cada uno, es llevado al límite. Hasta el infinito y más allá. Exageradamente sugerente en cada plano, como lo era el libro en cada palabra; en cada escena, como lo era la novela en cada capítulo. Podría ser todo una colosal excusa que nuestra atención no se aleje jamás de esta portentosa lucha de poderes. Entre cine y literatura, entre el hombre y la mujer, entre la identidad y la nada. Como sucediera con la aventura de Tertuliano y Antonio, el periplo de Adam y Anthony muestra una alergia virulenta a todo lo que se asemeje ligeramente a una interpretación racional de sus hechos. Puede ser desesperante, cierto, más cuando las piezas dispuestas por director y guionista, en vez de ayudar a resolver el hipnótico puzle planteado, parece que no hagan más que enredar, o incluso ampliar, la mesa sobre la que se desarrolla este juego tan desasosegante. Porque Enemy, al igual que El hombre duplicado, es el veneno hecho arte. Es una pesadilla existencial, sabiamente apoyada en los mecanismos del fantastique, y en la que el subconsciente es el principal infectado. Ubicada en una ciudad reconocible pero a la vez anónima. Híper-poblada pero a la vez amarillenta y polvorientamente desértica. Hueca y tremendamente hostil, es el escenario ideal para sentirse solo, para que lo físicamente gigantesco tome el protagonismo y evidencie la más terrible de las desazones. La pérdida de aquello que nos hace humanos, es decir, la pérdida del sentido del individuo. Nuestra existencia se sustenta, tal vez, y de forma más o menos consciente, en la certidumbre auto-inducida de que somos únicos, y en que no puede existir nadie como nosotros. Pero resulta que en algún rincón de la ciudad, híper-poblada pero a la vez deshabitada, se encuentra nuestro otro yo, confirmando que, horror, no somos más que la pálida copia de un modelo que ya existía. La Historia, no cabe la menor duda al respecto, se repite. A Denis Villeneuve y a ésta su casi perfecta obra maestra, les ocurre algo muy parecido. Son nuevas incorporaciones en la lista de sosias, pero en su caso, las noticias son excelentes, pues al fin y al cabo ésta era su intención final. El poder ocupar el asiento del maestro para convertirse en el propio maestro, el de poder demostrar que la mejor de las copias puede surgir, por qué no, de la creación más desbordante.

Nota: 10 / 10
Cinéfilos que han agradecido este tema: Wanchope
#4
Poesía -brutalmente- divina

El buen viajero no se mide por la cantidad de quilómetros que ha recorrido, tampoco por las toneladas de souvenirs que lleva en la mochila; mucho menos por los centenares de Gigas de fotos almacenados en su(s) tarjeta(s) SD. El buen viajero si acaso puede detectarse mirando cuántas lenguas habla de forma fluida, cuántas personas ha conocido en el país / región que ha visitado, cuántas situaciones peliagudas ha salvado en territorio ajeno... todo esto para intentar poner número (hoy en día, de esto trata casi todo) a algo que es intangible. Lo que realmente determina la diferencia entre ''caer-en'' ó ''evitar'' el turismo es la capacidad de adaptación al nuevo medio. Llegar, observar y entender las normas que lo rigen para actuar en consecuencia... sin olvidar de dónde se viene. Suena complicado y realmente lo es.

Nicolas Winding Refn es un consumadísimo experto en la materia, así lo atestiguan sus películas. Así lo atestiguan sus continuas idas y venidas. Así lo atestigua una carrera cuyos trabajos muestran, de momento, cuatro distintas nacionalidades. Dinamarca -su país natal-, Reino Unido, Estados Unidos y ahora Francia. 'Sólo Dios perdona' era seguramente la película más esperada de la 66ª edición del Festival de Cine de Cannes, y ya es decir en una Competición con nombres del calibre de Asghar Farhadi, François Ozon, Alexander Payne o los hermanos Coen. No era para menos. Hará ya dos años, el discípulo de Lars Von Trier fue la gran sensación con su desembarco oficial en América. 'Drive' fue un estallido de estilo que confirmó a Ryan Gosling como gran héroe fílmico de nuestros tiempos y, claro está, a Refn como uno de los mejores viajeros del séptimo arte.

La película sobre el conductor especialista que por la noche se transformaba y dejaba que saliese a la superficie su parte más oscura (en la por aquel entonces citada fábula del escorpión y la rana estaba seguramente el leitmotiv de la obra del danés), era a la práctica (y quizás ahí estaba la clave del éxito) una trabajadísima reducción de distancias entre el viejo y nuevo continente. El cine de Europa iba a buscar y se empapaba del estadounidense... y viceversa. La mezcla, orgullosísimamente moderna, hizo gala de una estabilidad encomiable y, tal y como estaba escrito en su destino, se hizo con el favor incondicional primero del Jurado de Cannes y después del público. Se confirmó la obra -y el autor- de culto. La lástima es que, como es sabido, todas las recompensas tienen su lado negativo...


En el caso que ahora nos concierne, todo se resume con el concepto hype. Las altas expectativas; la necesidad de seguir manteniéndose ahí arriba sin defraudar a aquellos que te han encumbrado a las alturas; a los mismos que, en lo más hondo de su ser, están esperando, por simple morbo (o directamente por cruel sadismo), a que te des el gran batacazo. Si se analiza 'Sólo Dios perdona' en cuanto a viaje, es obvio que teniendo en cuenta el ''de dónde venimos'', es fácil entender por qué la experiencia se convirtió en uno de los grandes fiascos de este año en la Croisette. Abucheos en el Lumière. Muchos. Y es que la aventura de Refn en Tailandia es un despropósito. Un fracaso sonado en el que se nota que su autor se ha creído demasiado los elogios recientemente recibidos...

... Aunque -no está de más recordarlo- en 'Sólo Dios perdona' no importa de dónde se viene. Para entendernos, y para que quede claro: no es 'Drive 2', porque en la mente del director, es como si no hubiera habido 'Drive'. No es la secuela deseada porque no lo pretende y porque Refn, al ser tan buen viajero, no puede tolerar que lo sea. Porque sería faltarle al respeto al nuevo país de acogida. Si debe entrarse en comparaciones, la propuesta de ahora está mucho más emparentada con la magnífica 'Valhalla Rising', cinta que supuso el verdadero punto de inflexión en la carrera del cineasta de Copenhague y que empezó -por algo sería- a abrirle las puertas en el plano internacional. En aquella ocasión no había por qué darle excesivas vueltas a la historia. Mejor dicho, no había que buscarle la lógica que podría encontrarse en, por ejemplo, un relato clásico criminal. No era prosa. Era poesía.

'Sólo Dios perdona', guste o no, es lo mismo. Poesía del cuerpo humano dedicada a la violencia; a lo animal. Para ello, nada mejor que una venganza (la de un hombre que persigue a los asesinos de su hermano) en plan comiquero. Los versos son los nudillos en tensión de Ryan Gosling, las estrofas son sus puños, a punto de lanzar un ataque mortífero. Las heridas sangrantes, los moratones y los huesos quebrados, junto a las luces led y de neón, ponen la rima. No es que no haya contenido; es que éste hay que encontrarlo en el país de, entre muchos otros, Apichatpong Weerasethakul (véase la lucha entre los dos polos opuestos de la historia, presentada en impresionante anticlímax), o de un muy reconocible cine de serie B que ahora seguramente será reivindicado. A la ecuación añádanle una dedicatoria especial a Alejandro Jodorowsky. Imagínense. Nada viene masticado; todo está por descubrir. En el cine, pocas sensaciones son tan mágicas. Refn, que sigue adaptándose a la perfección allá donde le lleva el viento, demuestra que no ha perdido su toque.

Es más, lo lleva un paso más allá en lo que ya puede considerarse (de modo similar a lo que pasara con Rob Zombie y su 'The Lords of Salem') como una de las más valientes y consistentes (por radical; por coherente con el discurso propio) reivindicaciones de la firma autoral. No es la película que querían sus fans de última hora... es la que le pedía el cuerpo. Una delicia visual que oculta un contundente puñetazo noir de proporciones casi shakespearianas (genial la relación edípica y castradora entre Gosling y una soberbia Kristin Scott Thomas como mère fatale... ¿se acuerdan de Jodorowsky?). Momento para dejar claro que, aparte de los abucheos antes comentados, y que conste en acta, también se registraron aplausos en el Lumière. Muchos. Lo mínimo que merecía la última y brillante travesía protagonizada por el más furioso y clarividente de los viajeros, quien, diez películas después, sigue teniendo en el perturbador e impactantemente puro poder de la imagen, su casi infalible brújula.

Nota: 7 / 10
Cinéfilos que han agradecido este tema: Wanchope
#5
Críticas de estrenos / Posesión infernal: Evil dead
27 de Marzo de 2013, 07:33:24 AM
Posesión infernal (Evil Dead)


SINOPSIS: Cinco veinteañeros se refugian en una remota cabaña donde descubren "El Libro de los Muertos" y sin ser conscientes de ello despiertan a los demonios que habitan en los bosques cercanos. Sucesivamente todos los jóvenes son poseídos menos uno, quien tiene que enfrentarse al mal y luchar por su vida.

CRÍTICA: En tu puta cara, maestro

El cronómetro estaba a punto de llegar a cero y al tablero le quedaba poquísimo para iluminarse. Faltaban pocas décimas para que se cumplieran los 48 minutos reglamentarios de juego y para que la gran final se diera por terminada. En aquel preciso instante, el marcador situaba al equipo local solo dos puntos por encima de su rival. El héroe de casa estaba a las últimas. Sabía que estaba viviendo sus últimos momentos como jugador profesional; sabía que debía quemarlo todo en un último esfuerzo... pero a esas alturas parecía que ya no quedaba más madera para arrojar a la caldera. O tal vez sí. Delante de él estaba, a punto de lanzar el balón, la nueva sensación de la liga. El número uno del Draft y rookie del año, el mismo que, para mayor deleite de los morbosos, había sido el favorito de entre sus alumnos; el mismo que, seguía teniéndole en un pedestal. Ahí estaba la motivación que tanto le hacía falta. Sin pensárselo dos veces, y viendo las intenciones ofensivas de su máximo rival en la pista, encontró la suficiente energía para elevarse más que nadie para evitar un mate... que igualmente se ejecutó.

La juagada fue espectacular. Por si fuera poco, vino con el bonus de la consecución del más prestigioso de los títulos, magnificado por la amarga retirada de una leyenda del deporte... y la consagración de alguien que aspiraba al mismo estatus. El episodio de marras fue más tarde bautizado como el ''In your face del siglo''; el gran ''en toda tu cara''; la humillación hecha canasta que en un principio dejó destrozado al maestro pero que, con el paso del tiempo, y con los ánimos más enfriados, llevó a la supuesta víctima a darse cuenta de que en realidad no era tal, al estar ahora seguro de que su legado sobreviviría, pues éste era ahora propiedad de un prometedor, joven y, sí, solidísimo talento. Así pues, no hay dudas al respecto: si el combate ha sido justo y el nuevo pretendiente al título ha alcanzado sus metas con deportividad, la vieja guardia puede retirarse batida pero no abatida; con la cabeza bien alta y con la más sincera de las sonrisas marcada en su cara.

La misma que debe apreciarse ahora mismo en el rostro de Sam Raimi, cineasta que tras un breve y más que bienvenido amago de volver a sus orígenes más tenebrosamente outsiders, ha vuelto a la gran pantalla con 'Oz, un mundo de fantasía', producto enmarcado en el centro de gravedad de un mainstream que busca contentar a toda la familia... para hacer lo propio con la taquilla. Pero al igual que el actor que protagoniza dicha cinta, la jugada tiene trampa. James Franco, encargado de dar vida al mítico mago, lejos de seguirle la corriente a la Disney (que se hace cargo tanto de los costes como, por supuesto, de los beneficios resultantes del espectáculo), aprovecha su tiempo libre para rodar marranadas como 'Kink' o 'Interior. Leather Bar', documentales dedicados respectivamente al sadomasoquismo y al mundo underground gay, en lo que supuestamente es una cruzada para normalizar en el cine las facetas más tradicionalmente censuradas del sexo.


Por su parte, Sam Raimi estrecha la mano del ratón Mickey... y con la que le queda libre va suministrando capital al gamberro de su protegido, de quien se enamoró -artísticamente hablando- a través unos cortometrajes en los que salían a relucir las cualidades cuya conjunción podía augurar la llegada de un nuevo elegido. Tanto en 'El cojonudo' como en '¡Ataque de pánico!' el uruguayo Fede Álvarez hacía gala de un gusto por el terror de serie B, de una mala leche, de una espectacularidad y, sobre todo, de una autosuficiencia (solo hallable en los directores de la rama ''self-made'', aquellos que, en definitiva, se parten el lomo cada vez que se ponen detrás de las cámaras) que con toda justicia le hacían merecedor de, por lo menos, la atención de un tutor de renombre. De alguien con el suficiente peso en la industria como para proporcionarle la oportunidad dorada de darse a conocer y reivindicarse ante el gran público.

Una vez establecido el vínculo sagrado entre sensei y alumno, había llegado la hora de concretar las reglas del juego; tocaba firmar el contrato con el que, si las cosas se torcían, podía ser el mismísimo diablo (lo mínimo que cabía esperar de alguien tan docto en las artes satánicas). Es lo que suele suceder cada vez que se intenta escalar un peldaño: si la operación sale bien, todo son -merecidas- alabanzas; si sale mal, el tropiezo hace que las esperanzas, incluso las mejores intenciones, caigan en el más estrepitoso de los ridículos. Y una vez tocado fondo, en el mejor de los casos, vuelta a empezar. Cuanto mayor sea el reto, mayor será la gloria... o más aparatosa será la caída. A firmar se ha dicho, pues... y que nos quiten lo bailao ¿Quién dijo miedo? Fede Álvarez desde luego no, seguramente porqué, al igual que el protagonista de uno de sus cortos, tiene los testículos como pelotas de baloncesto.

Al fin y al cabo, hay que tenerlos cuadrados para poner las manazas de novato sobre uno de los clásicos populares del cine de terror más idolatrados de la historia del cine... ¡y todo sin la carismática presencia -en calidad de actor, por lo menos- del también muy idolatrado Bruce Cambell! Hay que pisárselos para que además el material que supuestamente se está mancillando esté firmado por tu propio mecenas. Con esta peligrosamente atractiva carambola se nos presenta la 'Posesión infernal (Evil Dead)' del 2013, película que bajo el brazo también nos trae el longevo debate sobre los remakes. Ya estamos otra vez. Hollywood se ha vuelto a quedar sin ideas -menuda novedad- y con la excusa romántica de rememorar viejas batallitas coge la pala y exhuma el cadáver de la gallina de los huevos de oro de turno. Patético... Vale. Dicho esto, es de justicia recordar que más allá de esta en parte comprensible pose cinéfila se vislumbran unas excepciones que nos recuerdan que detrás de la avaricia de la maquinaria fílmica pueden aguardar recompensas a fin de cuentas mucho más satisfactorias.


¿O acaso no fue un lujazo descubrir, por ejemplo, a un tal Zack Snyder mientras renovaba y mejoraba -las cosas claras- a George A. Romero? Volviendo a nuestra querida 'Evil Dead' y dejando de lado el fanatismo que con todo merecimiento se ha ganado el material original, ¿acaso no es una gozada el que el alumno Fede le marque un ''In your face'' antológico al maestro Sam? Silencio. ¿El anticristo reencarnado emerge del fango si el remake supera (en diversión, en ritmo, en cotas de pánico...) a la película en que se basa? Por supuesto que no, y aunque los más nostálgicos puedan llegar a hacer ver que les duele en el alma, en el fondo habrán disfrutado tanto o más que el público joven que tenga en el primer largo de Álvarez su primer contacto con los bosques demoníacos de Tennessee. No en vano estamos hablando de una de las cintas de terror más disfrutables de los últimos tiempos (al final resultará que los responsables de marketing no siempre mienten, aunque no se les perdona el que sus impactantes tráilers den ganas de darse permanentemente de baja en lo que a avances se refiere).

Hora y media de metraje, una historia con un potencial inmenso y un capitán de barco que sabe lo que se hace. El que el director no intente en ningún momento reinventar ni aportar novedades significativas al género (es más, rara vez se separa de los postulados del manual / Necronomicón que tan bien se ha aprendido, sirva de muestra el que su propuesta sigue cabiendo en la enciclopédica 'La cabaña en el bosque', excelente filme de Drew Goddard -y Joss Whedon- que, para ser justos, tenía precisamente en la trilogía de culto de Raimi a una de sus más reconocibles fuentes de inspiración) no debe interpretarse como un síntoma de debilidad, sino como lo que realmente es: una muestra evidente de una inteligencia a priori insospechable en alguien de quien se podría decir que apenas ha empezado a dar sus primeros pasos. La sorpresa de su progenitor al ver que su querida criaturita empezaba a correr con apabullante gracilidad a las primeras de cambio seguro que la compartirá la audiencia con buen paladar para todos aquellos elementos que, bien combinados, consiguen algo tan difícil como que un sentimiento tan personal cristalice en una pantalla para convertirse en una penitencia / celebración colectiva.

Sustos, atmósferas que ponen los pelos de punta y, obviamente, sangre. Litros y más litros de hemoglobina se erigen en la punta de lanza de un espectáculo consciente de que los gustos de la audiencia hace tiempo que llevan trazando una escalada que exige que en una sala de cine se venda cada vez más pus, más vísceras, más huesos fracturados... en definitiva más carnaza, y como además resulta que el cliente se ha vuelto más exigente (es lo que tiene la sabiduría acumulada, que uno se vuelve cada vez menos impresionable), exige ver y, a ser posible, palpar a conciencia, la mercancía. Haciendo caso a la demanda, 'Posesión infernal (Evil Dead)' expone desde el principio todo el stock, abre las puertas del bufet libre y deja que los más famélicos se atiborren hasta decir basta. Ni falta hace decir que los que van con poca hambre, revientan antes de que esta traca continua ni siquiera haya hecho estallar la mitad de sus golpes de efecto.

Los más desinformados creerán que la fiesta es quizás un ataque aéreo que busca masacrarles hasta que no quede nada de ellos, pero resulta que las sirenas de alarma de bombardeo en realidad son las trompetas que anuncian felizmente un juicio final hecho a la medida de los más cafres. 'Posesión infernal (Evil Dead)' es obscena, malhablada, sucia y dolorosa. Es tan gratuita como coherente con el vicioso espíritu infernal por el que tan a gusto se ha dejado poseer. Es un ente directamente surgido del averno, nueva cumbre del gore, que aprovecha a la perfección el tiempo que se le ha dado para aterrorizar y divertir a partes iguales. Tiene un profundo respeto por sus raíces, pero consciente de las circunstancias totalmente diferentes en su concepción, se toma la libertad de modificar la fórmula original en todos aquellos aspectos epidérmicos (véase la conseguida trascendencia estética; la desdoblada solución para suplir la irreparable ausencia del bueno de Ash; el telón de fondo de la drogadicción juvenil, más que probable aportación de Diablo Cody en lo que es una excusa para el terror sencillamente genial; la sustitución del característico humor de Raimi por uno menos perceptible pero igualmente presente en lo pasado de rosca del conjunto) que proporcionan al monstruo el necesario lavado de cara para ser presentado -y amado- por las nuevas generaciones. La old school revitalizada. El remake perfecto; la horror movie que hacía tanto que esperábamos... el ''In your face!'' que encumbra a ese superdotado llamado Fede Álvarez y que, segurísimo, enorgullece al maestro Sam Raimi.

Nota: 7,5 / 10
Cinéfilos que han agradecido este tema: Wanchope
#6
Bueno, ahí va la "tradicional" :poss:

La vida después de la caverna

De repente, el fuego. Milagro. Donde antes había frío ahora había calor; donde antes había oscuridad ahora había luz. Los hombres se sentaron alrededor de tan maravillosa creación y se acercaron más y más para poder contemplarla mejor. Uno de ellos, en un arrebato de osadía, quizás también de avaricia, alargó la mano para hacerse con dicho tesoro. Una sensación horrible y jamás experimentada le mordió con la furia de los dioses todo el brazo. Gritos, confusión y movimientos desesperados para quitarse de encima aquella fuerza abrasadora. Durante la lucha contra lo invisible, la mirada se desvío hacia la pared. Bastó una milésima de segundo para que el pobre hombre se diera cuenta de que donde antes solamente había muros tan muertos como fríos, ahora había una curiosa figura que se movía tanto o más que él mismo. Cuando el dolor menguó y volvió a reinar la calma, el panorama en la cueva había cambiado radicalmente.

El fuego ya no era el centro de atención; había cedido todo el protagonismo a unas sombras que danzaban continuamente alrededor de la más agradecida de las audiencias, la misma que, sin saberlo, se iba consumiendo poco a poco en un encierro que, y éste es el consuelo de los necios, se había convertido en algo maravilloso. Pocos días después, la fiesta terminó, y ya solo quedaban sus ruinas: brasas humeantes, muros oscurecidos por el humo... y tres cuerpos que yacían inertes, enfriándose a marchas forzadas. ¿Moraleja? Muchas: no se puede vivir solamente en/de la ficción; el exceso de ilusión es nocivo; la representación distorsionada de la realidad, precisamente lo deforma -en el peor de los sentidos- todo. La más importante, quizás, y aplicada al caso que ahora nos concierne: hay que desapalancarse, desentumecerse los músculos... y la mente; hay que salir. Abandonar el confort de nuestro propio entorno y empaparnos del exterior.


Aceptar el riesgo de la aventura para así toparnos con lo potencialmente maravilloso; para así poder realmente vivir. Este último verbo raramente puede ser usado por los miembros la familia de cavernícolas de la película de animación 'The Croods', pues el miedo en su estado más puro (hablamos del temor a caer fulminado por un catarro, a ser devorado por un dientes de sable, a ser aplastado por un mamut...) ha regido sus vidas desde el mismo momento en que nacieron. Así no hay manera. Día sí día también pelean a muerte con cualquier tipo de criatura por el más insignificante bocado, vigilan con extrema cautela cada paso que dan, se lo piensan dos, o tres, o cuatro veces antes de tomar cualquier decisión y, por supuesto, a la mínima que se huelen el peligro, corren a encerrarse en su oscuro, frío, pero segurísimo refugio rocoso.

Pero si algo nos recordó este año la sociedad J.R.R. Tolkien - Peter Jackson es que no hay peor condena que el sedentarismo, más aún si éste va vinculado a una caverna que, como nos contó la comentada alegoría, a la larga, no tiene más que efectos destructivos sobre sus ocupantes. A mover el culo se ha dicho. Desde su trepidante prólogo, 'Los Croods' se reivindica en el concurridísimo escenario de la animación por ordenador con un ritmo endiablado y con un sentido de la espectacularidad que pone la más potente tecnología al servicio del infalible espíritu del slapstick clásico (algo similar a ver a los grandes maestros pioneros del séptimo arte reconvertidos en seres animados capaces de las más increíbles piruetas). Una delicia. El guión, firmado por los directores Kirk De Micco y Chris Sanders (¿para cuando el reconocimiento que merece este gran animador en la sombra?) es una sorprendente y muy eficiente máquina de sonrisas (a las que llega tanto el público adulto como, por supuesto, el más joven) en la que la inventiva visual y el humor ingenioso forman equipo para un divertimento espectacular, dinámico y con un excelente sentido aventurero.

Una odisea en familia y para toda la familia donde, qué cosas, hasta el 3D da señales de vida (aunque para ello nos tengamos que haber remontado hasta la mismísima prehistoria, período en el que, por cierto, los más románticos sitúan los mismísimos orígenes del cine). Nicolas Cage, por su parte, quien pone voz al torpón papá Crood, declaró en la rueda de presentación del filme en la Berlinale que le gustaría -por qué no, ya puestos...- rodar un musical. Visto el incomprensible éxito del último trabajo de Tom Hooper, alguien debería ir pensando en registrar ya el título de ''El miserable''. Inmejorable para hablar de este tristón e histriónico troglodita, tan atrapado en su propia caricatura que no hay dibujo animado que oculte su huella, pero que por mucho que se vea obligado a nadar en las fétidas cloacas de la sucia industria (cosas de confiar las cuentas personales a la persona menos indicada), de vez en cuando, ha quedado claro, se las ingenia para que su (auto)mutilado encanto salga a la superficie. ¿La mejor película en años del bueno de Nic? Sin duda, pero para conquistas realmente meritorias, 'Los Croods' puede lucir en el escaparate de la DreamWorks como uno de sus productos más logrados; además de (y a pesar de no llegar, ni mucho menos, al nivel de obra maestra... básicamente porqué no lo quiere; porqué sabe a lo que juega) como una solidísima razón para volver a creer en las alternativas en la liga presidida por la mastodóntica sociedad Disney-Pixar.

Nota: 7 / 10
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#7
Críticas de estrenos / Re:The Yellow Sea
05 de Enero de 2012, 05:30:28 PM
CRÍTICA: Taxi al mar sangriento

Na Hong-Jin nos sumerge con 'The Yellow Sea' en la vasta región bañada por el mar Amarillo al que hace referencia su título, donde se junta la nación china con la península coreana. Sus habitantes, conocidos con el término semi-peyorativo "Joseonjok", tienen el dudoso honor de ser una de las comunidades con una mayor tasa de criminalidad en todo el mundo: Un escalofriante cincuenta por ciento. Sí, pone los pelos de punta. En otras palabras, la mitad de la población -que se dice pronto- tiene contacto directo en algún momento de su vida con actividades delictivas. Y por supuesto, el protagonista de esta historia, no marca la excepción a la regla.

Ahogado por las deudas contraídas en los juegos de azar, y amargado por la ausencia de una mujer que consiguió emigrar a Corea del Sur, un taxista se ve obligado a aceptar un encargo que le llevará a Seúl para asesinar a un hombre. Un trabajo aparentemente fácil (si se obvian unos conflictos éticos que ni aparecen mencionados a pie de página, no hace falta decirlo) que, no obstante, llevará al antaño conductor a jugar un papel decisivo en una cada vez más encrudecida guerra entre bandas criminales. Como ya hiciera en 'The Chaser', su notable ópera prima, Na Hong-Jin dispone las fichas sobre el tablero para que se desarrolle una batalla encarnizada entre ellas... hasta que éstas, e incluso él, pierdan por completo los papeles. Qué diablos, al fin y al cabo, la potencia es un activo que no siempre requiere control.


'The Yellow Sea' es una explosiva mezcla entre el relato de gánsters coreano y la matanza heroica hongkonesa, muy en la línea del 'A Bittersweet Life' de Kim Ji-woon tan excesiva como poderosa, y en la que a cada escena que pasa se va cambiando, de forma descarada, la calma y la tensión por la furia y la hemoglobina; un proceso condensado en el encargo que lleva al protagonista a Corea del Sur, magistralmente planificado y resuelto con sanguinolenta locura, en una espiral de violencia progresivamente descerebrada, pero no por ello menos divertida. Más, si no se es un alma sensible.

Na Hong-jin, enésimo exponente del excelente estado de salud por el que pasa actualmente la cinematografía surcoreana, desde luego no lo es, ya que jamás muestra reparo alguno a la hora de ensuciarse las manos... en todos los sentidos. Inmigración ilegal, tugurios tétricos en los que la suerte de los hombres se rige por la voluntad de las fichas de juego, encargos de asesinatos... y por supuesto, una violencia desmedida que se erige como único factor común, incluso como única razón de ser. Este chute de adrenalina, enmarcado dentro del talento único de los cineastas orientales para la violencia, será para unos el mayor atractivo del filme; para otros, un argumento más que suficiente para quedarse en casa. O para optar por otra propuesta de la cartelera.

Sea cual sea la respuesta del respetable, lo que de ninguna manera puede ponerse en duda es el talento de Na Hong-jin, que aunque abuse demasiado del recurso de la cámara al hombro (o cámara con Parkinson), es capaz de hacer que el espectador mantenga la respiración durante ni más ni menos que unas dos horas y media rebosantes de acción y ante todo, emociones muy, muy fuertes. Dos horas y media que dan forma a otro notable e intenso thriller "Made in Korea", seco, áspero y crudo al que si acaso, sólo se le puede achacar el habitual exceso de metraje (y/o de intensidad al borde del colapso) de este tipo de producciones.

Nota: 7,5 / 10
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#8
Críticas de estrenos / Re:Drive
28 de Diciembre de 2011, 02:09:48 PM
La soledad del asfalto

Quien haya tenido la suerte (o la mala pata, según como se mire) de pasar como mínimo un día en Los Angeles, se habrá dado cuenta que la vida en esta ciudad requiere de un elemento fundamental para la supervivencia: u vehículo motorizado. Para ir a comprar el pan, para ir al cine, para darse un baño en playa... no importa lo que se quiera hacer, pues para llegar a ello es siempre necesario un coche. La razón es genuinamente americana, al ser esta urbe californiana uno de los mayores exponentes de uno de los mayores activos de la nación estadounidense: el espacio, o mejor dicho, la flagrante abundancia de espacio. Así, más allá del downtown de rigor, los rascacielos desaparecen del mapa, convirtiéndose la ciudad en una interminable sucesión de edificios de no más de tres pisos, atravesada por una autopista inmensa, y cuyo final no alcanza la vista.

Es decir, sea cual sea el destino, la carretera es el único camino hacia él. Quien quiera pasar pos Los Angeles, debe pasar por el asfalto. James Sallis lo comprendió a la perfección a la hora de escribir la novela 'Drive', y lo mismo puede decirse de Nicolas Winding Refn a la hora de adaptarla. El director danés da por fin uno de los saltos más esperados hacia la meca del cine. Tras una primera parada/coqueteo en Inglaterra, donde firmó la interesante pero demasiado irregular 'Bronson' (una de las principales causas de la gran popularidad que sigue ahora a Tom Hardy), el pupilo ahora renegado de Lars Von Trier salta el charco para filmar el que desde su presentación en sociedad en el Festival de Cannes, ya vino con la estela de título de culto del año.

Hablando del certamen, y haciendo caso a las malas lenguas, puede que el Premio a la Mejor Dirección obtenido deba agradecerse a la tozudez de Johnnie To, pero esto para nada debe borrar el mérito de un cineasta que ante una peligrosísima prueba de fuego, no solo no se arrugó sino que además aprovechó la ocasión para justificar la confianza puesta en él, con este título que consigue aquello que parece imposible: conciliar las inquietudes artísticas con las del show businsess. Esta sería la mejor manera de presentar 'Drive', una película que en efecto logra contentar tanto al público amante del entretenimiento más universal, como del que desea alejarse del mainstream. Eso es, cine comercial -valga la redundancia- con alma.


Para la ocasión, y en parte siguiendo la estela de Quentin Tarantino y su delirante villano de 'Death Proof', nos habla de un conductor especialista en escenas de acción que al caer la noche pone toda su pericia al volante para que pueda llevarse a cabo la parte final de todo buen atraco: la fuga. Se trata de un hombre que, por circunstancias varias, la mayoría de las cuales totalmente ajenas a su voluntad, se verá cada vez más implicado en negocios criminales. Callado y solitario, no obstante dará una oportunidad a su parte más sensible después de conocer a su atractiva vecina, de la que se enamorará perdidamente desde el primer encuentro.

Notables actores de diversas generaciones se unen al talento de Refn en su aventura americana para concebir un thriller de gángsters deliberadamente emblemático de la era post-GTA, con un estilo visual electrizante y un muy buen aprovechamiento del sonido, así como de sus geniales temas musicales. Es un filme cuyo resultado final es un claro reflejo de lo que viene siendo hasta ahora la sin duda interesante carrera del director nacido en Copenhagen: imprevisibilidad al poder. La secuencia con la que abre la cinta es sencillamente magistral: una huida del lugar del crimen sin persecución tradicional, pero con altas dosis de tensión, en la que se compagina la acción sobre el asfalto con la del parquet baloncestístico del Staples Center (ocupado de forma no casual por los Clippers, en vez de los archiconocidos Lakers), llegando ésta última a través de la radio del coche.

Una pequeña pieza para enmarcar que da paso a hora y media de balada moderna de inspiración ochentena (de hecho, uno de los malos de la función, brillante Albert Brooks, afirma que en dicha época se concentraron sus mayores días de gloria), mezcla de drama romántico, cine negro e historieta de superhéroes (elementos magistralmente condensados en la escena del ascensor, que desde el principio hasta su sangriento desenlace, se sitúa entre lo más maravilloso filmado este año), siendo muy visible este último elemento en el dibujo de su protagonista, que se las arregla para mantener siempre su anonimato, ya sea a través del uso de máscaras, o en un sentido más metafórico, esculpiendo su rostro en piedra quebradiza. Pero no estamos ante el clásico héroe americano, de intachable conducta, sino ante un ser ambiguo, que al igual que el escorpión de la fábula, lucha por no caer presa de su naturaleza violenta.

No hay sin embargo debates internos en la mente de Nicolas Winding Refn, que siempre tiene claro por dónde guiar a sus actores (excelente labor la de todo el reparto, desde el sutilísimo Ryan Gosling hasta el citado Brooks, pasando por un auto-paródico Ron Perlman, un entrañable Bryan Cranston y una encantadora Carey Mulligan). Sabe también por dónde llevar una trama que sabe desviarse lo suficiente del marco propuesto por James Sallis para así adaptarse mejor a su voluntad, que visto el resultado, hace gala de un afinadísimo instinto, fruto sin lugar a dudas de años de experiencia dedicados a hacer madurar un cine tan personal como brutal (véase la trilogía 'Pusher' o aquel injustamente maltratado poema violento que era 'Valhalla Rising'). Un cine que conduce con pasmosa habilidad entre el estilo y el alma.

Nota: 7,5 / 10
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#9
Críticas de estrenos / Re: Cisne negro (Black Swan)
17 de Febrero de 2011, 10:19:01 PM
La quimérica bailarina

Nina, una de las más talentosas bailarinas de una compañía de ballet neoyorquina, dedica su vida entera a la danza. Recién confirmada como la principal estrella de una nueva versión del clásico de Tchaikovski, ''El lago de los cisnes'', lo que parecía ser un sueño hecho realidad va a convertirse en una destructiva obsesión, sobre todo desde el momento en que la protagonista vea peligrar su papel, debido a la irrupción de Lily, una caótica y desordenada bailarina que no obstante parece ser del agrado del director de la compañía. Asfixiada además por la presión que su madre ejerce sobre ella, Nina irá hundiéndose en el infierno de sus temores, que cada vez irán concediéndole menos tregua.

Cuando creíamos que Darren Aronofsky sería un cineasta que saturaría de materia gris sus proyectos futuros, se sacó de la manga un ultra-efectista -y aclamadísimo- retrato sobre el efecto devastador de las drogas. Cuando creíamos que Darren Aronofsky iba a basar su poder en el acercamiento a personajes torturados, desconcertó a un a posteriori iracundo público veneciano con un desconcertante relato fantástico (a medio camino entre la genialidad y el desastre más absoluto) sobre la vida, la muerte... y un árbol con poderes sobrenaturales. Cuando creíamos que Darren Aronofsky dilapidaría su crédito con su barroquismo estético, sorprendió a propios y extraños con una desgarradora obra maestra sobre los frustrados intentos de redención de un ex luchador profesional.

Justo cuando creíamos que Darren Aronofosky se había calmado de una vez por todas... vuelve a la carga con un más-difícil-todavía, mezcla aterradora -en el buen sentido- de escenarios, géneros, autores y demás referencias. Y antes de que intentemos encasillarle de nuevo, se ha apresurado a confirmar que estará al mando del segundo spin-off de Lobezno. Superproducción al uso con aspiraciones de revienta-taquillas, para situarse presuntamente en las antípodas del cine de autor, y para confirmar que adivinar cuál va a ser el próximo paso en la carrera de este talentoso director neoyorquino es tan o más complicado que pronosticar cuál va a ser la próxima estrategia a seguir en materia económica de nuestro querido gobierno para sacarnos de la crisis.

Bendita incertidumbre (la de Aronofsky, no la de nuestras finanzas, claro está), más aún si detrás de ella se esconden películas como 'Cisne negro'. Desde su estreno, se ha discutido largo y tendido sobre las fuentes de inspiración de las que bebió Tchaikovski para concebir la que a la inmediatamente sería considerada como una de las obras de ballet más importantes de la historia. Siguen habiendo muchas teorías al respecto, y ninguna de ellas parece tener una solidez absoluta, de modo que la única conclusión fiable que puede extraerse ahora mismo de dicho embrollo de opiniones y estudios enfrentados es que la obra final es el fruto de una pluralidad de leyendas, tradiciones y concepciones barias sobre conceptos tan universales como el amor y el sufrimiento, si es que no son la misma cosa.


Este proceso productivo basado en la diversidad; en una variedad que bien ensamblada da como resultado una nueva criatura plenamente autónoma, es en el que se ha apoyado Aronofsky para la creación de su última película. Hay en ella, a parte de la evidente presencia del ballet compuesto en 1875, una cantidad ingente de citas, algunas más sutiles que las otras. El seguimiento asfixiante del creciente estado esquizofrénico de la protagonista bien podrían haberlo firmado los más inspirados David Cronenberg o el malogrado Satoshi Kon. La inquietante y castrante presencia de la madre, personaje que ha volcado todas sus antiguas aspiraciones y sueños frustrados en su hija, recuerda a aquel Michael Haneke magistral de 'La pianista'. El siempre tenso relevo generacional (más tenso si cabe entre bastidores) nos remite al soberbio Joseph L. Mankiewicz y su inmortal 'Eva al desnudo'. La cada vez menos sutil metamorfosis de Nina constituye un claro homenaje a figuras clásicas del cine de terror como el hombre lobo. La idea del sacrificio más extremo -algo cercano a la autodestrucción- para alcanzar la sublimidad en el arte/espectáculo ya cerraba la maravillosa 'The Wrestler', del propio Aronofsky, y ni falta hace decir que ya estaba en la obra que supuestamente mejor había reflejado hasta ahora el híper competitivo y exigente mundo del ballet: 'Las zapatillas rojas', obra cumbre de la pareja Powell&Pressburger.

Pinceladas de diversos genios por doquier que no pueden ocultar que todos esos apuntes están en realidad bajo la sombra de otro cineasta al que la justicia debería situar en la misma categoría cualitativa: Roman Polanski. Por razones obvias, al desde hace tiempo perseguido por la justicia internacional podemos verle cada vez menos en actos públicos, lo cual nos deja a sus nuevos trabajos y -obviamente- el recuerdo de sus anteriores creaciones, como el único contacto con él. Entre esa segunda categoría encontramos títulos del calibre de 'Repulsión', 'La semilla del diablo' o 'El quimérico inquilino', protagonizada para mayor morbo (de esto va sobrada su carrera) por el propio Polanski.

Dramas o thrillers todos ellos con un fuertísimo calado psicológico, en los que la acción se quedaba en un segundo plano, ya que siempre acababa cobrando más importancia el estudio de la psique del protagonista (normalmente inmersa en un angustioso descenso a los infiernos). Este es precisamente el leitmotiv de 'Cisne negro', una película que, con el ballet como -imprescindible- telón de fondo, sigue de forma asfixiante los pasos de una joven constantemente perseguida por sus miedos, que no son precisamente pocos. Miedo a defraudar a sus seres queridos y a defraudarse a sí misma; miedo al daño que puedan infligirle los demás; miedo a perder su pureza; miedo a despertar su lado oscuro; miedo a que el espejo ya no le devuelva su reflejo la próxima vez que se mire en él; miedo a perder lo que entiende por ''control''.

Aunque lo que más miedo da de todo es el cada vez más irrebatible control absoluto que tiene Aronofsky sobre sus proyectos. A cada nueva ocasión, los detractores se quedan con menos argumentos para criticar la labor de un director cuya firmeza ha conocido un incremento exponencial especialmente en sus últimos trabajos. Firmeza que se manifiesta sobre todo en el dominio total de los distintos registros y ritmos que exigen sus historias. El cineasta sabe perfectamente cuándo y cómo debe pasar de uno a otro. Cuándo debe mostrarse sensible; cuándo debe añadir un punto picante a la ecuación; cómo tirar de pirotecnia efectista; cómo pasar de la pausa al frenesí, o de la cordura a la locura. Esta enfermiza, obsesiva y dicotómica pugna de cisnes es tan ambiciosa e hipnótica como elegante y asquerosa al mismo tiempo. Todo cabe en el moderno lago de Aronofsky, que acompañado por unas interpretaciones brillantes, se gana a pulso el capricho ególatra de los títulos de crédito finales, en los que aparece su nombre con una estruendosa ovación sonando de fondo, mientras el concepto ''perfección'' resuena todavía en nuestra mente.

Nota: 8 / 10
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#10
Sé lo que soñasteis el último verano

Las calderas vuelven a rugir una vez más en Elm Street; los niños vuelven a entonar aquellas rimas escalofriantes que nos advierten sobre el peligro que entraña un tal "Freddy"; y la cafeína y otros estimulantes se convierten en los mejores aliados de la juventud del barrio. Lo hemos vivido ya siete veces antes (ocho, si contamos la serie de televisión... nueve, si contamos el encarnizado combate a muerte contra Jason), lo cual nos hace poner esta revisión del clásico de terror de Wes Craven en el cajón del... "¿hacía falta?". La respuesta es un rotundo no. Pero en tiempos de escasez creativa, en los que la industria tiende a resucitar a sus monstruos favoritos las veces que hagan falta mientras la gente siga pasando por caja... Freddy no podía ser ignorado. Viejos asesinos nunca mueren.

Para ello, Michael Bay y sus amigotes (que ya le están cogiendo demasiado el gusto a esta clase de readaptaciones después de haber hecho lo propio con 'La matanza de Texas' o 'Viernes 13') ponen a los mandos del barco al debutante Samuel Bayer, curtidísimo director de videoclips cuya primera andadura en el mundo del largometraje no ha dejado demasiado buen sabor de boca. También hay que entender que al pobre hombre lo han puesto a capitanear una nave cuyo timón no podía moverse. Esto es, 'Pesadilla en Elm Street: El origen' es el típico producto de estudio, confeccionado casi por completo en los despachos de los altos ejecutivos, quienes han demostrado en incontables ocasiones que no les perturba el sueño el tener que recorrer a la necrofilia (porque en esto se traduce este tipo de proyectos).

Son los peces gordos quienes, por no querer ver a sus protagonistas lucir looks pasados de moda, conducir antiguos carromatos familiares o tragarse efectos especiales de la vieja escuela (ahora que se lleva mucho más lo digital, los coches alemanes chic o los modelitos ajustados que realzan las curvas de las adolescentes), deciden hacer una película lo que se dice, se piensa es más apta para los ojos del siglo XXI, que sin duda es mucho más aparente que el anterior (anótese la ironía). Ésta es la única meta artística reconocible en las nuevas andaduras de Freddy, el resto ya lo conocemos de sobras. Sacarse de la chistera una nueva historia del universo Springwood hubiera sido algo insostenible, y más teniendo en cuenta la última pesadilla metafílmica ideada y dirigida por Wes Craven. De modo que, la solución es una especie de mezcla de dos conceptos que están ahora tan de moda en el género de terror: Remake y precuela.

La verdad es que no es ni una cosa ni la otra, pero tiene elementos suficientes como para englobarse en ambas categorías. Tenemos un hilo argumental muy similar al original de de 1984, con una heroína llamada Nancy siendo de nuevo el personaje más atormentado. Además, se nos muestra explícitamente de dónde salió el mito de este moderno hombre del saco, algo que ayuda a reforzar el carácter enfermizo de las pesadillas de Elm Street, por más que con ello pierda la excelente sugestividad de la que hacía gala la película original. Este origen al que hacemos referencia es algo que la antigua saga tardó mucho en desvelar, pero que al fin y al cabo ya habíamos visto antes, lo cual nos remite otra vez a la categoría "¿hacía falta?".

Por si fuera poco, el filme no tiene ningún rubor en entregarse a los estériles brazos del slasher más vulgar. Aquel en el que los jovenzuelos, más de buen ver que de saber actuar, no son más que carne de cañón; aquel en el que el asesino es la excusa perfecta para subir el volumen y asustar al espectador. Aquel del que precisamente siempre huyó Wes Craven cuando se acercó a la figura de Krueger. Por si fuera poco, ni las escenas en las que el villano ataca gozan de la creatividad malsana de las anteriores entregas, al resolverse todas ellas de forma demasiado rápida y burda. Esta pérdida de encanto hay que achacarla en buena parte al cambio de actor en el rol del mítico asesino de niños. Jackie Earle Haley dota al personaje de un carácter mucho más siniestro, pero salta a la vista que no tiene el carisma de Robert Englund, todavía amo y señor indiscutible del personaje (y con ello, de la franquicia).

Son pocos los puntos positivos que nos deja este innecesario ejercicio de terror para principiantes. A saber, la duda pasajera que se establece respecto a la inocencia de Krueger, planeando así espontáneamente la sombra del perturbador documental de Andrew Jarecki, 'Capturing the Friedmans'; o los constantes homenajes la mayoría de películas de la saga, en forma de referencias, situaciones y/o bromas casi calcadas a las ya vistas en anteriores entregas que nos animan a no dejar de prestar atención, además que casi nos obliga a esbozar una sonrisa cuando reparamos o reconocemos alguna de ellas.

También es de agradecer la conservación -a pesar de todo- de algunos de los elementos que hicieron tan especial aquella genial aventura onírica de Craven, como la desoladora visión de las figuras paternales, ausentes, disgregadas y que lejos de ser el elemento salvador de sus vástagos se convierten en sus verdugos indirectos, siendo todo una lección delirante sobre la culpa atávica. El resto (aparte de algún brevísimo y tímido destello del director, que en alguna ocasión se atreve a no ser exageradamente previsible, quien sabe si aprovechando los momentos en los que el ejecutivo de guardia se ausentaba para ir al baño) puede arrojarse a la basura, aunque lo mismo, tal vez, podía decirse de la mayoría de secuelas de "tito Freddy"...

... aunque a decir verdad, al lado 'Pesadilla en Elm Street: El origen' esta afirmación parece perder un poco el sentido que pudiera (o no) tener.

Nota: 4,5 / 10
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#11
Críticas de estrenos / Re: The Crazies (2010)
28 de Mayo de 2010, 12:26:07 AM
Nada del otro mundo, pero sin duda una agradable sorpresa :si.

Mad World

La vida transcurre con tranquilidad en una agradable y pacífica población de Iowa. Los vecinos se saludan amablemente, mientras los coches desfilan lentamente por la calle principal y todo el mundo asiste al partido de béisbol. Pero de pronto empiezan a darse incidentes inquietantes, con comportamientos erráticos y extremadamente violentos por parte de algunos habitantes. Con el paso de los días, y viendo que la tendencia va al alza, el sheriff de la localidad y su ayudante se verán obligados a iniciar una investigación durante la cual se toparán con el mismísimo... ejército de los Estados Unidos de América.

Cada día que pasa veo con mejores ojos la organización de una plataforma a favor de volver a hacer la mayoría de películas de la filmografía de George A. Romero. La primera razón es que el veterano director neoyorquino se ha caracterizado a lo largo de su carrera por desaprovechar ideas brillantes; la mayoría de ellas, salidas de su propia cabeza. Esto es, puntos de partida interesantes y cargados de posibilidades que luego caen en el olvido y/o se dejan de lado por una ejecución final torpe y plomiza que, a la postre, es la responsable que buena parte de sus productos -por qué no decirlo- fueran ciertamente aburridos. Que al fin y al cabo, entorno a esto debería girar la valoración que merece cualquier película.

La otra razón, que el antecedente que tenemos más presente de entre los remakes romerianos sirvió no sólo para concebir una de las sorpresas más agradables del año 2004, sino también para descubrir a un tal Zack Snyder (seis años consolidado como uno de los realizadores más influyentes del cine espectáculo made in Hollywood). Ahora, el hombre detrás de las cámaras es Breck Eisner, cuyo pinito con Pe y Matthew McConaughey, de nombre 'Sáhara', sigue siendo una losa demasiado pesada como para que se le tome en serio. No obstante, cabría rescatar su mediometraje 'Sacrificio', capítulo inaugural de la serie 'Terror en estado puro', en el que el cineasta mostraba sus habilidades para crear atmósferas inquietantes y tratar con imágenes dolorosas. Lo cual, sí que ya supone una buena credencial de cara a ponerse al mando de un proyecto que tiene, precisamente, en estos dos factores algunos de sus principales signos distintivos. Por algo, probablemente, le dieron el trabajo.

Dicho y hecho, la elección del director se confirma como una buena decisión desde los primeros minutos. Eisner sigue al pie de la letra el manual (de)legado por Snyder, yendo al grano con imágenes de destrucción total, y llevándonos con viveza hacia el terreno que le interesa. Así, para introducir los acontecimientos suena una vez más la profunda voz de Johnny Cash, aparcando el "When the Man Comes Around" de 'Amanecer de los muertos', para entonar ahora el "We'll Meet Again". Unos acordes que nos remiten a la América profunda... porque definitivamente, 'The Crazies' es una historia que, tremendismos aparte, nos habla con mucha clarividencia de la sociedad estadounidense (que si se desea, puede extrapolarse esta afirmación -aunque sin tanto fundamento- al conjunto del mundo occidental). Sobre todo de sus miedos, que en lo que llevamos de siglo XXI se han revelado como uno de sus más importantes motores.

Un satélite sustituto del Gran Hermano de Orwell que nos recuerda la supresión de algunos derechos fundamentales como la intimidad, claro síntoma de la era post 11-S. La incertidumbre, y la cada vez más justificada pérdida de fe tanto en un futuro amenazante y volátil en todos los sentidos, como en un Estado incompetente, negligente, deshumanizado y deshumanizante, que a la hora de la verdad se muestra como un enemigo más para el ciudadano de a pie (un mensaje cien por cien Romero, y que a día de hoy sigue con vida -por algo será- gracias a cineastas tan destacables como Bong Joon-ho).

Y hablando de tesis romerianas, ahí está la máxima de que cuanta más gente se reúna en un lugar, más probabilidades habrá de catástrofe, poniendo en seria duda aquello de que la unión hace la fuerza. El prójimo visto pues como un hostil al que no hay que quitarle el ojo de encima... y así, de paso, todos los argumentos a favor del contrato social se van al garete. En parte, por eso hay que situar a estos "locos" más cerca de los "infectados" de los hermanos Pastor que no de cualquier tipo de zombi. Ahora cabe hacerse la pregunta, ¿es casual que esta situación descrita se dé en los Estados Unidos, una sociedad que bajo su aparente estado de amansamiento permanente esconde una brutalidad que, de paso, se agrava por el hecho de que sus miembros están armados hasta los dientes?

Obviamente, no.

No hace falta decir que tanta sugestión sorprende gratamente, y es más que bienvenida en un filme que en teoría se presentaba como un 'survival horror' más. Y en cierto modo lo es, no nos vamos a engañar. Se ve en la falta de cohesión en algunos tramos, la excesiva predilección por los sustos fáciles, o los escasos esfuerzos a la hora de aportar ideas nuevas en las escenas que deben definir a la película como un ejercicio de género. A pesar de ello, Eisner muestra sus aptitudes en la construcción de dichas secuencias (como la del túnel de auto-lavado), y puede presumir de firmar una factura técnica envidiable, recordándonos una vez más al joven y entusiasta Zack Snyder.

'The Crazies' es, en resumen, una experiencia terrorífica que sabe jugar muy bien sus cartas para ocultar sus carencias, y que vuelve a demostrar que la mezcla de la mente de Romero con el estilo e inquietudes de las nuevas generaciones de directores es una combinación ganadora. Pero, sobre todo, es una película que al superar de forma tan evidente a su antecesora, da sentido y renovada credibilidad al concepto remake. Así, sí, se puede. Se admite. Se aprueba. Se disfruta.
Cinéfilos que han agradecido este tema: Wanchope
#12
Críticas de estrenos / Mary and Max
24 de Noviembre de 2009, 09:58:59 AM
Mary and Max


SINOPSIS: La cinta narra la historia de una gran amistad forjada desde hace años a través del correo, donde están involucrados dos seres muy diferentes físicamente pero muy iguales en sus sentimientos de soledad. Por un lado una niña de 8 años de Melbourne, y por otro Max Horovitz, un hombre adulto con obesidad mórbida que vive en Nueva York.

CRÍTICA: Mi querida Mary; Mi querido Max

Mary Daisy Dinkle es una niña australiana de ocho años cuya vida no es precisamente un cuento de hadas. Traumatizada por la mancha de nacimiento "del color de la caca" que tiene en la frente, no ayudan demasiado a mejorar su existencia su padre, consumido amante de la taxidermia, y su madre, alcohólica empedernida pasiva-agresiva. Cuando parece que nada en su vida merece la pena ser recordado, por casualidades del destino entablará amistad con otro ser marginado: Max Jerry Horovitz, un judío neoyorquino obeso con síndrome de Asperger. A través de cartas cada vez más íntimas, Mary y Max irán creciendo y compartiendo sus confidencias.

Viejas, imperfectas y ahora extinguidas máquinas de mecanografía se convierten en el vínculo entre dos seres torturados pero encantadores. Un punto de partida que puede parecer algo desfasado, pero que en realidad es un acierto total, al estar éste en perfecta sintonía con la actualidad más rabiosa, en la que la "red de redes" permite que cada día se conozcan personas que habitan en los lugares más recónditos del planeta y que nunca antes se han visto. Todo ello puede interpretarse entonces en clave de visión romántica de los actuales e indudablemente más fríos chats virtuales, poblados por gente que seguramente no tenga absolutamente nada en común. Afortunadamente, este último punto no coincide con el caso de los dos entrañables protagonistas de esta película de animación definitivamente no apta para menores.

La estética y el más bien poco virtuoso uso de la stop-motion delatan -por si no lo habían hecho ya los personajes y las circunstancias que les envuelven- el gusto de la cinta por el feísmo, así como la voluntad de retratar una realidad que como tal, es desagradable, incómoda, obscena... pero no por ello fascinante, y endiabladamente divertida. Para conseguir este paradójico efecto, Sam Elliot repite la fórmula que en el año 2003 le llevó a ganar el Oscar al mejor cortometraje de animación. En 'Harvey Krumpet', el director australiano se centraba en la peculiar vida del no menos peculiar personaje que daba título a aquel auténtico diamante en bruto de apenas veinte minutos de duración. Se trataba de un hombre con síndrome de Tourette que, debido a su nula comprensión -o particular visión- de la sociedad, se veía obligado a apuntar constantemente en una libretita los Hechos ("Fakts" en la versión original) que le ayudarían a comprender el mundo que le rodeaba. Un esfuerzo que caía en saco roto, pero que obviamente ayudaba a conectar con el bueno de Harvey, y a descubrir el humor de Sam Elliot.

Seis años después abandonamos el síndrome de Tourette y abrazamos el de Asperger. En forma y contenido, pocas cosas han cambiado bajo el sol australiano, ya que en todo este tiempo, Elliot ha aportado escasas novedades a su discurso... y ni falta que hace. Aquella máxima que tanto se oye en el mundo del fútbol cobra sentido en 'Mary and Max': "si una cosa funciona, no la cambies." Aquel multipremiado cortometraje funcionaba como un reloj suizo, y su correspondiente "prolongación" también lo hace. Buena parte de la culpa la tiene un guión magistral que por ritmo, planteamiento y substancia recuerda a la primerísima etapa de Woody Allen. Es por ello que no deben sorprender las continuas referencias a temas sexuales, religiosos o patológicos, todos ellos enfocados siempre desde una perspectiva irónica y con elevados niveles de acidez. Porque sí, hablar del abandono, del bullying o de la muerte, con una sonrisa en la cara, no es sólo posible, sino que además es un ejercicio muy saludable.

Normal que una de las mejores experiencias cinematográficas del año la ubique en aquella abarrotada sala de proyección del Festival de cine de Sitges en la que tuve ocasión de descubrir esta joya, y en la que el patio de butacas se convirtió en un océano imparable de carcajadas. Lo que antes eran "Fakts", ahora son cartas cargadas de humor gamberro, pero altamente ingenioso. Son estas cartas el verdadero motor narrativo de la historia, tanto que llega un punto en que el conjunto peligra debido al excesivo regodeo de Elliot en el bombardeo de gags. Por un momento parece que todo sea una gran excusa para lapidarnos a base de chistes que hacen gala de una -sanísima- mala leche, pero que a la vez se hacen cada vez más inconexos. Afortunadamente se trata de una impresión errónea (y aunque no lo fuera, seguiría siendo difícil criticar la propuesta, ya que, al igual que las hipnóticas notas del Perpetuum Mobile que nos acompaña durante buena parte de la travesía, uno no se cansa nunca de escuchar lo que tienen que contarnos Mary y Max).

La prueba de que el director persigue en realidad metas más ambiciosas está en la prodigiosa manera de retratar la relación epistolar (y sobretodo su evolución) entre los dos protagonistas. Algo similar a aquella relación a distancia, claramente más unilateral pero igualmente maravillosa, entre el personaje de Jack Nicholson y su querido Ndugu en 'A propósito de Schmidt'. La incredulidad y los titubeos iniciales hacia "el otro" van dando paso a una confianza que acaba derivando en un apego que ilustra a la perfección lo que significa la amistad: un tesoro, un refugio, un bote salvavidas que no obstante, puede tornarse en una peligrosa arma de doble filo. Elliot sabe de lo que habla, y lo hace con solidez y maestría; con ternura y emoción a flor de piel, pero sin caer nunca en sensiblerías ni usar atajos fáciles. No queda pues otro remedio que reverenciar a este torrente de la inventiva... y a su cerebro, un ya más que consolidado y excelente comprendedor del alma humana.
Cinéfilos que han agradecido este tema: Wanchope