El concepto de la película es fantástico, la ejecución no tanto, algo que pasa a menudo con Robert Zemeckis.
Es ambiciosa. Coger un espacio y contar su historia, desde su origen más primigenio, a través de los seres vivos que han pasado por ahí (al mismo tiempo que vemos la vida de estos) suena interesante, pero lo que la hace más especial es que todo esto lo vemos a través del mismo plano fijo.
Ahí Robert Zemeckis sigue demostrando que es un director inquieto al que le encanta salir siempre que puede de su zona de confort. La originalidad y el ingenio de esta obra no se pueden discutir, ni tampoco que tiene un discurso precioso sobre las historias que esconden los diferentes trozos de tierra sobre los que vivimos. Pero lo que Zemeckis te da, Zemeckis te lo quita.
Su obsesión con el rejuvenecimiento facial y el CGI está más presente que nunca, haciendo lucir digitalmente horrenda a una película que pretende ser humanista. Ver los rostros rejuvenecidos de Tom Hanks o Robin Wright en primer plano, despertando esa inevitable sensación de uncanny valley propia de los videojuegos, desprovee de emoción casi por completo a la película.
Tampoco ayudan las transiciones digitales que parecen hechas con IA, en constante lucha con otro tipo de transición más orgánico, basada en fundir elementos entre épocas dándole un gran significado a cada transición entre historias. Historias que, por otro lado, dejando a un lado la principal, están muy desdibujadas y no aportan demasiado.
Aquí había potencial para hacer una gran película, o por lo menos una buena, y aunque tenga destellos propios de una gran película se queda en un intento fallido.
Es ambiciosa. Coger un espacio y contar su historia, desde su origen más primigenio, a través de los seres vivos que han pasado por ahí (al mismo tiempo que vemos la vida de estos) suena interesante, pero lo que la hace más especial es que todo esto lo vemos a través del mismo plano fijo.
Ahí Robert Zemeckis sigue demostrando que es un director inquieto al que le encanta salir siempre que puede de su zona de confort. La originalidad y el ingenio de esta obra no se pueden discutir, ni tampoco que tiene un discurso precioso sobre las historias que esconden los diferentes trozos de tierra sobre los que vivimos. Pero lo que Zemeckis te da, Zemeckis te lo quita.
Su obsesión con el rejuvenecimiento facial y el CGI está más presente que nunca, haciendo lucir digitalmente horrenda a una película que pretende ser humanista. Ver los rostros rejuvenecidos de Tom Hanks o Robin Wright en primer plano, despertando esa inevitable sensación de uncanny valley propia de los videojuegos, desprovee de emoción casi por completo a la película.
Tampoco ayudan las transiciones digitales que parecen hechas con IA, en constante lucha con otro tipo de transición más orgánico, basada en fundir elementos entre épocas dándole un gran significado a cada transición entre historias. Historias que, por otro lado, dejando a un lado la principal, están muy desdibujadas y no aportan demasiado.
Aquí había potencial para hacer una gran película, o por lo menos una buena, y aunque tenga destellos propios de una gran película se queda en un intento fallido.
