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'Viaje mágico a África': Viaje a ninguna parte

Vía El Séptimo Arte por 06 de mayo de 2010

Todos soñamos. Y nuestros sueños son capaces de llevarnos a sitios y lugares que las palabras no pueden siquiera definir. Pero los sueños son de cada uno, casi como el DNI, personales e intransferibles. Por lo general formados por elementos unidos fuera de toda lógica y sin límite alguno más que la imaginación, entender según qué sueño ajeno es tarea casi imposible por cuanto hay de subjetividad en cada uno. Por este mismo razonamiento, ambientar o fundamentar un relato en el mundo de los sueños es una empresa resbaladiza, inestable, tramposa por naturaleza y casi imposible de solventar con buena nota.

Jordi Llompart, experimentado documentalista curtido en los últimos tiempos en el formato IMAX, presenta aquí su primera incursión en el mundo de la ficción con esta cinta promocionada como el primer largo no documental rodado íntegramente en 3D estereoscópico producido en Europa. Y para de contar, pues si exceptuamos lo eficiente que resulta por momentos su efecto estereoscópico, apenas encontramos algo de interés en una cinta sin pies ni cabeza cuyas probables buenas intenciones se ven truncadas por un guión inexistente y una torpeza narrativa, que no necesariamente visual, considerable.'Viaje mágico a África' es una de esas películas que, aparentemente, parecen surgir más de un concepto que de un propósito artístico, y donde su esqueleto narrativo se ha concebido como mero trámite para enfatizar su puesta en escena. Y si bien su bagaje visual solventa a veces, y sólo a veces, las carencias dramáticas de un relato eminentemente infantil, inofensivo e inocuo, éste no sobrevive a la falta de un verdadero motor narrativo. Su simplista discurso entorno a la magia y la imaginación, y lo bienintencionado de su mensaje ecologista no le restan de la necesidad de un guión que sea algo más que una fina línea de pensamiento argumental para sustentar el interés de los adultos. Si al menos su acabado técnico fuera soberbio este factor podría pasar algo más desapercibido, pero tanto las limitaciones del formato como de medios de la propia producción, evidenciado en unos efectos CGI pasables a ratos y nefastos en otros, dejan patente que se requiere de algo más de sustancialidad, y especialmente, maña con la composición.

Y es que este "viaje" no deja de ser una sucesión de imágenes y pasajes deslavazados sin más, inconexos e irrelevantes en un devenir sin rumbo ni destino más allá de su idílica y aberrada visualización de África, el concepto, sin realmente indagar en la naturaleza del continente y su alma, y mezclando, es un decir, los churros con las merinas. Inconsistente y fallida en cuanto a la suma de sus partes, irregular en todo momento, Llompart no logra romper la barrera que separa su corazón de documentalista e insuflar de narrativa a un relato que acaba tornándose excesivamente inocente e infantil, o lo que viene a ser lo mismo, estúpido y desganado. Llompart evidencia carencias enormes como guionista y realizador de ficción, ejemplarizado por las sosas y torpes escenas que requieren de su presencia como compositor de la historia, o en los pésimos diálogos que adornan con poco acierto el relato y que los actores repiten con poca convicción y credibilidad (todo ello, por cierto, rematado por un doblaje al castellano flojísimo). Y mención aparte para la incansable sucesión de canciones que adornan transiciones y demás con el objetivo de servir más de base para una CD que para conformar una verdadera banda musical de acompañamiento.

Interesante por cuanto representa una propuesta poco habitual en el cine español en el que la forma está por encima del fondo, no obstante, esta mezcolanza entre docuficción moralista se queda en tierra de nadie por culpa de dos defectos gravísimos: primero, el no centrar su técnica en una libreto con un propósito al que honrar, y segundo, confundir la simplicidad de la mágia infantil con estupidez banal y un discurso amoralmente maníqueo y arquetípico. Y es que al despertar, de entre tantos y tantos sueños, tan sólo recordamos aquellos que de verdad merecen la pena, no cualquiera. Y este no es uno de ellos.

Nota: 3.0

por Juan Pairet Iglesias

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