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'Manhattan sin salida' - Huida a medianoche

Vía El Séptimo Arte por 21 de febrero de 2020
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'Manhattan sin salida' tiene algo tan bueno que casi compensa todo lo demás, y es por llamarlo de alguna manera, su fisicidad. O corporeidad, por si gustan más de esta otra palabra. Es el tipo de thriller que hubiera podido protagonizar en su momento no sé, Denzel Washington, cuando los efectos digitales todavía no se habían adueñado de la industria del cine. Y en mi cabeza, ahora, resuenan títulos "tan varoniles" como 'Acero azul' o 'Ricochet', protagonizada por el propio Denzel Washington.

No recuerdo gran cosa de ninguna de las dos salvo sus respectivos carteles, como tampoco creo que mañana recuerde gran cosa de 'Manhattan sin salida'. Que, sin embargo, su título me pueda acompañar de por vida como el de las otras dos, ya es más que posible. Las otras dos, cuando podrían ser la norma de lo que ahora aquella podría ser una excepción. Lástima, eso sí, que lo sea más por parecer una excepción que por ser, propiamente dicho, algún tipo de referente en lo suyo.

Si es que 'Manhattan sin salida' es en realidad una excepción cuando no deja de ser, sin más ni menos, un thriller de policías y ladrones "chapado a la antigua", de los que se podrían haber rodado prácticamente tal cual hace 30 años. Con el mencionado Denzel Washington o el propio Chadwick Boseman, ambos con la misma poderosa presencia frente a la cámara en la piel de cualesquiera que sea el agente de la ley de turno con un estricto e inquebrantable sentido moral (a prueba de balas).

'Manhattan sin salida' tiene algo tan bueno que casi compensa todo lo demás, aunque en realidad ni es una sola cosa... ni en verdad, tampoco llega a compensar todo lo demás. Además de esa fisicidad (o corporeidad) tan contundente en las distancias cortas, tenemos un protagonista con carisma y una partitura de Henry Jackman & Alex Belcher con nervio. Todo ello nos retrotrae a cineastas como John McTiernan o Walter Hill; a esa honestidad, dignidad y economía de medios del "actioner" puro y duro.

Lástima que la buena mano de Brian Kirk y sus buenas intenciones generales choquen, de frente, con un guión cuyos vagos intentos en busca de dignidad se ahogan en su propia previsibilidad. La empatía, o la posible empatía que genera a través de su apariencia no puede derribar el muro que ella misma se construye, en una producción con tanta vocación artesanal como comercial, arquetípica y de una sola pieza completamente alejada de la valentía postmoderna de autores como S. Craig Zahler.


Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex


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