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Críticas de estrenos / Lion
« en: 31 de Enero de 2017, 03:31:57 pm »
Lion


SINOPSIS: El pequeño Saroo, de cinco años, se pierde en un tren en el que recorrerá miles de kilómetros por la India, lejos de su casa y de su familia. Saroo tendrá que aprender a vivir solo en Calcuta, antes de que una pareja australiana lo adopte. Veinticinco años después, y contando tan sólo con sus recuerdos, una determinación inquebrantable y las posibilidades que le proporciona la herramienta de búsqueda Google Earth, comenzará a buscar a su familia perdida, para reencontrarse con ellos.

CRÍTICA: Harvey Weinstein's Search Engine

Esta historia es real. O sea, que de verdad pasó. De verdad de la buena. Y si no te la crees, es tu problema. Y si no te emocionas, es que eres un monstruo. Dicho esto... un buen día, el pequeño Saroo salió de casa junto a su hermano mayor. Apenas llegaba a los cinco años de edad, pero ya se movía por este mundo con la valentía y agilidad de quien lleva décadas a sus espaldas. El chaval era listo y espabilado, y un encanto, y una ricura... pero era un chaval, al fin y al cabo. Aquel día cualquiera, cuando salió de casa junto a su hermano, el pequeño Saroo sabía en lo más profundo de su propio ser, que algo iba a pasar; que aquel sería un día para recordar... para bien o para mal. Y así fue. Entre idas y venidas, el pequeño Saroo perdió de vista a su hermano, y se quedó solo. Y esperó, y siguió esperando... pero nadie vino a buscarle. De modo que buscó refugio en un vagón de tren, y siguió esperando... y se quedó dormido. Y cuando despertó, estaba en la otra punta del país, a miles de kilómetros de su hogar. Y seguía estando solo, ni falta hace decirlo. Y nadie parecía querer ayudarle, y... lo que sigue es, si cabe, aún más chocante, e inspirador y, obviamente, real. De verdad pasó. De verdad de la buena. Y si no te lo crees, es tu problema. Y si no te emocionas, es que eres un monstruo.

Harvey Weinstein, productor de productores, amante del cine y bellísima persona, desde luego no era (ni es) un monstruo, y claro, al enterarse de la historia del pequeño Saroo, no pudo ni quiso evitar emocionarse. Tanto, que se concedió el lujo de verter alguna que otra lágrima a su honor (y al suyo propio) y de jurarle al universo que él, y sólo él, llevaría esta impresionante historia a la gran pantalla. Después de esto, se hizo con sus armas habituales para estos casos. Agarró el teléfono móvil, el bate de baseball y el cuchillo... por si las moscas. Llamó a su hermano y esbirro predilecto, le pidió que le consiguiera el número de contacto del joven Saroo, también el de Dev Patel (porque claro, el tal Saroo ése era indio) y por último el de Nicole Kidman, una de esas estrellas que el clan Weinstein tenía en nómina. Acto seguido, agarró el bate y se puso a aporrear puertas. La del abogado, la del CEO de aquel famoso buscador de internet, la del cuñado de Saroo, la de su primo segundo... todas las que se interponían entre él y la compra de los derechos de aquel compendio de valores humanos (algo con lo que el hombre estaba claramente familiarizado). Y así, tras haber puesto en práctica sus cualidades de ariete, y tras haber apuñalado a un par de personas (aquella historia tan bonita, es que lo merecía), Harvey se aseguró aquel tesoro, que sin duda le ayudaría a ampliar su palmarés particular.


Para esto último, es decir, para ganar premios (que desgraciadamente, a esto se reduce todo), era fundamental que la gente entendiera que la historia narrada era real. O sea, que de verdad pasó. De verdad de la buena. Y si no te la crees, es tu problema. Y si no te emocionas, es que eres un monstruo... Por esto Harvey se reservó los derechos de control absoluto de los primerísimos y ultimísimos instantes de dicha película. En ellos, se tendría que subrayar, sin compasión ni miramientos, el factor humano del relato; se tendría que dejar claro que esto, más que un film, sería una obra benéfica, y que por ello, darle apoyo (en las redes sociales, en taquilla, en las páginas de la prensa... en la temporada de premios) se traduciría en un acto de bondad tal que, de algún modo, se restablecería el orden moral en el cosmos. Y así se intenta dejar claro, sobre todo en un epílogo marca de la casa (Weinstein), en el que se incide, por enésima vez, en el carácter verídico de los hechos relatados, hasta llegar al punto de caer en ese tan típico (y grotesco) vicio de mostrar, al final de la función, a las personas detrás de los personajes... dejando hueco incluso para el anuncio de una página web a través de la cual se promete ayudar a todos los pequeños Saroos del mundo.

Saroo, por cierto significa "León", en inglés 'Lion', película que, efectivamente, podría aparentar no ser tal cosa, sino en realidad una campaña en favor de una serie de principios intachables... llevada a cabo con la desfachatez de quien se sirve de todo tipo de bajezas éticas para llegar así a la fibra sensible de un espectador con el sentido crítico desactivado. Cosas de las lágrimas, que no nos dejan ver lo que tenemos delante. En este sentido, el primer largometraje de ficción (no lo olvidemos) de Garth Davis, reputado publicista que hizo antes carrera en varias series televisivas, apesta en demasiados tramos a esas artimañas con las que el mainstream de prestigio nos intenta noquear a base de saturación sentimental. Lo que pasa es que, cuando no juega a hacer llorar al patio de butacas, se encuentran en él detalles, incluso maneras, de algo que, sin miedo, podría catalogarse de gran cine. Momento para repetir, por aquello de dejar constancia, el nombre del director: Garth Davis. Suyo es el mérito de elevar el producto hasta cotas insospechadas, al menos durante su primera hora de metraje. En ella, la cámara imita a la perfección la mirada de su joven protagonista, al tiempo que la transmite a un espectador que, de repente, se siente invadido por el miedo y la soledad ante la multitud.

Apoyándose en el magnífico trabajo en el apartado de fotografía de Greig Fraser (brillante en sus tonos oscuros), el director debutante ofrece un sobrecogedor retrato semi-silente (pero muy elocuente), más que de la India (que también), de una infancia cuyas traumáticas circunstancias nos hablan a la perfección de la sensación de desamparo del individuo (sin importar su nombre) ante un mundo de dimensiones y motivaciones igualmente monstruosas. Bendita contradicción. Hablando de... no deja de ser curioso (e ilustrativo) el que cuando Saroo va más perdido, sea cuando 'Lion' se muestre más segura a la hora de explotar sus -innegables- virtudes; el que cuando el mismo personaje parezca estar cerca de encontrar su tan ansiado destino, sea cuando el artilugio cinematográfico pierda más en interés; el que cuando Garth Davis vaya más por su cuenta (o lo que es lo mismo, cuando esté más lejos de la zona de influencia de los Weinstein), se antoje más atractivo su trabajo. Más allá de los momentos de inspiración, queda una segunda mitad demasiado prisionera de las rutinas académicas, en la que el abordaje a temas tan complejos como el desarraigo o los lazos familiares extra-sanguíneos se ve igualmente condicionado por la ranciedad de unas fórmulas que priorizan la lágrima fácil a la profundidad en la reflexión (que es ahí donde se encuentra el verdadero impacto). La historia es real, eso sí. O sea, que de verdad pasó. De verdad de la buena. Y si no te la crees, es tu problema. Y si no te emocionas, es que eres un monstruo. Queda claro, tanto como que ni los Weinstein ni Google encuentran siempre lo que buscan.

Nota: 6,5 / 10

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Críticas de estrenos / Los del túnel
« en: 25 de Enero de 2017, 11:23:51 am »
Los del túnel


SINOPSIS: Un grupo de supervivientes es rescatado después de permanecer atrapado quince días en un túnel. ¿Qué pasa cuando termina una película de catástrofes? ¿Qué ocurre con esos personajes después del "Fin"? Pues que quedan a cenar todos los viernes. Los personajes de siempre: el héroe, la adolescente rebelde, el matrimonio en crisis... y el idiota. Por una vez, el idiota va a ser el protagonista: Toni. Mientras los demás celebran estar vivos, Toni se plantea su condición de "idiota del grupo" y eso le sume en una crisis mayor que la propia experiencia de la catástrofe. ¿Conseguirá salir de ese túnel?


CRÍTICA: Game Over

Ahí estabas, en aquella barbacoa, en aquel estupendo evento social que tanto tiempo te había llevado preparar. A ti y a tu querida mujer, claro... y a tu queridísima hija, también, cuyo apoyo incondicional a todas tus empresas se vio también reflejado en esta nueva aventura. "¡Claro que podemos montar una barbacoa en el jardín de atrás, papá!", dijo ella, hará unas dos semanas, "Somos un equipo, ¿no? ¡Juntos podemos lograr cualquier cosa!" Y así fue. La familia aunó esfuerzos y, una vez más, triunfó. Montó la comilona más espectacular jamás celebrada en ese soberbio barrio donde vivía ese padre, y esa madre y esa hija tan cachondos, y tan simpáticos y tan bien compenetrados. Sí, la vida era bonita. Más que esto, era preciosa. Y luminosa, y divertida, y memorable en todos los segundos, minutos, horas y días que ofrecía. La vida era tan... tan... todo, que era épica. Así, en general. Solo que en realidad, no. En realidad, esas hamburguesas, chuletas, salchichas y chorizos que se estaban cociendo al aire libre, tenían una pinta bastante sospechosa. En realidad, las bromitas que se gastaba tu grupo de amigotes no tenían puñetera gracia. En realidad, tus colegas daban bastante pena. En realidad, tu familia era lo peor...

Te diste cuenta, por fin, de que todo aquello era insoportable; de que daba puto asco. Tanto, que ni todas las arcadas que pudiera generar tu estómago iban a bastar para hacerte sentir mejor. Aquella gente, aquel panorama... "aquello", exigía medidas más drásticas, más desesperadas. Un ataque al corazón o un ictus parecían, en aquel momento y circunstancias, las opciones más racionales. Las únicas posibles. Y así empezó a manifestarse aquella presión en el pecho, aquella parálisis en el brazo, aquel dolor punzante en la cabeza... Tu organismo estaba a punto de colapsarse, pero en vez de invadirte el pánico, sólo sentiste un alivio que si no llegó a total, fue porque temiste que aquel derrumbe se prolongaría más de lo deseado. "Ojalá me muera ya", te dijiste a ti mismo; "¡Ojalá me muera ya!", gritaste a los invitados. Pero nada. Ahí no pasó nada. Tras unos pocos instantes de -bienvenido- silencio, Paco, uno de los compis de la oficina, se acercó a ti, te dio unas palmaditas en la espalda y comentó, en voz altísima, que tú y sólo tú eras siempre el alma de la fiesta. Prosiguieron las risas, aquellas carcajadas que dejaban entrever el intestino grueso del sujeto. Tu mujer sonrío vagamente mientras negaba con la cabeza, tu hija escupió no una, sino dos veces en el césped y los choricillos siguieron emanando ese jugo grasiento que seguramente obraría más milagros que aquel intento de infarto que acababas de sufrir.

Desaparecieron los dolores físicos. Permaneció ese malestar interior. No moriste aquel día, en aquella barbacoa infecta... No porque tu cuerpo sanara por arte de magia, sino porque ya llevabas mucho tiempo muerto. Game Over, amigo. ¿Pero cuándo sucedió eso? ¿En qué momento se convirtió todo en una puta porquería? ¿Cuándo dejaste de molar? ¿Cuánto tiempo desde que dejaste de estar oficialmente vivo? Y te perdiste, por siempre jamás, en el túnel; en tus propios recuerdos. En una galería espantosa de memorias distorsionadas a conveniencia del consumidor. Una ficción, una mentira meticulosamente auto-diseñada para que la mierda que te rodeaba cada día no te matara del pestazo. Pero claro, llegó el momento en que el tufo se hizo tan fuerte, que ni los mantras buenrollistas repetidos frente al espejo, ni todas las tazas y/o pósters motivacionales de Mr. Wonderful pudieron evitar el derrumbamiento. Y ahí te quedaste, soterrado por las ruinas de todos tus proyectos; por el peso de tu propia ineptitud a la hora de construir algo que precisara de algo más que humo. Tu cuñado, siempre a los controles de la situación, intentó tranquilizarte diciendo que todo esto no era más que un pequeño bache, un bajón, la típica depresión que tal como vino, se iría... aunque claro, por algo era tu cuñado. Tu puto cuñado...


En éstas que llega a nuestras salas 'Los del túnel', nuevo trabajo de la dupla Pepón Montero & Juan Maidagán, quienes empezaran a destacar, en el año 2008 en la pequeña pantalla, agitando (todo lo que se pudo) el panorama nacional con un producto ('Plutón BRB Nero', la serie espacial impulsada por Álex de la Iglesia) ciertamente atípico dentro del conservadurismo y ranciedad que rigen normalmente en la oferta televisiva española. Ahora, casi diez años después, y tras varios proyectos juntos más, la pareja artística hace por fin el salto a la gran pantalla, sorprendiendo para bien (aunque en ocasiones, desconcertando para mal) con una película que, no hay dudas al respecto, se aleja también de los sabores con los que suele "deleitarnos" nuestra cinematografía. Su escena de apertura ya es impactante, no por el poder de las imágenes o de los sentimientos con los que juega, sino por cómo destroza los tempos de aquel film que esperabas... y que finalmente (y afortunadamente) no vas a recibir.

Porque puede que 'Los del túnel' tenga toda la apariencia de comedia (véase ese protagonismo casi absoluto de un Arturo Valls en continua y desesperada búsqueda de la complicidad cómica con los demás personajes de la historia), peor aún, puede que tenga pinta de "típica-comedia-española" (sí, por desgracia este subgénero existe). Puede que, en algún recóndito lugar de su propio ser, esta misma apariencia se quiera adoptar. Pero no va más allá de esto, de una fachada que oculta una cara mucho más amarga, y por ello, interesante y, claro que sí, reivindicable. El caso es que las secuencias se van sucediendo y en el patio de butacas se registran más bien pocas risas (algo que, también sea dicho, es misión prácticamente imposible en los pases de prensa de Barcelona). Entonces, la pregunta: ¿Tan pobre balance se debe a un público difícil, a la falta de puntería del producto o a que éste persigue en realidad otras metas? La respuesta, como en casi todas las películas que merecen ser comentadas y analizadas, no está nada clara... Aunque visto lo visto, cuanto más se piensa en ello, más se decantan las sospechas hacia la última opción. A fin de cuentas, puede que el prólogo no engañara.

Puede que el ponernos tan de sopetón en los momentos posteriores del evento que teóricamente tenía que marcar toda la película (a saber, un grupo de gente de todas las edades y procedencias queda atrapado en una montaña por el desplome de un túnel), sea algo más que una provocación. Y en efecto, lo que realmente proponen Montero y Maidagán es algo que podría catalogarse de auténtica deconstrucción, en clave ácida, de la disaster movie clásica, cuya épica acostumbra a sustentarse en una especie de catarsis colectiva que a la vez surge de una situación de supervivencia extrema. 'Los del túnel' parecen haber bebido de ello, pero este ingrediente, que en tantas otras películas supone el punto final, aquí no es más que un preludio, equiparable al gesto, valiente donde los haya, de aguantar la cámara allá donde parece que ya no hay nada más que ver. Lo mismo que quedarse observando, con la mirada fija, a un cómico después de que éste haya contado un chiste... sólo para comprobar que tras la gracieta de turno, al pobre hombre ya no le queda nada más por contar. Es la tristeza de Jimmy Fallon cuando le falla el teleprompter, por ejemplo. Esto es exactamente la cinta en cuestión, una especie de comedia fallida (de forma más o menos voluntaria) que hace del tropiezo del gag fallido el acierto de la reflexión dolorosa. Un retrato genial del malcontento causado por los sueños aplastados por la -falsa- felicidad del conformismo, vestido éste de aceptación e inconsciencia (reflejado todo ello en la discreta, pero sin duda muy apreciable composición de Nuria Mencía). Un fracaso del que no se puede escapar. Una derrota indigerible, ante la cual sólo cabe sumar adeptos. Ya se sabe, las cargas compartidas, pesan menos. Y ahora sí, ahora sí que toca reír.

Nota: 6 / 10

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Críticas de estrenos / La La Land
« en: 14 de Enero de 2017, 01:28:04 pm »
La La Land


SINOPSIS: Mia (Emma Stone), una solitaria aspirante a actriz y Sebastian (Ryan Gosling), un carismático aspirante a pianista de jazz, se enamoran en la ciudad de Los Angeles, una ciudad que les ha dado el amor, pero que también puede arrebatárselo. En una competición constante por buscar un hueco en el mundo del espectáculo, Mia y Sebastian descubren que el equilibrio entre el amor y el arte puede ser el mayor obstáculo de todos.

CRÍTICA: A los que miran, escuchan y sueñan...

Son exactamente las siete de una mañana cualquiera de noviembre, y hace un calor inhumano. Hace también dos horas que se ha apoderado de tu cuerpo una fuerte alergia hacia todo lo que tenga que ver con el género humano, así como hacia el mundo que éste ha construido. Todo da urticaria; todo despierta arcadas. Estás en Los Angeles (¿dónde sino?), ese asco de ciudad en la que hay que ir montado sobre cuatro ruedas hasta para conseguir una maldita barra de pan. El caso es que estás atrapado en ese ritual matutino al que en las otras partes del planeta se conoce como atasco. Aquí es simplemente un peaje. Otro más. Coches inmóviles a la izquierda, a la derecha, delante y atrás. Todos igualmente atascados; todos cómplices necesarios de esa trampa taquicárdica que cualquier sofocante día de esos, lo sabes, va a acabar contigo... A no ser que acabes tú antes con ella. Llegados a este punto, sólo dos opciones parecen entrar en los siempre estrictos límites de lo racional. Primera, la de Michael Douglas en 'Un día de furia': hacerte con un revólver, o una metralleta, o una escopeta recortada, o una carga de dinamita, o un bazooka (o lo que sea...) y ajustar con ello números con un universo que sin lugar a dudas es deudor de una cuenta de proporciones literalmente astronómicas.

Segunda, encender la radio y olvidarte, por un momento, de esa manía tan tuya de pensar que la música (y ya puestos, el cine) de hoy en día no vale nada. Navega un poco por el mar de emisoras y encuentra aquella en la que te sientas más a gusto. Y déjate llevar. Canta con todas las energías que tengas en el cuerpo. Fuera complejos, porque el cretino del coche de la izquierda, fíjate, está haciendo exactamente lo mismo que tú. Y el de la derecha. Y el de delante. Y el de atrás. Ya no son idiotas, sino criaturas gráciles, amables y virtuosas. Y cuando te has dado cuenta, resulta que aquella autopista infecta, la misma ratonera en la que estabas convencido de que ibas a morir miserablemente cinco minutos antes, se ha convertido durante este breve pero intensísimo período de tiempo, en la pista de baile más increíble que se haya visto jamás. Los de la carretera de al lado, atónitos ante tal espectáculo, detuvieron también sus vehículos y se apuntaron a la fiesta. Ni pudieron ni quisieron reprimir las ganas de formar parte de aquello. Y así, la juerga se extendió hasta los límites de la área urbana. Y los sobrepasó, y conquistó el país, y el continente, y el mundo entero... y por un momento, la vida volvió a ser maravillosa. Nos dimos cuenta, y ya había empezado 'La La Land'.

No estábamos aún en "La ciudad de las estrellas", sino en la de los canales. En el Lido, para ser más exactos, con la excusa de la 73ª edición del Festival de Cine de Venecia. Tras el tropiezo del año anterior con la indigna 'Everest', de Baltasar Kormákur, la organización tuvo a bien volver a dar a su película de apertura toda la envergadura que dicha institución merece, recordándonos de paso que inaugurar un gran festival, más que un privilegio (que también), es una responsabilidad. Así pues, prohibido dormirse en los laureles, mucho más amedrentarse. Y apareció Damien Chazelle... otra vez. En 2014, recordemos, en la 30ª edición del Festival de Sundance, tuvimos ocasión de conocerle. Se nos vendió que aquella película que presentaba a concurso era su debut... y en realidad no, pero como si lo fuera. El hombre (el chico, para ser más exactos) era un astro cuyo brillo todavía no había sido detectado por la mayoría de radares. Con 'Whiplash', que así se titulaba aquella bestialidad, lo pusimos por fin en el mapa. Dicha cinta, por cierto, sirvió como pistoletazo de salida para aquel certamen, y sin nosotros saberlo, ya estaba todo vendido en Park City. A ritmo de desenfrenada percusión jazzística, Chazelle arrasó. En Sundance, y en Cannes... y a poco se quedó de repetir en los Oscar.


Nada mal para un -falso- debut. Pues bien, dos años después, Venecia puso toda su confianza en el mismo niño prodigio... y volvimos a dar en el clavo. Y nos regodeamos en los placeres que sólo pueden ofrecer esas canciones irremediablemente pegadizas, que vamos a tararear para nuestros adentros hasta que el cerebro no pueda más. De esto va en parte la nueva propuesta de Chazelle, de recordarnos la inmortalidad de ciertas expresiones artísticas a las que quizás dimos por muertas demasiado pronto. Llámelo jazz; llámelo género musical. Al salir del pase de prensa de 'La La Land' en la Sala Darsena (donde se fueron encadenando los aplausos durante la proyección) era inevitable reencontrarse con buena parte de las sensaciones de aquel año en Sundance. No había dudas al respecto: Chazelle lo había vuelto a hacer. Y lo hizo perfeccionando su propia fórmula del éxito. Si en su -auténtico- debut, 'Guy and Medeline on a Park Bench' el cine y la música se enamoraron a primera vista; en 'Whiplash' se dieron una soberana paliza... y ahora en 'La La Land' danzaban y cantaban en perfecta armonía, demostrando que no existe mejor pareja de baile que una cámara ágil y una de esas partituras que contagia eso que sólo puede describirse como "la alegría de vivir".

Como en los mejores musicales. Del Vincente Minnelli de 'Un americano en París' al Martin Scorsese de 'New York, New York'; del Busby Berkeley de 'Desfile de candilejas' al Stanley Donen de 'Siete novias para siete hermanos'... 'La La Land' es puro gozo cinéfilo en su reverencia a un género que, de repente, parece estar más vivo que nunca. Es puro derroche. De carisma por parte de Ryan Gosling; de encanto por parte de una Emma Stone simplemente escandalosa. El resto, esa magia que sólo puede aportar el cine, va a cargo del más prodigioso de todos: el director, el guionista... el hombre orquesta. Éste, como ya se ha dicho, nos lleva a Los Angeles, esa ciudad donde todo se adora pero nada se valora, y done Sebastian y Mia se conocerán... y quién sabe si se enamorarán. Él es un músico peleado con el mundo, en su tozuda cruzada por preservar las esencias originales del jazz; ella es una joven aspirante a actriz, de momento derrotada por la ceguera de una industria que no puede (o no quiere) ver su talento. El planteamiento arquetípico del "chico-conoce-a-chica" estalla aquí en uno de los arranques más formidables que nos haya dado el séptimo arte en mucho tiempo, y discurre, a través de la hora y media restante, en una danza deslumbrante en la que la nostalgia se convierte en un gesto para nada anclado en el pasado.

Como si el CinemaScope se hubiera inventado ayer; como si lo cursi fuera en realidad cool (y así es); como si el flare azul fuera el complemento perfecto para el aroma a celuloide quemado. La adoración hacia la tradición es sólo comparable al compromiso para con el futuro. Modernamente clásica, o clásicamente moderna (qué más da), 'La La Land' es una maravilla de la coreografía, del plano secuencia (el primero de ellos mantuvo la boca abierta de quien escribe durante exactamente cinco minutos y medio) y de las notas como raíles en una montaña rusa emocional irresistiblemente encantadora. Damien Chazelle, consciente de que no se puede contagiar la pasión si ésta no se siente en la misma piel, vuelve a entender mejor que nadie que no hay sentidos que se complementen mejor que la vista y el oído. El que banda sonora y guión sean prácticamente lo mismo (algo que ya se daba en 'Whiplash') por supuesto no es fruto de la casualidad. "No sólo hay que escucharlo, también hay que verlo", le dice Sebastian a Mia en una escena del film. Se refiere al jazz, pero en un meta-guiño que no por obvio deja de ser bello, no es difícil imaginarse al propio Chazelle pronunciando las mismas palabras, refiriéndose ahora a una certeza que con él adquiere una nueva (?) dimensión: No hay cine sin música... y por lo visto, tampoco puede haber música sin cine. No es conveniencia, es puro flechazo. Es, ni falta hace decirlo, la auténtica historia de amor que alimenta "La ciudad de las estrellas", ese atasco gigantesco, lleno de insensatos que se atreven a soñar. "Es algo conflictivo, comprometedor y muy, muy excitante". De nuevo, lo dice Sebastian... y Chazelle, claro, a través de un cine que igualmente hace soñar.

Nota: 8 / 10

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Críticas de estrenos / Silencio
« en: 14 de Enero de 2017, 01:11:01 pm »
Silencio


SINOPSIS: Segunda mitad del siglo XVII. Dos jóvenes jesuitas viajan a Japón en busca de un misionero que, tras ser perseguido y torturado, ha renunciado a su fe. Ellos mismos vivirán el suplicio y la violencia con que los japoneses reciben a los cristianos.

CRÍTICA: 'Silencio' - La última tentación de Cristóvao Ferreira

Para ir de Lisboa a Nagasaki, hay que pasar antes por Goa y Macao. Para ello, se requieren meses de navegación penosa, luchando contra las fuerzas de la naturaleza y todo tipo de enfermedades, recorriendo la costa africana occidental y buena parte de las inclementes aguas del Océano Índico y Pacífico. El Canal de Suez, en la época en la que transcurre la acción, no llega ni a ensoñación descabellada del ingeniero más loco, y las noticias tardan todavía meses (a veces años) en cruzar los charcos. Y así, de un año para otro, el padre Ferreira, idolatrado seminarista portugués y heroico misionero en tierras japonesas, deja de informar sobre sus esfuerzos evangelizadores en tierras paganas. A partir de ahí, el más angustioso de los silencios. Nada. Sólo espacio y tiempo para que los rumores (algunos más malintencionados que otros) empiecen a ennegrecer el recuerdo de la virtud. Se dice, se comenta, se teme... que el pastor ha apostatado. Ante tales calumnias, Sebastiao Rodrigues y Francisco Garpe, dos de los alumnos más aventajados de Ferreira, deciden embarcarse en el viaje de sus vidas para demostrar que todas las injurias volcadas sobre su maestro no son más que esto, una dolorosa mentira.

De Lisboa a Goa va un puñado de meses de puro sufrimiento. De Goa a Macao, otro via crucis. De Macao a Nagasaki, más tormento... Y una vez en tierras niponas, aguarda la peor de las torturas: la que ataca directamente al alma. Para llegar de un extremo al otro del planeta, más que requerirse medios, se necesita mucha fe. Fe en que la palabra del Señor será bien recibida en territorio desconocido, fe en que ninguno de los incontables obstáculos que se van a encontrar durante el camino van a resultar insalvables... Fe en que el padre Ferreira no haya renunciado a la suya. El proceso de Martin Scorsese para adaptar al cine 'Silencio', novela pilar en el legado artístico del escritor nipón Shusaku Endo, también cabría definirlo como un auténtico salto de fe. De Lisboa a Nagasaki va una infinidad de millas náuticas, y de las páginas a la pantalla grande, van años... incluso décadas. Tiempo durante el cual el cineasta se desvive para que el proyecto no muera, batallando constantemente para que el olvido, el destino al que no pocos le condenan, acabe marcando el punto final de la travesía.

Hasta que llega el año 2016 (uno más, en el mundo no-tan civilizado), y justo cuando termina la temporada de festivales, la promesa se convierte en realidad. Ésta se materializa, dígase ya, en una traducción perfecta. Es tal el respeto que Scorsese muestra hacia el material ofrecido por Shusaku Endo, que la novela hasta podría adquirir el carácter de sagrada escritura. No se trata sólo de hacer una traducción, por así llamarla, literal (aunque también, al verse la práctica totalidad de diálogos, reflexiones y descripciones propuestas por el escritor, directamente reflejada en la película que ahora nos ocupa), sino también, y sobre todo, espiritual. Una vez más, toca hablar de fe... y de comprensión de los medios. De sus caprichos, necesidades y posibilidades. Y es que con los grandes discursos (y éste, sin duda lo es), para poder recitar, antes se tiene que haber entendido la lección. Si con 'El lobo de Wall Street' Scorsese se reencontró con su mejor versión para completar así la que se ha catalogado como la trilogía del American Gangster (compuesta también por 'Uno de los nuestros' y 'Casino', no en vano, dos de sus trabajos más logrados), ahora con 'Silencio' hace lo propio con el ya conocido como tríptico sobre la espiritualidad.


Primero fue 'La última tentación de Cristo', después 'Kundun' y ahora otro brillante ejercicio de mezcla (más bien de violento choque) entre la esfera íntima y la colectiva. Dos realidades y dos niveles narrativos (el de la crónica histórica y el de la reflexión espiritual) que avanzan paralelamente y que conviven como reflejo recíproco, compartiendo la naturaleza de la misma angustia, la que surge del escalofriante silencio del mentor (en este caso, Ferreira / Dios) ante una situación para la que éste no parece habernos preparado. En dicho escenario, el sujeto se ve obligado a lidiar con un más que comprensible complejo de abandono, que no hace más que magnificar su drama interior... hasta convertir su sufrimiento en una carga que pasa de personal e intransferible, a irremediablemente compartida. No sólo con las personas a su alrededor, sino también, claro está, con el propio espectador. Y recordamos de nuevo, por obra y gracia de Martin Scorsese, ese maestro siempre a nuestro lado, que la buena adaptación no se limita a copiar, sino a respetar las virtudes de la(s) referencia(s) con la(s) que trabaja.

En este sentido, Shusaku Endo planteaba en su libro un crescendo trágico que avanzaba implacablemente, y de forma cada vez más apresadora, hacia un clímax final desolador ante el que era casi imposible mantenerse impermeable. En esa devastación, el novelista (criado en el catolicismo, al igual que el realizador que ahora le homenajea) conseguía que la crisis de fe del protagonista en la ficción tuviera su réplica en una cuestión mucho más global, nunca mejor dicho. Así, la odisea de Sebastiao Rodrigues se convertía en la excusa perfecta para que Endo cuestionara el carácter universal del mensaje cristiano, una actitud que, en un presente marcado, entre cosas, por el avance imparable del movimiento globalizador, da un renovado interés a la obra en cuestión. Scorsese hace lo propio en una película que, hablando de reciprocidad, se beneficia de la exquisitez en la puesta en escena (sólo empañada ligeramente por alguna decisión estética algo desconcertante) y la dirección de actores (Andrew Garfield, por ejemplo, cumple con solvencia la auténtica primera prueba de fuego a la que se ha tenido que someter) y la nitidez en la narración de quien mueve ahora los hilos, para que su mensaje llegue ahora al receptor con igual -o incluso más- fuerza.

'Silencio' hace de la aritmética (se respeta a rajatabla la proporción 100 páginas; 1 hora de metraje) una opción que lejos de antojarse impostada, se descubre como la más natural, y por ende, deseable. A diferencia de Masahiro Shinoda (quien ya adaptara el mismo texto allá por el año 1971, en una película de idéntico título), Scorsese, consumado misionero, evita la tentación carnal de desviarse del camino propuesto por Endo (aunque siendo justos, pocos eran los pasajes en que Shinoda se atrevía a hacerlo), centrándose así en lo que verdaderamente importa: difundir la palabra, o para ser exactos, unas inquietudes claramente compartidas. Sin miedo a usar recursos mal considerados trillados (véase la voz en off) o a prescindir de aquellos en los que se han cimentado buena parte de los éxitos del pasado. En lo referente a este último aspecto, la irrupción prácticamente nula de la banda sonora en la narración es uno de los muchos síntomas que evidencian lo bien interiorizada que está la materia prima. El silencio, originalmente génesis del desconsuelo, convertido aquí en un alivio que permite que el texto respire. De la literatura al cine va mucho menos que de Lisboa a Nagasaki. Sin intromisión que valga. La religión (sea cual sea) puede que no, pero desde luego hay ciertos relatos que sí son universales. Silencio, el maestro está hablando.

Nota: 7 / 10

5
Críticas de estrenos / Malas madres
« en: 01 de Agosto de 2016, 12:03:19 am »
Malas madres


SINOPSIS: Como la mayoría de las madres modernas, Amy cuida de todos menos de sí misma. Su vida es perfecta: un matrimonio feliz, hijos de sobresaliente, una casa preciosa y un pelo perfecto los 365 días del año. Colabora en todas las actividades de la escuela y asiste a cada reunión de padres y madres de alumnos, todo mientras mantiene su carrera profesional. Y además hace que todo parezca fácil.

CRTÍCIA: Las madres perfectas

La mamá número 1 es una esclava de su propia condición. Desde que diera a luz por primera vez, se ha visto superada por eso de criar a los vástagos. Está que no puede con su alma porque se desvive por los demás. A la neurótica de su hija mayor le hace de psicóloga, día sí-día también. Al vago de su hijo le hace siempre los deberes y al inútil de su marido... le arregla directamente la vida. La mamá número 2 es como la mamá número 1, solo que en versión extrema, seguramente por un -inquietantemente- desarrollado gusto masoquista. A la pobre mujer, ya sea porque se lo cree o porque se lo han inculcado de mala manera, lo del patriarcado más rancio hasta parece que le viene bien. Como anillo de compromiso al dedo. La mamá número 3 ya pasa olímpicamente de todo. Encadena trujas con ligues a los demás papás de sus amigas. Es, por ello, y con toda seguridad, la más lista de todas las mamás. No del grupo, sino de todo el instituto, las cuales están gobernadas con mano de hierro por una cruel y maquiavélica reina de hielo que en realidad no hace más que volcar sus -infinitas- amarguras interiores en sus vasallas.

El panorama es ciertamente desolador, pero como siempre con los genios, el punto está en saber ver la comedia inherente en el drama. Por desgracia, en la dirección ni Jon Lucas ni Scott Moore se acercan siquiera a los mínimos de esa tan anhelada genialidad, de modo que toca sacar las risas sin sutilezas.  A patadas, ¿por qué no? Cueste lo que cueste, vaya, sin importar cuánto tengan que gastarse en la lista de la compra. Por todos es sabido que a las fiestas americanas (a las universitarias, por no desmerecer el tono de la cinta) se va o bien porque el anfitrión es lo más y existe la posibilidad de impregnarse de su popularidad, o bien porque el muy pringado ha decidido tirar la casa por la ventana. Con aquel equipo de música y aquel DJ que van a despertar a todo el vecindario, con aquellas estructuras hinchables que van a convertir su casa en el mejor parque recreativo, y sobre todo con aquella carga etílica (aderezada con otras drogas más o menos duras) que hará que la resaca de la mañana siguiente sea la más dulce(mente jodida) de toda la historia de la humanidad. En este segundo escenario nos movemos ahora...


... supuestamente. El modelo a seguir es el de otras tantas películas veraniegas del género. Siete años después, seguimos el rebufo (ya desgastado) de aquel punto de inflexión dirigido por Todd Phillips. 'Resacón en Las Vegas', cuyo guión venía firmado por los aquí realizadores, era una deliciosa y desmadrada celebración del síndrome de Peter Pan elevado a la enésima potencia. Algo así como una terapia de shock (con mucho rohypnol) a la crisis de los cuarenta, o si se prefiere, a la mierda ésa de ser una persona adulta con responsabilidades. Lo que pretende 'Malas madres' no dista demasiado de los objetivos conquistados por aquella -desternillante- revolución pueril, por desgracia, los resultados quedan demasiado atrás con respecto tanto a lo prometido como a lo pretendido. El problema, o el más importante, está en la escasa (por no decir nula) capacidad de Lucas y Moore a la hora de ahondar, ni que sea lo más mínimo, en el titular de la propuesta. De gamberras va la cosa, entendido, pero con sólo esto es imposible llenar más hora y media de metraje. Es que de hecho, sumando todos los momentos que consiguen arrancar sonrisas (no pedimos más), ni debe llegarse a los diez minutos. Los noventa restantes quedan en el ya clásico e incómodo limbo del silencio.

Y ahí estoy, en otro pase de prensa (perdón, en oootro pase de prensa) en el que los personajes en pantalla se lo pasan infinitamente mejor que los personajazos que estamos sentados en el patio de butacas... Excepto aquel que se ríe tanto por dentro (se supone), y aquel otro que sí se ríe de verdad, aunque seguramente sólo sea por la desesperación crónica acumulada a lo largo de tantos años al servicio de la noble y muy agradecida (y valoradísima, claro que sí) causa de la crítica cinematográfica. (Dios, ¿éste es el futuro que me espera a mí?) La historia, la de esta película, construida sin duda a partir de alguna playlist de grandes éxitos de Spotify, es un encadenado de situaciones en las que el exceso no hiere; sólo carga, y en las que la provocación de la irreverencia se confunde con la vergüenza -ajena- del petardeo. De acuerdo, a lo mejor los impulsos sádicos que rigen nuestras emociones se deleitan viendo la degeneración psico-física de alguna ex-estrella y cómo el prestigio (?) de determinadas actrices se hunde a ritmo de Icona Pop. A lo mejor el ''I don't care'' (en cristiano, ''Me la suda'') sigue teniendo su gracia... A lo mejor aquí no hay rastro de ella. A lo mejor he tirado a la basura otros 101 minutos de mi vida. A lo mejor hay algo de cómico en todo esto... y a lo mejor, para mí, no.

Nota: 3 / 10

6
Críticas de estrenos / Infierno azul
« en: 16 de Julio de 2016, 06:02:33 pm »
Infierno azul


SINOPSIS: En el tenso thriller 'Infierno Azul', Nancy (Blake Lively) está haciendo surf en una playa solitaria cuando un enorme tiburón blanco la ataca. Nancy se queda atrapada a apenas unos metros de la costa y, aunque está a solo 100 metros de la salvación, para alcanzarla tendrá que tirar de todos sus recursos y su voluntad.

CRÍTICA: Evasión y victoria

Los inconfundibles acordes de guitarra de Santo & Johnny empezaron a invadir acústicamente la sala. Para cuando llegaron a los tímpanos de James Cole, éste supo inmediatamente que aquel era el mejor sitio en todo el planeta. Sonaba el ''Sleepwalk'', aquella canción que tantas veces había escuchado antes... y que tantas otras veces tenía pensado escuchar de nuevo. No importaba la cantidad de repeticiones a las que la hubiera sometido, pues a cada nueva reproducción sonaba mejor, y ya de paso parecía incitar más y más la producción de esas endorfinas que tan a gritos le pedía el cuerpo. Y es que el pobre Cole no pasaba precisamente por el mejor de sus momentos. La vida y el universo en general venían puteándole de lo lindo desde el mismísimo momento en que adquirió conciencia, pero especialmente durante sus últimas semanas de vida. Su cuerpo y mente estaban al borde del colapso, y lo único que en ese momento crítico iba a servir de salvación sería un poco de esa siempre tan deseada evasión.

Y a eso se puso el pobre diablo. Aupado por el hilo musical que impregnaba la habitación, se concentró al máximo y fijó todos sus sentidos en la imagen que tenía delante suyo: una playa tropical bañada por el sol y, obviamente, un océano de aguas cristalinas. La cálida arena blanca invadía el espacio entre los dedos de sus pies y el romper de las olas estaba en perfecta sintonía con aquel ''Sleepwalk'' que jamás había sonado tan bien. Además, la palmera en la que estaba apoyado formaba un ángulo con respecto al horizontal del suelo ideal para apoyar en él todo el peso de su aquejada espalda, y las hojas del árbol, tambaleadas por la suave brisa marina que soplaba continuamente, llevaban a cabo un control casi quirúrgico de su temperatura corporal. Todo era perfecto; la felicidad, absoluta. En ese momento, el bueno de James giró ligeramente la cabeza hasta establecer contacto visual con uno de los pintorescos nativos que pasaban por ahí. ''Perdona'', dijo para romper el hielo, ''este sitio es fantástico... ¿Me podrías recordar cómo se llama?'' A lo que el otro, sin prácticamente inmutarse, respondió con una sonrisa y un misterioso silencio.

No es que los habitantes originarios de la región guardaran con recelo el nombre geográfico de dicho enclave por miedo a que la industria turística se enterara de su existencia y que, por consiguiente, acabara por agotar toda su esencia... es que en realidad, aquel lugar no existía. No era más que un cuadro colgado en una pared; una canción que despertaba viejos recuerdos y eternos anhelos; una metáfora, si se prefiere. De lo que no tenemos y, por ende, deseamos; de aquello que, aunque puede que no exista, sigue estando allí para ayudarnos a no pensar demasiado en ese día a día que nos mata por dentro. Lenta y dolorosamente. Es verano, no sólo en el calendario, sino también en una climatología que te obliga a salir de estas cuatro paredes que ahora mismo te están aplastando el alma. Miras a través de la ventana y ves a los chavales correteando libremente por la calle mientras tú... no. Sigues estudiando, o pegado a la pantalla de tu smartphone para lidiar con los problemas familiares/sentimentales de siempre, o escribiendo una crítica por la que no te van a pagar un duro pero que al menos, esto dicen, te va a servir para seguir hinchando el curriculum. Es la dictadura del CV... ante esto, ¿qué nos queda?


No mucho, la verdad. El consuelo de las pequeñas cosas. Y no, esto no va de vender cerveza, sino de otros placeres más o menos equiparables, pero supuestamente más nobles. Volvemos a la playa de marras. Atrás quedan las preocupaciones más rutinarias. Una carrera universitaria que no avanza ni a patadas, un padre que no deja de dar por saco, el recuerdo dolorosamente imborrable de una madre que se fue antes de lo previsto... Nada de esto parece importar en este sitio mágico que sabes que vas a tener que abandonar en poco tiempo, pero que precisamente por esto pretendes disfrutar al máximo cada segundo que pases en él. La playa no tiene nombre, pues no existe; la sala de proyecciones tampoco, pues puede ser cualquiera. El cine también tiene esto, que cuando más lo necesitas, más raudo acude (a veces) al rescate. En forma de boya a la que agarrarse para no morir ahogado; en forma de pistola lanza-bengalas para emitir señales de socorro; en forma de Blake Lively medio-flirteando con Óscar Jaenada, medio-enamorándose de ''Steven Seagull''... e intentando sobrevivir a los constantes y terribles ataques de un tiburón gigantesco.

Los caminos del entretenimiento palomitero (sus formas, al menos) son ciertamente inescrutables... que no imprevisibles. 'Infierno azul', nuevo film del catalán afincado en Estados Unidos Jaume Collet-Serra, es un producto que se debe a otros productos, tanto del pasado (la mención a la fundacional 'Tiburón', de Spielberg, no por obvia debe pasarse por alto) como de un presente al que, después de la experiencia, para nada le cambia la cara, pero que por el contrario, sí vemos con mejores ojos. Más complacidos, seguro. Cosas de adecuar la vista a las promesas apriorísticas. Éstas nos hablan, primero, de un proyecto maldito (el guión de Anthony Jaswinski fue pasando, durante años, de estudio en estudio sin que nadie se atreviera a hincarle el diente) a un tráiler que cuando por fin ve la luz, llama la atención, entre otras cosas, por el esmero con que retrata, durante sus primeros segundos, esas imágenes y sonidos que tan fácilmente identificamos con el eternamente deseada salvación del escape. Los posteriores bocados del escualo, por tantas veces visto antes, casi que no importan. Lo que realmente pesa son esos momentos previos de calma en los que poder desconectar el cerebro y zambullirse, porque ya va siendo hora, en ese mar de sensaciones (más o menos impostadas, qué más da) que tanto placer proporcionan. No hay playa, de acuerdo, pero no importa, siempre y cuando logremos engañar al sistema neuronal.

En este sentido, Collet-Serra vuelve a erigirse como el profesional que es, manufacturando una vez más una película tan consciente de sus ambiciones y posibilidades que ni por un segundo se le pasa por la cabeza la insensatez de ir más allá de lo que se espera de ella. De lo que se trata es, en primera instancia, de no quedar en evidencia, y después, de honrar el código del buen cumplidor. La propuesta es ciertamente mínima, pero en la era de las 'Gravity' o 'Buried' (no en vano, Blake Lively, pareja de Ryan Reynolds, no ha dudado en definir este film como una especie de réplica acuática del famoso largo que catapultó internacionalmente el nombre de Rodrigo Cortés), no tiene por qué estar reñido con el espectáculo. Éste se queda, por pura decisión tomada en frío, en poco más que entretenimiento; en un pasatiempo inteligente a la hora de ocultar sus carencias y explotar sus virtudes. A saber, una factura visualmente bella, un entorno en el que el director se mimetiza la mar de bien y una gestión de la tensión óptima para convertir la angustia de la supervivencia en el gozo de la evasión. Nada más y nada menos. La hora y media estipulada en el programa ha pasado en un abrir y cerrar de ojos. Y ya. No hay playa, está claro. ¿Quién la necesita, teniendo una sala de cine?

Nota: 5,5 / 10

7
Críticas de estrenos / Todos queremos algo
« en: 04 de Julio de 2016, 02:04:38 pm »
Todos queremos algo


SINOPSIS: Jake llega a la Universidad de Texas en su deportivo, con las ventanillas bajadas y la música a todo volumen. Le esperan sus nuevos compañeros del equipo de beisbol. Quedan sólo unos días para arranque el curso, pero piensa aprovecharlos. Unos días para conocer chicas, ir a fiestas y hacer amigos.

CRÍTICA: Momentos del 80

Por un -brevísimo- instante estuviste muy a punto de sentirte mal, pero por suerte, tan rápido como te vino ese arrebato de mala conciencia, igualmente rápido se fue. El choque de sensaciones en el que te hallabas no era para menos, y como al fin y al cabo no eres impermeable, te viste casi obligado a sentirte mal. Ni que fuera sólo un poco. El caso es que todo el mundo a tu alrededor se estaba ahogando en un mar de lágrimas; estaban que no podían respirar de la angustia. Tus padres, tus tíos, tu abuelo, tu hermana pequeña, tus colegas de toda la vida... y tú, mientras, que no cabías en tu cuerpo de tanta alegría, de la ilusión, de la excitación... de las ganas de comerte el mundo. De modo que pusiste rumbo a la universidad y pisaste a fondo el pedal del gas. Atrás, ya pequeño en el retrovisor, quedó aquel viejo y algo destartalado edificio (el instituto, vaya), convertido en poco más que un punto borroso. En el horizonte frontal aparecía el próspero y fértil verde de los terrenos de juego, que se mezclaba con los anhelos cárnicos de los cotos de caza. Los campos (de baseball) en el campus (universitario, se entiende).

Pasada la pubertad, era el momento de la edad ''adulta''. Atrás la década de los 70, delante la de los 80. Los frenos del coche no funcionaban, pero a ti esto no te importaba; ni quisiste darte cuenta. Ellos estaban tristes porque te ibas, y tú estabas exultante por esto mismo. Sonaba a todo trapo el ''My Sharona'' de The Knack... y no, no podías estar más on fire. Estabas tan pletórico que en realidad no importa demasiado si las sensaciones, recuerdos y otros detalles sobre los que se construye este cuento son ciertos o no; si llegaron a existir o si, por el contrario, no fueron más que una alocada ensoñación. De esto se trataba entonces, de fantasear; de fantasmear. Lo que venía a ser librarse al exceso. Con 'Todos queremos algo' se puede decir sin miedo a equivocarse que Richard Linklater vuelve a la escena del crimen, 23 años después en la vida real, y sólo 4 en la no-tan-real. El autor tejano llega a la cita tan confiado (no en vano, el remate de la trilogía ''Antes de...'' y la colosal 'Boyhood' le han puesto por fin, al menos entre la crítica cinematográfica, en el lugar que tanto se merece), que le sobra confianza y autoridad (faltaría más) para declarar que ha rodado la ''secuela espiritual'' de 'Movida del 76'. Y sí. Es exactamente así.


El título original de aquella cinta de culto era, por cierto, 'Dazed and Confused', ilustrativa alusión tanto al aturdimiento como a la confusión que impregnaban buena parte de aquel relato sobre los ritos iniciáticos socio-tribales que marcan el tempo en esa etapa en la que el sistema hormonal empieza a tomar el control del cuerpo. En lo que aquel título ocultaba mejor las cartas era en lo que nuestra traducción sí destapaba, esto es, el -divertidísimo- desmadre que implicaba el tener a tanto joven suelto por la calle. Lo mejor es que en el espacio dejado entre una versión y la otra, aparecía ese otro vacío (generacional, existencial) gracias al cual el espectador hasta podía llegar a adaptar el producto al estado de ánimo (incluso espiritual) con el que llegaba al último fotograma. Saber poner el punto final (?) a la historia (uno de los mejores dones de los que siempre ha hecho gala Linklater) se tradujo en una mezcla prácticamente perfecta entre lo estimulante y lo amargo presente en cada uno de esos grandes saltos en los que la imposibilidad de volver atrás iba de la mano del desconocimiento absoluto sobre lo que aguardaba al otro lado.

Así, lo que a priori tenía todos los números para ser ''otra-estúpida-comedia-sobre-y-para-mandriles'', se convirtió, por puro genio, en acertadísima radiografía vital marcada por la angustiosa amenaza de verse fuera del clan. En 'Todos queremos algo' parece que estemos en las antípodas de este miedo del paria. Adiós a los ''slackers''... o no. Los protagonistas de esta función forman el núcleo duro del equipo de baseball de la universidad (de la que sea). Sus integrantes son en su amplia mayoría (y en espera de una riqueza financiera que a lo mejor está por llegar) la versión simpática del carisma ''cristianoronaldista''. Son jóvenes, guapos, buenos jugadores... pero es que además, caen bien. Normal que organicen las fiestas más apetecibles de toda la ciudad; normal que no se pierdan ni una. Normal que Linklater se apunte a todas ellas. La excusa está servida y la cuenta atrás (el puñado de días previos a empezar a rendir cuentas al curso académico) está activada. La base es ésta, y parece que todo lo demás avance por simple e insultante inercia. Casi como quien no quiere la cosa; como si los logros conquistados estuvieran al alcance de cualquiera... solo que, como nos ha enseñado la experiencia, no. Será por esa maldita obsesión en dejarse cegar por el highlight; por no saber interpretar el silencio entre notas.

Lección que tienen bien aprendida los fans de Pink Floyd, y obviamente el cineasta nacido en Houston, quien vuelve a su amada Austin (y alrededores) para confirmarse, una vez más, como maestro retratista de esos instantes que definen una vida. La de los personajes y, por qué no, la nuestra misma. Su inconfundible cine de momentos (aquellos por los que algunos pasaban y otros se querían quedar) retoma la particular cruzada de ennoblecer el género al que ahora rinde tributo, sin faltar a la naturaleza plebeya de éste. La acción de 'Todos queremos algo' se sucede al ritmo que marcan las farras estudiantiles. Su convocatoria, su organización, su celebración y, obviamente, su correspondiente resaca, antesala de la siguiente bacanal. Y así durante casi dos horas en las que, atención, la diversión no está exenta de ese poso humano marca de la casa, imprescindible para dotar de fondo a la chavalada, (una auténtica rareza en las latitudes en las que nos movemos) y para que la retahíla de anécdotas (de obvio calado autobiográfico) no se quede en la mera sonrisa. Ésta evoluciona fácilmente en carcajada y, mejor aún, en ese sentimiento entre reconfortante e inquietante que sólo puede dar esa nostalgia semi-sugestionada. Con su nuevo film, Linklater pone otra piedra en esa catedral que es la memoria colectiva de esa época (histórica y/o personal) que, a fuerza de tanto mitificarla, quizás jamás sucediera. No cómo la contamos, pero quizás sí cómo la recordamos. Por obra y gracia de un cine tan jovialmente fantasioso como sincero y certero a la hora de acercarse a lo que más importa: esos machos alfa, pringaos', fumetas, gurús y grandes amores que, desde luego, sí existieron.

Nota: 7 / 10

8
Críticas de estrenos / Dioses de Egipto
« en: 23 de Junio de 2016, 12:30:03 am »
Dioses de Egipto


SINOPSIS: En el antiguo Egipto, la supervivencia de la humanidad pende de un hilo al tiempo que un inesperado héroe mortal llamado Bek (Brenton Thwaites) emprende un emocionante viaje para salvar el mundo y rescatar a su verdadero amor. Para tener éxito, deberá contar con la ayuda del poderoso dios Horus (Nikolaj Coster-Waldau), formando una improbable alianza contra Set (Gerard Butler), el despiadado dios de la oscuridad que ha usurpado el trono de Egipto, sumiendo al en su día próspero y pacífico imperio en el caos y el conflicto. Mientras su asombrosa batalla contra Set y sus secuaces les lleva al Más Allá a través de los cielos, el dios y el mortal deberán pasar pruebas de valentía y sacrificio si quieren tener esperanzas de prevalecer cuando llegue la épica confrontación final.

CRÍTICA: ¡Mis ojos! ¡Mis ojos!

Todo está a punto para el evento más importante del último milenio. El pueblo llano y los dioses han dejado aparte sus diferencias y han decidido mezclarse (aunque sin revolverse demasiado) para celebrar por todo lo alto la coronación del que será nuevo rey de Egipto durante, por lo menos, los próximos mil años. El padre, Osiris, que es muy justo, sabio y benevolente, ha decidido abdicar y ceder la responsabilidad del cargo a su hijo, Horus, que es un golferas empedernido, pero que es tan guapo, tan inteligente y tan encantador, que no hay quién no caiga rendido ante su gigantesco carisma. De modo que todo el mundo contento e ilusionado, a más no poder, ante tal relevo generacional. La euforia se palpa en el ambiente, en las ostentosas y algo lujuriosas galas con las que los devotos han acudido a la cita, en las toneladas de confeti arrojadas, en cómo brillan las hojas de aquellas palmeras colosales que presiden la gran avenida de la capital del reino. Pero espera un segundo, ¿de qué están hechos esos magníficos árboles? De rubíes. ¿De rubíes? De rubíes, sí. Olé. Viva el lujo, viva el derroche, viva el deslumbre, viva la ceguera que me está causando todo esto... ¡Viva el mal gusto!

Así están los ánimos. Así va la juerga. Se impone la algarabía, el furor, la despreocupación... La desproporción. Hasta tal punto que las defensas (ante lo que pueda surgir) bajan por debajo de cero, y claro, así los malos se pasean por el escenario como Seth por el desierto. Hablando de... se hace el silencio cuando el hermanísimo proscrito del magno rey irrumpe en la fiesta. Las risas, los cánticos y los vítores cesan de repente. En la memoria de los invitados, muy fresco está, todavía, el recuerdo de la última fiesta en la que se invitó a tal energúmeno. El tipo se puso borracho perdido, a base de un peligroso cóctel compuesto por cerveza, hidromiel, amargura y resentimiento. Antes de que se sirviera el segundo plato, ya estaba manoseando a las pobres camareras, se había meado dos veces en las palmeras de rubí (¡no, en los rubíes no!) y se había encargado de cagarse (no literalmente) en todos los muertos de los invitados. Por supuesto, el muy desgraciado no llegó a los postres. Para entonces, el bueno de Osiris ya le había arrojado al Nilo, donde el muy trompa se quedó sobando la mona, flotando cuesta abajo cual mesías en un cesto. No se supo nunca más de él... hasta hoy. Silencio en la sala. Pura tensión; puro mal rollo. Y volvemos a empezar, solo que esta vez no va a mediar palabra o insulto alguno. El follonero va al grano, cometiendo el más brutal de los regicidios jamás visto, y abalanzándose, a los pocos segundos, sobre el siguiente eslabón en la línea sucesoria. Cuando nos hemos querido dar cuenta, Osiris yace muerto en el suelo, y Horus agoniza patéticamente. Dos chorrazos de oro emanan de sus ahora vacías cuencas oculares. El pobre diablo sólo es capaz de gesticular dos palabras: ''¡Mis  ojos! ¡¡Mis ojos!! ¡¡¡Mis ojos!!! ¡¡¡MIS OJOS!!!''


A un volumen tan alto, que sus alaridos traspasan la pantalla y su eco resuena, ad eternum, en el patio de butacas. ''¡Mis ojos!'', grita un crítico; ''¡¡Mis ojos!!'', responde otra crítica... A los pocos segundos, el clamor se ha generalizado: ''¡¡¡OH DIOSES, MIS OJOS!!!'', bramamos todos al unísono. Es el pase de prensa de 'Dioses de Egipto', una de las experiencias más inmersivas que nos ha dado el cine en muchos años. Ahí está el guaperas de Nikolaj Coster-Waldau, lamentando la pérdida de visión a la que su cruel tío le ha condenado... y ahí estamos nosotros, haciendo lo propio, pero con Alex Proyas como principal (como único, vaya) criminal. Muy felices nos las prometíamos algunos antes de entrar en la sala. Las charlas previas venían presididas por un inequívoco sentimiento de mofa en desternillante mayoría absoluta. Por lo menos los dos tercios de la cámara admitieron acudir a la cita con la curiosidad de ver en qué resultaba uno de los peores tráilers de la temporada, y obviamente, una de las cintas que con peor feedback llegaban a nuestro territorio. En efecto, y como casi siempre, los dioses desembarcaron en otros terrenos, antes que tener que profetizar en el desierto que es el mercado doméstico, y allí, al otro lado del charco, ya empezaron a ser dilapidados. Masacrados. Sin piedad.

El elemento morboso, principal aliciente apriorístico, nos explotó en toda la cara, en cruel cumshot facial de más de dos horas de duración. La cosa, por  así llamarla, era realmente tan mala como parecía... incluso más, brindándonos así la Divina Providencia una ocasión de oro para poner a prueba la ancestral regla de la valoración circular de los chistes. ¿Sabes aquellas bromas que son tan-tan terribles que no te queda otra que partirte de la risa? Pues más o menos así. 'Dioses de Egipto' es un desastre de tales magnitudes que sería injusto no reconocer al genio que está moviendo sus hilos. Es parte de la gracia, y al final, de la tragedia. De proporciones griegas, quién sabe si egipcias. Es tan ruidosa, es tan absurda, está tan acelerada (aburrirse, también hay que admitirlo, es imposible)... es tan excesiva, que hasta podría ser una obra maestra. Solo que no. Todo lo contrario. Lo fascinante (y triste) del asunto es que Alex Proyas sigue mostrándose como un cineasta único en su especie, atrapado en una suerte de limbo pesadillesco ente las alas liberadoras de la autoría y el frío y calculador cerebro de la comercialidad. El monstruo resultante es, efectivamente, una aberración... de la que no obstante cuesta dioses y ayuda despegar la vista.

El problema, el más importante, está en la abismal descompensación entre las ideas del director y lo que la pantalla acaba plasmando. Como aquel presidente nuestro en funciones, cuyas ocurrencias sin lugar a dudas deben ser brillantes, pero que cuando toca expresarlas en mundanas palabras, quedan reducidas a la más inmunda de las idioteces. Como si nada ni nadie supiera darle forma a la -desbordante- personalidad del producto (estamos pues, muy por encima de las infumables ''Ira/Furia de titanes'' modernas... y no demasiado lejos de la fallida 'Immortals', de Tarsem Singh). Para muestra, uno de los muchos desvaríos sobre los que se construye la cinta: la misión que cada noche tiene que a llevar a cabo Amón-Ra para que el caos y la oscuridad no se apoderen de su amada creación. Un momento conceptualmente poderoso; imponente... pero visualmente horrible. Esto, y todo lo demás, es tan feo, que hasta podría ser visionario. A lo mejor, en un futuro lejano, los arqueólogos rescatarán este material, y cuando hayan hecho todos los pertinentes tests del carbono 14, tendrán que admitir que fue en este momento cuando se inició esa ''nueva'' forma de arte imperante en el siglo XXV. Al fin y al cabo, no olvidemos que de Alex Proyas es la imprescindible 'Dark City', a la que el tiempo le ha otorgado el status que se merecía: Primera piedra de ese cine espectáculo al que l@s Wachowski acabaron de dar forma. En el caso que ahora nos ocupa (suerte de orgía kitsch híper-digitalizada entre 'Stargate', 'Power Rangers' y 'Los caballeros del Zodiaco'), es muy improbable que se repita esta evolución histórica. La técnica, sobre la que se ha volcado demasiada (¿poca?) fe, se ha encargado de ello. De convertir la inspiración en ridiculez; al demiurgo en dios caído; de torpedearlo todo... de arrancarnos los ojos.

Nota: 4 / 10

9
Actualidad / 73ª Mostra - Line-Up
« en: 17 de Junio de 2016, 05:24:29 pm »

10
Críticas de estrenos / Eddie el Águila
« en: 09 de Junio de 2016, 10:42:07 pm »
Eddie el Águila


SINOPSIS: Eddie El Águila es una historia emotiva sobre Michael “Eddie” Edwards (Taron Egerton) un peculiar y valiente saltador de esquí británico que nunca dejó de creer en sí mismo, incluso cuando una nación entera le excluía. Con la ayuda de un entrenador rebelde y carismático (interpretado por Hugh Jackman), Eddie consigue ganarse el corazón de todos los fans del deporte logrando competir en los Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary 1988.

CRÍTICA: Whisky con leche

La historia del olimpismo está marcada, como no podía ser de otra manera, por grandes hazañas; por historias de esfuerzos titánicos recompensados con los mayores honores. Por esa voluntad inquebrantable de romper las barreras físicas y mentales que supuestamente marcan los límites del ser humano. Se reduce todo, en definitiva, a querer ir más allá de estas fronteras; a desearlo con tanto convencimiento, y a tener tanto talento, que lo que antes parecía imposible, pase ahora a formar parte de la más fantástica de las probabilidades. Está todo esto, claro... pero también lo que viene por detrás. Porque resulta que debajo del podio también hay vida inteligente, y ésta puede ser tanto o más fascinante que la que ocupa los cajones más altos de la gloria. Es este sub-mundo de perdedores anunciados o de triunfadores contra todo pronóstico, en el que las distancias vuelven a adquirir estas proporcionas tan humanas (¿mundanas?), factor imprescindible para que se produzca la identificación del espectador para con el show que está presenciado... que de esto también (sobre todo) viven los Juegos, ¿no?

De modo que siempre toca admirar el mérito colosal que tienen monstruos del calibre de Jesse Owens, Usain Bolt, Haile Gebrselassie o Michael Phelps, por pulverizar todos los records habidos y por haber; por hacernos vibrar con cada nueva marca histórica conquistada... Pero no menos respeto merecen ''esos otros'', desde el mítico nadador Éric Moussambani, quien por poco no se ahogaba cada vez que saltaba a la piscina, hasta el bueno de Steven Bradbury, quien se colgara, sin quererlo ni buscarlo, una de las medallas de oro más increíbles de la historia de la humanidad, pasando por otras leyendas como Paula Barila Bolopa, Hamadou Djibo Issaka, Philip Boit o Trevor Misipeka... Todos ellos (y los que nos quedan) forman parte de una especie de Olimpo freak; una suerte de gran familia de hijos bastardos de algún semi-dios descarriado. Puede que su llama no arda con mucha fuerza, pero sin duda siguen llevando su testigo, pues sus aptitudes y su nivel competitivo a lo mejor ni lleguen a la excelencia de las plusmarcas regionales, pero su lucha (contra las tendencias, la historia y, en general, el mundo) es una carrera de obstáculos igualmente trepidante, y con la que, muy fácilmente, se puede empatizar. Ahí está la magia.

¿O no fueron los Juegos Olímpicos de Invierno celebrados en Calgary los más épicos de la historia? ¿Y no lo fueron gracias a, por ejemplo, Devon Harris, Dudley Stokes, Michael White, Samuel Clayton y Howard Siler (es decir, el equipo jamaicano de bobsleigh)? ¿Y qué decir de Michael Edwards? Perdone... ¿quién? A los primeros les tenemos ubicados en el mapa gracias a aquel clásico (bueno, no tanto) de la Disney con John Candy, titulado 'Elegidos para el triunfo', pero el segundo no nos suena tanto... Hasta la llegada de 'Eddie el águila', nuevo filme de la que, a estas alturas, ya puede definirse como la factoría Matthew Vaughn. El director, guionista y productor aparece en esta ocasión en calidad de lo último, auspiciando así el tercer largometraje del actor (de profesión) Dexter Fletcher, quien para la ocasión rescata del olvido una de esas pequeñas historias que hacen del deporte algo tan grande. Grosso modo, la cosa va de seguir los pasos que llevaron al joven Michael ''el águila'' Edwards (¿ya va sonando más?) a convertirse en el primer representante de la Gran Bretaña en la modalidad olímpica de salto de esquí, en los citados Juegos de Invierno de 1988.


Ésta fue la conquista... ridícula, quizás, a escala de medallero, pero brutal, seguro, a ojos de un viejo y algo amargado escayolista inglés, quien descubrió, de un día para otro, que el cabezota de su hijo salía por la tele, y que se había convertido en un ídolo de masas. ¿Pero lo fue realmente? ¿O no pasó de anomalía que los medios de comunicación explotaron, muy sádicamente, por aquello de ceder a la tentación de la mofa pública? Seguramente fue ambas cosas. Seguramente el tipo fue un héroe y a la vez un payaso; seguramente el perdedor ganó; y seguro, segurísimo, que la leche casa con el whisky. 'Eddie el águila' tiene la discreta pero muy bien aprovechada virtud de la combinación; de conocer la naturaleza bicéfala de su historia, y de saber que así mismo nos la va a presentar. En otras palabras, Dexter Fletcher hace de la comprensión del material de base el fundamento para una presentación que, tanto por comicidad como por emotividad, convence, divierte y hasta hace vibrar. Lo que debía ser adaptación se convierte así en reinterpretación, que seguramente ignora la realidad cuando más le conviene (el personaje de Hugh Jackman es ficticio, por ejemplo), pero que nunca falla a la verdad, en lo referente a conservar los valores de aquella intrascendente proeza de Calgary '88.

En éstas que entra en escena un casi irreconocible Taron Egerton, convertido en el ya famoso Michael Edwards. El tipo (el actor) se esconde detrás de unas gafas más granes que su cara, y de una serie de muecas que no se sabe si están levantando, o por el contrario derribando muros entre persona y personaje. En esta dualidad, tan extrañamente atrayente, se asienta la película, y sabe sacarle partido durante su poco más de hora y media de metraje, en la que los mecanismos de la feel-good movie deportiva quedan tan expuestos (véase la manera de regodearse en los clásicos montajes musicales para sintetizar los momentos de entrenamiento), que a lo largo de todo el recorrido nos acompaña la -maravillosa- incertidumbre de no saber distinguir entre el ''reírse-de'' y el ''reírse-con''. Poco importa, ya que una opción parece tan legítima como la otra. Y es que aunque pueda parecerlo, no hay ni pizca de mala intención, pues pensado con frialdad, el saltador se prestaba tanto a la burla como al abrazo. Su entrenador, no se sabe si el que existió o el que ha creado la (semi-)ficción cinematográfica, en este mismo debate se encuentra.

El tío, duro donde los haya, se toma el enésimo lingotazo de whisky del día mientras, incrédulo, observa cómo su pupilo hace lo mismo pero con un vasito de leche... Y nosotros, que lo vemos desde la distancia, sabemos que no podíamos estar en manos de mejor pareja. La química entre Jackman & Egerton, así como el carisma que cada uno desprende por separado, constituyen de por sí motores lo suficientemente potentes como para hacer que la función, impregnada de una pegadiza nostalgia ochentera, avance como por pura inercia. No importa ni el que los CGI's fallen estrepitosamente en los momentos más delicados... incluso sirve para reivindicar, en cierto modo, la mística de la imperfección, o como diría la prensa anglosajona, el encanto del ''underdog''; del ''heroic failure''. El fracaso heroico que, efectivamente, nos recuerda que en esto del deporte, como en la vida en general, los topes los ponemos nosotros mismos. Pues bien, con el listón fijado aquí, Dexter Fletcher parece un auténtico campeón. El nivel era más bien bajo, pero había que cumplir, y tener los cojones de saltar. Y ahí va el loser, saliendo a hombros del estado; con la cabeza bien alta. Se lo merece.

Nota: 6 / 10

11
Críticas de estrenos / Francofonia
« en: 04 de Junio de 2016, 02:07:18 am »
Francofonia


SINOPSIS: En la Francia ocupada de la II Guerra Mundial, las autoridades nazis decidieron proteger, pese a las circunstancias, la mayor y más valiosa colección de pintura del mundo: el Museo del Louvre. A través de la historia de Jacques Jaujard y el conde Franz Wolff-Metternich, en el París de 1940, Sokurov explora la relación entre el arte y el poder, siendo el Louvre el principal lugar de la civilización viva. Ambos hombres protegieron los tesoros de dicho museo al mismo tiempo que los grandes ejércitos arrasaban el corazón de la civilización dejando muchas víctimas por delante.

CRÍTICA: El arca francesa

El corazón de la nación más potente del mundo hace tiempo que perdió dicha consideración. A lo mejor la geografía le sigue dando la razón, pero todo lo concerniente a la economía, demografía, política... no podía irle más en contra. La antaño bomba de sangre ahora no se sabe muy bien qué es exactamente; mucho menos a qué función obedece. Simplemente está ahí. Sigue en pie, que vista la tormenta que cayó, no es poco. Y es que la que en su día (nos remontamos un siglo en la máquina del tiempo) llegara a ser la ciudad que registrara un mayor ritmo de crecimiento en todo el planeta, ahora conocía la amargura de encabezar la dinámica más inversa. La culpa, como con otros muchos males de nuestro tiempo, era de la crisis, de su austeridad y de esas angustiosas y renovadas obsesiones por encontrar dinero de dónde fuera. Detroit se hundía y si no se hacía nada al respecto, desaparecería, sin siquiera dejar rastro de su existencia... Hasta que a algún iluminado se le ocurrió tomarla con el arte. Bingo, la capital histórica del motor había ido acumulando, a lo largo de los años, un patrimonio que había llenado, como en pocos otros sitios del mundo, sus museos. Y claro, ¿qué se iba a priorizar? ¿Las escuelas? ¿Los hospitales...? ¿O los cuadros?

Pues eso. En uno de los muchos -desesperados- intentos por reanimar la maltrecha salud de la ciudad, el ayuntamiento decidió desprenderse de lo que, a sus ojos, era poco más que una carga. Un lastre por el que, eso sí, se podía sacar una pasta gansa... y así, hasta que pasara el temporal. Al fin y al cabo, el arte se valora por aquello que los ricachones están dispuestos a pagar por él, ¿no? Pues... No. Porque de lo que se trata aquí, precisamente, es de saber mirar más allá de las fronteras en las que se nos ha enseñado a estar; de trascender las convenciones para hacer justicia al propio objeto de estudio. Olvidémonos, pues, de la perversión ésa del valor de mercado, y ya puestos, de todos aquellos mecanismos básicos a través de los cuales, dicen, se puede crear una película. Pongamos que a un loco le da por hacer un largometraje que pasa de la hora y media, y que para ello, tira de un único plano secuencia. En un un único (y gigantesco) escenario, con aproximadamente dos mil actores en escena, con tres orquestas tocando en directo y con el peso de más de más de trescientos años de historia sobre cada una de las treinta y tres salas en las que se compartimenta ese coloso de San Petersburgo llamado Hermitage.


Denso, ¿no? Bastante, sí, pero a la práctica, no tanto como cabía temer. Por la comentada secuencialidad en la narración, que le daba a la propuesta la fluidez que seguramente le faltaba sobre el papel, pero también por el sentido que Aleksandr Sokurov (el loco de marras) era capaz de darle al discurso. Para no complicarnos demasiado (que tampoco se trataba de esto), lo que quería 'El arca rusa', que así se titulaba aquella película, era darle cuerpo al pretexto, hasta convertirlo en el propio mensaje. En otras palabras, la belleza en la(s) forma(s) como la mejor (¿la única?) manera para homenajear ese templo, patrimonio de la humanidad, en el que converge todo el amor, odio y, en esencia, fascinación que se puede sentir hacia un pueblo o, ya puestos, hacia una cultura. En aquella ocasión, el protagonista de la historia era un diplomático francés que miraba a la Madre Rusia entre la sonrisa y el fruncimiento de ceño... En ésta, en la que ahora nos ocupa, tenemos a un cineasta ruso encerrado en su despacho, que se debate entre la francofilia y la francofobia, y que está peleado tanto contra los elementos como contra sí mismo, por aquello de acabar de darle forma a un film que, supuestamente, va sobre uno de los mayores monumentos de la nación (y la historia, claro está) francesa.

Del Hermitage al Louvre para llegar a 'Francofonia', en la que de nuevo es fundamental distinguir la fachada del interior, por mucho que una nos dé pistas sobre el otro... y viceversa. En esta ocasión, el virtuosismo se ha transformado en unas ganas desbocadas por experimentar con cualquier forma y formato. Tanto que a ratos no se sabe si estamos viendo una ficción documentalizada o un documental ficcionado. Seguramente ambas respuestas sean correctas, y seguramente esto sea cierto por la multiplicidad de caras que adquiere un relato que, no obstante, no se separa ni un milímetro de la línea recta que traza su autor. La recreación se estira hasta parecer documento histórico, como sucede, de hecho, con buena parte del arte expuesto en los pasillos del museo por que el que nos paseamos ahora. Sokurov no duda en meterse en los terrenos de la meta-cinefília, no por ego (bueno, no sólo por esto), sino más bien para dotar de argumentos y consistencia a un mensaje con el que difícilmente se puede estar en desacuerdo.

Pasado y presente; guerra y paz; nazis y resistentes (y colaboracionistas); república y tiranía; causa y consecuencia convergen cual frentes huracanados para crear una tempestad conceptual brillante en su planteamiento y concepción (no tanto en la exposición, muy condicionada por una estética, ritmo y lógica desesperantemente rusas), en cuyo ojo se encuentra, cómo no, el dichoso museo. Y el expolio convertido a la postre en, quién sabe, la última (y quizás única) salvación de la humanidad. Podría sonar pretencioso y de hecho así es, pero si tenemos la decencia de conservar un mínimo de la racionalidad que, a lo largo de los siglos, muchos otros decidieron perder, nos daremos cuenta de que ésta es la mejor actitud que podemos adoptar ante el -inabarcable- objeto de estudio. Sokurov muestra con ello respeto, valentía y lucidez. Nosotros, después del empujón que nos da el maestro, deberíamos abrir los ojos (que esto debería provocar el cine) y reaccionar. Para empezar, mientras escribo estas líneas, París está bajo la amenaza de una crecida extraordinaria del río Sena, y no puedo evitar estremecerme ante la noticia de que las autoridades están evacuando, a toda prisa, ciertas obras a las que, ahora mismo, ni el Louvre puede proteger. Es un principio, ¿no?

Nota: 6 / 10

12
Críticas de estrenos / Warcraft: El origen
« en: 04 de Junio de 2016, 01:58:00 am »
Warcraft: El origen


SINOPSIS: El pacífico reino de Azeroth está a punto de entrar en guerra para enfrentarse a unos terribles invasores: orcos guerreros que han dejado su destruido reino para colonizar otro. Al abrirse un portal que conecta ambos mundos, un ejército se enfrenta a la destrucción, y el otro, a la extinción. Dos héroes, uno en cada bando, están a punto de chocar en un enfrentamiento que cambiará el destino de su familia, su pueblo y su hogar. Así arranca una espectacular saga de poder y sacrificio donde se descubren las numerosas caras de la guerra y en la que cada cual lucha por lo suyo.

CRÍTICA: El mundillo de Warcraft

Randy Marsh, geólogo y padre de familia afincado en un pequeño y pacífico pueblo de Denver, estaba en estado de shock. Acababa de tener una bronca brutal con su querido hijo, Stan, a causa de un demoníaco videojuego y la no menos demoníaca influencia que éste ejercía sobre él. La cosa ya hacía tiempo que iba mal, pero lo del último fin de semana fue la gota que colmó el vaso. Los nubarrones que asolaban la localidad desde hacía meses se habían disipado por fin, y aún así, el chaval se negaba a salir del hogar... Es que ni de la habitación se le podía sacar. Aquello no era vida. ''Mira hijo, sinceramente creo que deberías mover un poco el culo, levantarte de la silla, ejercitar un poco las piernas, que te dé un poco el aire... Deberías estar socializando con tus amigos'', dijo el padre, a lo que el mocoso espetó: ''¿Eres retrasado, papá? ¿Es que acaso no ves que ya estoy socializando con mis colegas? ¿No entiendes que estoy conectado a un MMORPG con gente de todo el mundo y que estoy ganando puntos de experiencia junto a mis colegas mientras uso el teamspeak?'' La contestación cayó como una losa y se hizo el más incómodo de los silencios, tras el cual, simplemente: ''No soy un retrasado...''

Y así se quedó el pobre Randy, repitiendo para sus adentros ese instintivo y tonto contraataque, que para nada le sirvió a la hora de proteger una autoestima que, también sea dicho, ya llegaba maltrecha a aquel fatídico momento. ''No soy un retrasado...'', se decía a él mismo, ''No soy un retrasado... No soy un retrasado...'' Pero lo cierto es que no había entendido un carajo de lo que su retoño le acababa de escupir. Ni media palabra. ''No soy un retrasado...'' ¿MMORPG? ¿Puntos de experiencia? ¿Teamspeak? ''No soy un retrasado...'' O tal vez sí lo era. Lo era, no había dudas al respecto, a ojos de una comunidad que, sin haberse él enterado, había creado (y se había encerrado-en) su propio mundo. Azeroth, lo llamaban, un nombre filo-mitlógico cuya mera pronunciación en voz alta era capaz de desatar una avalancha de buenas memorias y sensaciones en cualquiera que hubiera visitado, ni que fuera durante unos pocos minutos, sus vastas tierras. Randy Marsh, triste geólogo de profesión y devastadísimo padre de familia, no se encontraba entre estos afortunados, y claro, al verse tan desplazado; tan fuera de su elemento, no pudo sino sentirse como un auténtico retrasado.

A Trey Parker y Matt Stone, resolver la escena les llevó poco más de veinte segundos. En ellos, lograron comprimir la mismísima esencia del eterno choque intergeneracional, pero también el que surge cada vez que la burbuja freaky (la que sea) se ve obligada a entrar en contacto con el mundo real, el mismo en el que, muy a su pesar, existe. La tensión está más que garantizada; la explosión entre incomprensiones e incomprendidos (por parte de ambos bandos), también. Visto con la necesaria distancia, el asunto tiene -mucha- gracia. Los responsables de South Park supieron verla y plasmarla no sólo en la secuencia comentada, sino también, en un capítulo para enmarcar (''Make Love, Not Warcraft'') que, por si no fueran suficientes todas las risas brindadas a lo largo de -otros- veinte gloriosos minutos, ayudó a encumbrar aún más en los altares (los de internet, sobre todo), tanto la serie televisiva (faltaría más) como la saga de videojuegos a la que, a pesar de todo, se rendía homenaje.


La jugada fue redonda, un win-win antológico en el que ambos productos y formatos salieron ganando, y de qué manera. En esto debería traducirse cada acercamiento a ese material por el que, teóricamente, tanto amor profesas, ¿no? Esto mismo debería suceder, vaya, con cada adaptación, sin importar de dónde venimos, y mucho menos dónde terminamos. Pues va a ser que no. 'Warcraft: El origen', nueva película de Duncan Jones, es un desastre de tales proporciones que ya de entrada cuesta determinar por dónde debe empezarse el diagnóstico. Es el conocido como Síndrome Montgomery Burns, en el que la única razón que explica el no-colapso del cuerpo infectado, es que las enfermedades se acumulan de tal manera que se estorban las unas a las otras. Desde el punto de vista científico, hasta podría ser fascinante... a ojos del espectador, el glaucoma en la retina está, ya a la media hora, en plena metástasis. Pero, ¿es esto posible? Por lo visto, con el hijo de David Bowie y Blizzard Entertainmente uniendo fuerzas, sí. Los nerds lo van a llamar ''Fel'', pero que no te líen. No eres un retrasado, esto no es más que una gran energía... tan potente como potencialmente venenosa.

Entonces... ¿por dónde empezamos? Por lo que se ve a simple vista; por lo que nos está causando el cáncer de ojos, vaya. Por una dirección de actores nefasta (con Dominic Cooper no se logra entender qué demonios pretende en ninguna de las escenas en las que aparece, aunque es sólo un ejemplo de los muchos que encontramos en, sin duda, uno de los castings más tristemente inexplicables de los últimos años) o por un guión empeñado en hacer de lo simple algo -desesperantemente- complicado. En este sentido, es de lamentar que un texto que tiene la valentía de tomarse tantos riesgos, nos descubra que ninguno de ellos importa lo más mínimo. El problema está, seguramente, en las deficiencias en el zoom con las que se trabaja. Falta perspectiva, planificación y sobre todo, (auto-)conciencia de producto. De repente, nos olvidamos de la coletilla que le hemos puesto al título, o dejamos de creer en los prólogos con chicha. La introducción y el posterior desarrollo y resolución de los diversos frentes (¿será que hay demasiados?) se hace siempre a través de la torpeza del atropello. Como el -mal- alumno que no se da cuenta, hasta que no faltan diez minutos para entregar el examen, de todo el tiempo que ha derrochado (en vaya usted a saber qué) durante las dos horas que le han dado para responder todas las preguntas.


Por su parte, Duncan Jones, autor de, recordemos 'Moon' y 'Código fuente', está totalmente desaparecido en combate. No se sabe si por exigencias del estudio o si, directamente, por ineptitud ante el reto. Más allá de algún efímero brote de inspiración (esas tomas generales en plena campaña militar que nos remiten a las primeras entregas de Warcraft), su labor se caracteriza por el desconcierto que produce su interpretación de la materia prima que se le ha dado. A lo mejor, en cuanto a adaptación, la película sea impecable... si obviamos, claro está, la nula comprensión del medio en el que trabaja. Mientras, los que siguen usando el término ''videojuego'' como algo ya de por sí peyorativo, se ven reforzados en sus -falsas- certidumbres. Por si todavía quedaba alguna esperanza, el montaje se encarga de matarla a base de tijeretazos aquí y allá. Cada vez que nos tele-transportamos mágicamente de un sitio para otro, reina la más absoluta de las confusiones. No por lo brusco del viaje, sino por la ineptitud de quien controla las fichas sobre el tablero. Es como si al game master se le olvidara constantemente, no sólo la situación y status de cada uno de sus personajes, sino directamente las reglas del juego. Hasta convertir algo tan a priori sencillo como el plano-contraplano en la más angustiosa de las incertidumbres. Ni esto se puede amarrar. ''Pero un segundo, ¿el tío ése no estaba antes allí? ¿Qué hace ahora aquí? ¿Y por qué está ahora de mal humor? ¿Y cómo cojones es ahora capaz de hacer esto? ¿Y de dónde se ha sacado este item? ¿Y a cuento de qué? ¿Y qué es Matrix?'' Y así, durante dos horas.

Tendría su gracia si no fuera todo tan aburrido y, a la postre, tan pesado. La hipertrofia a la que Mr. Jones somete ese universo del que tantas veces se ha declarado fan (véase, por ejemplo, el publi-documental 'World of Warcraft: Looking for Group') no logra ni llegar a los mínimos exigibles, en lo que a espectacularidad se refiere, y a los que nos tienen acostumbrados las súper-producciones fantásticas. Por cada acierto (el diseño y dibujo de las fuerzas de La Horda) hay por lo menos tres tropiezos, siendo el conjunto resultante un producto que en lo visual es sorprendentemente feo. Ni a esto llegamos. Es como si al Shyamalan de la infecta 'Airbender, el último guerrero' le hubiera dado por hacer un remake de la no menos abyecta 'Dragones y mazmorras'. Así está el nivel, muy por debajo de la salvación que pueda ofrecer la ficha técnica. Y aún así, los mayores pecados de 'Warcraft: El origen' van más allá. Volvemos a la casilla de salida, a la historia que nos servía de introducción, a la dichosa confrontación entre el jugador que, después de horas delante de la pantalla, ha logrado por fin alcanzar el tan ansiado nivel 100, y aquel que, por el contrario, acaba de empezar y que a penas sabe de qué es capaz su personaje.

Digamos que cuando un proyecto de esta envergadura está en tus manos, uno de tus principales objetivos es que no decrezcan las medidas con las que trabajas. Al contrario, que éstas sean mayores de lo que lo eran al empezar. Hablamos de hacer accesible algo que antes no lo era; que al final de la experiencia, esto sea incluso apetecible. Si además consigues transformar el producto en algo sexy, entonces ya eres un genio (del mal) del calibre de, pongamos, la Marvel. Es una de las pocas veces en las que podemos ver la cara simpática de las siempre antipáticas dinámicas de mercado: la necesidad de lucir números al final del ejercicio fiscal se traducen, por lo normal, en esa más que comprensible obsesión por gustar a todo el mundo. Aquí, es como si sólo existiera la comunidad gamer. Y no. Y tampoco olvidemos que, ahora mismo, el salto a la gran pantalla de las famosas luchas entre la Alianza y la Horda está pensado como una trilogía. Como siempre en estos casos, los resultados en taquilla dictarán sentencia, y visto lo visto, cuesta creer que la masa de espectadores pueda dar la razón a semejante calamidad. ¿Bastará con la fanbase con la que se parte de inicio? Ya se verá... De momento, la salvación sólo se vislumbra en la incondicionalidad de ésta. Quedarse allí, es admitir que ''World of Warcraft'', ese mundo, no pasa de la categoría de mundillo; es depender de los -nocivos- caprichos del ''Fel''. Una vez, pase. ¿Dos? ... ¿Tres?

Nota: 3 / 10

13
Críticas de estrenos / La venganza de Jane
« en: 09 de Mayo de 2016, 12:32:51 am »
La venganza de Jane


SINOPSIS: La joven Jane está casada con uno de los tipos más peligrosos del Oeste. Su marido aparece un día en casa con 8 balas en el cuerpo. La banda del cruel Bishop lo ha acribillado. Sobrevive, pero sabe que es cuestión de tiempo que Bishop y sus chicos vengan a rematar la faena. Jane decidirá no esperar a que venga e ir directamente a por ellos. Con la ayuda de un enemigo acérrimo de su marido (completamente enamorado de ella), irá dando caza a los matones de Bishop.

CRÍTICA: Jane la superviviente

De la película que ahora mismo nos concierne ('La venganza de Jane' en España; 'Jane Got a Gun' en el mundo civilizado), empezamos a tener noticia a mediados del año 2012. Recordemos, porque nunca se sabe, que estamos en 2016, es decir, entre la presentación oficial del proyecto y el desembarco del producto acabado a nuestras salas, ha pasado ni más ni menos que una Olimpiada. A los de Rio, hasta les habrá dado tiempo a acabar de construir todas las instalaciones deportivas prometidas. Nosotros, mientras, mirábamos cómo avanzaba el calendario, y nos preguntábamos, de paso, si ese famoso western de Natalie Portman no era más que un bulo. La secuencia de noticias que nos iban llegando no era para menor escepticismo. Lancémonos pues a un breve repaso a través de los titulares que marcaron dicho proceso de gestación. El comienzo lo marca, cómo no, la confirmación del máximo responsable en las labores de dirección. Éste es en realidad ''ésta'', y responde al nombre de Lynne Ramsay, quien viene de causar sensación en el festival de Cannes con su último trabajo, 'Tenemos que hablar de Kevin'.

A partir de ahí, toca hablar de volatilidad, porque pocos meses después del anuncio, estalla la primera bomba: En el primer día de rodaje, con el equipo técnico y artístico al completo listo para entrar en acción, descubrimos que a la Ramsay le ha dado por no presentarse. Conmoción tanto dentro como fuera del rodaje. El productor Scott Steindorff asegura una y otra vez que de ahí no se mueve nadie, porque el remplazo está al llegar. La directora original, mientras, sigue sin dar señales de vida. ''No coge el teléfono'', literalmente, o esto nos dicen. Al cabo de pocos días, los peces gordos (si es que puede hablarse de tal concepto en el cine independiente... no olvidemos la -poca- envergadura del proyecto en cuestión) cumplen con su promesa y encuentran sustituto: Gavin O'Connor. El problema es que, mientras esperábamos, siguieron habiendo fugas. Michael Fassbender, teórico protagonista masculino de la cinta, se fue por incompatibilidades de agenda (la última entrega de ''X-Men'' mandaba); quién le seguía, Jude Law, corrió el mismo destino al estar, por lo visto, su participación condicionada a la de Lynne Ramsay. Más madera... ¿Me sigues? Porque no hemos acabado.


En una jugada magistral, los responsables de casting consiguen hacerse con los servicios de uno de estos nombres que pueden vender, ellos solitos, una película entera. Es así como se vincula a Bradley Cooper a un proyecto que definitivamente estaba decidido a no dejarse morir tan fácilmente... Desgraciadamente, lo de vivir con Mr. Cooper apenas duró un mes. La estrella se sumó a la lista de tránsfugas, y de repente, todo el mundo se puso a hablar del ''western maldito de Natalie Portman''. La nomenclatura, efectivamente, estaba bien pensada, y la mala suerte seguiría su curso a golpe de pura esquizofrenia: el intérprete que se iba a dormir siendo el villano de la función, podía despertarse siendo el héroe... y viceversa. Así hasta la traca final; la última broma cruel del destino, en forma de destrucción de Realtivity Media, empresa responsable de este auténtico desastre enciclopédico de la producción. Pues bien, a pesar de todo esto (y de algún que otro cambio de más en la asignación de roles de los actores), la película siguió viva; siguió avanzando... y a la postre, se las ingenió para estrenarse comercialmente, que visto lo visto, no es premio menor. Nunca lo es; aquí, mucho menos.

Revisar los antecedentes de Jane, más que ser un ejercicio para satisfacer nuestra curiosidad periodística, se convierte en la crónica de una casi-muerte anunciada, imprescindible para entender los resultados discretos que finalmente ofrece la película. Y es que a primera vista, y sin disponer de esta información, podría sorprender el que una cinta con semejante reparto, y comandada por un director tan ambicioso como Gavin O'Connor, se limite a cumplir con los mínimos establecidos por las necesidades, exigencias y modas más o menos pasajeras del western supuestamente moderno. Así es 'La venganza de Jane', una película que se ve con la facilidad y el agrado que proporciona su cartel promocional, pero que desgraciadamente, no va más allá, ya sea por vagancia, por falta de ideas o, como se ha dicho, por los incontables problemas registrados en las cuentas de producción. Teniendo esto último en cuenta, es de agradecer que al menos nos haya llegado un filme narrativamente comprensible, técnicamente competente y, en resumen, más que aceptable a la hora de conjugar sus principales activos. Para no andarnos demasiado por las ramas: Cada uno de los actores, con su respectivo prestigio, luce lo justo bajo ese tan característico sol justiciero del viejo y salvaje oeste. Nada nuevo debajo de éste (ni en la estética ni en la manera de presentar y desarrollar la clásica historia de venganza fronteriza); nada especialmente reseñable o memorable... Nada que moleste especialmente. Todo en orden. Ante las dificultades, solidez. Ya es algo.

Nota: 5 / 10

14
Críticas de estrenos / El otro lado de la puerta
« en: 09 de Mayo de 2016, 12:25:46 am »
El otro lado de la puerta


SINOPSIS: Una familia lleva una vida idílica en el extranjero hasta que un trágico accidente se lleva la vida de su hijo pequeño. La inconsolable madre descubre un antiguo ritual que puede traer a su hijo de vuelta para decirle un último adiós. Viaja a un antiguo templo, en el que hay una puerta misteriosa, que sirve de puente entre dos mundos. Sin embargo, cuando desobedece una norma sagrada por la que nunca se debe abrir la puerta, altera el equilibrio entre la vida y la muerte.

CRÍTICA: Tú a Gran Bretaña y yo a la India

La pobre Maria se volvió a quedar sola en casa. Y no en cualquier casa, sino en la mansión de corte colonial que su marido se compró en la India. Seis años atrás, cuando ambos decidieron, de muy mutuo acuerdo, que lo mejor para fundar una familia era irse al este y dejar atrás los negros nubarrones de su tierra natal, poco podían imaginarse que los que se iban a encontrar en su nuevo hogar serían mucho peores. Y es que por muy bien que empezaran las cosas (y efectivamente, así fue), la situación no tardó nada en dar un giro dramático de ciento ochenta grados. Llegaron las lluvias del monzón, y con ellas, un incremento exponencial en el caos de la ya de por sí caótica circulación en las ciudades indias. Una cosa llevó a la otra, y en un abrir y cerrar de ojos, Oliver desapareció. Para siempre. La pérdida irreemplazable del hijo primogénito arrastró a todos sus seres queridos, pero sobre todo a Maria, su madre, hacia una espiral de desconsuelo, amargura, desesperación, y claro está, miedo.

Esto mismo sentía ella en aquel preciso instante. La sensación nació en el estómago y recorrió, unos segundos después, toda su espina dorsal hasta convertirse en puro terror. Ahí estaba, sola en la mansión. Fuera, caía una tormenta que amenazaba con inundar al país entero; dentro, los sucesos paranormales se sucedían a la velocidad de la luz. En el piso de arriba, donde teóricamente no había nadie (¿se ha dejado ya claro que María estaba sola en la mansión?), se oían pasos, cada vez más rápidos; cada vez más violentos. No sólo esto, sino que alguien (¿sería la misma persona que estaba armando tanto alboroto en el piso de arriba?) se había dedicado a mover todos los muebles. Pelos de punta, porque una cosa era haber visto antes todo esto en aproximadamente unas diez mil películas de terror ''distintas'', pero experimentar todo aquello en sus propias carnes era algo demasiado insoportable. Aunque no lo fue tanto como la siguiente experiencia extrasensorial que el destino le tenía preparada. Y es que cuando parecía que las cosas parecían estar calmándose, el viejo piano de cola del recibidor empezó a emitir sonidos. De nuevo, nadie podía estar tocando dicho instrumento, pero ahí estaba esa dichosa melodía diabólica para llevarle la contraria a la razón, pues no había aleatoriedad en la secuencia de notas tocadas, sino que éstas venían a reproducir, con total exactitud, la misma canción que al pequeño Oliver tanto le gustaba hacer sonar.


Mientras, ahí estaba yo, desperdiciando otra hora y media de mi patética vida, en otro insignificante pase de prensa en Barcelona. Aquella mañana, el ambiente entre los asistentes estaba un poco más animado de lo normal, lo que significa que la habitual decrepitud generalizada había ascendido a la categoría de sosería-no-demasiado-depresiva. Ya era algo. Y no era para menos, pues las películas de género nos van, al menos a los cuatro freaks que nos dedicamos a esto de la crítica cinematográfica. Para aquella peli sobre el día de la madre nos escaqueamos como las sabandijas que somos, pero con ésta fichamos a gustísimo. Y esto que las referencias con las que llegaba a nuestro territorio el nuevo trabajo de Johannes Roberts eran, por lo menos, preocupantes. Y esto que la distribuidora tuvo a bien el advertirnos que la proyección iba a ser en Versión Pervertida. Ojo ahí. Botón de pausa, y pequeña nota del autor, porque esto forma parte del código interno de los pases de prensa. Algo así como una ''internal-joke'' diseñada a modo de declaración de intenciones, concerniendo la calidad (?) del film en cuestión. En otras palabras, que la ausencia de Versión Original en estos lares suele indicar que lo que se está a punto de ver, poco (o nada) merece la pena. Aunque claro, si hablamos de una cinta protagonizada por una actriz tan floja como Sarah Wayne Callies, puede que el doblaje sea para proteger, al menos, el oído del espectador.

Pero ni así. Y es que no hay cómo salvar un desastre del calibre de 'El otro lado de la puerta'. Básicamente porque sus propios responsables se niegan a ello. La desgana se funde con la ineptitud en el enésimo ejercicio de lectura de manual que tiene de todo (es un decir), menos inspiración. Cuatro años después de que Joss Whedon y Drew Goddard expusieran tan bien los peligros de un género (en este y ese caso, el terror) encerrado en el conformismo de las fórmulas repetidas, nos damos cuenta de que todo sigue exactamente igual. Para muestra, la película que ahora nos concierne, demostración, en última, negativa y estiradísima instancia, de que la globalización sigue su curso implacable. No importa si estamos en Reino Unido o en la India: el producto es exactamente el mismo. Igual de malo, se entiende. El exotismo es una falsedad, una más en la lista casi interminable de barateces a las que nos somete Johannes Roberts. Niños siniestros, trucos sobadísimos de espejos y la siempre inefable ayuda del aumento abusivo de volumen para hacer saltar del asiento, quizás, a quien no haya visto antes un film de -supuesto- terror en su vida. Así, cuando ni algo tan fácil como el mero susto funciona, se desnudan, con demasiada facilidad, el resto de carencias sobre las que intenta sustentarse el producto. La técnica visual es digna, siendo generosos, de trabajo de final de carrera; la narración no conoce otra arma que el aburrimiento para hacer avanzar la historia; las interpretaciones caen demasiado a menudo en los infectos territorios de la vergüenza ajena... y así, hasta robarle a tu alma otra hora y media. Esto sí que es terrorífico.

Nota: 3 / 10

15
Críticas de estrenos / Trumbo: La lista negra de Hollywood
« en: 01 de Mayo de 2016, 09:10:45 pm »
Trumbo: La lista negra de Hollywood


SINOPSIS: Trumbo es el biopic del famoso guionista Dalton Trumbo, autor del libreto de títulos tan emblemáticos en la historia del cine como “Vacaciones en Roma” o “Espartaco”. Su carrera casi llegó a su fin en 1940 tras ser incluido en la lista negra acusado de comunista. A partir de ese momento toda su vida dará un giro radical y tendrá que utilizar todo su talento para sobrevivir en una sociedad que le ha vuelto la espalda.

CRÍTICA: Dalton cogió su máquina de escribir

Entonces, quedamos en que la Guerra Fría, más o menos, fue así. Eran, básicamente, dos bandos enfrentados: los Estados Unidos y la Unión Soviética; el capitalismo contra el comunismo; el libre (es un decir) mercado contra la economía planificada; la democracia contra... bueno, contra aquello otro. Lo que fuera. El caso es que el conflicto estuvo marcado por la tensión; por esa insoportable y continua angustia ante la posibilidad, más que palpable, de que el planeta al completo fuera a estallar, literalmente, en un abrir y cerrar de ojos. Todo lo demás, fue consecuencia más o menos directa de estas circunstancias. Cuba, Corea, Vietnam, Afganistán, Checoslovaquia, Egipto, Camboya, Alemania... El mapa-mundi se quedaba sin rincones por marcar a cada día que pasaba, y el miedo, mientras, iba confirmándose como la única manera de entender el mundo. Llegados a este punto, y sin final a la vista en el proceso de encadenado de cimas (a cada cual más alta) en la escalada, era el momento de demostrar que cobarde no era quien sintiera pánico, sino quien se dejara dominar por él.

Así de gordos eran los nubarrones atómicos. Tanto que hasta llegaron a tapar las siempre resplandecientes colinas de Hollywood. Ni rastro del sol de California, ni allí estábamos a salvo. Es más, especialmente en la llamada meca del cine, las alarmas por bomba sonaban más fuerte que en ningún otro sitio. De la imagen, principalmente, vivía el negocio, de modo que tocaba evitar sospechas, y más que ser ''americano'', uno tenía que esforzarse en aparentarlo. La diferencia entre una cosa y la otra era tan sutil como compleja y, a la postre, crucial para librarse del fuego, que no era otro que el de la hoguera inquisitorial. La caza de brujas había vuelto, y con ella, las listas negras, y con ellas, los vetos, y con ellos, la desesperación. Tanto por parte de los señalados como, más adelante, del arte al que daban forma... Y a todo esto, perdón por la poesía barata, por la versión (mal-) resumida del asunto y por la falta de profundidad en el análisis, pero es que manda el formato del texto, el hambre de quien escribe, su agotamiento psico-físico y todas las demás excusas de quiero-no-puedo que puedan venir a la cabeza.


Total, son las dos de la madrugada, me estoy helando porque la ventana del comedor ha decidido no cerrarse, la conexión inalámbrica del albergue es tan asquerosa como el café de la máquina de la recepción, y las probabilidades de cobrar algo (lo que sea) por estas palabras es tan remota como el triunfo de los principios básicos de la ética (laboral, al menos esto) en esto del periodismo cinematográfico. En fin, que ¿a quién le importa? Exacto. Esto mismo... El problema, es que nos debemos a una(s) persona(s) que sin duda merece(n) mucho más. Pero así están las cosas, ni peor ni mejor que antes, sino exactamente igual de mal, y claro está, con unas formas bastante diferentes. De apariencias va el asunto, no hay dudas al respecto. Con esto, y con poco más, se entiende hasta dónde llega (o mejor dicho, dónde se queda) 'Trumbo', biopic dedicado al mítico guionista de cuyo nombre, por alguna razón u otra razón (¿incultura cinéfila?), no nos queremos acordar. Por suerte, ahí están las coletillas a la española para aclarar un poco las ideas. ''La lista negra de Hollywood'' facilita las presentaciones con conceptos mucho más familiares, y de paso, nos da pistas sobre la -poca- sutileza del producto.

Empaquetado con el oficio típico de la (buena) TV movie, el nuevo trabajo de Jay Roach se apoya en el retrato personal (a veces, incluso íntimo) para trascender hasta la radiografía de época. Es, para entendernos, una lección de historia que no pierde nunca de vista el factor humano. Los resultados no son para nada magistrales, pero sí amenos; a ratos mucho, tanto que la (son)risa logra reivindicarse como el más reconfortante y lícito de los contraataques. Como quien usaba la escritura para demostrar aquello de que la pluma es más fuerte que la espada. En estas intenciones es donde el alegato (si es que así podemos llamarlo) gana enteros... para más tarde perderlos (al menos, gran parte de ellos) a causa de una ejecución a medio camino entre la complacencia y la indulgencia, mostrándose ambos defectos en todo su reflexivo esplendor. Y que el Altísimo nos pille confesados: Mediocres del mundo, absolvámonos los unos a los otros, pues a la hora de la verdad, pocos reproches podemos ponerle a la ''dramedie'' de manual. En esta ocasión, la combinación entre la injusticia y la posterior réplica ingeniosa (formulada, ésta última, con la valentía que otorga el casi impenetrable escudo del paso del tiempo) sorprende tan poco como la satisfacción con la que se acaba saldando la experiencia.

Jay Roach, a pesar de la imagen que pueda llegar a transmitir, es un director que acostumbra a saber muy bien de lo que habla (véase la infravalorada 'En campaña todo vale'). Su homenaje a Dalton Trumbo no carece de esta base fundamental, pero por el contrario, le falta esa capacidad de incisión que llegaba a distinguir sus anteriores trabajos. Si bien sabe identificar (y aprovechar) los momentos más contundentes / ilustrativos de la historia que tiene en mente, falla a la hora de ligarlos para darles así auténtica consistencia narrativa. Nos instalamos, así pues, en un agradable ejercicio de mínimos que entretiene (y hasta instruye) con la misma facilidad con la que cae en la paradoja de la corrección. ¿Puede ser ésta algo ofensivo? Desde luego, porque en determinadas ocasiones, con cumplir, no vale. O no debería. Pero claro, nos topamos, de nuevo, con unas expectativas acordes a nuestras propias capacidades. Toca bajar el listón y conformarse con lo que hay. Así está la cosa, y así nos va. Por suerte, y ojo, que no es poco, ahí queda el cine (y su intra-historia como fiel y condenado reflejo de ese guión que nos marcó) como consuelo no tan menor. El reflejo, muy apagado, deja en evidencia la brillantez del original. Ya es algo. Puede que ni Bryan Cranston (algo demasiado afectado por una serie de tics mal empleados), ni Helen Mirren sean ni Kirk Douglas, ni John Wayne; puede que Jay Roach no llegue ni a la suela de Otto Perminger; puede que Dalton Trumbo se enfurruñara ante el trabajo de su homólogo John McNamara... Y ahora mismo, podríamos no estar pasándonoslo bien a su costa. De algún modo (bastante rancio, que quede claro), se ha hecho justicia.

Nota: 6 / 10

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