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'Dredd': Asalto al mega-bloque Peach Trees

Vía El Séptimo Arte por 06 de septiembre de 2012

Uno de los últimos logros conquistados por nuestro querido país (que en demasiadas ocasiones es un idílico oasis del trogloditismo) es el de la exclusión de las salas de cine de la que probablemente sea la mejor cinta de acción de los últimos tiempos. Rodada en indonesia por un galés que una vez se enamoró perdidamente de un arte marcial llamado Silat, 'The Raid' (que aquí ha llegado directamente al mercado hogareño bajo la traducción marca de la casa ''Redada asesina'', bravo) fue una de las mayores sensaciones en la edición pasada tanto de Toronto como de Sitges. Largas colas antes; gritos de éxtasis durante y público sudoroso y agotado después de cada sesión de dicho filme. No era para menos, pues hacía tiempo que los amantes de las emociones fuertes no tenían tantos argumentos para derretirse tan a gusto en una butaca.

Excelente tanto a la hora de pegar tiros como a la hora de repartir puñetazos y patadas a diestro y siniestro, la consagración del director y guionista Gareth Evans resultó ser un espectáculo cinematográfico apoteósico, cuyo encanto se reducía a efectos prácticos a algo tan sencillo como raro de encontrar hoy en día: un producto de intachable sinceridad, al proporcionar éste lo que prometía (hablando en plata, caña; muchísima caña). El caso es que desde el año 2011 el cine de acción tiene un nuevo listón en el que fijarse. La lástima es que éste, también sea dicho, solamente ha podido ser apreciado en buenas condiciones por los cuatro gatos que deambulan por los festivales cinematográficos. Sabido todo esto, queda al menos como un nada despreciable premio de consolación el saber que, afortunadamente, sí podremos ver la que puede definirse como la mejor respuesta de momento a dicha joya.

Se trata de 'Dredd', último trabajo del irregular pero siempre nervioso -en el buen sentido de la palabra- Pete Travis, autor de la comprometida 'Omagh' (con guión de Paul Greengrass) o la efectista 'En el punto de mira', con la Plaza Mayor de Salamanca como principal escenario de una historia tan disparatada como potencialmente disfrutable... Un segundo, rebobinemos. ¿El título de la película es 'Dredd'? ¿No será un remake de...? Sí. Peligro. Una sensación similar despertaría en lo más profundo del cinéfilo más escéptico si, por ejemplo, se le anunciara que está en marcha una reactivación para la gran pantalla de las aventuras cienciólogas de 'Campo de batalla: la tierra'. Pone los pelos de punta solo pensarlo, lo sé. Lo mismo que rememorar a Sylvester Stalone y Rob Schnider (¡Rob Schnider!) deambulando por un mundo post apocalíptico mientras soltaban gracietas e impartían justicia, al tiempo que defecaban simbólicamente en el estimable cómic de John Wagner. Duele.

Afortunadamente estamos en una época en la que la palabrota ''remake'' está cada día más siendo remplazada por otra conocida como ''reboot''. El reinicio, medicina por antonomasia a la amplia mayoría de errores de nuestro ordenador, es un concepto que aplicado al terreno cinematográfico en realidad no es más que una forma más discreta para referirse al hecho de rehacer una película (como cuando en aquella famosa nave se sugería a sus tripulantes que eligieran el azul como su nuevo color predilecto, pues éste era ''el nuevo rojo''). Es más de lo mismo, pero pase como placebo rancio para hacernos olvidar el mal sabor de antiguas experiencias desagradables. Así pues, aceptamos ''azul'' como nuevo ''rojo'' y nos encomendamos a San Pete para que borre de nuestra memoria aquella atrocidad firmada por Danny Cannon.

Y no tienen que pasar demasiadas escenas para que se dé respuesta a nuestras oraciones. Milagro. A la desoladora introducción de un futuro ciertamente distópico (en el que la gente se amontona patéticamente entre las ruinas del viejo mundo... y las mega-construcciones del nuevo) se le suma inmediatamente la escena de acción de rigor, que va a marcar la tónica dominante del resto de la película, en lo que es una notable carta de presentación. A lo largo de la persecución en cuestión (primero motorizada, después a pie) no hay nada especialmente espectacular; tampoco hay ningún aspecto que pueda catalogarse stricto sensu de estrictamente novedoso... sin embargo, todo luce bien, todo convence y todo está lo suficientemente bien compactado como para causar un impacto contundente en la audiencia, que al fin y al cabo, de esto deben tratar este tipo de experiencias.

Motos mastodónticas, armas en las que el número de balas y el tipo de munición están siempre señalizados de forma electrónica... la elección de la estética (muy cercana a la de la década de los 70/80, y por ende, muy cercana a la del cómic original) es indiscutiblemente arriesgada, pero ni mucho menos dolorosa a la vista, y lo más importante, ya da signos de la inteligencia de Pete Travis al adquirir el producto cierto carácter atemporal, prorrogándose así su fecha de caducidad, al menos en el apartado visual, que ya es mucho. A la carpeta plástica se le unen un puñado de escenas alucinógenas (que resultan estar entre lo más impresionante que se ha visto últimamente en una pantalla de cine) causadas por la droga slo-mo, que hace que el cerebro del receptor baje su rendimiento hasta el 1% y que efectivamente, todo se vea a tiempo ralentizado. Tan bellas como gratuitas, estas píldoras lisérgicas se descubren también como una auténtica declaración de intenciones.

Porque en un tiempo en el que parece que todos los héroes tengan que estar acosados por innumerables traumas y fantasmas del pasado, es reconfortante saber que todavía existe gente que cree en la pureza del cine de los tipos duros de antaño. Ya saben, aquel cine en el que al protagonista se le prohibía pronunciar palabras de más de cuatro sílabas. Puede que, ya en pleno asentamiento del siglo XXI, dicha pureza se haya enguarrado debido a múltiples salpicaduras de sangre (producto de la imparable escalada de violencia en la que el séptimo arte está sumido sobre todo desde precisamente los años setenta) además de por la interacción -provechosa- con otros formatos y medios, pero el espíritu ''Expendable'' -para entendernos- permanece. Y la verdad, sea un guilty-pleasure o no, es que es una auténtica gozada.

El planteamiento y desarrollo de 'Dredd' también hablan por sí mismos, al poder éste resumirse en tan pocos caracteres que hasta cabrían en un solo tweet. A saber: los buenos entran en un edificio que resulta estar infestado de malos (malísimos, comandados por una Lena ''Cersei'' Headey con más cicatrices en la cara que el mismísimo Scarface), y de allí no sale nadie hasta que solamente quede un bando en pie. Se abren las puertas y después se cierran: empieza la película. Se abren las puertas de nuevo: The End. Más sencillo imposible. Aparecen de nuevo de nuevo los gratos recuerdos que en su día causó 'The Raid' (que al mismo tiempo nos remiten a clásicos del género como 'Asalto a la comisaría del distrio 13', de John Carpenter o sin ir tan lejos, a la aquí inédita obra de culto 'La horda', de Yannick Dahan y Benjamin Rocher).

Con una estructura tan simple -y efectiva- es muy difícil que aquellos que van al cine con ganas de inyectarse chorros de adrenalina salgan decepcionados de la proyección. Al fin y al cabo, pocas veces tiene uno la ocasión de asistir a un espectáculo cinematográfico que ofrece aquello que sus tráilers decían que contenía. En este caso, un arduo y sanguinario ascenso de doscientos pisos, suerte de infierno/jungla de hormigón en la que el peligro está literalmente a la vuelta de cada esquina... y detrás de cada puerta... y debajo de cada trampilla... Se trata en definitiva de una cinta de acción maratoniana, un tour de force non-stop por parte de Pete Travis y todo su equipo, en el que el ritmo nunca decae (de hecho, es como si su hora y media de metraje pudiera verse como una única y prolongada escena de acción).

Siguiendo de forma tan efectista como contundente el manual de lo que debería ser cualquier filme de acción modélico, el espectador tendrá que esperar a haber llegado al final del recorrido para rememorar la primera persecución y constatar que si bien no ha asistido a nada especialmente espectacular, ni mucho menos nuevo, lo importante es que no ha tenido ni un solo segundo para pensar en ello. De hecho, no ha habido ni un segundo para descansar... ni falta hace decir que tampoco ha habido tiempo para aburrirse. Sería ésta una misión casi imposible en este neo-western futurista con alma de buen videoclip (genial la banda sonora a manos de Paul Leonard-Morgan) y videojuego (ya va siendo hora de que la crítica cinematográfica vaya quitando la connotación peyorativa a estas dos manifestaciones artísticas) y en el que, también sea dicho, abundan tanto las lagunas en el guión como los disparos errados por parte de unos criminales que no acertarían a dar ni a un elefante en Botswana.

Para combatir estos males está un badass antológico, un Karl ''Eomer'' Urban al más puro estilo 'Robocop' y al que no se le verá en ningún momento la cara, ocultada detrás del casco que lleva cuando está de servicio (gesto muy indicativo del compromiso con la causa por parte de la película). Un sheriff del futuro en el que convergen todos los instrumentos del poder judicial. Un superpolicía que afirma encarnar la ley y que, como dicta el código, primero dispara -varias veces-, y no hace las preguntas hasta que el cuerpo descansa en el depósito de cadáveres. ¿Peligrosas connotaciones fascistas? Puede ser, pero esta filosofía (que ya estaba en otros productos tan aceptados por el gran público, como por ejemplo la serie televisiva '24') asusta más si se interpreta como un reflejo de un futuro no muy lejano, o incluso como una aterradora parábola del presente de un mundo en el que sus ciudadanos han perdido su intimidad, además de otros muchos derechos civiles, en pos de una seguridad cada vez más tecnificada y militarizada (¿les suena?).

No obstante, todas estas lecturas, aunque justificadas, parecen estar fuera de lugar a la hora de analizar un trabajo que en tantas ocasiones celebra tan desenfadamente las bondades de vivir con un cerebro funcionando a su centésima capacidad. Y es que 'Dredd' no apunta a las neuronas (por mucho que sus diestras pinceladas dibujen un mundo que en parte bebe de pilares tan sólidos como el Gran Hermano de Orwell, o el 'Soylent Green' de Harry Harrison); fija su infalible punto de mira en el sistema nervioso. Y lo atraviesa... y lo chamusca... y lo revienta... y lo hace saltar por los aires. Esto es, un brutal ejercicio de estilo no apto para novatos, al que, gracias a Chuck, no le entra el miedo a la hora de apretar el gatillo y conseguir que el dolor (gráficamente tan bien plasmado) de la pantalla golpee con abrumadora fuerza la retina del espectador. Si se ha escandalizado, relájese, que tampoco es para tanto. Si le ha gustado, siga el ejemplo y simplemente diga ''Yeah...''

Nota: 7 / 10

Por Víctor Esquirol Molinas

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