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'The End of the Tour' - Entrevista larga con el hombre de mi vida

Vía El Séptimo Arte por 25 de enero de 2016

Más allá del amor entendido como esa relación que, en algún momento u otro, requiere de cierta atracción física, es posible establecer esa conexión que te va a juntar, de forma especial, con esa otra persona, quién sabe si para toda la vida, algunos años o, simplemente, para lo que dure un fin de semana cualquiera. El tiempo no importa, o no debería. Lo que sí cuenta es la intensidad con la que se han vivido los momentos que el destino (por aquello de ponernos cursis, pero no demasiado) os ha dado para estar juntos. La gracia está en que, como ya se ha insinuado, el espacio también es lo de menos. La conexión es, ante todo, intelectual (¿se acuerdan de aquello de ''follarse a la mente''? pues más o menos lo mismo), con que el chispazo que lo origina todo ya no requiere ni el clásico contacto visual. Un comentario, un punto de vista, un detalle, un mensaje, un gesto... ¿un libro? Por supuesto. Todo vale. ¿Una novela de más de mil páginas en la cual uno cree haber descubierto a uno de esos autores que marcará a una generación entera? También, aunque la duda ofende.

En los círculos en los que se movía el periodista David Lipsky (aspirante, también, a convertirse en el próximo gran novelista americano), las noticias corrían como la pólvora en lo referente al hallazgo del nuevo F. Scott Fitzgerlad, Ernest Hemingway o Jack Kerouac, y por supuesto, allá por el año 1996, de lo único que se hablaba era de la irrupción definitiva en el panorama literario de un monstruo llamado David Foster Wallace, quien con la publicación de su segundo libro, 'La broma infinita', captó inmediatamente la atención (y admiración) tanto de la crítica como de los más entendidos en la materia. Ahí empezó seguramente la relación. Ésta lo hizo como otras muchas, con un encuentro casual; con una señal caída del cielo que vino a decirle a una de las personas implicadas, simplemente, que la otra existía. ''Oye, ¿te has leído ya el libro aquel?''; ''No, ¿cuál?''; ''Sí hombre, aquel del que todo el mundo está hablando ahora.'' Y así, con la vergüenza de quien se sabe no estar 'in', el aprendiz agarró aquel tocho, lo leyó y... conoció a su maestro. La flecha hizo diana.

Lo que vino después es, básicamente, la película que ahora nos ocupa, nuevo trabajo de una de las voces más interesantes que ha dado el indie en los últimos años. James Ponsoldt vuelve a apoyarse en lo que mejor se le da (esto es, el retrato humano) para hablarnos de aquello que más domina (el abismo, o el hecho de asomarse a él)... y de mucho más. Del miedo a desnudarse, a hacer daño a los demás, a no estar a la altura de lo que se espera de uno mismo... a sucumbir al propio miedo. Al fin y al cabo, no lo olvidemos, 'La broma infinita' abordaba muchos más temas que aquellos que podían relacionarse directamente con, pongamos, una academia de tenis ''cualquiera''. A modo de ejemplo, no es casual que el alcoholismo, uno de los leitmotivs en los que se han apoyado siempre los relatos de este director, se diluya aquí hasta quedar en poco más que cuatro gotas en el cocktail final, de gran valor artístico, periodístico pero sobre todo, humano. Este combinado se debate entre el agitado y el mezclado propuesto por sus dos preparadores. Periodista y escritor; pupilo y profesor se debaten, como en casi todas las demás relaciones humanas, entre la complicidad y la hostilidad, entre el on y el off the record, entre la admiración y la decepción... en definitiva, entre el amor más cálido y el odio más irreconciliable.

Con las ideas claras (que no era nada fácil) en este mar de sensaciones, sentimientos, acciones y reacciones más o menos adultas, y con unos Jesse Eisenberg y Jason Segel en estado de gracia (éste último en el que de momento, y de largo, es el mejor papel de su carrera), Ponsoldt se descubre una vez más como un cineasta infalible. Fascinante en el tratamiento natural de la -desnuda- densidad de sus historias, y de precisión quirúrgica en la dirección de actores, muestra igualmente su inteligencia a la hora de trazar pinceladas que, sin necesidad de recurrir a la obviedad (ahí está el qué), dan al espectador una imagen global complejísima pero para nada pesante. Así, 'The End of the Tour', como ya sucediera en la maravillosa 'The Spectacular Now', hace el amago, en más de una ocasión, de trazar su camino a través de los lugares comunes tanto del género como del manual de la factoría Sundance... para poco después descubrir sus verdaderas intenciones, que no son otras que hacer de la sinceridad su bandera. Quizás por esto, la empatía (y la consecuente identificación) para con los personajes y las situaciones que viven, surge como por generación espontánea; quizás por esto el estado con el que uno abandona la sala de cine se sitúa en la más sutil de las devastaciones. Muy acorde con la luminosa miseria que tan bien sabe captar este realizador de Georgia.

El tono calmado y el ritmo pausado que emanan de la composición de Segel (que no obedecen a pose alguna, sino al compromiso del buen cronista) contagian la superficie de un filme que se sirve de su apariencia de intrascendencia para depositar (que no esconder) en su hipodermis, aquellos mensajes, reflexiones y quién sabe si lecciones, que a la larga definirán su identidad. Éste es el modus operandi, y la misma esencia, de James Ponsoldt, cuyo cine podría interpretarse, en la mayoría de ocasiones, como una serie de anécdotas que, como sucede con la vida misma, no dan la sensación de dirigirse hacia ningún sitio en concreto. De hecho, así es, pero con un plan maestro tan sutil y tan bien llevado que lo normal es que, tras sólo un primer vistazo, éste pase desapercibido. Lo mejor de todo es que, incluso en estas circunstancias, el disfrute que se le puede sacar al producto para nada se ve mermado. En otras palabras, a uno puede abrírsele el apetito en un restaurante de fast-food (todos tenemos nuestros pecados inconfesables), o puede estremecerse al darse cuenta de cómo hay ciertos placeres carnales que poco a poco nos van absorbiendo. Uno puede ir al cine a evadirse con la acción de 'Broken Arrow', o intentar descifrar las miradas que se intercambian furtivamente en la oscuridad de la sala de proyección. Tanto una opción como la otra justifican por sí solas la experiencia; la combinación de ambas, la elevan casi hasta la categoría de imprescindible.

Nota: 7 / 10

por Víctor Esquirol Molinas
@VctorEsquirol


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