'Posesión infernal: En llamas' - Esta familia es un demonio
El cine se trata, básicamente, de satisfacer a tu público. Sean más o menos depravados sus gustos. Y a ser posible de manera malsana y copiosa, como si fuéramos a comer uno de esos cocidos que nos salen gratis si nos acabamos todo lo que nos pongan sobre el plato. Aquí se viene a engullir y a sufrir...
En el caso que nos ocupa, el de 'Posesión infernal', se trata de ver violencia, sangre y fluidos desagradables. Sin límite de edad, en abundancia y con mucha mala leche. Sin prejuicios ni complejos, y con el volumen de la música y los efectos amenazando constantemente la integridad de nuestros tímpanos.
Tanto el remake de 2013 dirigido por Fede Alvarez como 'Posesión infernal: El despertar' prepararon el terreno para lo que 'Posesión infernal: En llamas' consolida como el santo y seña de la saga (cuando Ash no está presente): Más que de dar miedo, se trata de ser desagradable; antes que de una de terror, de una comedia negrísima que convierta lo nauseabundo en su Santo Grial.
De un mal gusto tan exquisito y orgulloso como el de Peter Jackson (aunque presentado con una mayor seriedad). La película de Sébastien Vanícek es, a grandes rasgos, lo mismo que podía ser la de Lee Cronin de hace tres años: Lo que esperas en gran medida que sea -dicho en el mejor sentido no punible- una obscena, malhablada, dolorosa y sucia película de, sí, "Posesión infernal".
Una casa. Una familia. Mucho dolor, perversión e impacto gratuito. Un drama familiar calibrado como una sátira gore que dura unos quince minutos más que 'Posesión infernal: El despertar' (incluyendo dos escenas postcréditos). La de Vanícek puede que no sea tan intensa y directa como la de Cronin, tampoco tan contundente. Que no haya niños y lo del perro se aprecie poco... influye.
Tal vez. Igual sólo es el contexto, porque al igual que sus predecesores, es obvio que Vanícek se esfuerza tanto como disfruta mientras se las ingenia para encontrar orden dentro del caos, y aún siendo un todo excesivo y arbitrario, que su desparpajo la sostenga durante más de 100 minutos de tormento; de acoso y derribo sin grandes altibajos que aguanta en caliente hasta el pitillo final.
Ya salga mejor o peor parada respecto a las demás, en cualquier caso se trata de otra muy sólida película de "Posesión infernal". 110 minutos de incómoda y perturbadora intensidad, de un no parar perversamente juguetón, bruto, cabrón y malrollero, de nuevo sin miedo a mancharse las manos de lo que haga falta.
Lo que define a una saga (cuando Ash no está presente) dispuesta a bordear los márgenes de lo que es comercial y legalmente admisible y que ha convertido lo nauseabundo en su Santo Grial. 'Posesión infernal: En llamas' vuelve a hacer hincapie en ello con entusiasmo, soltura y devoción. No es miedo ni son sustos.
Es maldad y dolor. La arruga es bella, pero la muerte es cruda.

Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex








