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'El Clan': El terror de sus ojos

Vía El Séptimo Arte por 13 de noviembre de 2015

Para ponernos en situación, y para no andarnos con demasiados rodeos, digamos que Argentina salía de una de sus muchas etapas convulsas... para entrar en otra cuyo estado de agitación estaba todavía por determinar. Videla dejó paso a Alfonsín; la dictadura a la democracia. De aquella manera, ya... Como siempre, el resto del mundo miraba e intervenía en la medida que le convenía, dependiendo de los intereses y la responsabilidad que cada uno acumulara con respecto al paciente, inestable donde los hubiera. Además de los ya sabidos elementos químicos, el aire estaba compuesto, ahí y en aquel entonces, por una -densísima- mezcla de esperanza, inquietud y, sobre todo, miedo. Miedo a lo que estaba por llegar; miedo a que volviera lo que había pasado... miedo a que el terror del que veníamos fuera en realidad una materia todavía a superar. Oscuro y sucio milagro: del estado gaseoso pasamos al sólido. Costaba que el oxígeno llegara a los pulmones. Tanto en la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, como en la Casa Rosada, como especialmente en el sótano de aquella otra casa anónima de Buenos Aires.

Se sabía, joder si se sabía... pero nadie abría la boca. Ni Dios tenía lo que hay que tener para mirar. El cerebro, agobiado por las señales de alarma que le mandaba el olfato, casi que quería hacerse el valiente, pero los ojos, que son así de cobardes, huían una y otra vez de la escena del crimen. Ahí mismo, dónde sino, aguardaba Pablo Trapero, quien desembarcó en la Mostra de Venecia con la que ya era la película argentina más taquillera de la historia en su propio mercado (y ya que ha salido el tema, después de 'Relatos salvajes', gran triunfo, por segundo año consecutivo, de la factoría Almodóvar). 'El Clan' toma como punto de referencia uno de los capítulos más oscuros de la historia reciente del país latinoamericano. Pero ojo, no se queda ahí, el punto de partida es exactamente esto, una especia de ''excusa'' para ir más allá. En otras palabras, la noticia la encontramos en la sección de Sucesos, pero es claramente resultado directo de unas esferas mucho más altas. El titular nos habla de secuestros, de rescates, de víctimas mortales, pero de nuevo, hay que saber remontar en el contenido, leer entre las líneas y ver más allá de la gravedad de lo narrado. Rompemos las barreras del espacio y el tiempo.

Por supuesto, se trata de que el impacto de la historia no nos noquee del todo, porque después del golpe (destructivo donde los haya), al espectador se le exige (previa invitación-a) una reflexión sin la cual el esfuerzo previo del cineasta argentino no hubiera servido de demasiado. Podría decirse que éste ha encontrado por fin, el tan ansiado (y esquivo) equilibrio entre su habitual nitidez narrativa (pocos como él a la hora de que comprendamos toda la magnitud de un drama social que, desgraciadamente no se queda encerrado en las fronteras de su país) y ese punch (nos ceñimos ahora a términos estrictamente corporales) del que tradicionalmente iba más necesitado. La crónica de todo lo acaecido durante los años 80 en la casa del clan Puccio definitivamente exigía esta combinación de elementos, pero claro, como siempre en el cine (y en la vida, en general), una cosa son las peticiones, y otra muy distinta es lo que se nos acaba dando. Afortunadamente, y después de haber recibido, durante casi dos horas, otra ración de palos marca de la casa, queda la firme convicción de que poco más se le podía pedir a la experiencia. ¿Algo más de carácter, quizás? Pues sí, pero sin caer jamás en la impersonalidad. Vistas las credenciales en el Box Office con las que se presentaba el producto, no es consuelo menor.

A través de un uso sabio (y muy ilustrativo en las intenciones) de la música pop de la época, se va articulando un aterrador tratado sobre la cotidianidad del... terror, obviamente. De la aceptación de la atrocidad (en su implementación en el día a día) como el más aberrante de los síntomas de un estado de salud mental que, una vez más, y escandalicémonos (por favor), no se queda en el otro lado del charco. Apoyándose en la también aterradora composición de ese monstruo que nunca falla (Guillermo Francella, quien suma otro trabajo memorable en su ya muy memorable carrera), Trapero nos va sumergiendo en otro paisaje que de nuevo responde perfectamente a un sentimiento de destrucción prácticamente masiva. Si antes de ir a la sala no conocen el contexto de la historia contada, no sufran, pues de lo que nos habla Trapero es de algo universal. Horror, correcto. Para la ocasión, crimen y familia se pegan el uno a la otra (y viceversa) mientras el sentimiento de pertenencia (esa droga de la que todos hemos tenido que echar mano en algún que otro momento) se pervierte para desvirtuar, de paso, y con toda la malicia que se pueda adjudicar a la jugada, el concepto de la culpa, con su inherente responsabilidad (ya sea ésta compartida o no). Lo peor es que, mirándonos al espejo (que de esto va, principalmente, el cine del argentino), todo esto sigue presentándose con la angustia de los deberes que todavía están por cumplir. La conclusión es tan irrefutable como dolorosa.

Nota: 6,5 / 10

por Víctor Esquirol Molinas
@VctorEsquirol


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