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'Marina Abramovic: La artista está presente': Una mirada vale más que mil palabras

Vía El Séptimo Arte por 07 de febrero de 2013

En Cannes, como en todo festival que se precie, se sabe desde hace tiempo que hay determinados autores que merecen un trato especial. Son los mimados de la organización, aquellos que aunque se les pueda llegar a colgar la deshonrosa etiqueta de “persona non grata”, seguirán siendo beneficiarios de un cariño y, sobre todo, de un asiento de lujo en el que nunca desaparezca la señal de “Reservado”, que no pocos artistas quisieran para ellos. Seguramente el más claro ejemplo de ello lo encarna un danés neurótico llamado Lars Von Trier, y la verdad es que no sorprende, menos si se echa un vistazo tanto a su currículum como a sus más célebres apariciones en público. La qualité artística y la polémica (vendida ésta última en cantidades industriales) están garantizadas en un cóctel explosivo que, cuanto más violentamente reacciona -y sucede muy a menudo-, más ensancha la leyenda de su creador, que de esto vive también el auteur.

El caso es que el bueno de Lars se hartó de oír, a lo largo de sus primeros años en el potencialmente poco agradecido oficio de la dirección cinematográfica, que sus productos (para muchos, tontos e irritantes experimentos meramente formales) ni merecían representar al noble (?) séptimo arte. Resultaba que aquello no era arte, vaya. Pero no importó. El amigo Lars siguió a lo suyo, ganándose, con la contundencia que él tanto domina, el respeto de una comunidad que en un principio se había mostrado excesivamente hostil. Todo bien... hasta que el genio fue presa de una depresión de proporciones épicas. ¿Receta clínica? Rodar una película, claro. ¿Resultado? El flirteo con el suicidio por parte de su psicólogo y el clamor casi unánime por parte de la crítica -de Cannes, por supuesto- para que el cineasta ingresara ipso facto en un manicomio. Lo que hay que aguantar...

Lo sabe muy bien una “tal” -para los que somos así de cretinos- Marina Abramovic, artista (ella prefiere el término “performer”) que a lo largo de sus cuarenta años -que se dice pronto- de profesión, si le hubieran dado un céntimo de cualquier divisa (incluso de la más devaluada) cada vez que alguien, al ver alguno de sus trabajos, afirmara con indignación que aquello no era arte o, en el peor de los casos, que su autora precisaba tratamiento mental urgente, seguramente su nombre aparecería ahora mismo, y en letras doradas, en los más prestigiosos rankings de la revista Forbes. Pero Marina no se hizo famosa gracias a esto último, sino gracias a lo primero; más importante, gracias a su total e inquebrantable compromiso con una concepción tan radical como estimulante del -sí- arte.

Porqué sin riesgo no hay gloria, y si éste es extremo, incisivo y sincero, los frutos que se recogen después están más que merecidos. En estas que aparece, por ejemplo, ni más ni menos que el Museo de Arte Moderno de Nueva York y decide organizar, sin escatimar en esfuerzo en alguno -qué menos-, una retrospectiva a la susodicha “performer”. En el cartel de tan señor homenaje se puede leer ‘The Artist is Present’ (en cristiano, “La artista está presente”). Dicho reclamo va dictar el título, al mismo tiempo, a un documental firmado por la HBO (en pie, por favor), y la jugada ya se ha redondeado del todo. La guinda la pusieron los miembros de un Jurado, de cuyos nombres no me quiero acordar, que tuvieron la sensatez de reconocer a la cinta en cuestión como la mejor en su categoría dentro de la 62ª edición del Festival de Cine de Berlín. De hecho, de no ser por la maldita separación entre ficción y no-ficción, ya podrían haberle dado el Oso de Oro.

Un galardón que no hubiera estado nada fuera de lugar para esta sensacional película, de indudable interés tanto para los más eruditos como para los profanos de ese antipático marciano al que muy fácilmente se llama “arte contemporáneo”. No importa el contacto o las simpatías / antipatías que se tengan con el mundillo, pues ahí está ‘Marina Abramovic: La artista está presente’ para encandilar a todo aquel que esté dispuesto a ser maravillado por lo inesperado; por lo que en principio escapa al control de las palabras. Lo mínimo que podía esperarse de alguien que sabe que, normalmente a la larga, se sabe corresponder al insensato que sabe demostrar que el mejor arte es aquel que deja en evidencia, primero, que el espectador puede convertirse en el ser más permeable sobre la faz de la Tierra, y después, que si existen barreras, éstas deben romperse. Aquellas que separan lo simplemente provocativo de lo realmente impactante; aquellas que separan lo irreverente de lo permanente; aquellas que separan al autor tanto del público como de su propia obra.

El documental dirigido por Matthew Akers pretende alcanzar las mismas metas, asociándose con la mejor partner a la que podía aspirar y traza con acierto un largo camino biográfico para poner en contexto la que es no solamente la obra cumbre de la performer de Belgrado, sino -y que quede claro- la que con toda seguridad sea una de las expresiones artísticas más impresionantes de todos los tiempos, y que, como no podía de ser de otra manera, desató la locura en la mismísima capital del mundo. Una mesa -de la que se puede prescindir- y una silla en cada punta. En una se sienta Marina... en la otra, quien lo desee (desde la anónima anciana que ha esperado silenciosamente su turno durante varios días hasta el divino-de-la-muerte James Franco, que no sabe que está a punto de quedar retratado).

Se puede explicar con mil palabras, pero de nada serviría si no se vive, o si al menos, no se ve (de nuevo, infinitas gracias al equipo de la prestigiosa cadena norteamericana por hacer algo tan imposible como filmar lo intangible). ¿Y qué se ve? Se ve a la tragedia griega y a su mítico “La he visto verme...” cobrando apabullante sentido. Se ve al creador siendo engullido por su propia obra... para inmediatamente después ser regurgitado. Se ve al artista que ve y devuelve la mirada. Al artista que convierte el dolor físico en el más insoportablemente bello reflejo de la pasión espiritual. A partir de ahí... todo lo demás se desenfoca; se difumina en el infinito; desaparece, y por lo tanto, deja de importar. Solo queda la más poderosa de las miradas... y la certeza de que lo que tenemos ante nuestros ojos es arte. Arte dementemente total.

Nota: 8 / 10

Por Víctor Esquirol Molinas

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