'El mago del Kremlin' - Cómo conocí a vuestro líder
Era conocido como el hechicero, "el mago del Kremlin". El enigmático Vadim Baranov fue productor de reality shows antes de convertirse en el asesor más cercano a Putin. Tras su renuncia, las leyendas sobre él se multiplican, sin que nadie sea capaz de distinguir lo verdadero de lo falso. Hasta que una noche le confía su historia al narrador (norteamericano) de esta historia...
Este relato ficticio nos sumerge en el corazón del poder ruso, donde aduladores y oligarcas se involucran en una guerra abierta, y donde Vadim, ahora el principal manipulador del régimen, convierte a todo un país en un escenario político de vanguardia. De la guerra de Chechenia a la crisis de Crimea pasando por los Juegos Olímpicos de Sochi, por 'El mago del Kremlin' desfilan empresarios, Limonov y Kasparov, modelos y todos los símbolos del régimen en la que es la gran novela de la Rusia actual y una magnífica meditación sobre el poder y la fascinación por el mal y la guerra...
Una novela, y ahora una película, que nos remite a la reciente 'The Apprentice. La historia de Trump', en la que, tal vez aún se acuerden, se narraba el ascenso del actual Presidente de los Estados Unidos en los años 70 y 80 de la mano del abogado Roy Cohn. Una película en la que lo más destacado terminaba siendo la labor de sus dos protagonistas, tal y como ocurre sin ir más lejos en 'El mago del Kremlin'. Si en aquella era Trump, en esta es Putin, el actual líder de Rusia. Sobran las presentaciones - aunque ambas películas consistan en gran medida en eso, en presentarlos. En narrarnos sus historias de orígenes como lo que son hoy en día; según se quiera mirar, para bien y/o para mal.
Si en aquella era Sebastian Stan, en esta es Jude Law lo que recordaremos (en detrimento de Jeremy Strong y Paul Dano). La luz que todo lo ciega, el nombre que todo lo explica (sin necesidad de mediar palabra). Es un clásico echar de menos a un David Fincher al frente de este tipo de historias; así leídas, como una especie de conferencia en la que se van repasando, de forma cronológica y en voz alta, distintos episodios recogidos a su vez en la Wikipedia. Como si fuera una IA a la que le pedimos que nos la lea, en nuestro inevitable rumbo hacia un futuro a mitad de camino entre 'Terminator' y 'Wall-E'.
Una exageración (o no) a la que nos conducen (o no) tipos como (a los que representan) Trump o Putin, empeñados en pensar de forma egoísta. En valerse de sus respectivas posiciones para, lo nunca visto, barrer para casa. Sea o no a espaldas de los demás. Sean o no conscientes de que cada victoria es, también, la derrota de un rival. Decía, se echaba de menos a David Fincher, con 'La red social' bastándose para justificar dicho pensamiento. A Fincher... o a Aaron Sorkin. A esa capacidad para reinterpretar y vigorizar el biopic, para hacer del "basado en hechos reales" (aunque Vadim Baranov nunca existiese) una lección de historia que, además de hechos, también tenga vida.
Le pasaba un poco a Ali Abbasi con 'The Apprentice. La historia de Trump', lo de quedarse en el titular como hacen buena parte de los usuarios (o bots) de redes sociales. Le pasa también un poco a Olivier Assayas, cuya metódica y recia frialdad discursiva enmarca sin realzar una historia que, a lo largo de dos horas y media, a uno se le acaba haciendo bola, de larga y pesada. Una historia que uno siente que se la están contando como si fuera un dictado, no una narración en la que se profundice en la figura de alguien que si nos resulta brillante es por el porte de Law. Law le da vida. La película sólo le muestra.
Todo lo demás, siquiera alcanza a ser propaganda como lo sería en cualquier informativo de RTVE. Todo lo demás es, en esencia, tan esquemático como frío, distante y plano, incluyendo una Alicia Vikander en el papel de "la chica". 'El mago del Kremlin' se centra, como a menudo hacen los "basados en hechos reales" a repasar la lista de eventos que tienen que estar presentes, porque los hechos son los hechos. Hechos que por sí mismos pueden ser interesantes. Pero el dato, por el mero del hecho del dato, mata el relato, y a una narrativa a la postre tan farragosa como fatigosa, en una lección de historia didáctica, sí, pero que carece de la viveza, gracia o energía de una vida real.

Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex


