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'Fanny Lye liberada' - Tarantino y Haneke en la Inglaterra de 1657

Vía El Séptimo Arte por 22 de marzo de 2021
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Son incontables la formas de las que se dispone a la hora de abordar una obra. Pero son las más atractivas, las más llamativas y directas las que consiguen captar la atención. Lo que van a leer a continuación quizá sea un "clickbait", pero nunca un cebo generó tanto orgullo a la persona que escribe estas líneas. Imaginen una película sobre cómo la primera generación de la Familia Manson irrumpe en una granja inglesa del siglo XVII donde vive una familia marcada por el puritanismo machista del padre. Una cinta escrita y dirigida por Quentin Tarantino y Michael Haneke en conjunto y rodada en 35mm. Eso es 'Fanny Lye liberada'.

Una película violenta, estimulante, ciertamente indomable y con una dirección soberbia. El estilo del filme está tan marcado que acapara prácticamente todos los focos que el relato se propone recibir. Es constantemente evocadora sin perder un ápice de su descomunal pegada, y eso que es una película surgida de las entrañas de un festival de cine (el de Sevilla para ser exactos), algo que otorga encanto a las películas que crecen en estos certámenes pero que también relativiza sus méritos. 'Fanny Lye liberada' escapa de estos códigos festivaleros e incluso reniega de su condición indie para ambicionar con el entusiasmo del espectador.

Los secundarios son el refuerzo que remueve la olla de tensión la cual impide que el guión se pegue, porque como estudio de empoderamiento femenino la película sufre desajustes y se precipita a una resolución más pretenciosa que coherente, pero como homenaje al western clásico es una delicia. Maxine Peake (quizá les suene del capítulo "Metalhead" de 'Black Mirror') es el tótem narrativo que tiene el relato para catalizar todas las emociones que este despliega, y Charles Dance (iconizado como Tiwyn Lannister) es el férreo y agreste cabeza de familia que sirve de contrapeso para soportar la ingobernable carga dinámica que tiene la historia.

Thomas Clay, el director de la cinta, se descubre en su tercera película dirigida como un gran discípulo de ese cine que teatraliza la acción (tengan como buen ejemplo la propia 'Los odiosos ocho'), porque es en escenas interiores donde su talento más brilla y donde su ingenio más clarece. Es capaz de sacarle partido visual a una casa rústica y campera a la vez que controla al milímetro la dirección de actores. Especialmente remarcable es su visión de la tragedia como un destino guiado, como un cónclave narrativo donde los personajes pagan la renta de su sino. Clay y esta película son otra muestra más del manantial de talento que tiene el cine británico, uno que nunca se cansa de ser fascinante, fructífero y fresco.


Por Jesús Sánchez Aguilar
@JesAg_


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