'Más allá de las colinas' - Sobre el hype
El hype es como la demagogia. Son conceptos que mucha gente usa, pero que poquísimos saben qué significan realmente. Ambos van la mar de bien también para zanjar discusiones. Ejemplos: "No veo la razón de seguir discutiendo contigo... ¡estás haciendo demagogia!"; o "mira, ¿sabes cuál es el problema de esta exposición? El hype". Así de fácil. Y nos quedamos tan tranquilos. Pero la verdad es que el hype (o para el caso, también la demagogia) es algo más que un truco barato para causar buena impresión. Política o no.
En realidad, es aquella peligrosísima arma de doble filo que surge cuando el conjunto de receptores/consumidores empieza a hacerse ilusiones sobre el producto/propuesta que está a punto de recibir. Es una reacción, justificada o no, que a priori le va de perlas a la, por ejemplo, película de turno. Pero que a posteriori le perjudica, y de qué manera, al no poder alimentar las esperanzas casi infinitas albergadas por su audiencia.
Aunque a veces no es culpa de la película; lo es más bien del pardillo y de sus expectativas, como aquel que a sus treinta y pico años finalmente decide ver, por ejemplo, una película como 'Taxi Driver' para comprobar si realmente es tan buena como dicen que es... pero finalmente, el compromiso de conocer de primera mano las aventuras de Travis Bickle le parecen poquita cosa. Una historia verídica, por si hacia falta recalcarlo.
Tan cierta... como que 'Más allá de las colinas', la nueva película del cineasta rumano Cristian Mungiu, responsable de '4 meses, 3 semanas y 2 días', tal vez les suene, y que trara de la relación de amistad y posible amor entre dos chicas, una de ellas encerrada en un convento ortodoxo, la otra depresiva y en plena deriva, no se termina de hacer con la aprobación más o menos rotunda con la que cuenta, o contaba de por sí antes de.
El hype. Como la demagogia. Que las visten como putas.
Algunos, como un servidor, conscientes de las -quizás excesivas- expectativas con las que han entrado a la sala, se han quedado con el ritmo lento y cansino de una película sumamente rigurosa de más de dos horas y media de metraje que acaban pesando como si fueran algo más, mucho más de dos horas y media. Tiempo en el que las sorpresas que esconde el guión (que por lo que nos llega, entre cabezada y cabezada, las hay, y algunas, además, impactan) no consiguen borrar la sensación de tedio generalizada.
Es cierto que Mungiu no pretende entretener, sino que aspira a trascender. Que nunca trata de conformarse con este premio de consolación popular. Porque lo que cuenta Mungiu es serio, tanto como intenso y trágico... tanto como espeso y fatigosamente repetitivo a lo largo de 150 minutos de pesadez elefantiásica que, por decirlo de alguna manera, adoptan la forma de un eterno y gratuito acto de autoindulgencia, que en su intento de convertir el tedio en algo de provecho, causa más perplejidad y desasosiego que emoción.