'Vicios ocultos' (T2) - Ashe vs. Evil Coop
Repetimos. Repito. 'Vicios ocultos' es, a grandes rasgos, el tipo de serie que uno espera de Apple: sólida y bien hecha, impoluta en lo formal, agradablemente mordaz y con un puntito pijo muy de clase media acomodada. El tipo de serie muy resultona, elegante y amable a la que cuesta (querer) ponerle un pero; más aún, cuando está liderada por el carisma de un Jon Hamm al que hacer de un Don Draper le sienta tan bien, como tan bien le sienta un traje.
Un Jon Hamm acompañado en su segunda temporada por un James Marsden no menos carismático al que un traje también le sienta como un guante.
Blanco y en botella: 'Vicios ocultos' es una muy buena serie, de apariencia más que notable a la que cuesta (querer o no) ponerle un pero... salvo quizá uno solo: Su propia apariencia inmaculada. El peso de la aparente perfección cultivada y no genuina. No es un pero propiamente dicho, pero 'Vicios ocultos' es una de esas series, ya sean de Apple, BBC o HBO, tan distinguidas, ingeniosas e inteligentes como llegado el momento, quizá, un tanto impostadas.
Algo no obstante más presente en su primera temporada, no tanto en una segunda que cómo suele ser tendencia en las series que se asientan y se lo creen, se hace aún más fuerte en sus puntos fuertes. O al menos lo parece... dentro de una serie que, en cualquier caso, sigue comportándose como si lo tuviera. Como si después de todo lo importante fuera la actitud, y creérselo, no tanto tenerlo o no tenerlo. Jon Hamm (y James Marsden) con traje.
Al fin y al cabo la actitud, el creérselo define unos andares que en su segunda temporada resultan más... orgánicos. Al fin y al cabo ya sabemos lo que hay, en una segunda temporada consecuente con la primera que, como marca el canón de cuando las cosas se hacen bien, se hace fuerte en "su magia" como una ficción televisiva altamente resultona, eficaz, agradable, refinada y atractiva. Como una ficción televisiva fruto de algo tan tangible como el trabajo.
Aunque no sea magia, sino el duro y esforzado trabajo de hacer una buena serie que ofrezca lo que promete. El único "pero", por ponerle uno que encaje con el entusiasmo que no termina de generar a pesar de ser del todo satisfactoria. Tal vez, porque no deja de ser una serie muy de cara a la galería, del todo enfocada hacia el espectador. Esa sensación de satisfacción medible, por cuanto se trata más de una ciencia que una religión. Más de cabeza que de corazón.
Esto es, la aparente perfección cultivada y no genuina: El discurso reconfortante y animoso de aquel político que da lecciones de moralidad leyendo un discurso escrito por sus asesores. O algo que se le pueda parecer. Un discurso muy bien trabajado, casi redondo y no por ello menos altamente satisfactorio que, sin embargo, sentimos, de alguna manera, que no es real y auténtico. Que no es más que una ficción. Una muy buena ficción. Pero sólo una ficción.

Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex




