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72° Berlinale: La amarga dolce vita en 'Rimini', de Ulrich Seidl

Vía Berlinale por 12 de febrero de 2022
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El cine de Ulrich Seidl no deja indiferente, y lo saben bien aquellos que están familiarizados con su producción. Las películas del director austríaco tienen un lenguaje propio, como el buen cine de autor: se reconocen, y conforman uno de los universos más antipáticos en el cine que conozco. En 2007 'Import Export' ganaba la Palma de Oro en Cannes; en 2012 empezaba con 'Paradise Love' su aclamada trilogía de paraísos. En 2016 salía 'Safari', ampliando su catálogo de documentales, que tanto han contribuido a caracterizar su estilo, extremadamente realista. Nunca pude llegar hasta el final de esa película.

'Rimini', primera parte de un díptico a ser completado con su siguiente película 'Sparta', puede no gustar, pero a mi parecer es una de las mayores experiencias cinematográficas que aportará esta 72° edición de la Berlinale. Con sus planos fijos y centrados, uno tras otro, nos planta a esa distancia de espectador: La inmersión en la historia sucede, sin embargo, de forma natural e inevitable. Tras unos minutos de largometraje, uno se olvida que está viendo una película, tal es la cercanía que Ulrich Seidl logra con la realidad.

Richie Bravo, el protagonista de 'Rimini', es alguien que con los años ha sido abandonado por la fama y la suerte, y que, aparte de visitar a su padre y a su hermano de vez en cuando en su Austria natal, poco más tiene en la vida que hacer que salir a beber y perseguir, noche tras noche, fortuna como cantante y animador en el invierno de Rimini. Un Casanova de la vieja escuela, que va detrás de las viudas, que alquila su villa mientras se aloja en uno de los hoteles cerrados por temporada baja: poco se puede imaginar que su vida dará un vuelco cuando reaparezca su hija, ya adulta, para exigirle el dinero que le debe como padre y que nunca le dio.

La historia de 'Rimini' tiene mucho que ver con la búsqueda de la felicidad: La media de edad de los personajes en la película es alta, y, al contrario de lo que se suele mostrar en el cine, su anhelo de amor está todavía muy presente, y parece exaltado por la soledad que padecen. El director tampoco se corta en mostrar la decrepitud, que por otro lado caracteriza también a la ciudad costera italiana, fantasmal en medio de la niebla y el frío, sombra de lo que fue en verano. Ambos, protagonista (escrito por Veronika Frank y Ulrich Seidl especialmente para el actor Michael Thomas) y ciudad (en la que retrasaron unos meses el rodaje para esperar las condiciones meteorológicas ideales), parecen compartir destino dentro de una realidad que se va haciendo más amarga a medida que el pasado los alcanza.

Porque la película también nos habla de eso: De cómo el pasado, cuando no resuelto, siempre termina por alcanzarnos, y cómo, aunque sea desagradable enfrentarse a la verdad, es también, en parte, liberador.

por Aina Riu
@aina_rv

Este artículo está escrito en español para El Séptimo Arte, y cualquier traducción o aparición en otro medio de comunicación es ilegal y está llevada a cabo sin el consentimiento de la autora.


 

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