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'Cuento de invierno': Algo huele a podrido en Manhattan

Vía El Séptimo Arte por 14 de febrero de 2014

¡Maldito, maldito creador! ¿Por qué tuve que vivir? ¿Por qué no apagué en ese instante la llama de vida que tú tan inconscientemente habías encendido? No lo sé; aún no se había apoderado de mí la desesperación; experimentaba sólo sentimientos de ira y venganza. Con gusto hubiera destruido la casa y sus habitantes, y sus alaridos y su desgracia me hubieran saciado. Cuando cayó la noche, salí de mi refugio y vagué por el bosque; y ahora, que ya no me frenaba el miedo a que me descubrieran, di rienda suelta a mi dolor, prorrumpiendo en espantosos aullidos. Era como un animal salvaje que hubiera roto sus ataduras; destrozaba lo que se cruzaba en mi camino, adentrándome en el bosque con la ligereza de un ciervo. ¡Qué noche más espantosa pasé!

Las frías estrellas parecían brillar burlonamente, y los árboles desnudos agitaban sus ramas; de cuando en cuando el dulce trino de algún pájaro rompía la total quietud. Todo, menos yo, descansaba o gozaba. Yo, como el archidemonio, llevaba un infierno en mis entrañas; y, no encontrando a nadie que me comprendiera, quería arrancar los árboles, sembrar el caos y la destrucción a mi alrededor, y sentarme después a disfrutar de los destrozos [...] Todo lo que han leído hasta ahora corresponde a un fragmento del 'Frankenstein' de Mary Shelley, el mismo que viene en parte reproducido a modo de cita en la primera página de 'Cielo rojo', interesante novela de David Lozano Garbala. ¿Y por qué esta referencia?

Pues porque 'Cuento de invierno' transmite tal indiferencia que la idea de escribir sobre ella, lo que sea, produce una considerable pereza, de ahí el subterfugio de tan apreciable novela ya sea mejor o peor adaptada. ¿O acaso no les han entrado ganas de seguir leyendo? Pereza e indiferencia, su misma apatía. Al menos a un servidor que no puede dejar de sentir que algo siente, tal vez lástima, por este 'Cuento de invierno' del que emana una sensación, se diría que muy consciente, que podríamos emparentar con el sentir de Frankenstein. Algo así, como una criatura monstruosa por fuera pero en cuyo interior late un corazón ingenuo y bondadoso. Si sólo contasen las intenciones...

Desconozco los pormenores de la novela de Mark Helprin, pero si tuviera que juzgar a través de la labor de Akiva Goldsman, a saber, la pluma suele ser más fuerte que la cámara y hay palabras que se sienten mejor reflejadas en nuestra imaginación. El guionista y productor, con el que podemos ser buenos (y mencionar que ganó un Oscar por 'Una mente maravillosa') o podemos ser malos (y señalar su aportación a 'Batman & Robin'), debuta en la dirección con este impersonal y muy acomodado pastiche almibarado con reminiscencias a una ingenuidad infantil ya prácticamente olvidada por el hombre de a pie. Nada nuevo bajo la luna, un cuento timorato en el riesgo y de maneras exiguas de escasa ambición artística.

Una fábula sentimentaloide de trazo grueso sumamente complaciente ante la que se exige, básicamente, esa misma férrea fe que sugiere creer que San Valentin es el día de los enamorados... de ahí su estratégica fecha de estreno, su razón de ser, prácticamente su razón de ser. No se engañen: el tipo de película ante la que un juntaletras solitario casi por cuestiones de imagen tiene que mostrar poca misericordia. De las que van a pecho descubierto y no se hacen ni pretenden ser respetadas, por más que en caso de haber sido realizada con humildad, desparpajo y algo de ese amor verdadero que pregona hubiera podido tener algo de ese encanto que su extremada honestidad no tiene por qué aportar.

Goldsman se entrega a la lujosa e industrial convencionalidad de un producto empaquetado sin mayor relevancia, frío como el invierno, y en donde una y otra vez se recalcan los mismos conceptos por aquello de sí, a base de repetir, acaba calando el mensaje... más con el corazón que con la cabeza. Pero ni aún recurriendo a una historia de alma cándida ni a alguno de sus amigos más ilustres Goldsman es capaz de hacernos creer que en esta sensiblera exaltación cercana al porno existe algo de magia porque, sencillamente, la magia no es como Bitelchús que aparece si la llamas tres, cinco o doscientas veces. La magia es el milagro del cine, no de una cinta tan mundana como 'Cuento de invierno'.

Nota: 4.0

por Juan Pairet Iglesias

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