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'Enemy': El maestro duplicado

Vía El Séptimo Arte por 28 de marzo de 2014

El caos es un orden por descifrar

Se repite, efectivamente. Por obra y gracia de los vencedores o de los vencidos (pero sobre todo de los primeros). La razón, tan simple como complicada, está en que la historia de la Historia, para bien o para mal, la escriben los hombres. Y quien dice hombres se refiere, normalmente, al ser humano en general, sin preocuparse por los sexos, es decir, sin distinguir al mencionado hombre de la normal y muy injustamente olvidada mujer. Y es que a efectos prácticos, tanto los machos como las hembras, tras millones de años de evolución, no sólo en la fisionomía, sino también en las costumbres, la cultura y el lenguaje, tanto literal como figurado, siguen luchando, más o menos en silencio, por superar los prejuicios que ellos mismos han impuesto o, en el peor de los casos, han asumido. En un momento históricamente muy alejado, en una región que los caprichos de la geografía se encargaron de borrar para siempre de la faz de la Tierra, llegó a existir una comunidad en la que para referirse al hombre, es decir, al ser humano en general, se utilizaba la palabra mujer, que obviamente no se pronunciaba ni mucho menos se escribía del mismo modo en que nosotros pronunciamos o escribimos ahora la palabra mujer, pero que en cualquier caso, hacía que todas las personas de dicha sociedad, pensaran, aunque sólo fuera durante unas milésimas de segundo, en el sexo que, en aquel momento y en aquella región, jamás se le otorgó la connotación de débil. Y ahí está el hombre, o mejor dicho, el ser humano, que es el único animal que tropieza dos veces, y muchas más, cabría decir, con la misma piedra. No es un hecho estrictamente científico, pero sí empírico, fruto de una constante observación que, a través de millones de años de evolución, no sólo en la fisionomía, sino también en las costumbres, la cultura y el lenguaje, tanto literal como figurado, ha conseguido constatar que tanto hombres como mujeres tienen una preocupante tendencia a repetir sus errores. Es por esto que muchos y muchas señalan que la Historia, con independencia de la mano que sostenga la pluma, es poco más que la repetición, cada vez más previsible, de unos sucesos que se van repitiendo de forma cíclica. Las formas, por supuesto, y como todo en este mundo, cambian, pero la esencia, el espíritu, de lo sucedido, si se prefiere, permanece igual, reivindicándose, día tras día, cómo la única entidad totalmente ajena al paso del tiempo. De hecho, cuando el creador le preguntó a uno de sus primeros hijos Qué demonios había pasado con su hermano, a lo que el otro le respondió, Acaso soy yo el custodio de mi hermano, el primero ya supo que éste iba a ser el primero de muchos otros robos, violaciones, injurias o asesinatos. Sabía también que en el eterno discurrir de las generaciones venideras, los hombres y las mujeres iban asociarse con nuevos procedimientos, con nuevos instrumentos, con nuevas motivaciones o excusas, pero que a fin de cuentas, todo seguiría apuntando a aquellos dos hermanos, que al mismo tiempo mirarían inocentemente a sus padres, autores, estos sí, de un pecado original que, obviamente, tendría sus réplicas por los siglos de los siglos.
Con éste y muchos otros ejemplos con los que ahora mismo no podía pensar, Tertuliano Máximo Afonso se convenció, por enésima vez, de que la materia que enseñaba cada día en el instituto, era poco más que un disco rayado. Un patrón claramente definido. La repetición de una repetición que, más allá de las apariencias y de los detalles insignificantes, ningún sentido tenía el que ocupara un curso escolar entero. Sin lugar a dudas, sus jóvenes estudiantes tendrían cosas mejores que hacer más allá de perder el tiempo repitiendo listas interminables e insustanciales compuestas por reyes, generales, filósofos, héroes y traidores. Personajes que, en casi todos los casos, llevaban siglos muertos, criando malvas, como suele decirse y que no hacían más que confirmar que, aprendidos los cuatro primeros nombres, todos los demás eran prescindibles. Porque poco o nada aportaron de nuevo, porque tropezaron con la misma piedra, pero sobre todo porque no eran más que tristes dobles de los que llegaron antes. Si la Historia podía ser vista y explicada como si fuese un río, qué sentido tenía debatir sobre la necesidad de seguir o, por el contrario, remar en contra del cauce de sus aguas. Esto es absurdo, exclamó en voz alta Tertuliano. Los manuales aconsejaban empezar en el manantial para terminar en la desembocadura, con tal de entender que todo acto tiene sus consecuencias, sus derivaciones, difícilmente comprensibles todas ellas si se desconocen sus orígenes. Por el contrario, había algunos insensatos que abogaban por empezar las lecciones a nivel de mar, para luego ir remontando, poco a poco, la corriente fluvial. No se trataba simplemente de llevar la contraria o del gusto por ser diferente o de la excitación del que sabe que va a contracorriente, nunca mejor dicho, sino más bien la voluntad pedagógica de empezar por una base del todo accesible, en otras palabras, lo que todo el mundo se suponía que sabía, y a partir de ahí, ir viendo por qué nuestro presente es de esta forma y no de cualquier otra. Debates, todos ellos, pensaba ahora Tertuliano, fútiles, absurdos, pues sin importar la orientación del punto de origen con respecto a la línea de meta, el trayecto seguiría siendo el mismo, un continuo devenir de giros bruscos a la izquierda y a la derecha, o a la derecha y a la izquierda, dependiendo del sentido, pero en cualquier caso, un viaje agotadoramente cansino. Un bucle sin aparente final cuyo tour guiado sólo tendría sentido hasta llegar al primer meandro, puesto que a partir de ahí, en el fondo, ya estaría todo visto, y prácticamente todo explicado.
No es que Tertuliano Máximo Afonso quisiera cambiar, de un día para otro, y en un abrir cerrar de ojos, siglos de tradición en la enseñanza de la Historia, es que en realidad intentaba mantener su cabeza alejada de los sucesos que habían marcado sus últimos días de existencia. A juzgar por mi propia experiencia, no me cabe la menor duda, lo que he vivido estas semanas no se lo deseo ni a mi peor enemigo, declaró hace tan solo unas horas a María Paz, su amada, por así llamarla. El insomnio, los escalofríos, las náuseas, las jaquecas, esa sensación de malestar generalizado, obedecía todo a una obsesión, a un pensamiento, a una presencia invisible que se había colado e instalado en su mismísimo hogar, y que no tenía la más mínima intención de abandonarlo. Se reducía todo a la más amarga de las dudas. El profesor de instituto de Historia Tertuliano Máximo Afonso, medio comprometido con María Paz, la cariñosa pero algo taciturna empleada de banco, era quién decía ser, o por el contrario se llamaba en realidad Antonio Claro, actor de cine de segunda quien había optado por el nombre artístico Daniel Santa-Clara, y que ahora mismo mantenía una idílica relación amorosa con la preciosa pero algo neurótica Helena. A jugar por el físico, por los gestos y por la voz, no había manera humana de distinguir al uno del otro, si es que realmente había distinciones dignas de ser mencionadas. Eran uno solo o verdaderamente eran dos sujetos distintos, nacidos en lugares y momentos distintos que simplemente habían tenido la mala suerte de converger, hasta los límites más increíbles, en una apariencia que podría definirse como el reflejo perfecto de la del otro. Por si las imposibilidades científicas, las mentiras y las medias verdades no habían causado suficiente lío, dos factores más se añadieron, de repente, a la diabólica ecuación de los sosias. El primero era Adam, un profesor de Historia en una universidad, que estaba saliendo con Mary, aunque el vínculo entre ambos no era precisamente amoroso, sino que se basaba en algo quizás más fuerte pero, a la larga, más endeble, esto es, la mutua atracción sexual. La segunda nueva variable respondía al nombre de Anthony, actor cinematográfico de profesión que poco a poco iba abriéndose paso en la híper-concurrida y muy competitiva industria, y que además atravesaba por un período más que convulso con su media naranja, la embarazadísima y cada vez más irrecuperable Helen.

Creo sinceramente haber interceptado muchos pensamientos que los cielos destinaban a otro hombre

Porque la Historia, en efecto, se repite, y el ser humano, o mejor dicho, el criminal, ya sea hombre o mujer, tiene una irrefrenable tendencia a volver a visitar la escena del crimen. Hablar de la relación entre el cine y la literatura es, precisamente, y simplificando mucho, quizás demasiado, recopilar las pruebas, las coartadas y los móviles que hacen referencia al mismo crimen, llámese abuso, violación, robo, injuria o, directamente, asesinato. Las formas, como se ha dicho, cambian, pero la esencia no. La relación entre ambos artes, o industrias, como se prefiera, acostumbra a ser de pura conveniencia, y tiende a confirmar aquel tan odioso tópico de los condenados a entenderse. Uno necesita a la otra, y a pesar de esta dependencia, el trato propinado suele ser, con mucha suerte, imperdonablemente vejatorio. Ella pone la inspiración de la que él carece, y él hace con este regalo algunas de las peores atrocidades que se le han registrado. Es así. Será por las prisas con las que se mueven aquellos peces gordos que saben que el show debe continuar, y que por esto no hay tiempo para cuidar los detalles, los más y los menos, básicamente, las características difíciles de percibir a simple vista. Será que no hay ni capacidad ni mucho menos voluntad para contemplar, rumiar y finalmente entender el espíritu de la obra que quiere adaptarse, porque lo que al fin y al cabo se supone que lo que quiere el público es que el séptimo arte se limite a copiar la superficie, a brindar imágenes a una imaginación agotada y perezosa, a la que cada día le cuesta más hacer el esfuerzo de crear. Podría ser esto, o también podría recurrirse a otro tópico de la infame lista de los más odiosos, aquel que nos dice que ellas vienen de Venus y ellos de Marte, es decir, que ambos bandos están separados por una distancia literalmente sideral, es decir, que ella es totalmente diferente a él, y él no tiene nada que ver con ella. Yendo al grano, y permitiéndonos el segundo tropiezo en la misma piedra, existe, efectivamente, una condena a entenderse, porque de otro modo, no habría manera.
En el planeta Venus, nos topamos con uno de los más ilustres extraterrestres. Un escritor llamado José Saramago convertido, por voluntad propia, en el más jugoso de los cebos, y al mismo tiempo, en la más letal y efectiva de las trampas para los habitantes de Marte. Entre todas sus creaciones destaca una cuyo punto de partida, de algún modo, está, qué cosas, en el tormentoso convenio pactado entre cine y literatura. El hombre duplicado no descubre su condición de posible copia hasta que el infortunio no le lleva a poner una cinta de vídeo en la televisión de su hogar. Es en ese momento cuando las páginas del libro nos hablan de una producción fílmica de escaso valor artístico, pero de sumo y gravísimo interés dentro de la historia, puesto que entre sus figurantes se esconde el enemigo que cambiará, para siempre, la vida de nuestro sufrido protagonista. Cine y literatura, ya lo ven, compartiendo interminables párrafos en lo que sin duda es una relación exageradamente desigual. Solo que en esta ocasión el sexo débil no es tal. Saramago, de forma presumiblemente premeditada, pone al séptimo arte quizás en el lugar que le corresponde, esto es, por debajo en la escala jerárquica. Las múltiples menciones que se le dedican a lo largo del libro no salen de lo referente a lo que popularmente se ha acabado conociendo como las películas de domingo por la tarde. Para entendernos, no salen de lo que podría definirse también como la comida basura fílmica. La palabra escrita, por el contrario, queda glorificada a manos de un autor que da síntomas de haber alcanzado, desde hace tiempo, un estado de dominio absoluto de su propio lenguaje. Así, en sus páginas, los parágrafos se alargan, muy lógicamente, hasta límites insospechados, los signos de puntuación se convierten en el más prescindible de los accesorios, el presente y el pasado se intercambian las posiciones sin que la lógica del relato se vea afectada, el sentido común se materializa, literalmente, en el asiento trasero del coche del pobre profesor de Historia, y el discurso literario da paso, sin previo aviso, a la exposición más enfermiza y detalladamente científica, confirmándose así un fascinante estudio teleológico en el que el espíritu de cada palabra, de cada expresión, de cada gesto y de cada frase hecha, queda directamente al desnudo. Sí, El hombre duplicado tiene, a simple vista, una historia lo suficientemente llamativa como para ser llevada a la gran pantalla, pero el planteamiento y desarrollo, completamente asociados a un narrador tiránicamente omnisciente que en realidad es protagonista, hacen de ella una novela, o un ensayo, si se prefiere, técnicamente inadaptable. Sencillamente, porque está escrito en venusiano, y sólo puede entenderse en dicha lengua.
Pero resulta que Marte, por supuesto, faltaría más, también tiene su propio sistema de comunicación. Su inimitable código de signos que sí, es radicalmente distinto al de Venus, pero esto para nada significa que no pueda llegar a los lugares conquistados por ese planeta. No hay fronteras, no hay límites, hay que tener esto claro. Lo que pasa es que se tienen que conocer las vías alternativas que ofrece el cine para llegar allá donde sólo parece que pueda instalarse la literatura. En estas que José Saramago, esté donde esté, se mira al espejo y comprueba, con horror y asombro, que la imagen devuelta ya no se corresponde a la suya, no al menos a la que él creía que era suya. Lo que tiene ante sus ojos es a un hombre de ojos chicos, sonrisa burlona y pelo grisáceo. Tiene, justo enfrente, al que en realidad es la suma de otros muchos hombres y mujeres. Canadienses, españoles, italianas, francesas, expertas, novatos, técnicos y artistas, dirigidos todos ellos por la misma batuta, unidos bajo la misma voluntad, la de obrar un milagro que, finalmente, y a las primeras de cambio, también, se concreta. Porque Enemy no es una película, es más bien una manifestación directamente llegada desde el cielo o desde el mismísimo averno, no se sabe. Lo que sí queda claro es que su carácter divino se manifiesta ya desde su magistral e inmejorable apertura, y se remata con uno de los desenlaces y consiguientes títulos de crédito finales más exquisitamente desconcertantes en la Historia de este desquiciado arte que, por supuesto, también es industria. A todo esto, el director del prodigio, Monsieur Denis Villeneuve, que por lo visto se siente cómodo tanto en una faceta como en la otra, lee a Saramago, sonríe y se convierte en su doble. Ha sucedido lo que parecía imposible, el alumno ha interceptado los pensamientos de ese otro hombre. Y así, aquel maestro que sólo podía vivir, manifestarse y comprenderse en Venus, aparece en Marte, y allí campa a sus anchas. Como si no existieran las distancias, como si el entendimiento fuera, al fin y al cabo, algo más palpable que una posibilidad, más incluso que la propia probabilidad. Y efectivamente.
El valor de Enemy está principalmente en su prodigioso ejercicio de traducción, prueba igualmente maravillosa de que a veces, la transcripción más literal precisa de la libre interpretación más respetuosa. Ni falta hace decir que algunas de las escenas o golpes de efecto más llamativos de la película, parecen contradecir, de forma violenta, todo lo que Saramago intentaba hacernos entender. No obstante, son todos ellos y ellas piezas fundamentales en el engranaje que configura el alma de aquel Hombre duplicado. Si Saramago era el resultado obvio e híper complejo de una tradición artística milenaria, Villeneuve en Enemy es lo mismo pero en un mundo que apenas pasa de la centuria. Poco importa, pues en su escasa hora y media, se conjugan, de la mejor de las maneras, las fobias y filias arácnidas de Ingmar Bergman, el terror músico-sensual de Stanley Kubrick, la eterna promesa Lynchiana de que el caos es un orden por descifrar, las paranoias espaciales de Antonioni y las angustias identitarias de David Cronenberg. Todos estos autores, con sus respectivas obras, en diálogo y acalorada discusión permanente, para crear algo nuevo que no obstante bebe de una tradición que por fin está bien aprovechada. A sabiendas de que el cine tiene que explotar sus armas, y no las de los demás, Villeneuve elimina algunos de los rasgos más significativos de la novela en que se basa, y los suplanta por algunos de la cosecha propia. No por capricho o desprecio, sino por pura necesidad, justamente por humildad, también, y, faltaría más, por clara manifestación de su maestría. Hablemos de Jake Gyllenhaal, pues, y de Isabella Rossellini y Sarah Gadon, de Danny Bensi y Saunder Jurriaans, o de Nicolas Bolduc, o de Javier Gullón, o de Javier Gullón, por qué no. Poco importa. No hay distinciones porque no hay límites. Todo el mundo alcanza lo sublime porque todo el mundo está dirigido por unos autores igualmente sublimes. Conjugando de forma asombrosa el arte del montaje, de la fotografía, de la puesta en escena, de la planificación y de la interpretación delante de las cámaras, el politécnico Villeneuve, sobresaliente en todos los aspectos, nos sumerge en un sueño cuyas elipsis no hacen sino confirmar una continuidad terrible, cuyos diálogos y reflexiones en alto se empeñan en demostrar la máxima, completamente cierta, que reza que una imagen vale más que mil palabras. Lo hizo la literatura y ahora lo hace el cine. El lenguaje, el de cada uno, es llevado al límite. Hasta el infinito y más allá. Exageradamente sugerente en cada plano, como lo era el libro en cada palabra; en cada escena, como lo era la novela en cada capítulo. Podría ser todo una colosal excusa que nuestra atención no se aleje jamás de esta portentosa lucha de poderes. Entre cine y literatura, entre el hombre y la mujer, entre la identidad y la nada. Como sucediera con la aventura de Tertuliano y Antonio, el periplo de Adam y Anthony muestra una alergia virulenta a todo lo que se asemeje ligeramente a una interpretación racional de sus hechos. Puede ser desesperante, cierto, más cuando las piezas dispuestas por director y guionista, en vez de ayudar a resolver el hipnótico puzle planteado, parece que no hagan más que enredar, o incluso ampliar, la mesa sobre la que se desarrolla este juego tan desasosegante. Porque Enemy, al igual que El hombre duplicado, es el veneno hecho arte. Es una pesadilla existencial, sabiamente apoyada en los mecanismos del fantastique, y en la que el subconsciente es el principal infectado. Ubicada en una ciudad reconocible pero a la vez anónima. Híper-poblada pero a la vez amarillenta y polvorientamente desértica. Hueca y tremendamente hostil, es el escenario ideal para sentirse solo, para que lo físicamente gigantesco tome el protagonismo y evidencie la más terrible de las desazones. La pérdida de aquello que nos hace humanos, es decir, la pérdida del sentido del individuo. Nuestra existencia se sustenta, tal vez, y de forma más o menos consciente, en la certidumbre auto-inducida de que somos únicos, y en que no puede existir nadie como nosotros. Pero resulta que en algún rincón de la ciudad, híper-poblada pero a la vez deshabitada, se encuentra nuestro otro yo, confirmando que, horror, no somos más que la pálida copia de un modelo que ya existía. La Historia, no cabe la menor duda al respecto, se repite. A Denis Villeneuve y a ésta su casi perfecta obra maestra, les ocurre algo muy parecido. Son nuevas incorporaciones en la lista de sosias, pero en su caso, las noticias son excelentes, pues al fin y al cabo ésta era su intención final. El poder ocupar el asiento del maestro para convertirse en el propio maestro, el de poder demostrar que la mejor de las copias puede surgir, por qué no, de la creación más desbordante.

Nota: 9 / 10

por Víctor Esquirol Molinas

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