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'Backrooms' - Inconfortable

Vía El Séptimo Arte por 29 de mayo de 2026
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La liminalidad o liminaridad (del latín limes, "límite", "frontera" o "umbral") significa no estar en un sitio (físico o mental) ni en otro. Es estar en un umbral, entre una cosa que se ha ido y otra que está por llegar. La enfermedad, la adolescencia, el duermevela o la locura transitoria son estados liminales, como también lo son los viajes, ya sean por placer o por necesidad. También puede haber lugares liminales, como un aeropuerto o una cárcel, y también pueden ser sucesos personales o grupales...

'Backrooms' encaja perfectamente en esta descripción, en una suerte de trasliteración cinematográfica; tanto de la definición expuesta de "liminalidad o liminaridad" -cortesía de Wikipedia y no de una IA- como del fenómeno viral inspirado en los creepypastas sobre espacios laberínticos que existen más allá de la realidad que a un servidor, debo admitirlo, le ha pillado ya un poco "boomer". No importa. Todos sabemos que mirar las musarañas puede llegar a resultar un tanto... inconfortable.

La palabra que no obstante mejor define 'Backrooms', no tanto una película como una experiencia inmersiva "inconfortable" en la que merece la pena adentrarse. A diferencia de muchos otros jóvenes talentos, Kane Parsons no se deja llevar por el ansia. Ese ansia que arruina tantas óperas primas: el ansia por intentar correr antes de saber andar. Por intentar imponerse desde el minuto uno. Parsons, sin embargo, confia de sobra en lo que tiene como para no sentir la necesidad de salir corriendo.

¿A dónde? Ese es el quiz de la cuestión: 'Backrooms' no parece tener a dónde ir, no digamos ya como para hacerlo corriendo. Un complejo laberíntico de infinitas habitaciones (con el amarillo como color predominante) que coquetea de forma peligrosa con el found footage, en una especie de reinvención onírica de 'Cube' donde las trampas están en nuestra mente. La misma que Parsons se ingenia para subyugar a través de un brillante minimalismo escénico que resulta de lo más estimulante... e incómodo.

No tanto una película, como una experiencia inmersiva que se transforma en un esquivo recuerdo al que a una IA le costaría definir con precisión. Y es que en verdad 'Backrooms' no tiene mucho sentido; tampoco tiene por qué tenerlo. Como si fuera el resultado de una sesión de hipnosis que nos ha sumergido en una paranoia compartida que no está sustentada en los sustos, sino en las posibilidades del cine como una emulación sugestiva de los mundos abiertos de los videojuegos "atmosféricos".

O, en efecto, incómodos.

No es necesariamente miedo o terror, sino ese continuo estado "inconfortable". No es tanto que vaya a asomar algo de pronto y nos asuste, como de un desconcierto figurado cuyo influjo está siempre presente de manera subliminal. Son esas habitaciones, tan comunes a simple vista, en las que siempre hay algo que sin embargo no encaja... 'Backrooms' adopta esta desarmonía como forma de vida para erigirse, con firmeza y sobriedad funcionales, en un perturbador y enigmático sueño...

... en ese perturbador y enigmático sueño al que uno le sigue dando vueltas, una vez cree haber despertado con la esperanza de darle algún sentido al porqué de su discreto pero convincente impacto.

 

Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex

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