'Dos fiscales'
Miles de cartas de detenidos acusados falsamente por el régimen son quemadas en una celda de la prisión. Contra todo pronóstico, una de ellas llega a su destino, el escritorio del recién nombrado fiscal local, Alexander Kornyev. Kornyev hace todo lo posible por reunirse con el prisionero, víctima de los agentes de la policía secreta, la NKVD. El joven fiscal, un bolchevique íntegro y dedicado, sospecha que se trata de un juego sucio. Su búsqueda de justicia lo llevará hasta la oficina del Fiscal General en Moscú. En la época de las grandes purgas estalinistas, un hombre se sumerge en los pasillos de un régimen que no quiere ser llamado totalitario.
Para esta ambiciosa ficción histórica, Loznitsa adapta la novela homónima del científico y escritor soviético Georgy Demidov, antiguo prisionero del Gulag, y construye un thriller moral ambientado en la Unión Soviética de 1937, en el corazón del terror de las grandes purgas estalinistas.
Para Sergei Loznitsa, “Dos fiscales” es ante todo una tragedia moral sobre la fe ciega en el Estado y la colisión entre idealismo y realidad. El protagonista, Alexander Kornyev, encarna a esa primera generación posrevolucionaria formada en la promesa de una sociedad justa. Como señala el director: “Nuestro protagonista, un joven fiscal recién salido de la universidad, pertenece a la primera generación posrevolucionaria, criada con un espíritu romántico e idealista. Es un constructor intrépido y entusiasta de la sociedad del futuro, seguro de su propia rectitud. Ni siquiera puede sospechar que el mundo en el que vive está lejos de ser ideal”. En esa convicción reside la dimensión trágica del relato. Kornyev no es un disidente ni un opositor: es un creyente. Y precisamente ahí emerge la ironía que articula la película. “El sistema destruye a sus más fervientes partidarios, sus propios ‘verdaderos creyentes’”, subraya Loznitsa, apuntando a uno de los mecanismos más perversos de los regímenes totalitarios. Dividida en dos partes, con prólogo e interludio, la narración acompaña esa progresiva toma de conciencia del protagonista: “Toda la primera parte de la película es, en realidad, solo el comienzo de la historia de Kornyev. Solo en el minuto 60 de la película nos damos cuenta de lo que el protagonista debe hacer”, explica el cineasta. Asimismo, para Loznitsa, la vigencia del relato es evidente: “Estos temas seguirán siendo relevantes mientras haya regímenes totalitarios en el poder en cualquier parte del mundo”.
La experiencia como documentalista de Sergei Loznitsa se hace notar en su regreso "a la ficción" siete años después, en una película marcada por una puesta en escena austera y minimalista y un tono visual oscuro y gris muy acorde, no por casualidad con lo burocrático. Y es que su fría y distante parsimonia testifical tiene mucho que ver con la odisea burocrática de su protagonista; una sensación respaldada por una cámara siempre estática que a menudo remite a las composiciones de Roy Andersson (pero sin ningún sentido del humor). Una odisea relativa, como sucede con todo lo burocrático, pues buena parte de la misma se fundamenta en la espera. En esperar y esperar, al igual que el espectador a que su narrativa hierática e impasible y su denso y pesado inmovilismo discursivo acaben compensando... sin llegar a hacerlo, en un final que realza su condición átona y plomiza.

Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex