Buscador

'Kill Bill: The Whole Bloody Affair' - ¡La novia!

Vía El Séptimo Arte por 11 de abril de 2026
Imagen destacada

La gente no va a un concierto de Metallica para pedirles que bajen el volumen...

La cuarta y quinta película de Quentin Tarantino, tal y como fueron concebidas por el cineasta: Como una sola. Después de la relativa decepción de la nunca bien ponderada 'Jackie Brown', los dos volúmenes de 'Kill Bill' asentaron a Tarantino como esa enciclopedia pop del cine de género que reconocemos hoy en día. La contención y mesura de la mencionada 'Jackie Brown' dieron paso a la que es la obra más apabullante, desatada, rabiosa y sí, caprichosa (juguetona y/o infantil) del cineasta norteamericano.

'Kill Bill: The Whole Bloody Affair' es, en verdad, una sesión continúa con los dos "volúmenes" ya de sobra (re)conocidos. La auténtica (y única) película - aunque el "intermedio" siga dividiéndola en dos mitades bien diferenciadas. Los cambios son en realidad circunstanciales, incluso tan relativamente anecdóticos como en verdad lo puede ser la propia película, entendida, precisamente, como una historieta pulp que antes que contar una historia, pretende erigirse en un símbolo. Pocas obras describen de forma tan clara y rotunda la naturaleza (consciente o no) de las obras de culto. 

Cada plano de 'Kill Bill: The Whole Bloody Affair' es icónico. Cada instante es cine en estado puro. 275 minutos de una eufórica y arrolladora orgía audiovisual que no tiene sentido, estando aquí su grandeza: La insondable magnificencia, genuina y sin filtros, con la que Tarantino, volcando (y mezclando) años y años de educación cinéfila en VHS con orgullo y desvergüenza, se la jugó a doble o nada. O puerta grande, o enfermería. Como un adolescente que empieza a coquetear con el arte de contar historias, encauzando su pasión a través de lo que precisamente la ha hecho ser lo que es. 

Un lujo. Un espectáculo. Un evento. Una experiencia, tanto cinematográfica como en consecuencia religiosa para los que comulgamos con esta religión llamada (sala de) cine. 'Kill Bill: The Whole Bloody Affair' es sin duda una de las obras más influyentes del cine contemporáneo. Un "yo estuve aquí" de un manual cuyos últimos capítulos, con su desaforada sensibilidad posmoderna y el incondicional apoyo de los Weinstein (que algo bueno hicieron), ha ayudado a escribir el propio Tarantino. Una de esas experiencias vitales que uno tiene la absoluta certeza que se llevará a la tumba.

Aún a pesar del propio Tarantino, y de sus a partir de entonces habituales excesos de niño pijo mimado al que nadie sabe (ni quiere) decir que no. Aún a pesar de que a 'Kill Bill: The Whole Bloody Affair' se le podrían recortar fácil al menos 30 minutos, lo que sin duda la beneficiaría como película... aunque no necesariamente como la desbordante y emblemática experiencia que aún así, y a diferencia de por ejemplo 'La Liga de la Justicia de Zack Snyder' no se hace para nada pesada. Larga sí, porque lo es. Pero no pesada, siendo de hecho de una ligereza imponente (dada su duración).

Una ligereza imponente y de suntuoso regocijo durante sus 275 minutos de duración (incluyendo el intermedio). 275 minutos de una eufórica y arrolladora orgía audiovisual que no tiene mayor sentido, que el disfrute lúdico de aquel al que no le importaría santiguarse al entrar a una sala de cine, si es que como creyente no lo hace ya. No es tanto que no se le puedan poner peros a 'Kill Bill: The Whole Bloody Affair' -como una grande y libre-, como que el propio filme -como experiencia indomable- demanda con su alegría, descaro y desprejuicio una predisposición prácticamente infantil.


Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex

 

'Érase una vez en... Hollywood' - El cine se abre camino en nuestros sueños

 

'Los odiosos ocho' - El cielo es azul, y el agua moja
Los odiosos ocho

 

'Django desencadenado' - Kill Leo
Django desencadenado

 

'Malditos basterdos' - Doce del Tarantino
Malditos basterdos

Temas relacionados

< Anterior
Siguiente >