'La chica danesa' - Cuestión de apariencia
Se huele el prestigio (ése de las grandes productoras, ése que jamás surge por azar), y también las intenciones.
Desde la bella presentación del Copenhage de 1926 (en el que, por cierto, y por lo visto, todo el mundo hablaba un inglés perfecto) hasta los títulos de clausura en los que se incide, por ultimísima vez, en la abrumadora trascendencia del drama de los protagonistas, 'La chica danesa' se reivindica como sacro guardián de la quintaesencia académica. A Tom Hooper se le ven también las intenciones, y a Eddie Redmayne aún más. El oportunismo del proyecto es total, y se ve refrendado tanto en su ficha artística como en las páginas de actualidad, sección sociedad. Y a sentarse, a esperar la lluvia dorada (perdón).
'La chica danesa' llega justo a tiempo (porque su productora así lo ha elegido, con precisión milimétrica, cabe añadir) para que el tema de la transexualidad (y hablamos de ella siempre desde el punto de vista del mainstream más absoluto) haya pasado de ser un tabú, a un chiste y llegando al día de hoy, un caramelo híper-apetecible al que se haga imposible evitar la tentación de hincarle el diente. Ración extra de caries para todo el mundo, eso sí, sin una pizca de dolor. A no olvidar: El objetivo final son los Oscar, y para llegar allá, hay que gustar a cuanta más gente mejor. Ser popular (sin resultar descaradamente populista).
Bajo este cometido nació, evidentemente, la película que ahora nos concierne, y para este tipo de misión, pocos profesionales -parece- mejores que Hooper. En sus manos, trampas tan potencialmente letales como cualquier cosa que tenga que ver con no contentarse con la heterosexualidad (así como con el cuerpo que Dios nuestro Señor nos otorgó en el momento de nuestro nacimiento), se convierten la excusa ideal para conectar con el -Gran- público. Esto, también es un arte, y si la palabrota suena demasiado mal, siempre puede invocarse ese oficio en el que el Sr. Hooper se está posicionando a ambos lados del charco como un apropiado y considerado profesional.
"Pues aquí está tu audiencia, Tom", dijo el pez gordo de la Universal, "¡Trátala bien!". Y a fe que lo hace. Demasiado. 'La chica danesa', a mitad de camino de 'Los miserables' y 'El discurso del rey', es una película tan lustrosa y agradable de ver (en el disfrute de su escenografía, en la apreciación del trabajo de sus intérpretes, en la ligerísima digestión de los temas propuestos, etc.) que a mínimo que en el gallinero quede un resquicio de conciencia, alguien, ni que sea una triste y sola persona, debería ruborizarse, ni que sea un poco, ante el conflicto de intereses que se está barajando sobre la mesa.
Dicho de otra manera, ¿es compatible el dolor con el placer? Cuidado, no hablamos de perversiones sexuales. Hablamos de sufrir sobre el papel y de regalarnos los sentidos en la pantalla. Todo, recordemos, para que nadie se sienta ofendido; para que nadie se ría más de lo que permite la -puta- corrección política... en resumen, para que a nadie le importe demasiado lo que está viendo. Y en un abrir y cerrar de ojos, han pasado ya las dos horas de metraje prometidas. Voilà, y a esperar a los Oscar, que alguno caerá. Seguro.
Y los puristas, venga a preguntarse qué diablos hace en la competición veneciana un producto tan neutro y cobarde en lo que a toma de riesgos se refiere; y los venecianos, mientras, venga a esperar el favor de la Academia... y el Gran Circo ese en el que estamos atrapados, venga a reírse de todo un poco. La situación, vista desde lejos, ciertamente tiene su gracia: Siglo XXI, conciencia colectiva (la occidental, claro) plenamente abierta y desarrollada... pero en el fondo (no tanto) con los mismas ganas de siempre a acallar los mismos miedos de siempre. No deja de ser industria, negocio, política... en suma, una cuestión de apariencia. De aparentar y no aparentar ser, todo y nada a la vez.
Ya saben, todo lo que huela a ''diferente'' tiene que pasar por una especie de filtro que convierta la antipatía del rechazo en algo parecido a la simpatía de lo conocido. Y silencio, porque Redmayne va a decir algo... Pues no, pero lanza una mirada furtiva a ninguna parte, y sonríe, y tropieza, y cae al suelo, y suena el piano meloso de un Alexandre Desplat como siempre presto al rescate, y los decorados hipnotizan con sus colores... Y a esperar... a esperar mientras Alicia Vikander, poco a poco, con oficio y discreción, le va robando... les va robando... se va robando la función...

Por Juan Pairet Iglesias & Víctor Esquirol Molinas
@Wanchopex / @VctorEsquirol


Casi más uno. Discrepo con Feno en esto último, pues más allá de las interpretaciones de sus dos protagonistas también me quedo con su acabado visual, el cual junto a su BSO justifica de sobra su visionado en la pantalla grande. De hecho es lo que más me ha gustado, siendo comprensible su nominación al mejor diseño de producción. A diferencia de en 'Los miserables', aquí Hooper si me ha convencido como me convenció en 'El discurso del Rey'. La diferencia respecto a esta está en lo que decía Beyond, que a diferencia de aquella 'La chica danesa' si se muestra algo forzada y superficial.
Por último decir que coincido en que es Vikander la que "cae mejor" de los dos y se convierte en la "protagonista espiritual" de la película. Redmayne tengo que reconocer que me irritó un poco con tanta sonrisita picarona, algo que no obstante lo atribuyo igualmente al carácter del personaje.
Me refería a que también me acordaré de esos elementos cuando piense en la película. De hecho creo que me acordaré más de la puesta en escena que de los dos protagonistas.
En el resto, la película está bien. Es decir, no despunta, pero gusta. Lo que más llama la atención es una banda sonora de Alexandre Desplat realmente preciosa y que se funde a la perfección con el estilo de Hooper. Hablo en lo audiovisual, obviamente, pues lo que más llama la atención del film es su reparto. Vikander y Redmayne forman una pareja formidable, siendo bastante evidente el porqué del Oscar a la primera. Pasa por encima de quien se supone que es el personaje principal y consigue que empaticemos con ella tanto como lo hacemos con Lily. Redmayne, que me encantó en 'La teoría del todo' y lo destesté en 'El destino de Jupiter', aquí cumple en un papel que se antojaba realmente complicado. Consigue reflejar a la perfección lo que Lily debió sentir en aquel momento, un poco sobreactuado en ocasiones (así es él).
No es una cinta que pasará a la historia pero si me parece que tiene dos interpretaciones principales maravillosas. El film consigue dar a conocer una historia tan necesaria como esta y la sensación que tiene uno al acabarla es que Lily lo pasó realmente mal, y que en aquella época, la gente no solía ser buena con cualquier cosa que pareciese diferente. Los diagnósticos que le dan algunos médicos al protagonista son brutalmente crudos y surrealistas. Pero esto sigue pasando hoy en día en algunos sectores, por penoso que sea.
La dejamos en un 6,5. Es muy limitada y demasiado correcta en todo, lo cual la deja como una película disfrutable pero no será la favorita de nadie.
Tom Hooper es un director que me transmite sensaciones diversas. 'The Damned United' y 'El discurso del rey' me gustaron, mientras que 'Los miserables' y la que nos ocupa no me han parecido nada del otro mundo.
Mi problema con esta película es que transcurre en camino seguro, mientras que hay poquísimo espacio para el drama. Tampoco pido que haya drama que se salga de madre, pero sí que me hubiese gustado ver situaciones más calamitosas para la pareja principal. Y no será por Eddie Redmayne y Alicia Vikander (ella sobre todo), que dan unos notables trabajos.
El envoltorio es lo mejor y, a su vez, lo peor de este trabajo de Hooper. Por un lado tenemos paisajes, lugares y vestuario preciosos; por el otro tenemos ese mismo envoltorio que no ofrece nada más, salvo un drama excesivamente contenido. Con un poco más de riesgo, habría estado definitivamente en un altar.
6