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'El reino' - Un eslogan, un voto, una entrada

Vía El Séptimo Arte por 29 de septiembre de 2018
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A medias. Así es como nos quedamos tras ver 'El reino'. Relativamente a medias, que todo es relativo salvo lo que no lo es sin por ello tener por qué despreciar, más de lo debido, lo que en cualquier caso es una obra bastante resultona con la que pasar un par de horas bastante distraído. Y a otra cosa.

A medias. Porque justo cuando comienza a ponerse interesante es cuando se acaba, con el sabor de boca agridulce de un final que abre más que cierra y deja todo, ejem, pues eso, a medias. Sin una resolución que le ponga la chincheta a lo que hoy es noticia, mañana un vago recuerdo. Tirar la piedra, y esconder la mano.

Rodrigo Sorogoyen reincide en las maneras, estilo, logros y también pecados de 'Que Dios nos perdone', en dónde lo de menos acaba siendo un fondo que permanece al fondo como un nuevo oportuno (u oportunista) punto de partida con el que llamar a la atención, a modo de Macguffin (usado desde la barrera, por supuesto).

En aquel entonces fue la visita del Papá a Madrid en 2011, en este caso la mal llamada corrupción política en los albores de la crisis de 2008. Una primera parte escrita al son de los (grandes) titulares de los periódicos de los últimos meses deja paso a una segunda que se abandona al thriller, puro y duro, de un solo palo.

Por partes la película funciona, por inercia y con energía, pero en su conjunto no suma por igual: De la paradigmática exposición de su primer tramo -con fuerte aroma a déjà vu- queda poco de provecho al final, cuando todo se vuelve tan genérico como para que Antonio de la Torre pudiera ser un panadero.

Esto es, cuando el thriller, efectivo, convincente, pero sin un verdadero fondo, se adueña de un producto en última estancia, tan comercial, sencillo y conservador como una "made in Hollywood" de manual al servicio de la estrella de turno a pesar de su sólido envoltorio de autor. Esto es, nadar y guardar la ropa.

Tan resultón como frustrante, siendo su interesante epílogo, el único momento dónde la película amaga con adentrarse en territorio desconocido y/u hostil, el reflejo que muestra la poca novedad y relevancia de lo dejado atrás. De tanta puntada sin hilo. Y de como la realidad parece una ficción, y la ficción una mentira.

En honor a un eslogan, a sus santos cojones, a la mano que te da de comer, a por donde sople el viento o a la venta de chapas, votos, cromos y entradas para el Titanic.


Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex


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