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'El niño que pudo ser rey' - ¿Qué tal su sed de aventuras?

Vía El Séptimo Arte por 13 de marzo de 2019
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'El niño que pudo ser rey'... pero que no lo fue, que no está el mundo como para que un niño de 12 años se ponga al frente, sea o no el hijo de alguien a quién respetamos (aunque rara vez le veamos). El mundo es algo demasiado serio como para dejarlo en manos de alguien que pudiera ser tan insensato como para tener nobles intenciones, imaginaos qué desastre.

'El niño que pudo ser rey' pero que no lo fue, porque no era un rey sino un heredero... o más bien, un leal servidor de lo que ya más que un género parece una religión (o un virus según se mire), la de las películas de aventuras protagonizadas por gente tan joven como para no saber lo que es un VHS que remiten, con o sin descaro, a esa Amblin de los años 80. No por casualidad, buena parte de los cineastas actuales se formaron en aquella época en la que a todos nos hubiera gustado tener a Spielberg de papá.

Un género, una religión, un virus, una moda, una herencia, una convicción... o una etiqueta recurrente y fácil de usar, que también. Joe Cornish encaja en el perfil, tanto por 'Attack the Block' como sobre todo por esta 'El niño que pudo ser rey', digna heredera y/o sucesora de esta corriente a la que aporta un inconfundible acento (y humor) británicos. Expuesto el molde, la receta es de sobra deducible y el sabor bastante parecido, en uno de esos dulces (envenenados) dónde no se especula con la sorpresa, sino con el espíritu.

"¿Qué tal su sed de aventuras?" le preguntaba Tintín a Haddock en la última verdadera gran aventura de Spielberg. Cornish, como guionista y director, sabe perfectamente a qué juega, y sobre el papel no hay reproche alguno digno de mención: Nada en particular, al menos, que sea atribuible a él o a la película. Si acaso al modelo, si acaso a la época: Si Dorothy ya no está en Kansas, nosotros ya no estamos en aquellos años 80. El tiempo pasa, el mundo cambia, la vida se abre camino. El progreso, y esas cosas tan modernas.

En aquella época el cine era más ingenuo porque el mundo era más ingenuo, y aunque una película como 'El niño que pudo ser rey' funciona con la misma perfección que 'Los Goonies', el reflejo de sus (por otro lado buenos) efectos digitales entorpecen la percepción de dicha ingenuidad. No es que el cine de aquellos años 80 fuera perfecto, es que la realidad aún no había minado tanto nuestra moral como sociedad. Si los tiempos cambian, o avanzan, quizá el modelo también deba cambiar con ellos, o avanzar.

Ojo, que no se trata de progresismo barato: 'El niño que pudo ser rey' es un agradable pasatiempo, objetivamente muy correcto y subjetivamente aún algo más convincente que cumple en la misma medida que ejerce como tal, siempre, claro está, que su credibilidad no sea puesta a prueba por una mente adulta. Pero su inmaculada apariencia no deja de ser un eco de un pasado con el que tampoco estamos tan en deuda como para que Excálibur, además de la espada más famosa de la historia, sea también la única.


Por Juan Pairet Iglesias
@Wanchopex

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