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Día 5: Una influencer polaca, un muro en Oriente Próximo y la monstruosidad del DAU

Vía SEFF por 11 de noviembre de 2020
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Llega a su medianía el Festival de Cine Europeo de Sevilla y lo hace sometido, atado de una pierna y de sus dos manos, a la hora de continuar con su correcto desarrollo, pero esto no le detiene. Como buenamente se puede dentro de los márgenes de la legalidad, el SEFF completa su 5ª jornada con una reprogramación masiva de todos los títulos que previamente estaban estructurados para las últimas sesiones de la tarde. Muchas películas se veían adelantadas media hora o incluso una hora completa para que pudiesen encajar antes del "deadline" marcado por la Junta de Andalucía para el fin de las actividades no esenciales, entre las que tiene la desgracia de estar el cine.

Como si estuviese absolutamente planificado, para contrarrestar este clima de desazón por las nuevas restricciones, el SEFF proponía movimiento y sudor a primera hora de la mañana. La polaca 'Sweat', una de las películas de la SO, traía la historia de Sylwia Zając, una celebridad fitness que tiene una vida soñada virtual pero sufre mucha carencia de amor físico. Si la idea de una película sobre que los influencers son almas solitarias con un veto casi inherente en su figura a la compañía, la misma debería poner de su parte. Eso es lo que le falta a 'Sweat', un relato que erosiona la roca de la soledad sin llegar a picar hondo en ella.

Magnus Von Horn, el director de la película, avanza con cierta flaqueza en su universo cinematográfico sobre la incomprensión humana. Con 'Después de esto' (que también pisó el festival hace 5 años) se fundía más con el thriller de atmósfera y conseguía cierta solvencia narrativa. Aquí se ahoga en un drama bastante insípido donde la empatía del espectador no encuentra facilidades para mostrarse natural. Eso sí, una película que empieza con 'The Look' de Roxette no puede suspenderse. Ojalá el relato hubiese seguido el estilo de 'Eighth Grade', que siendo de corte indie lograba ser mucho más convincente y profunda.

De Polonia se viajaba hasta Tierra Santa. La sección Historias Extraordinarias presentaba '200 Meters', ópera prima del cineasta palestino Ameen Nayfeh. El título de la película no puede ser más oportuno, porque el filme se asoma a priori como una historia de fractura demográfica pero se destapa por completo como una profunda hemorragia social en Oriente Próximo. El filme desecha los caminos del thriller y opta por el drama social para ser menos incisiva y más circular. Los secundarios son las personificaciones de las opiniones del pueblo palestino y del pueblo israelí, siendo el protagonista la figura que representa el panarabismo.

'200 Meters' está siempre lejos de ser fascinante y guarda las distancias con las emociones del espectador. Su cometido es el de discurrir sobre el conflicto palestino-israelí, el señalar que la distancia en esa tierra no se mide por metros en espacio, sino por tiempo gastado en vida. En el relato fluctúan géneros, edades e ideologías para darle veracidad y realismo a la propuesta, volviendo a la película un retrato herido y resignado de lo difícil que es la vida entre fronteras no solo físicas, sino humanas, que son al final las más insalvables y las que tanta desgracia traen a aquella parte del mundo.

Con la última sesión de la jornada llegó la propuesta más extremista del festival. 'DAU', el monstruoso, tirano y fascinante proyecto de Ilya Khrzhanovskiy, intenta reconstruir la fría y represiva URSS de las décadas de los 50 y los 60. Una ciudad-set a la que se llamó "El Instituto", un control exhaustivo e inhumano durante un rodaje interminable y más de 700 horas de metraje que suponen un harakiri para la sala de montaje son los elementos que componen este mastodonte cinematográfico que completa una de las propuestas audiovisuales más volcánicas del cine moderno.

Una de las obras que salen de este proyecto es 'DAU. Natasha', una historia sobre una trabajadora de la cantina de un instituto de investigación soviético en los años de Stalin. Hay dos películas dentro de esta 'DAU. Natasha'. La primera es expectante y muy insistente, nutriéndose de un guión incesante para definir a la protagonista. La segunda es terrorífica, incómoda, con un nivel de acoso infernal. Ambas son buenas, pero también son extenuantes. Su insufrible verborrea, su incómoda explicitud y las histriónicas actuaciones fruto de secuencias inacabables están supeditadas a la incatalogable estimulación que se crea al verla.

La realización de la película excede cotas de la monitorización, creando algo que podría llamarse "cine voyeur" como concepto unificado para representar personalidades y comportamientos. La cinta consigue exactamente lo que se propone: que la radicalización de su propuesta colonice la opinión de ella como obra. Es la intención primaria, la del multiproyecto, la que hace que 'DAU. Natasha' impacte como una bomba nuclear aunque tenga forma de gota de agua. Es como si se pudiese ver la bomba de Hiroshima en slow-motion.

Encarando la recta final del SEFF, lo habitual es ir imaginando potenciales ganadoras del palmarés de esta tan atípica edición. Entre los compañeros de prensa se forman los habituales corrillos post-visionado (siempre saludándose con el codo, con mascarilla puesta y distancia de seguridad recomendada) y van saliendo nombres de posibles Giraldillos de Oro. Con el sábado en el punto de mira, pocas películas quedan por estrenarse pero muchas otras quedan por recuperar en su segundo o tercer pase. Es lo que queda, exprimir los últimos 4 días del certamen, porque el destino del cine a corto plazo luce funesto, aunque duela reconocerlo.

That's what I say.

Por Jesús Sánchez Aguilar
@JesAg_


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